'Nosotros también hemos llorado por Bojayá': Farc | ¡PACIFISTA!
‘Nosotros también hemos llorado por Bojayá’: Farc
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‘Nosotros también hemos llorado por Bojayá’: Farc

María Flórez - Diciembre 8, 2015

Así se planeó el acto perdón y de reconocimiento de responsabilidad al que asistió una delegación de las Farc en ese municipio del Chocó.

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Nadie aplaudió. La gente de Bojayá, sentada a la intemperie, tenía la mirada fija y el rostro duro. Las mujeres y los hombres parecían congelados cuando “Pastor Alape”, el comandante guerrillero, se paró frente al micrófono.

A “Alape” le temblaban frenéticamente las manos. Bajo la sombra de los árboles del Chocó, sobre el suelo del pueblo que destruyó el bloque José María Córdoba de las Farc en 2002, el guerrillero hizo su mea culpa.

“Hemos reconocido el hecho y ojalá algún día seamos perdonados”, dijo. “Nosotros también hemos llorado, con respeto y honradez, por la muerte inocente de quienes esperaban misericordia. Hace 13 años que pesa en nuestros hombros el dolor desgarrador que los afecta a todos y todas ustedes”, hace 13 años que las Farc le causaron un daño irreversible a Bojayá.

Qué diferente fue ese discurso al del 8 de mayo de 2002, cuando después de causar la muerte de 79 civiles y dejar heridos a más de 100 en la iglesia de este pequeño pueblo a las orillas del Atrato, la guerrilla emitió un arrogante comunicado. En él, aunque dijo que lamentaba “profundamente el fatal desenlace”, le echó la culpa a los paramilitares, al Ejército, a la Armada, al presidente Pastrana y hasta a Estados Unidos. Esta vez, asumió sus responsabilidades.

Y es que, si bien esos actores tuvieron su parte de responsabilidad, fueron las Farc las que lanzaron el cilindro lleno de metralla que ocasionó la masacre por la que hoy piden perdón. Lo hicieron en medio de un combate, sí, pero sabían que los paramilitares estaban en constante movimiento, que los cilindros sólo eran “efectivos” contra objetivos fijos y, sobre todo, que la gente del pueblo estaba escondida en la iglesia, en medio del fuego cruzado.

 

Durante el acto de reconocimiento de responsabilidad por parte de las Farc, jóvenes chocoanos presentaron una obra de teatro en tributo a la comunidad. Foto: Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas.

 

“Alape” leyó su discurso al lado de esa iglesia, donde hoy un Cristo mutilado descansa sobre un mantel blanco que dice: “PAZ”. Lo hizo frente a víctimas como Delis Palacios, quien estaba dentro de ese templo el 2 de mayo de 2002, y que tuvo que ver la sangre, los cuerpos destrozados, el polvo y el fuego.

Ella quedó con lesiones en manos, piernas, rodillas y oídos, “sin contar el desagarre psicológico”. También perdió a la mayoría de su familia y, cuando se curó, se convirtió en la aguerrida lidereza de la Asociación de Desplazados Dos de Mayo.

Sentada allí, frente a la iglesia, Delis escuchó el reconocimiento de responsabilidad de las Farc y los compromisos que 13 años después asumió el Gobierno, que, en voz del alto comisionado para la paz, Sergio Jaramillo, dijo que este solo era el primero de los perdones que se merece la comunidad y que el camino de la reparación apenas comienza.

Un año de planeación 

Aunque sólo se hizo público el 5 de diciembre de 2015, un día antes de su realización, el “Acto de reconocimiento de responsabilidad y petición de perdón de las Farc a las víctimas de Bojayá”, como se llamó oficialmente, venía planeándose desde 2014.

Ese año, la guerrilla había planteado por fuera de los micrófonos su intención de resarcir a la comunidad. En agosto, durante las conversaciones con la primera delegación de víctimas que viajó a La Habana, las Farc le reiteraron sus intenciones a Leyner Palacios, uno de los líderes de los sobrevivientes.

Así luce hoy la iglesia del viejo Bellavista, destruida por las Farc con un cilindro-bomba en 2002. Foto: Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas

 

Durante los meses siguientes, se acordó que algunas de las víctimas de la masacre se reunirían en Cuba con la delegación de paz de la guerrilla. El encuentro tuvo lugar entre el 16 y el 18 de diciembre de 2014, y en él participaron tres mujeres y tres hombres, entre los que se cuentan Delis Palacios, Plácido Bailarín, José de la Cruz Valencia y Leyder Palacios. Más tarde, esas y otras personas constituyeron el Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá.

Según Delis, “en esa oportunidad les dejamos claro a las Farc que nuestra presencia en La Habana tenía como único objetivo escuchar lo que ellos tenían que decir. Que nosotros íbamos a trasladar ese mensaje a las víctimas de la zona, porque considerábamos que no estábamos en condición de perdonar por los demás y que era necesario que la solicitud se hiciera de cara a las víctimas, en el territorio”.

En ese escenario, hace un año, las Farc leyeron un comunicado lamentando la masacre y anunciaron la apertura de una “nueva fase”, en la que consultarían con los pobladores la realización de “actos reparadores”.

Por eso días, el Comité y la delegación de la guerrilla pidieron el acompañamiento de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la Diócesis de Quibdó, la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, la red Comunidades Construyendo Paz y el decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Occidente, Jesús Alfonso Flórez. Estas personas y organizaciones recibieron el nombre de “testigos”.

Más tarde, el Comité visitó los consejos comunitarios, las comunidades indígenas y el casco urbano de Bojayá, y a los desplazados asentados en Quibdó, la capital chocoana. Durante múltiples reuniones y tres asambleas, realizadas entre diciembre de 2014 y noviembre de 2015, les informó a las víctimas qué se había discutido en Cuba y les consultó cómo debía realizarse la ceremonia. Los testigos, por su parte, sirvieron de puente entre las comunidades y los negociadores.

De esa manera, se acordó que, antes de ser escuchada, la guerrilla debía cesar las extorsiones y el repoblamiento del área, dejar de entrometerse en las decisiones de las autoridades étnicas y abandonar definitivamente el territorio.

Hace años, las comunidades de Bojayá cosieron sobre una gran tela los nombres de las 79 víctimas mortales que dejó la masacre. A la derecha, el Alto Comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo. Foto: Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas

Asimismo, se definió que no se invitaría a la prensa porque “esto no se podía prestar para un show mediático y para revictimizar a la gente”, que deseaba expresar sus emociones sin ser grabada o fotografiada. Según una fuente que participó en la organización, “la decisión también se tomó teniendo en cuenta la seguridad de la gente, que no quería mostrar sus rostros para que los paramilitares de la zona no fueran a decir: ‘Mire, esos son los que se reunieron con la guerrilla en Bojayá'”.

Durante las discusiones también se decidió que ninguna de las partes pediría ni otorgaría perdón expresamente, con el fin de que el acto no se convirtiera en un mero rédito político para las Farc.

Igualmente, los indígenas decidieron que el 4 de diciembre varios jaibaná —médicos y líderes espirituales de los embera— harían una ceremonia de sanación del espacio. Los jóvenes afrodescendientes, por su parte, organizarían una obra de teatro que contara “el antes, el durante y el después de Bojayá”, con la masacre como punto de referencia. Las mujeres también prepararían sus tradicionales ‘alabaos’, los sentidos cánticos con los que lloran a sus muertos y exponen sus denuncias.

Todo se cumplió y, pese a que el protagonismo se lo llevaron las Farc, lo cierto es que los pobladores de Bojayá fueron los artífices de ese histórico acto de reconocimiento. A pesar de continuar inmersos en la guerra, se arriesgaron a recibir a los negociadores de la guerrilla y a escuchar su discurso, convencidos de la urgencia de emprender la reconciliación.

Ahora le toca el turno a los paramilitares y al Estado. Este último, tal como declararon los testigos, tiene la enorme tarea de enfrentar la pobreza y la discriminación que desde siempre han acosado al Medio Atrato.