Estos son los colombianos que les dan una mano a los venezolanos en la frontera Foto: Juana Rico
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Estos son los colombianos que les dan una mano a los venezolanos en la frontera

Silvia Margarita Méndez - Noviembre 21, 2018

#Divergentes | La principal ruta de acceso a territorio nacional es la carretera que conecta a Cúcuta con Bucaramanga y el paso generalmente se hace a pie.

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Este artículo hace parte de nuestro especial #VenezuelaDivergente. Para ver los otros contenidos puede hacer clic aquí.

En el refugio de doña Martha Duque,  en Pamplona, a dos horas de Cúcuta, en las mañanas reparten café caliente en una cocina de piso de ladrillo y mesón de baldosa. Quienes lo reciben son mayormente venezolanos que han cruzado a pie la frontera desde su país y, para entonces, ya han transitado cerca de 75 kilómetros desde Cúcuta.  A este albergue, por día, pueden llegar hasta 300 migrantes pidiendo por hospedaje y comida. Doña Martha quisiera atenderlos a todos, pero sabe que la prioridad son los niños y las mujeres embarazadas. 

Su casa es uno de los nueve refugios que hay en la carretera Cúcuta – Bucaramanga, la principal ruta de acceso para los cientos de migrantes que día a día huyen del hambre que sufre Venezuela. Solo por dar algunas cifras, en Venezuela, el 15 % de los niños y niñas está en riesgo de morir por desnutrición y el 33 % tiene retraso en su desarrollo. El desabastecimiento de medicamentos ya llegó al 80 % y de los más de 2’ 300.000 venezolanos que han abandonado su país en los últimos años, de acuerdo con la OIM y Acnur, cerca del 50 % está en Colombia. 

Además, según el Fondo Monetario Internacional, su inflación ya llegó al 1’000.000 % y en Latinoamérica, Venezuela es el país con la tasa más alta de homicidios (26.616 muertes violentas en 2017). Aún así, estos datos no alcanzan a dimensionar la realidad. Todos los días, de acuerdo con Migración Colombia, más de 40.000 venezolanos están cruzando la frontera por el puente internacional Simón Bolívar. Esto sin contar con los que se cruzan irregularmente trochas por el Río Táchira, pasando San Antonio, para entrar a nuestro país. 

En estos tramos ilegales, cuentan los migrantes, han visto al río llevarse gente. Comentan que en el intento de cruzarlo algunas personas se han ahogado, más en época de lluvias, cuando el caudal baja con fuerza. De hecho, en octubre un diputado venezolano denunció que ocho personas murieron intentando cruzar esta corriente. “Hoy quiero traer a esta Cámara, para que el país sepa, los hechos que sucedieron el día miércoles 17 y jueves 18 de octubre en la frontera (…) sobre ocho fallecidos que se encontraron en el río Táchira, que divide parte de la frontera entre Colombia y Venezuela”, dijo el diputado Flanklin Duarte durante una sesión del Parlamento.

Una de las mujeres que entrevisté, cuando desde el equipo de Divergente y de la mano de la red humanitaria de apoyo a venezolanos en Santander decidimos recorrer la vía Pamplona – Bucaramanga, también lo corroboró. Se llamaba Juliana y tenía 20 años de edad. Estaba sentada sin zapatos en un sillón viejo de la sala del refugio de doña Martha, con su hijo de un año en brazos, sin zapatos. Su bebé estaba vestido únicamente con un camisón y unas medias y la temperatura marcaba menos de 10℃. “Justo después de que pasamos, el agua se llevó a una niña, dos mujeres y tres hombres que iban siguiéndonos el paso. Los cuerpos quedaron entre las piedras”, relató Juliana. 

Lo más duro de todo, sin embargo, no es el paso por el río Táchira sino todo lo que viene después. Sea por el puente internacional o sea por trochas ilegales, el riesgo es un común denominador. “Mientras caminábamos cinco hombres nos sorprendieron, tres por detrás y dos por el frente. Todos estaban armados. Nos quitaron todo: ropa, dinero, documentos, celulares y zapatos”, agregó Juliana con visible resignación. 

Así luce la sala del refugio de doña Martha, en Pamplona.

Juana Rico, una de las voluntarias que hace parte de la red humanitaria de Santander y con quien viajamos a la carretera, alertó sobre esta situación.

Es sorprendente escuchar de los mismos migrantes que lo que más se están robando en la frontera son zapatos. Sin embargo es entendible cuando luego dicen que en Venezuela un par puede costar el doble del salario mínimo (180 nuevos soberanos) y el trayecto no es ninguna bobada: son seis días a pie hasta Bucaramanga y de ahí a sus demás destinos como Bogotá, Medellín o Cali. El gran problema es que quienes son víctimas de robo están haciendo este trayecto descalzos. Uno los ve caminando, cruzando el Páramo de Berlín, así”, explicó la voluntaria.

Foto: Cortesía.

 

Cada semana, algunas veces en compañía de su hermano Daniel Rico, también voluntario, o de algunos estudiantes o familiares, Juana viaja de Bucaramanga a Pamplona a entregar ayudas y donaciones para aportar a la dotación de los refugios que atienden en esta carretera. El paisaje se repite cada ida: niños, jóvenes, adultos y ancianos caminando sobre el asfalto con un clima camaleónico: en el páramo la temperatura puede llegar a los -6℃ y en Bucaramanga el promedio son 28℃. 

Pese a todo esto los peligros en las trochas no son el único problema para estas personas. Es bien conocido que en la extensa frontera de más de 2.000 kilómetros entre Venezuela y Colombia hay presencia de la guerrilla del ELN y de otros grupos criminales que transportan droga entre ambos países. Por acá viene gente y para allá va coca y la avalancha de venezolanos por estos senderos ilegales genera tensión. Aún así los migrantes dicen que la guerrilla no se mete con ellos. Generalmente requisan para “autorizar el paso”, dicen, a veces se quedan con dinero y cosas que puedan ser de valor, pero no los atacan. La comunidad en Cúcuta ha denunciado reclutamiento en algunos pasos, generalmente atadas a promesas de dinero y trabajo.

En la legalidad la cosa no cambia mucho. “Cruzando el puente la Guardia Venezolana los humilla, los grita, los trata de ‘traidores’ y los trata mal”, dijo Juana Rico. Una vez en Cúcuta, los que tienen suerte pueden pagar un pasaje de bus hacia su destino de llegada pero a los que no les alcanza, que son la mayoría, les toca cruzar la carretera con sus pertenencias al hombro. De acuerdo con cifras del Observatorio de Venezolanos de la Universidad del Rosario, el 80 % de la población venezolana actualmente es pobre.

Foto: Cortesía.
El recorrido

Una vez emprenden camino las cosas más mínimas se convierten en un engorroso trabajo. Dormir, comer, tomar agua y descansar deja de ser una elección cotidiana. En la carretera es fácil ver cómo grupos de familias enteras deambulan entre el frío y el cansancio y la subida empinada que significa pasar Pamplona hacia Berlín, a aproximadamente 3.000 pies de altura.

Por fortuna las ayudas voluntarias siempre han llegado. Los refugios que hay en la carretera son cooperaciones de ciudadanos como Juana y Daniel con organizaciones como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y algunas iglesias. En los 197 kms de trayecto entre Cúcuta y Bucaramanga han logrado poner nueve refugios que tienen capacidad hasta para 200 o 300 migrantes y son administrados por personas que son conocidas en las localidades, generalmente mujeres que se han preocupado por el paso desprotegido de ellos en las carreteras. También hay ayudas alimenticias lideradas por fundaciones, como Entre Dos Tierras, que en Bucaramanga ofrece 300 almuerzos diarios de forma gratuita.

En la Corcova, a 22 Kms de Bucaramanga, por ejemplo, el refugio de Pilar Figueroa ofrece principalmente servicio de baños, hospedaje y comida. Cada venezolano que entra buscando techo y abrigo debe firmar una lista con su nombre, su número de identificación y su edad. De esta forma, de acuerdo con Pilar, a su vez la administradora, cuando algunos grupos familiares se pierden pueden ayudar a encontrarlos. “Como a veces pasas buses dándole cola (llevando por cortos tramos) a mujeres y niños, entonces ellas se separan de sus esposos o hermanos y acá se pueden encontrar”, contaba Pilar, quien desde hace seis meses comenzó a ayudar los migrantes.

Este mapa hace parte del manual de autocuidado para migrantes venezolanos que diseñamos desde Divergentes. Al final de este artículo puede encontrar el link para verlo completo.
Más personas como Doña Pilar

La historia de Pilar comenzó aproximadamente en mayo, cuando su hija, de 8 años, llegó llorando a su casa,  ubicada en La Corcova, cerca de la carretera principal por la que los venezolanos pasan a diario. Dice que la niña estaba completamente conmovida de ver la situación de necesidad y que a partir de ese momento decidieron, junto con su esposo y su segundo hijo, “poner un granito de arena”.

“Lo primero que hicimos fue vender un collarcito que tenía la niña y compramos unos vasos de plástico, unos platos y unas verduras, papa y condimentos”, me dijo Pilar cuando paramos por su refugio. Con el dinero que lograron recolectar, que según Pilar fueron $ 40.000 pesos, empezaron a repartir platos de sopa en su casa y luego se pararon en intermediaciones de la carretera ofreciendo la misma ayuda. Con las semanas, los vecinos y otras personas que transitan la zona la fueron reconociendo y le fueron donando más comida para sus preparaciones. Fue y así dio con la red de voluntarios de Bucaramanga, que meses después le ofreció administrar este refugio.

Pilar junto con sus hijos, dos mellizos de 8 años. Foto: Silvia Méndez.

En las mañanas ofrece agua de panela con pan, de almuerzo hace granos con arroz y papa, en las tardes ofrece uno que otro bocadillo y en las noches, arepa o más arroz. “Todo lo que hago lo hago de voluntaria porque quien trabaja es mi esposo. De todas formas doña Juana me ayuda mucho y también los de las organizaciones. Esto es algo que a mí me nació porque a veces uno cree que no tiene algo y ve a esta gente que de verdad no tiene nada y sí valora las cosas. Las condiciones en las que llegan son muy dolorosas, enfermos, con hambre, frío, con niños y cayos en los pies de tanto caminar”, agregó Pilar.

El refugio en el que atiende, con ayuda de sus hijos, es una casa naranja con baños exteriores y tres cuartos interiores. Al fondo hay una cocina de baldosa y una estufa de leña y en un costado el lavadero con potes de basura. Antes de entrar a la casa hay una bodega en la que guarda exclusivamente las donaciones con las que sostiene el lugar y las ayudas que le llegan de otros lados. Bultos de papa, arroz, azúcar, harina, pañales y toallas higiénicas llenaban los estantes de este pequeño cuarto, y algunos vegetales adornaban la parte inferior de la pared.

Acá cocina doña Pilar todos los días. Su refugio queda en La Laguna, a aproximadamente 100 Kms de Cúcuta. Foto: Silvia Méndez.

Pese que para algunos este tipo de ayudas es quizás la única que reciben en todo el trayecto, para otros es fuente de molestia. De acuerdo con Juana Rico y así mismo lo confirmó Pilar, algunos vecinos del sector en donde está ubicado el refugio no han tomado de manera positiva este auxilio. “Todos los que hemos intentado ayudar hemos recibido hostigamientos, a Martha la han intentado cerrar dos veces, la gente dice que alteran la seguridad. La Alcaldía va con la Policía y cierra”, denunció esta voluntaria.

En el caso de doña Pilar los vecinos empezaron a enfurecerse por las donaciones que recibía y dejaron de venderle en las tiendas cercanas. Una vez, incluso, “cogieron a piedra su casa, exigiéndole comida y hospedaje cuando en ese momento no estaba administrando el refugio sino solo ayudando con comida. Los vecinos les decían a los venezolanos que ella los hospedaba que ella los atendía las 24 horas y la situación se volvió peligrosa”, añadió Rico.

Granos, arroz, pañales, café, panela y toallas higiénicas es lo que más reciben en estos refugios de carretera. Foto: Silvia Méndez.

Cuando estaba hablando con Pilar estaba recién abriendo el lugar y mientras arreglaba la cocina, un grupo de 10 venezolanos llegaron a pedir techo. Eran todos vecinos, la mayoría hombres y venían del estado de Yaracuy. La edad promedio era 27 años y sus labores en Venezuela, antes de decidir salir, variaban. Uno estudiaba ingeniería, otro era maestro de construcción y otro funcionario público en una alcaldía. La única mujer, una joven de 25 años, tiene tres hijos y los dejó con su padre porque “ya la plata no alcanza para nada”.

“Con el último aumento y cambio de moneda (de Bolívar a Bolívar Soberano) Maduro se terminó de tirar Venezuela. Todo se elevó al 1.000 %, todo lo que quieras comprar te vale más del sueldo mínimo y lo que ganaba para mis hijos me alcanzaba para dos o tres artículos; para comer dos días y eso haciéndolo rendir”, me contaba esta mujer mientras Pilar y sus hijos les repartían tinto y un pedazo de bocadillo. Eran las 4:00 p.m. y más migrantes se acercaban con lentitud, pero todos en la misma situación, tocados por la desgracia. 

En el trayecto Cúcuta – Bucaramanga el punto más difícil es el Páramo de Berlín. Allí pueden llegar hasta los -6 grados centígrados y no es recomendable pasar de noche. Foto: Silvia Méndez.

Una vez en Bucaramanga la situación no es alentadora, aunque realmente tampoco lo es en ninguna de las principales ciudades a las que están llegando los migrantes (Norte de Santander, La Guajira, Barranquilla, Bogotá, Medellín, Cali). Invaden el espacio público –esta semana publicamos una crónica sobre los venezolanos reubicados en la capital, quienes se habían asentado cerca a la terminal de transportes de Salitre– porque no tienen dinero para establecerse, piden limosna en las calles y en el transporte publico. Incluso algunos han optado por la delincuencia, pues las denuncias de capturas han aumentado, según la Fiscalía. 

En las carreteras la realidad no cambia más allá de lo que digan las noticias. El flujo de caminantes, como la crisis de su país, al tiempo que brindarles algún tipo de ayuda se ha convertido en un trabajo cotidiano para algunos colombianos como Martha, Pilar o Juana. Sí, los migrantes no paran de llegar, pero mientras sigan transitando, ellas seguirán levantándose en las mañanas con ganas de seguir dando una mano.

Este mapa hace parte del manual de autocuidado para migrantes venezolanos que diseñamos desde Divergentes. Al final de este artículo puede encontrar el link para verlo completo.

Nota de la autora: Desde Divergentes, y en el marco de todas las ayudas que se están gestando para tratar el éxodo, en ¡Pacifista! construimos un manual de autocuidado para todas estas personas que a diario se enfrentan con el reto de cruzar de un país a otro a buscar un mejor futuro. En él presentamos algunos consejos prácticos para que estas personas disminuyan los riesgos en su trayecto. Acá se los presentamos. Este material está en  PDF y en versión de bolsillo y ambos se pueden descargar en el link de la nota.