Los primeros días de Iván Duque, el presidente practicante
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Los primeros días de Iván Duque, el presidente practicante

Colaborador ¡Pacifista! - Agosto 6, 2018

#OPINIÓN | Estamos de acuerdo en que en un país como Colombia hablar de ‘dignidad presidencial’ suena a contrasentido, pero lo de Duque ya es raspar mucho la olla. Por: Juan Pablo Navarrete

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Ilustración:Juan Ruiz – @jucaruiz

La cosa tiene que estar muy dura para que uno ande medio entusado porque Juan Manuel Santos vaya a dejar de ser presidente de Colombia. Pero sí, lo reconozco. Es mi caso.

No es que Santos sea la gran maravilla, que derroche carisma, simpatía o razonamientos que pongan a pensar más allá de lo evidente. No es que haya sido un gran gobernante, pero hay que abonarle algo: se la jugó por hacer las paces con las Farc y eso en un país que había normalizado la guerra es un gesto valioso. Eso simplemente.

Pero ese no es el punto. El problema más grave de la partida de Santos es su reemplazo: Iván Duque. Sí, ese señor que solo ha sido senador y que llegó a presidente porque se le apareció la virgen encarnada en Uribe. Él lo apadrinó y lo elevó como cometa a pesar de ser un nadie. ¿O no? Le pregunto a usted, joven duquista y entusiasta promedio: ¿Hace un año sabía quién era Iván Duque?

No nos digamos mentiras. Pocos sabían quién era ese señor canoso que hablaba de vez en cuando en el Senado, invisibilizado, además, por la furia vociferante de un partido lleno de personajes acostumbrados a ocupar los titulares de prensa no por buenos sino por absurdos (si en este punto pensó en María Fernanda Cabal, usted es de los míos).

Ese es nuestro presidente de hoy, un lienzo en blanco que pasó todos los filtros que su jefe le puso: un tipo que ganó gracias a una campaña llena de lugares comunes y frases de cajón del tipo: “el que la hace la paga”, “soluciones no agresiones, “ni continuismo, ni socialismo del siglo XXI” y otras bobadas. Un candidato que se jactaba de ser joven como si serlo fuera señal de luminosidad y capacidad de gestión.

Pues muy rápidamente nos dimos cuenta de que de joven solo tenía las ganas de ser tradicional, católico y políticamente correcto, como nuestros abuelos. Incapaz de hablar decididamente a favor de la igualdad de género y de matrimonio igualitario. Un político que repetía como robot que los jíbaros se iban a tomar los colegios si no se prohibía la dosis mínima.  Y así Duque se fue convirtiendo en ese esposo buen partido y bienpensante que todo suegro quisiera tener. Iván Duque, el chico ‘bien’ de mucha gente que ha causado tanto mal…

Y luego lo vimos desnudo frente al rey de España, con esa carita de pobrecito que tanta pena ajena causó, enviando saludes a ‘su majestad’. Bien peinadito y muy consciente de su plebeyez. Ya se había ganado el mote de ‘presidente practicante’ y no contento, tal vez creyó que el de ‘presidente meme’ le sentaba mejor.

Estamos de acuerdo en que en un país como Colombia hablar de ‘dignidad presidencial’ suena a contrasentido, pero lo de Duque ya es raspar mucho la olla. No solo ha llamado a Uribe ‘presidente eterno’ como Maduro llama a Chávez, sino que ha sumado una larga lista de ridículos haciendo maromas, vueltas de salsa y hasta de vientiunas –¿Se acuerdan de que no le salieron en el Bernabeu?

Todo esto sin nombrar que se negó a debatir  con su contrincante durante la segunda vuelta presidencial y aterrizó casi por accidente en el gobierno impulsado por el miedo a que Colombia fuera gobernada por la izquierda. Eso es como cuando uno se cuadra con alguien no por amor sino por temor a estar solo. ¿Ganar? ¿De verdad llaman a eso una victoria?

Hace poco lo vimos también comiendo perro caliente en no sé que tienda como si eso lo fuera a hacer gobernar mejor, como para que digamos “uff, qué bacán”. No, para ser presidente no es importante ser un bacán, no seamos tan provincianos. Además, cuando lo vi en esa foto me fue inevitable pensar: ¿Y no sería mejor que se estuviera comiendo una ensalada? Digo, es evidente que necesita alimentarse mejor: ese botón de su blazer cerrado debe ser un mensaje contundente. De su buena salud dependen ahora 50 millones de colombianos.

No me molesten porque me caiga mal Iván Duque. Podrá tener millones de votos como nunca, pero su talente como figura pública deja mucho que desear, entre otras cosas porque no se puede llegar a ser presidente como mandadero de otro. Ese cuento de que ojalá le vaya bien por que está en juego el futuro de todos es una tontería, un pegote de ingenuidad.

Desear hoy que a Duque le vaya bien es apuntar a que todo lo que propuso en la campaña se convierta en realidad. A que ponga en peligro el Acuerdo de Paz con todas sus implicaciones, a que conciba la ocupación adolescente como un método anticonceptivo eficiente para las jóvenes o a que lleve a la práctica su tibieza frente a las minorías. Hablo de un montón de asuntos de fondo que como sociedad nos ha costado ver.

Que le vaya bien para que mejore la economía, dicen algunos, como si fuéramos una sociedad próspera y equitativa y como si nuestra pobreza no estuviera más en nuestras cabezas que en nuestro bolsillos.

Iván Duque se posesiona y solo puedo imaginármelo nervioso y sudoroso, aguardando noches en las que no va a poder dormir del susto. Angustiado, como un niño que va a tener que ir solito al colegio y no va a tener a sus papás cerca.

Puedo verlo arropado en la cama, mirando para el techo con la misma cara con la que miraba al rey. Me lo imagino preguntándose en lo profundo del fuero interno: “¿Y yo en qué diablos me metí?”