Resistencia pacífica en las regiones: la paz va más allá de Duque y la JEP | ¡PACIFISTA!
Resistencia pacífica en las regiones: la paz va más allá de Duque y la JEP Foto: Archivo Pacifista
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Resistencia pacífica en las regiones: la paz va más allá de Duque y la JEP

Colaborador ¡Pacifista! - marzo 4, 2019

Divergentes | Para aterrizar la esperanza podríamos observar a las comunidades que, pese a 50 años de conflicto en sus regiones, le siguen apostando a la paz.

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Por:  Lorena Cantor Sandoval

Cuando una lancha se detiene por casi tres horas a la deriva en el Océano Pacífico, la metáfora de que el cielo se une con el mar pasa de ser una descripción romántica, a una realidad abrumadora en la que es imposible acostumbrarse al bamboleo o al olor a sal. El sonido del agua contra la lancha al ritmo del oleaje se convierte en metrónomo, y va marcando el compás de una espera que nadie sabe cuánto va a durar.

Hace un par de años, estando en esa lancha comprendí que estaba más rodeada de tiempo que de mar, y no hay nada más preciado para alguien que vive con afán, que tener tiempo. Entendí la espera como un regalo: el mar me estaba devolviendo cada minuto para pensar, que día a día me había venido robando la ciudad.

No es que no me guste la ciudad, aclaro. Soy una rola orgullosa y hasta cansona, de las que le dice a cada persona que conoce que tiene que probar el ajiaco y tomarse un chocolate en La Puerta Falsa, junto a la Plaza de Bolívar; pero siempre he pensado que pasar demasiado tiempo entre el cemento nos hace perder la noción de realidad.

En cambio ese día estaba recorriendo parte de esa Colombia a la que le hacemos oídos sordos: el trecho de mar abierto que hay entre Buenaventura y Guapi. Emprendimos la travesía apenas a unas horas de ver la firma del acuerdo de paz con las FARC-EP, y quizás por eso el tiempo que me regaló el mar lo gasté pensando eso de la paz con qué se come.

La vida me ha llevado a varios rincones bellos y “alejados” del país, y sin importar si en mis cavilaciones volvía mentalmente al Amazonas, al Huila o al Vaupés, siempre encontraba una respuesta recurrente a mi pregunta: en todo el país hay mujeres y hombres que construyen y protegen el territorio a su manera, como un espacio para poder ser. En cada camino, en cada plaza, en el campo y la ciudad, hay comunidades que enfrentándose al despojo y la violencia que intentan apabullarlos, construyen todos los días formas de apropiación y de resistencia.

Del Amazonas al Chocó he conocido gente dispuesta a defender su entorno como una trinchera, y a construir territorio ante realidades que parecen devastadoras como el conflicto armado o el cambio climático. Campesinos y campesinas fundaron el Parque Regional del Páramo de Miraflores; víctimas del conflicto crearon las huertas urbanas de Medellín; la Mesa Regional de Organizaciones Sociales del Putumayo generó un ordenamiento propio para la región.  Las iniciativas populares que ayudan a construir paz siempre han existido, pero no las hemos querido ver, o bien, no nos las han mostrado. 

Donde quiera que miro veo gente que siempre encuentra la fuerza para levantarse, a defender un río, a proteger una reserva, a convertirse en música o en crónica, a seguir construyendo esa historia donde siempre se levantan de nuevo, y a vivir. Cada uno de estos espacios desde los cuales las comunidades dan sus propias luchas, con sus formas de habitar y sus maneras de contar, es un lugar donde se construye paz. Así que desde el momento en que por fin me bajé de la lancha en Guapi, hasta ahora, me he dedicado a buscar esos retazos.

Lo que podemos aprender de las regiones 

Cuando en 2017 los habitantes de Arbeláez eligieron blindar su territorio contra proyectos provenientes de la industria de hidrocarburos, los que más celebraron al escuchar los resultados de la consulta popular fue un grupo de jóvenes que decidieron llamar a su colectivo «Guacana», que significa ‘territorio’ en lengua panche. De puerta en puerta convencieron a cientos de sus paisanos de defender los ecosistemas en las urnas, y desde entonces siguen con las botas puestas de finca en finca, aprendiendo a punta de tinto lo que significan las palabras ‘territorio’ y ‘futuro’ para los arbelaences.

En Risaralda, cerca de los ríos Cestillal y Barbas, se puede ver la labor que hace Chinampa, una asociación de estudiantes que camina la montaña desde 2011, haciendo educación ambiental popular. Junto con las comunidades defienden al bosque de los monocultivos y otras amenazas latentes, haciendo caminatas, festivales, foros  y movilizaciones. Los integrantes de la asociación han encontrado diversas formas de camellar con niños y niñas de toda la cuenca, convirtiéndolos en guardianes de los ríos. 

Pero no solo me refiero a las iniciativas ambientales. Por ejemplo, cuatro jóvenes que participaban del periódico comunitario de Villa Hermosa en Medellín, crearon en 2009 una Escuela de Comunicación Comunitaria que luego trajo consigo talleres de fotografía, video, y radio. En estos diez años, Ciudad Comuna se ha posicionado como un espacio donde las personas construyen conocimiento y tejido social a través de la comunicación, contando su propia historia y construyendo ciudad, en medio de un territorio atravesado por la violencia y la inequidad.

Tejer sueños colectivos como los que les les cuento, creo yo, es la mejor forma de construir paz, porque es lo que permite que a pesar de todo las sociedades recuperen su cohesión social, su capacidad de pensarse. El domingo que siguió a mi varada introspectiva en lancha, recibí un mensaje de texto de mi papá diciendo «Ganó el NO», que me quebró completamente. Tuve que abrazarme fuerte a esos momentos en el mar para no claudicar, y así lo seguí haciendo durante toda la semana. Volví a aferrarme a ese recuerdo cuando se rompieron los diálogos con el ELN, y de un tiempo acá, cada vez que veo noticias pienso de nuevo en la lancha.

Vuelvo cada tanto a ese día porque desde la mesa de La Habana todo gira alrededor del Acuerdo, y a pesar de que vemos cómo asesinan líderes sociales y excombatientes a diario, muchos actores hoy viven de un postconflicto al que por falta de voluntad política nunca llegamos. Pero la historia nos está demostrando que la paz no es algo que se pueda coger con las dos manos y por eso no la resguardaban ni urna ni un papel.

Hoy pienso con mucha nostalgia en todas las ventanas y paredes que decían «sí a la paz», y también en las que solo decían «sisas». Recuerdo llegar al Nevado del Ruiz y que por un segundo se me quitara el frío al ver el letrerito del  en alguna ventana. Se me viene a la cabeza la doña que vendía pescado en la plaza de Guapi y me decía que ahora sí todo iba a cambiar porque iba a haber más turistas, pero también al señor de Mariquita que decía que tanta maravilla no podía ser cierta. Escucho todavía a la gente cantar en las plazas celebrando cada firma previa al acuerdo final, y se me hace un nudo en la garganta al ver que pasamos de eso a estar al borde de la guerra con un país hermano.

Nos faltaba mucho para llegar a la paz completa, pero ahora está más lejos todavía, y si vive, solo lo hace en el enorme poder de resistencia desde lo local que nace del amor por el territorio. Ya está muy lejos esa lancha pero la gente que lucha está en todas partes, y eso me llena de una esperanza que no he encontrado en la academia o en el gobierno, porque juegan a resolverlo todo a solas.

Hace mucho que distintas voces construyen paz en todo el país, cada día y en cada grito, desde antes de que estuviera de moda y de que todo lo etiquetaran con una palomita blanca; pero hay que aprender a escucharlas, a acompañarlas para que no remen solas y sobre todo, hay que defenderlas en la calles. La construcción de una Colombia diferente será colectiva o no será. Nadie es el ombligo del mundo, porque como dicen por ahí: «si el mundo tuviera ombligo, todo sería mucho más fácil».

Si el mundo tuviera ombligo, la verdad,  yo no terminaría varada en la mitad del mar.