‘Con el atentado del ELN, el uribismo tuvo un orgasmo ideológico’ Collage: Jorge Aroca
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‘Con el atentado del ELN, el uribismo tuvo un orgasmo ideológico’

Santiago A. de Narváez - Enero 21, 2019

Hablamos con William Ospina, Luciana Cadahia y Omar Rincón sobre las implicaciones discursivas que trae este nuevo/viejo relato del terrorismo para el país, luego del ataque contra la Escuela General Santander.

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Colombia, unida contra el terrorismo.

Les llegó la mano dura.

Estos fueron los titulares con los que abrían sus ediciones de domingo dos de los grandes medios de comunicación del país.

En una, el jefe guerrillero del ELN, alias Gabino, aparece delante de los restos de un carro chamuscado y retorcido. En la otra, hay 18 fotos de 18 policías víctimas del atentado con carro bomba que explotó con 80 kilogramos de pentolita el pasado jueves 17 en la Escuela de Cadetes General Santander. En la noche del domingo y a través de un comunicado, la guerrilla se adjudicaba el atentado.

De nuevo las redes –Twitter y sus secuaces– se llenaron de una palabra que parecía repetirse: terrorismo. Una palabra que parece que volvió para quedarse. Un llamado a la unidad, un hashtag: la tendencia del día: #TodosContraElTerrorismo. Una palabra que se adueñó del discurso nuevamente, como no lo hacía hacía al menos unos años. De nuevo el miedo, de nuevo los reclamos de seguridad.

Un fantasma recorría el relato de un país, el fantasma del terrorismo.

En la noche del viernes, el presidente Duque anunció la ruptura de los diálogos con el ELN y levantó la suspensión de órdenes de captura contra los líderes de la guerrilla. “El presidente Duque, en su alocución televisiva, supo recoger el sentimiento de dolor e indignación de la gente e hizo un llamado a la unidad en torno al rechazo al terrorismo. El tono y la contundencia del presidente dejaron claro que el jefe de Estado cogió el toro por los cuernos”, decía en su artículo central la revista Semana. (Los subrayados son míos).

¿Qué implica –más allá de la explosión– el regreso de un discurso anclado en el miedo, la militarización y la seguridad? ¿Regresó el discurso de la securitización para quedarse? ¿Se había ido en algún momento? ¿Qué función cumple, para el gobierno de turno, para cualquier gobierno, apelar a una sensación tan básica como lo es el miedo? ¿Nos estamos equivocando de miras? ¿Tenemos mal puesto el foco? ¿Qué va a cambiar ahora con el discurso de aquí en adelante? ¿De quién es la victoria? ¿Quién gana con todas estas muertes?

¡Pacifista! habló con William Ospina, columnista del diario El Espectador y ganador del Premio Rómulo Gallegos; con Luciana Cadahia, profesora del departamento de filosofía política en la Universidad Javeriana y con Omar Rincón, ensayista, periodista y crítico de televisión sobre este tema.

¿De qué manera el discurso sobre el terrorismo, del miedo, puede ser una estrategia para modificar los afectos y la sensibilidad en una sociedad?

William Ospina: Bueno, en Colombia siempre se ha utilizado el argumento del terror y el argumento de la rebelión como pretextos para encontrarle soluciones militares a los problemas del país. La verdad es que el país lleva demasiado tiempo aplazando unas reformas que son fundamentales para una paz verdadera. La paz no puede consistir solamente en pactos entre guerreros, la paz tiene que alcanzar a la ciudadanía, no solo sensibilizándola frente a los acuerdos, sino mostrándole cambios que verdaderamente le abran horizontes frente a la prosperidad de la gente.

¿Cómo así?

W. O: En Colombia hay mucha pobreza y marginalidad, mucha gente excluida de las oportunidades y hay una gran desigualdad que es, yo creo, la principal fuente de violencia y resentimiento. De manera que mientras se siga insistiendo que los problemas en Colombia son problemas militares o problemas que se resuelven por la vía judicial o por la fuerza, se nos seguirá engañando. Porque solo las grandes reformas sociales, sobre todo para los jóvenes: aquí hay miles y miles de jóvenes sin educación, sin salud, sin oportunidades y sin esperanza. Colombia está necesitando con urgencia esos cambios que de verdad permitan hablar de paz, más allá de las desmovilizaciones de ejércitos y más allá de los acuerdos políticos, como un esfuerzo por darle a la sociedad una democracia participativa verdadera y oportunidades a la gente.

¿Usted considera que esas grandes reformas de las que habla se han comenzado a alcanzarse? ¿están en proceso de realizarse? ¿o estamos lejos de que esos procesos de cambio real se den?

W. O: Yo las veo muy lejos. Porque en realidad una de las evidencias más dramáticas de los acuerdos de La Habana es que cuando la ciudadanía fue consultada solo la mayoría le dio la espalda a los acuerdos. Eso revela cuan divorciada esta la comunidad, cuan alejado de la sensibilidad común de la gente y de las expectativas de la gente. Yo creo que una paz que signifique reformas profundas para todos y la evidencia de que va a comenzar un tiempo nuevo no dejaría de despertar un gran entusiasmo social.

¿Que implica discursivamente que la palabra terror o terrorismo este nuevamente en el centro debate?

Luciana Cadahia: No creo que la palabra esté nuevamente en el centro del debate. Justamente como ha dejado de estarlo, y como se ha conseguido politizar e historizar el conflicto al interior de la opinión pública, justamente por eso, digo, es que la derecha más reaccionaria está intentando despolitizar el problema y volverlo a la lógica del terror. Es decir, a una teologización del miedo y la violencia, diluyendo, como un fantasma sin rostro, las imágenes de los actores concretos que siguen sosteniendo las desigualdades sociales del país. Por eso, es responsabilidad de los periodistas, los políticos, la academia y la opinión pública en general, no ceder a este nuevo chantaje narrativo de la derecha más reaccionaria. Es el juego que ellos saben jugar y es su manera de tener la hegemonía del país.

Omar Rincón: Lo que sucede es que Colombia, como nación, es un relato y ese relato se ha fundamentado en la violencia históricamente. El Acuerdo de paz planteaba una reinvención del relato de país hacia un país en el que convivíamos de otra forma, donde los problemas aparecían de otra parte, como la corrupción, la falta de inclusión social, el respeto a los Derechos Humanos: íbamos hacia un país moderno. Creo que volver hacia este discurso de ahora –y por eso es tan complicado todo esto– es que se juntan fuerzas premodernas hacia un discurso histórico de exclusión que es lo que va reinar. El discurso premoderno del ELN, que todavía cree en las armas; y el discurso de los guerreros de la palabra, que es el del status quo colombiano agrario.

Entonces de alguna forma nos devuelve al discurso de un país premoderno que corresponde al status quo actual. El Acuerdo de paz planteaba la reinvención de un país donde los guerreros de la palabra, los guerreros del campo, de derecha, izquierda y centro, perdían el poder de la hegemonía del relato. Entonces creo que esto nos vuelve a centrar en un discurso que es cómodo para las elites colombianas pero es incómodo para la construcción de un país moderno.

¿Cómo cambió el relato en la era Santos respecto del que había en la era Uribe (y que hay ahora)?

W. O: A mí me parece que es una estrategia antigua de la sociedad colombiana, no creo que haya cambiado mayormente. Aquí cuando se hacen procesos de dialogo, con aquellos con los que se está dialogando, deja de utilizarse el instrumento militar: los bombardeos o la persecución militar. Pero el mismo Santos, que fue el que hizo la paz con las Farc, fue agente de la política guerrera de Uribe en su tiempo. Eso lo utilizan como una estrategia cada vez que les conviene. Yo creo que aquí lo que necesitamos es el despertar de una ciudadanía que exija el cambio porque si no nos pasaremos toda la vida quejándonos de lo que nos hacen.

L. C: Es una pregunta muy compleja y no sé si estoy en condiciones de responderla de manera acabada. Pero me atrevo a indicar que en los dos gobiernos de Santos crearon las condiciones para volver a hablar de política en el país. La apuesta por el proceso de paz y una serie de medidas de re-institucionalización del Estado ayudaron a desmontar el relato del terror que había instaurado Uribe. Esto no quiere decir que la violencia haya desaparecido, sino que se crearon las condiciones para empezar a trabajar el problema de otra manera. Finalmente, creo que Duque no sabe qué hacer con esas dos herencias (santismo y uribismo). Tengo la sensación de que recibe presiones de todos lados y no es capaz de generar una narrativa o discurso de gobernabilidad. De ahí que el uribismo tenga tanta capacidad de chantajearlo políticamente.

O. R: Hay el planteamiento de dos países distintos. Por un lado un país premoderno, rural, católico, de unas clases sociales en donde los ricos defienden su injusticia diciendo que hay unos guerreros que atentan contra ellos, y ellos son unos guerreros contra los pobres. Y Santos intentó –lo logró con el Acuerdo de paz– meternos en un discurso mundial de modernidad, donde se respetaban los derechos Humanos, en primera instancia; no trabajó mucho por la inclusión social pero sí por un país respetuoso de la diversidad cultural. La virtud más grande del Acuerdo de paz no fue el Acuerdo de paz sino el intento de crear un nuevo relato de nación.

¿Qué implica entonces que el uribismo haya vuelto al poder? ¿Ese relato moderno se echa para atrás? ¿De qué manera se puede construir hegemónicamente un relato hacia un país moderno?

O. R: El gobierno de Duque es un gobierno premoderno pero con visos de posmodernidad. ¿Qué significa eso? A ver… La premodernidad se trata de mantener el satus quo, la tenencia de la tierra en manos de terratenientes, la explotación de la naturaleza vía minería, la exclusión social como norma de obediencia de súbdito. Pero tiene de posmodernidad lo de nuevas tecnologías, que es otra forma de perder derechos. Lo que al gobierno Duque no le gusta es la modernidad. ¿Y la modernidad en qué consiste? La modernidad consiste en el pensamiento crítico, el respeto a los Derechos Humanos, el fomento de la inclusión social, el pensar en la diversidad cultural, el respeto por el otro. Colombia nunca ha querido ser moderna, es triste. Es un país al que le quedo grande la modernidad. Pasamos de la premodernidad a la posmodernidad. No pasamos por la conciencia crítica o por el respeto a los Derechos Humanos.

¿Uno podría decir que el atentado del jueves, independientemente de quienes hayan sido los responsables, le es funcional al relato del uribismo?

L. C: Claro que sí. Es completamente funcional. En primer lugar porque permite desplazar de la agenda pública una serie de problemas de primer orden, problemas que refleja la ausencia de democracia en Colombia, tales como: la muerte sistemática de líderes sociales,  la paralización del proceso de paz y la incertidumbre de  los guerrilleros desmovilizados, el caso Odebrecht, el papel de la fiscalía durante la gestión de Iván Duque.

El atentado del jueves, narrativamente, tiene la fuerza de oscurecer todo lo anterior, invisibilizarlo, y poner en el centro del debate, una vez más, la lógica del enemigo interior –aunque incluso, esta vez, Duque coquetee con la idea de que este enemigo interior pueda ser exterior, es decir, Venezuela–.  Lo que me llama la atención es observar una especie de “pulsión a la repetición” tras el atentado, es decir, la capacidad de los medios de poner a la ciudadanía exactamente en el lugar de hace 10 años. Al menos, deberíamos ser más críticos, tomar distancia, y entender cómo se construye, una vez más, la ficción de la inmediatez del horror y su capacidad para despolitizar y deshistorizar el nudo ciego de la política colombiana.

O. R: Sí, claro. Es que el atentado es devolvernos de país. Pareciera a medida del uribismo. Yo creo que ellos tuvieron un orgasmo ideológico.

¿Y qué posibilidad hay como sociedad de construir, bajo este gobierno actual, un contra-relato moderno?

O. R: Yo creo que estamos metidos en dos países premodernos: el discurso Uribe y el discurso Petro. Ambos son premodernos. La posibilidad de un contra-relato no existe. Realmente estamos metidos en un problema donde el relato moderno no existe, el relato moderno no puede existir porque si uno intenta algún discurso termina siendo o uribista o petrista. El problema es que este país no ha sido capaz de darse la capacidad de la ambigüedad.

En la mañana del jueves el expresidente Uribe escribió lo siguiente en Twitter: “Qué grave que la Paz hubiera sido un proceso de sometimiento del Estado al terrorismo!”. Le quería preguntar por las redes sociales y en especial Twitter, ¿qué papel juegan dentro de todo esto?

W. O: Esa frase del expresidente Uribe me parece que no tiene sentido. No me parece verosímil que el atentado se les fuera a atribuir a las Farc, que se han desmovilizado. Pero lo cierto sí es que aquí la paz que se firmó hace unos años solamente incluía a las Farc, y aquí hay muchos factores de perturbación del orden social y muchos factores de perturbación del orden público. Hay muchas bandas criminales, hay guerrilleros todavía operando.

De manera que pretender que ese proceso de paz hubiera culminado y destronado el terrorismo en Colombia, sería exagerado. Y de todas maneras yo creo que sin esas grandes reformas históricas va a ser muy difícil que aquí se aclimate un sosiego social. Ahora se está hablando del atentado, que me parece aterrador. Porque hace tiempo no ocurría un fenómeno de esa magnitud. Pero todos sabíamos del asesinato sistemático de líderes sociales que vienen de hace mucho tiempo, que no acaba de comenzar, que ha sido una cosa continuada a lo largo de las décadas y de los últimos años. Entonces a lo que hay que atender ahí es a que tal vez no es simplemente la estrategia de este o de aquel gobierno, sino que hay un problema muy profundo que nadie resuelve.

Más allá de un discurso de seguridad hay unos problemas de fondo…

W. O: Y además hay un problema de narcotráfico, de violencia en las ciudades, de violencia de las mafias, hay demasiados problemas. Todos sabemos que Colombia es un nudo de problemas mezclados. Cuando ocurre un hecho de estos nadie puede decir fue tal o fue cual, porque los sospechosos son como cincuenta ¿no? Cuando un fenómeno de estos ocurre, es muy difícil que las soluciones sean de tipo militar e inclusive de tipo jurídico. Tiene que significar una transformación de la sociedad en donde de verdad la gran mayoría de la población se solidarice con políticas del Estado. Pero es que es muy difícil aquí ser solidario con un Estado que siempre está actuando contra la gente.

Luciana, escribiste Twitter que “Vuelve la lógica del terror. Ese gran relato que funciona como el grado cero de cualquier relato. Se niega a sí mismo como un gran agujero negro. Lamento la muertes de los policías, pero más lamento que algunos vuelvan a coquetear con la narrativa del terror sin lenguaje”. ¿Qué significa que el relato del terror sea el grado cero de cualquier relato?

L. C: Que el lenguaje del terror establece una relación delirante con la lengua. El terror es el límite del lenguaje. El terror es la imposibilidad misma del nombrar lo que nos pasa. Es decir, la lógica del terror social intenta borrar de un plumazo las causas político-económicas que las origina. La conmoción ante el terror, borra la memoria, la política y destruye el tejido social. Colombia es un laboratorio de vanguardia en producir lógicas del terror. Y ya viene siendo hora de romper con el esquema teológico desde el cual se asume e incorpora la lógica del terror.

No es una maldición divina –cual ira de dios– es, por el contrario, un diseño de laboratorio político que busca generar un efecto muy preciso en la psique social de los colombianos, a saber: despertar el miedo que los lleva al olvido, al silencio y a la parálisis. Posiblemente sea muy optimista, pero creo que estamos en un momento de mucha politización ciudadana, y si bien el discurso del terror es un fantasma nacional, no sé si lograrán, esta vez, el éxito que esperaban. Me parece que Colombia se encuentra en otro momento histórico y tiene una sabiduría popular capaz de cortocircuitar el relato del terror que tratan de instalar.