Una entrevista con Beatriz Sarlo | ¡PACIFISTA!
Una entrevista con Beatriz Sarlo
Leer

Una entrevista con Beatriz Sarlo

Colaborador ¡Pacifista! - Abril 22, 2020

Diálogo con la crítica cultural más importante de Argentina sobre lenguaje inclusivo, literatura contemporánea y política; sobre sí y sobre otros.

Compartir

Por Pablo Díaz Marenghi.

Beatriz Sarlo (Buenos Aires, 1942) es una de las ensayistas más relevantes de Argentina y América Latina. Escribió más de veinticinco libros. Su mirada influenció el canon de la literatura argentina en la que posicionó, por ejemplo, a Juan José Saer. Trabajó en el Centro Editor de América Latina y dirigió la revista Punto de Vista. Enseñó en la Universidad de Buenos Aires (allí se licenció en Letras), Cambridge y Columbia, entre otras. Recibió la Beca Guggenheim, el Konex de Platino y el Pedro Henríquez Ureña. En la actualidad, se expresa sobre política y cultura en diversos medios.

Sarlo concede esta entrevista en su estudio, ubicado en el centro porteño. Su manera de reflexionar, su erudición y memoria vuelven imposible la indiferencia.

Muchos reniegan de la palabra intelectual. ¿A usted le molesta?
No. Tengo que reivindicar desde Karl Marx a Víctor Hugo o Voltaire. Uno puede decir cualquier palabra en sentido despreciativo, pero es, más bien, parte de la ignorancia de quien la pronuncia. Una celebrity de televisión hoy se coloca en un lugar más elevado. ¿Por qué no pronuncian “estrella” con carácter crítico? Yo quería ser una intelectual. No sé de dónde había sacado la palabra, pero la repetía. Era una niña díscola. A los doce me preguntaron: ¿qué querés hacer? Y dije: “Una intelectual”. El desprecio frente al intelectual es parte de una reacción populista.
¿Las mismas personas que adoran al papa, que es un intelectual –de derecha, pero intelectual–, despreciarán al intelectual?

¿Cómo es su rutina de trabajo?
Llego a las diez de la mañana a mi estudio y me voy a las nueve de la noche. No trabajo sábados y domingos en absoluto. No atiendo llamados ni porque me llamen de la BBC. Me voy al club, a Ferro. Estoy muy acostumbrada a trabajar fuera de casa porque durante mucho tiempo no la tuve. En época de la dictadura trabajaba en bibliotecas. Ahí separé el cigarrillo del trabajo, lo único que debería agradecerle a la dictadura. Nunca fumo cuando escribo. Trabajé en institutos compartiendo oficina y aprendí muchísimo de mis compañeros. Felipe Solá era uno. Nos peleábamos todos los días.

Usted estudió Letras en la UBA, donde también dio clases.
Sí. Me gradué en 1966, año del golpe de Estado. De 1966 a 1983 no tuve nada que ver con la facultad. Fueron diecisiete años fuera. En el año 2003 me di cuenta de que había pasado veinte años en la facultad. Nunca estuve veinte años en ninguna parte. Ni siquiera en mi propio cuerpo. En ese momento decidí que me iba. Como muchos de mi edad, somos de temporalidades cortas. Hubo demasiadas dictaduras militares para pensar que nuestra temporalidad es larga. Entonces, cuando descubro que estaba entrando en el año veinte, digo “me tengo que ir ya o alguien me va a asesinar en un baño”. Me fui y no extrañé un solo día.

Su vida y obra están atravesadas por la política. Militó en el maoísmo, por ejemplo.
Antes estuve en un espacio peronista. Mi experiencia fue de completa omnipotencia. No tenía trabajo y me fui a dar cursos a Trelew, Chubut. Y me propuse fundar la JP (Juventud Peronista). Cuando volví a Buenos Aires, le dije a (Rodolfo) Puiggrós: “Fundé la JP de Chubut”. Esa frase, aunque parezca absurda, se podía decir con seriedad. Pero en aquel momento cualquier cosa que se llamara JP viraba hacia la guerrilla, con la que nunca estuve de acuerdo porque me parecía un gesto de pequeña burguesía aristocrática. Pasé al maoísmo porque allí la guerra era popular y prolongada, pero no guerrilla.

¿Y cómo ve el peronismo?
Como dice un amigo, la mayoría de los intelectuales de este país se han pasado la vida tratando de entender al peronismo. No soy la excepción. Quizás haber estado, aunque sea fugazmente, en el peronismo me evitó el antiperonismo furibundo. A la vez, me impidió toda ilusión. No es un territorio desconocido del cual tengo que enamorarme para enamorarme del pueblo. Tiene una enorme cantidad de falencias y algunas cualidades. No me tienta en absoluto. El kirchnerismo no me tentó nunca. Y el regreso del peronismo unido es una asociación política difícil. El temperamento de Cristina (Fernández de Kirchner) –autoritario, centralista, narcisista– sigue tal cual lo dejamos. (Alberto) Fernández es muy inteligente, pero quizás demasiado confiado.

¿La crítica literaria le aportó herramientas para analizar la política?
Todo. El análisis que puede hacer Roland Barthes o Clifford Geertz es mi forma de pensar la política. Es una relación muy cercana al texto, ya sea de palabras o de acciones. No he dejado de pensar como crítica literaria, aunque a veces me saquen de ese campo porque hay que escribir de política todo el tiempo. Escribiendo sobre literatura no tengo dudas. Me puedo equivocar en mi gusto crítico, pero me siento absolutamente en mi terreno.

¿Qué resalta de la literatura argentina contemporánea?
Me gustó mucho Quemar el cielo, de Mariana Dimópulos. Otra que me pareció notable es Era tan oscuro el monte, de Natalia Rodríguez Simón, de una violencia que a veces no encuentro. También destaco Vuelta y vuelta, de Iosi Havilio.

¿Hay variedad en nuestra literatura de hoy?
Para responder eso necesito una perspectiva de veinte años. Si no, corrés el riesgo de hacer generalizaciones que no sirvan. Tengo cierta idea de que hay una literatura de mujeres demasiado encerrada en su mundo, pero a lo mejor no es cierto. Porque Mariana Enríquez con su literatura te dice que no. Hay que leer esos libros y escribir sobre ellos. Después, ver cómo uno organiza ese sistema. Uno está demasiado cerca. Si vos estás en el medio de la montaña, no podés ver su perfil.

Usted suele escribir en medios gráficos. Mucha gente sostiene que hoy se escribe peor que antes.
Nunca tengo la sensación de vivir procesos de decadencia. No es que sea una optimista histórica. Cuando dicen “antes”, ¿en qué están pensando? ¿En las Aguafuertes porteñas, de Roberto Arlt? ¿En los textos de (Raúl) González Tuñón? Si miras el diario Crítica, vas a ver que los textos de González Tuñón estaban acompañados de cada porquería que no leerías. Ignoro lo que es la nostalgia. A lo mejor el periodismo de hoy no es todo lo bueno que debería ser o debería haber más periodismo de investigación. Tendría que haber menos artículos de opinión, comenzando por los míos.

Lo que sí se puede ver, cosa que usted desarrolla en La intimidad pública (2018, Seix Barral), es cómo fueron cambiando los modos de leer y escribir.
Y el periodismo responde. ¿Por qué no decir que es la respuesta que hace para el público, cuya cultura está armada en la televisión? Una nota de fútbol era más difícil de leer hace cuarenta años. Hemos visto los resultados de las pruebas Pisa y no solo los chicos de los colegios más empobrecidos no pueden leer un texto largo. Me cuentan que en los exámenes de la Facultad de Filosofía y Letras no hay subordinadas, que son una forma de organización del pensamiento. El periodismo sigue esas transformaciones porque sigue a sus lectores.

¿Cómo es su relación con la tecnología?
Contemporánea a los progresos. Soy de la generación que escribía en máquinas Olivetti de seis kilos de peso. En Estados Unidos, en los ochenta, compré una computadora portátil japonesa que fue vista con veneración. Nunca me gustó hablar por teléfono, por eso lo evito. No tengo Facebook ni Twitter. No me interesan mucho los mensajes de corta duración. Una frase ingeniosa hacemos todos; la cuestión es si hacemos un párrafo con muchas subordinadas.

¿Nunca pensó en escribir ficción?
No. Nunca. Lo mío empezó siendo un ideal universitario. Investigar. En mi tesis de licenciatura aprendí a trabajar en archivo. Es interesantísimo. Aprendí la palabra ensayista mucho más tarde. Creo que a la palabra ensayista hay que ganarla. No me hubiese parecido mal ser traductora. Pero no escritora. Me daban a leer Shakespeare y Jane Austen en el colegio a los diez años, ¡no se te puede ocurrir ser escritor después! Pero no perder nunca la literatura. En una serie de crónicas breves que publiqué durante cinco años en la revista Viva, toqué a un público que creí que no iba a tocar nunca. Volvería a escribir eso en vez de estas porquerías sobre política (señala sus papeles sobre el escritorio).

No por nada la revista que dirigió durante tanto tiempo se llamó Punto de vista.
Se llamó así por una frase: frente a la dictadura, vamos a reivindicar nuestro derecho al punto de vista.

¿Qué análisis hace del crecimiento del feminismo en la Argentina?
Estuve cuando las chicas del pañuelo verde se pasaron toda la noche en el Congreso. Era un movimiento social poderosísimo, con muy baja organización política (lo cual le va a marcar dificultades en el futuro). El noventa por ciento no estaba pidiendo para ellas, sino para otros. Te dabas cuenta de que si alguna necesitaba abortar, lo iba a conseguir. Estaban pidiendo para quienes podrían morir en un aborto con perejil. La idea de pedir para otros me pareció extraordinaria.
Digo otros porque para mí el masculino es universal. Si no, tendría que decir “piden para otras”.

Teniendo en cuenta esa aclaración, ¿qué opina sobre el lenguaje inclusivo?
Es difícil que el voluntarismo se imponga sobre el uso lingüístico. La escuela primaria argentina en los años veinte les pedía a las maestras que usaran el tú en el aula. Y lo usaban. Cuando salían al recreo, les decían a los chicos “vos no corrás, vos portate bien”. Fue un fracaso. Los usos lingüísticos están ligados a los grupos en los cuales se expanden. No tengo dudas de que en los colegios de élite porteños se usan les chiques. ¿Qué pasa en las periferias? Son procesos de larga duración.

¿Se le ocurre algún ejemplo?
Durante el siglo XIX, la palabra “gaucho” significó “vago” y “mal entretenido”. Así figuraba en los documentos que controlaban su circulación por el territorio nacional. De repente, esa palabra empezó a resemantizarse positivamente. En mi hipótesis, cuando la inmigración empezó a ser un factor lingüístico, cultural, demográfico y sociológico importante, comenzó a significar “buena persona”, alguien que “hace gauchadas” –que en español rioplatense quiere decir favores–.

¿Qué está escribiendo actualmente?
Tengo que explicar algunos de mis recorridos. Uno es el cine, y otro, la música. Desde que salió la Revista de Cine [dirigida por su pareja, Rafael Filippelli] escribí un artículo por número. En el próximo número sale uno sobre el Joker. La tuve que ver tres veces.

¿Le gustó?
No, pero es muy significativa de cómo serán las películas. Y estoy acostumbrada a pensar en las relaciones que establezco. Si no las pienso, las voy a estar haciendo como un zombi.

 

Pablo Díaz vive en Buenos Aires. Es periodista y docente. Trabaja en la revista ArteZeta.