El origen del guayabo Ilustración por: Juan Ruiz - ¡Pacifista!
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El origen del guayabo

Santiago A. de Narváez - Enero 31, 2019

OPINIÓN | Tengo el corazón roto. ¿Qué significa este país? Pero sobre todo, ¿qué putas hago acá?

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Tengo el corazón roto. ¿Qué significa este país? Pero sobre todo, ¿qué putas hago acá?

Estoy en el estudio de mi casa, aquí aprendí a leer. Con la biblioteca de mi padre. Es viernes otra vez, la cabeza me retumba y no hay nadie en casa. Aquí aprendí a escuchar el silencio: ese pitido extraño que en algún momento asocié con Dios y en algún otro con la locura. ¿Hay alguna diferencia? Nuevamente la casa está callada. Este es el mismo silencio que viví cuando era niño. Exactamente igual: nada ha cambiado. Muchas cosas han cambiado pero no el silencio.

Estoy sentado frente a la chimenea. La chimenea está apagada. (Qué dolor). Ojalá hubiera ruido de leña, pero no. Miro a la chimenea y vuelvo a ver el cuadrito que he visto toda la vida: el daguerrotipo de un prócer de la patria, de un ancestro familiar. Lo cojo. Hay algo nuevo en él. Algo nuevo en mi mirada sobre el prócer. Me doy cuenta, por fin, que el ancestro familiar es un muchacho, un joven. Tendrá mi edad. ¿De dónde hijueputas vengo yo?

Acerco el cuadro y detallo la pintura: me doy cuenta, para empezar, que no es ninguna foto. Nunca había mirado este cuadrito a esta distancia, con tal detalle. Siempre ha sido tan obvio, tan cercano, tan ruidoso. Es una pintura, claro: en 1810 no se habían inventado todavía la fotografía. El prócer –mi antiguo ancestro– tiene unas patillas de libertador, como las de Bolívar. Tiene la cara alargada y la nariz también, respingada. Es mi misma nariz. Me doy cuenta de que este podría ser yo pero con pelo. Tenía un bozo de quinceañero.

(Hay que aclarar, de una vez por todas y para el bien de los lectores, que quien escribe estas líneas carece de follaje capilar).

El muchacho (definitivamente es un muchacho el que sostengo entre mis manos) batalló con Bolívar en sus guerras de independencia. Qué honor y qué desidia. Qué jartera batallar: montar a caballo entre páramos por entre bosques. Qué jartera acampar en el siglo XIX, con esos fríos que hacía entonces como decía Diomedes, y que el desplazamiento fuera el común denominador. La ruana, la leña, los amores lejanos (los amores fantásticos). Este señor se alzó contra una monarquía. Peleaban contra un régimen. Este ancestro era, a su forma, un guerrillero. Qué honor y qué jartera.

Vuelvo a detallar el cuadrito y veo que la pintura está corrida en el cachete. Ni para eso eran buenos en el XIX. Ni para pintar bien un maldito cuadro de 2×2 centímetros. ¿Qué pinceles usarían en esa época? ¿Quién habría sido el “artista” encargado de retratar a tan magnánima figura? Creo que el muchacho que sostengo entre mis manos alcanzó a ser general. ¿Quién daba, por cierto, los rangos de cuartel en esa época? Asumo que por entonces el ejército libertador era un ejército novato. Debían repartir los rangos como se reparten los buñuelos en diciembre. Había una guerra que ganar y unas filias que engordar. Qué rico los buñuelos. Ñami, ñami.

(Dejo de escribir por un momento. Me asomo a la ventana y veo a Simón, mi perro negro orinando con una pata alzada. Es tan hermoso ese puto perro. Lo recogimos en la calle hace un par de años: el pobre no había comido en días. El cuero se le pegaba a los huesos y se le veían las costillas. Ahora, siempre que vamos a darle el concentrado –tres años después de recogerlo– sigue saltando de emoción, dos veces por día, cuando sabe que va a volver a comer. Admiro la ética de ese maldito perro. Admiro su olvido repetido).

¿Qué estaba diciendo? Ah, sí: el acompañante del Libertador.

El otro día que caminaba por la plaza principal de este tierrero alegre me fijé, nuevamente, en el letrero inscrito en uno de los grandes edificios de la patria. En el edificio nuevo que reemplazó el otro que fue hundido en llamas. El letrero era el siguiente:

COLOMBIANOS: LAS ARMAS OS HAN DADO INDEPENDENCIA LAS LEYES OS DARÁN LIBERTAD

Las palabras eran de otro acompañante de Bolívar.

Varias cosas que comentar a esta mala ortografía. Pero no acá. No ahora. Lo que sí diré, es que es llamativo que la palabra “armas” haya estado desde los inicios. ¿Y me pregunto si fue acaso la independencia el inicio brusco de esta patria? ¿Dónde hay que buscar nuestros orígenes acaso? (Qué dolor tan malparido). ¿Dónde hay que buscar el nacimiento? ¿Dónde hay que buscar la procedencia? ¿El surgimiento de todos estos males? ¿Dónde habría que indagar? ¿En la colonia? ¿En la independencia? ¿En la época de la violencia? ¿En los paracos años noventa? ¿Habría que buscar acaso nuestro origen en los ancestrales tiempos precolombinos? ¿Nuestro origen en la época rupestre del Chiribiquete? (El otro día vi en las noticias que ya empezó la tala masiva del Chiribiquete, pero en fin: no sigamos por las ramas porque o si no, no acabamos nunca. Y este texto hay que acabarlo. A mí nadie me paga por escribir disvariaciones). ¿Dónde buscamos nuestro origen? ¿En este retrato mal pintado de un joven que peleó por una idea de Nación? ¿En los ancestrales tiempos nómadas de sapiens que caminaron hace años por estas tierras? ¿En dónde? ¿En Adán y Eva? ¿Desde dónde viene este dolor y esta pregunta?

Ilustración por: Juan Ruiz – ¡Pacifista!

Pienso. Pienso en lo obvio. Pienso que no nos hemos independizado todavía. Que a este país no ha llegado la ilustración. O que no hemos hecho la ilustración todavía, más bien. Que no nos hemos independizado de la colonia del pensamiento. Que no nos hemos atrevido a pensar por nuestros propios medios. (Y que ni siquiera yo me he atrevido a pensar hasta las últimas consecuencias). Pienso que no nos hemos independizado de las armas. Ni de ese letrero. Que no nos hemos independizado todavía de los señores de la guerra.

Veo el cuadro nuevamente. Es tan chiquito el cuadro. Es tan joven el muchacho: los guerreros de este país siempre han sido pelados. O mejor: los soldados de este país siempre han sido jóvenes. Porque hay guerreros viejos. Hay, claro, guerreros que no han entendido que la independencia terminó. ¿Terminó la independencia? ¿Contra quién hijueputas nos independizamos? Guerreros que se agarran de las palabras fáciles de ese edificio que alberga a tan ilustres magistrados. “Las armas os han dado etcétera y etcétera y etcétera”.

Sería más justo y más honesto que las letras de ese edificio dijeran algo de verdad:

COLOMBIANOS, LAS ARMAS LES HAN DADO LA MUERTE: DESDE LA INDEPENDENCIA HASTA HOY. Y SEGUIRÁN HACIÉNDOLO.

Estoy cansado. Voy a dejar aquí. Tengo que cuidar el alma. Voy a descansar este guayabo repetido.

Ensayo, desde este presente incierto, las primeras palabras del porvenir.