"Mi cuerpo dice la verdad": las víctimas de la violencia sexual narran su dolor | ¡PACIFISTA!
“Mi cuerpo dice la verdad”: las víctimas de la violencia sexual narran su dolor Fotos: Comisión de la Verdad
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“Mi cuerpo dice la verdad”: las víctimas de la violencia sexual narran su dolor

Staff ¡Pacifista! - Junio 26, 2019

Estas fueron algunas de las escenas que dejó el primer encuentro de la Comisión de la Verdad con las mujeres sobrevivientes del conflicto armado.

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Por: Marcela Madrid Vergara y Santiago Valenzuela 

“Soy mujer campesina. Mujer trans. Mujer negra. Madre soltera. Mujer excombatiente. Hombre gay. Negra, lesbiana y líder. Fueron los paramilitares. La policía. La guerrilla. Los militares. Un enfermero. Ocurrió en Cauca. Tumaco. Marialabaja. San Onofre. Leticia….”

Así se presentaron, a través de un video, las 30 víctimas de violencias sexuales que dieron su testimonio en el encuentro Mi cuerpo dice la verdad, el primero de siete que organiza la Comisión de la Verdad en su mandato de reconocer los hechos atroces del conflicto armado. 

Durante las siguientes tres horas, más de 600 personas sentadas en el auditorio del Teatro Adolfo Mejía en Cartagena escucharon los testimonios de crueldad y dolor de mujeres y personas LGBT que se prepararon durante meses para narrar su historia. Algunos lo hicieron en la tarima con un micrófono, otros en audios, videos o en cartas leídas por otros.

Cada palabra de las víctimas contando un delito, describiendo un sentimiento o lanzando un reclamo estuvieron acompañadas por los suspiros y el llanto del público. En los dorados balcones del teatro había lideresas de todo el país, pero también algunos responsables de todo ese dolor, dedicados a nada más que escuchar. 

Luego de verse en la pantalla nombrando la fecha y el lugar de su peor recuerdo, una mujer se levantó discretamente de su silla, entre la oscuridad del público, y salió del lugar. De inmediato, su llanto desconsolado se superpuso a la voz del primer testimonio en el escenario; su grito ahogado se mezcló con el relato ‘Cáncer del alma’, de Lina Palacio, una mujer lesbiana que fue violada por una docena de hombres a los 31 años. Quizá solo se oyeron con claridad las últimas palabras de su lectura, cuando los sollozos lejanos habían cesado: “Quisiera decirles que esta historia tuvo un final feliz pero no es así, sigo pudriéndome de cáncer del alma. Lento, muy lento, pero de manera contundente”. 

Antes de dar paso a los relatos, la comisionada Alejandra Miller les envió a ellas y a las más de 25.000 víctimas de violencias sexuales en el conflicto uno de los mensaje que llevan años esperando: “Hoy la Comisión de la Verdad quiere decirles: les vemos, les creemos, les abrazamos, nos importan”. Por eso, explicó, tomaron la decisión política de iniciar sus encuentros con “uno de los crímenes que ha sido más naturalizado, invisibilizado y negado en esta y todas las guerras”. 

Diferentes mujeres leyeron los testimonios de las víctimas de violencia sexual.
Primera escena: las violaciones, las Farc

Oscuridad. Silencio en el auditorio. Una mujer toma la palabra: “Fui víctima en 1989, en Codazzi, Cesar. Una tarde nos encontrábamos con mi madre y mi hermana. Nos fuimos para la terraza y una camioneta va pasando de manera muy lenta. Abren los vidrios, a los hombres solo se les alcanzan a ver los ojos. Suben los vidrios. Siguen de largo. Luego regresan hombres armados, diciendo que necesitan nuestra vivienda para recibir unas armas. Para esa época decían que el sacerdote del pueblo tenía nexos con la guerrilla de las Farc, pues recibían cargamentos de armas en el cementerio. Los vecinos insistían en que mis padres debían informarle a la Policía que habían recibido unas armas en la vivienda, que quedaba en la parte de atrás del cementerio.

Fue el peor día de mi vida. Volvieron reclutando jóvenes. A mi hermano, por defenderme, lo dejaron inconsciente, le dejaron un hematoma y murió tres años después. Mi madre no soportó el dolor de perder a su hijo y murió al mismo tiempo. Yo me quedé con mi dolor. No dije nada por miedo. Fui víctima de desnudez forzada”.

Un hombre toma el micrófono. Es el embajador de Noruega, John Petter Opdahl. Leerá el testimonio de Sandra, una mujer secuestrada en 1985 por la guerrilla de las Farc.

“Fui violada la misma noche de mi secuestro. Las violaciones fueron repetitivas y me provocaron abortos muy dolorosos. Fui ultrajada por el hecho de ser mujer. Producto de las violaciones tuve una hija, pero fue una hija que no quise ver. Dentro de las filas nunca sentí amor. Después de comunicarme con mi familia  la entregué. Ella sabe que existo, pero no nos comunicamos. Me dañaron la vida hasta el punto de no querer vivir. Como toda una adolescente quería celebrar mis 15 años, pero el día en el que los cumplí estaba con un fusil en un combate. Tanto daño siendo una niña…tanto daño irreversible.

“Perdí a mi familia, perdí mi identidad, porque allá nos ponen otro nombre. Las Farc violaron mujeres civiles. Basta de mentiras, que asuman su responsabilidad. Estuve 22 años dentro de ese grupo armado y no me podía salir, hasta que llegó el día en el que tomé la decisión de volarme y entregarme al Ejército. El Estado tiene mucho de responsabilidad en todo esto. Después de salir fui a la Defensoría y dije que había sufrido violación dentro del grupo, ¿y cuál fue la respuesta? ‘¿cómo es posible eso si usted fue guerrillera?’”.

Segunda escena: el paramilitarismo

Rosa: “Pensé que nada me iba a pasar, pero en el año 2000, trabajando en un local, un hombre alto con gafas oscuras me pidió un jugo. Después con sus hombres me obligaron a subirme en una camioneta, con pistolas. Eran paramilitares. Llegué a un sitio lleno de muchos hombres. Me bajaron de la camioneta. Me desamarraron, me dijeron que si quería comida, que en el campamento me iban a investigar, yo no hacía más que llorar y llorar y pedirle a Dios.

“Todas las noches me violaban. Uno me dijo que me iba a ayudar a salir si tenía sexo con él. Salí. Luego en el pueblo llegó una moto y me dijo que me iban a recoger de parte del comandante, que se querían acostar conmigo o sino mataban a mi familia. Todas las tardes me recogían y me amenazaban, me violaban. Yo no fui capaz de contarle a nadie, de denunciar. Después de 13 lo hice. La Fiscalía me dijo que uno había confesado que fui víctima de violencia sexual. En Justicia y Paz uno de ellos en la audiencia dijo que yo quería sacarle plata al Estado….Todos son del mismo pueblo, y cuando salgan de la cárcel acá van a llegar, pero necesitamos hablar, confiar, sacar fuerzas”.

Todavía con las imágenes que describió Rosa en la mente, llegó el testimonio de Lina Mercedes, también contundente, demoledor:

“Fueron 12 años de esclavitud sexual. Sobreviví a un empalamiento. Fue una violación masiva y sistemática. Soy una mujer muerta en vida como tantas de nuestro país que aún callan, que han perdido todo, a sus familias, todo. Hemos tenido que vivir de lugar en lugar, no tenemos tranquilidad, no podemos dormir en paz. Sentimos pena, vergüenza, pero lo más triste es que el gobierno hace caso omiso a esto, ignoran el dolor que padecemos.

“Yo vivía en un territorio donde los paramilitares ponían desde el alcalde hasta el médico. Eran tan cobardes que no eran capaces de soltar su fusil para violarnos. Nosotras somos más valientes que ellos porque hoy estamos aquí paradas”.

Su relato cerró con aplausos de admiración. Más adelante escucharíamos el testimonio de Estela, que se remonta al año 2005.

“Yo vivía con mis pequeños hijos en el corregimiento de Cuatro Vientos, Cesar. Por la situación económica nos fuimos al corregimiento de Palmitas, donde vivía mi hija mayor. Un día estaba en el camino y un hombre me cogió del brazo, yo estaba embarazada. Estaba con otros hombres, todos vestidos de negro con un águila en frente de sus camisetas. Yo iba rumbo a la casa de mi hija. Me dijeron que si me acompañaban y yo me negué. Ellos se enojaron, uno me sostuvo fuerte por el brazo, me llevó a un lugar montañoso por detrás del cementerio y me abusaron hasta que se cansaron…me hicieron perder mi bebé… me golpearon tanto…yo gritaba ‘¡por qué me hacen esto!… yo era una mujer sencilla, madre de seis niñas y un hombrecito.

“Después de ese hecho perdí a mi pareja, perdí al bebé, tuve lesiones, infecciones de transmisión sexual. Conocí a una mujer que me cambió la vida en ese corregimiento. Yo entendí que no era responsable de lo que me había pasado, que tenía que romper con el silencio y así empezó mi liderazgo. En 2016 decidí denunciar y levantar la voz por esas mujeres que hoy están en silencio porque el Estado no quiere escucharlas”.

Tercera escena: El Ejército y los gringos

Testimonio de Yanira. La encargada de leerlo fue la exalcaldesa de Cartagena Judith Pinedo. Esta carta incluía algunas de las descripciones más duras de la mañana. Mientras se escuchaban frases como “me pellizcaron los senos, me abrieron las piernas…” una mujer del público se encogía en su silla con las manos en la cara, y otra recibía un abrazo de consuelo por parte de la actriz Alejandra Borrero. 

“Estuve en la guerrilla desde los 14 años. Sufrí de violencia sexual en la guerrilla y después porque había sido guerrillera. En 1974 hacía parte de la ANAPO, y en un paro cívico en Barranca nos cogió un batallón del Ejército, fui humillada y violada. En 1979 debía volver a Barranca y el Ejército tenía todo cercado en la vereda. Ordenaron sacar a la gente, separaron hombres y mujeres y nos metieron en una casa, nos preguntaban dónde teníamos las armas escondidas, había que decir sí a todo, fui entregada a un alto mando, luego a otros, me abusaron, me humillaron, me dejaron daños físicos y emocionales”.

Entonces, tras un breve corte, llegó el turno de Olga:

“Fue en Melgar, Tolima. Estaba con mi hija en un parque, donde vendía artesanías. A mi hija de 12 años unos señores altos y fornidos le ofrecieron algo de tomar, la niña dijo que no, que su mamá no le dejaba tomar nada de extraño, le insistieron, la presionaron y se tomó una gaseosa. Se la llevaron a un parque. Yo la busqué en la estación de Policía y no la encontré, después de mucho buscar y con mucha angustia decidí volver a la casa. La niña llegó al otro día, silenciosa, sin ánimo. La bañé y me puse a llorar con ella. Me contó que después de tomarse la gaseosa se sintió débil, intentó volarse y uno de ellos, mexicano, la tiró al piso y la llevaron a la base. Fue drogada, secuestrada y violada por un estadounidense y un mexicano que era contratista, los dos trabajan en el marco del Plan Colombia.

“Fui a la base y confronté al gringo y al mexicano, quien me dijo que eso le pasaba a mi hija por ‘putita’. Yo decidí enfrentarlos e interpuse denuncias frente a las autoridades, Fiscalía, ICBF. En los exámenes que le hicieron en Medicina Legal el trato fue intimidante y en algunos casos degradantes. Después de lo que pasó nos tocó salir de allá por amenazas e intimidaciones. Me he manifestado frente a la embajada, el Ministerio del Interior, la Procuraduría, la Defensoría del Pueblo para lograr que se hiciera justicia. Mi hija ha tenido tres intentos de suicido, nos ha tocado desplazarme  por miedo, incertidumbre y amenazas. Detrás de mi hija hay muchas víctimas similares. Si logramos avanzar otras van a denunciar. No tengamos miedo”.

Reflexiones del final 

En el recinto, una de las mujeres que habló con serenidad y contundencia fue Mara Viveros, mujer afro, antropóloga, experta en género: “Sus cuerpos dicen la verdad. El cuerpo dice la verdad. Cada cuerpo hace parte de  un relato colectivo de un momento dado, de un territorio específico. Las verdades de nuestros cuerpos, los suyos, hacen parte del proceso de sanación y reconciliación. El cuerpo de cada una de ustedes, más que inteligente, ha sido sabio. Todas las tensiones, los nodos y los quistes energéticos comienzan a vibrar y encuentran elocuentemente su ruta de descarga en mecanismos de afrontamiento y de recuperación que todos tenemos el deber de acompañar”.

Las víctimas, reflexionaba Viveros, han sufrido esa masculinidad bélica, “de sujetos que tienen que estar dando pruebas continuas de su potencia, de un sometimiento total que obliga a las mujeres a una cadena de daños. El cuerpo de la mujer se ha convertido en un objetivo del conflicto armado interno. La verdadera reparación pasa por el desmantelamiento de este tipo de masculinidad y del reconocimiento y la dignificación de las mujeres, de las dinámicas de reparación y reconciliación. Tenemos la tarea de descifrar el significado de las cicatrices, de comprender la verdad de nuestra propia historia”.

La comisionada Ángela Salazar habló al final, no solo en nombre de la Comisión a la que pertenece, sino de las mujeres afro. Dijo que eso que estaba comenzando a suceder, esa catarsis, era como “un parto,  del cual las organizaciones de base son protagonistas. Hoy es el parto de la verdad y tenemos muchas parteras que tienen casos de violencia sexual por actores armados y terceros. También la población LGBTI se atrevió a parir esa verdad, que es una verdad tan difícil de decir, porque nuestro cuerpo está marcado por tantos dolores que representa la violencia sexual”. 

Elisabeth Wood, investigadora en violencia sexual de la Universidad de Yale, dejó claro algo que pareciera obvio pero no lo es: en el conflicto se pueden evitar los actos de violencia sexual: “En las últimas décadas, algunas organizaciones armadas cometieron pocos actos de violencia sexual, no esclavizaron ni torturaron civiles. Por supuesto, en muchos entornos no se ha documentado esa violencia, pues quienes la han sufrido tienen muchas razones para guardar silencio. En el conflicto podemos trabajar para prevenirlas esos actos, para mitigarlos. Muchas organizaciones armadas utilizan la violencia sexual como política para regular la vida sexual de combatientes. El Estado Islámico autorizó la esclavitud sexual, existe una justificación según las doctrinas. Tenemos que ver los objetivos generales de las organizaciones”. 

En El Salvador, dijo, El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional “por ideología no autorizó dicha violencia y aplicaron normas porque las violencias sexuales van en contra del propósito de la organización. La violencia sexual, los grupos armados lo deben entender, socava su apoyo local y el entendimiento y respeto de los mismos combatientes”. 

El padre Francisco de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad, agregó unas palabras antes de cerrar ese desgarrador ritual: “La búsqueda de la verdad implica justicia y exige derechos que se correspondan con la dignidad de las personas. Todos, como sociedad, tenemos que poner de nuestra parte para detener las violaciones sexuales”. 

Escuche algunos de los testimonios aquí: