Relatos cortos de una ciudad que intenta volver a la normalidad Foto: Mauricio Alvarado - El Espectador.
Leer

Relatos cortos de una ciudad que intenta volver a la normalidad

Juan Pablo Sepúlveda - Enero 18, 2019

Seguimos y seguimos reciclando nuestra violencia como si nos gustara, como si fuera un motivo de orgullo.

Compartir

De camino al hospital de la Policía, por la 26, ya se veían tres banderas con los tres colores de Colombia a media asta. La ciudad silenciosa, conmovida y alerta. Varias persona estaban llamando desde afuera preocupados porque sus familiares en Bogotá estuvieran bien. 21 muertos, 66 heridos en nueve hospitales. 21 muertos, hasta ahora.

Ocho años pasaron para que en la capital de Colombia volviera a explotar un carrobomba. Esta vez sucedió en lo que podríamos considerar el corazón del aparato militar colombiano. Se ha dado toda clase de declaraciones y el país está lejos de saber la verdad, pero el ataque ya se le está adjudicando al ELN y, según el ministro de Defensa Guillermo Botero, se hizo con un conductor suicida que entró a la Escuela de Cadetes General Santander con 80 kilos de pentonita  y estacionó el vehículo al lado del dormitorio de las cadetes. Lo siguiente fue el estruendo, el fuego y la muerte.

“Para mí que eso ya se veía venir”, James, en el Transmilenio. 

Colombia está en un momento raro. Durante los últimos años los titulares sobre violencia incluyeron la palabra “paz”, y sí es cierto que los índices bajaron. Pero despertamos en 2019 y nos damos cuenta de que la violencia volvió a subir, de que se está matando en Colombia como hace años no se hacía. En 2019 ya asesinaron a 9 líderes sociales asesinados, bajaron a un helicóptero comercial con un misil y ahora esto. Ahora la pesadilla de una bomba en una ciudad.

“Te tienes que acostumbrar a que este país es así”, María, una transeúnte que pasa por el Monumento a los Caídos y le habla a su amiga.

No es mucha la información que ha entregado la Policía: que por ahora no hay declaraciones y que no hay parte médico de cómo están los heridos. Que están trabajando con un equipo de psicólogo para reconstruir lo ocurrido. Poco más. El mensaje que sí está dejando claro la Fuerza Pública en Bogotá es otro: la ciudad está llena de Policía y Ejército. A cuatro cuadras a la redonda del hospital de la Policía hay soldados con camuflados, cascos y fusiles de asalto.

No sé si eso me hace sentir protegido o vulerable.

“No he podido encontrar a mi hijo. Ya fui a tres hospitales. No quiero ir a Medicina Legal, tengo miedo”, Eugenia, madre de uno de los heridos. 

Es terrible ver a un militar con una bandera de otro país en su uniforme entrando con la cara pálida a un hospital en Colombia. Es terrible que el mierdero de otro país le haga entrar así a una clínica extranjera para averiguar por la suerte de un compatriota víctima.

“Volvimos a la época del uribismo. Más requisas, más atentados, más gente para el camión”, José, habitante de calle. 

Es macabro cómo el número de heridos y de muertos ha aumentado con las horas. Cómo de 5 se pasa a 9 muertos, o de 29 a 80 heridos. Es macabro cómo una vida humana termina luciendo como una estadística.

“Yo veo la cosa muy difícil. La violencia sí bajó pero también le han bajado recursos a la Fuerza Pública. Hay un montón de gente del Ejército volada, o sea que los echaron. Veo que Colombia no está lista para que su fuerza militar disminuya todavía”, Jaime, pensionado de la Armada Nacional.