“Que nos maten luchando, no huyendo”, gritan los indígenas Nasa en el Cauca Foto por: Julián Ríos
Leer

“Que nos maten luchando, no huyendo”, gritan los indígenas Nasa en el Cauca

Colaborador ¡Pacifista! - Octubre 12, 2018

De los 337 homicidios cometidos entre el primero de enero de 2016 y el 13 de agosto de este año, 83 se han registrado en esa región.

Compartir

 

Por: Mariana Guerrero y Julián Ríos

La carretera que comunica a los municipios de Miranda y Corinto, en el Norte del Cauca, es estrecha y atraviesa un valle sembrado de caña de azúcar. Esa vía, que cubre una distancia de apenas 10 kilómetros, en los últimos meses se ha convertido en el buzón de amenazas de los grupos armados.

Héctor*, un indígena Nasa de piel cobriza y nariz chata, solía hacer ese recorrido con tranquilidad, pero ahora ya no puede. Su nombre, junto con el de otros 12 líderes indígenas de Caloto y Corinto, apareció en un panfleto firmado por las Águilas Negras. El mensaje era directo: habían sido declarados objetivo militar y les daban 10 días para abandonar la región.

Conocimos a Héctor en mayo de 2017, en Bogotá. Estaba denunciado la situación de violencia en Cauca, que según cifras de la Defensoría del Pueblo es el departamento con más casos de asesinatos a líderes sociales y defensores de derechos humanos: de los 337 homicidios cometidos entre el primero de enero de 2016 y el 13 de agosto de este año, 83 se han registrado en esa región (casi el 25 por ciento del total del país).

Al sol de hoy, otros 13 habitantes del Norte del Cauca están en peligro de entrar a esa macabra lista de asesinatos. La razón, dice el panfleto, es que “los mal llamados líderes sociales vienen promoviendo la invasión a la propiedad privada con el discurso de liberación de la madre tierra, afectando a empresarios de la región”.

El riesgo de ser líder

Ejercer liderazgo en el Norte del Cauca no es tarea fácil. En esta zona confluyen tensiones por la tenencia de tierras, movimientos de oposición a proyectos mineros, siembra de cultivos ilícitos y, además, una creciente presencia de grupos armados.  “Acá están el EPL,  el ELN, las disidencias que quedaron de las  FARC, grupos delincuenciales, de narcotráfico y  también el Ejército. Son seis grupos armados peleando el control de un mismo territorio”, explica Héctor.

Para los indígenas Nasa, que llevan casi medio siglo intentando recuperar las tierras que les pertenecieron a sus ancestros, la persecución y la cifra de comuneros asesinados van en aumento; pero su lucha no da tregua. “Lo que buscan es atemorizarnos para detener nuestros procesos, y su forma de callarnos es amenazándonos para que abandonemos el territorio, pero nosotros no nos vamos a ir, cuéstenos lo que nos cueste, porque eso significaría poner en riesgo la continuidad de nuestro proyecto”, dice Héctor.

La zozobra que generan los armados no solo pone en riesgo el proyecto de vida Nasa y a quienes lideran las iniciativas, sino también la cotidianidad de las comunidades. Según explica Héctor, “antes de la amenaza uno podía desplazarse libremente, ir a las sedes de los cabildos, trabajar con la comunidad moviéndose por el territorio, pero ahora ese peligro está latente. De hecho, hay lugares en los que los mismos indígenas hemos decidido prohibir el paso después de las ocho de la noche”.

Cuando Héctor habla de que el peligro está latente, lo hace con la certeza de quien ha tenido que ver morir a los suyos. El pasado 5 de julio, el  Consejo Regional Indígena del Cauca –CRIC- denunció el asesinato de Luis Erardo Fernández Velasco, un reconocido líder, cuyo cuerpo fue encontrado en Caloto con impactos de bala. Apenas 11 días después, en el mismo municipio, hallaron el cuerpo sin vida y con signos de tortura de Luis Eduardo Dagua. Los indígenas han denunciado que miembros del Ejército podrían tener relación con la muerte de Dagua,  quien fundó la vereda Carmelo  y era integrante de su Junta de Acción Comunal.

Luego de tres semanas, el 10 de agosto, hombres armados llegaron a la casa de  Emiliano Tróchez Yonda, quien fue gobernador de un resguardo y consejero de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN), y lo asesinaron. Solo 13 días más tarde, en una finca en la que los indígenas adelantan el proceso de liberación de la tierra, murió Freddy Julián Conda Dagua, quien recibió el impacto de un proyectil en su cráneo mientras miembros de la Policía y el Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) trataban de desalojar  a la comunidad.

Dando la vida por la tierra

Los Nasa son temerarios frente a la muerte cuando de defender su territorio se trata. El lazo que une a este pueblo con la tierra comienza desde el nacimiento de cada indígena, cuando su cordón umbilical se sepulta en el lugar del parto. Luego, mientras crece, el indígena aprende que el valor de la tierra —la madre tierra—, trasciende el de la vida propia.

“Morir  luchando por el territorio  es el legado que nos dejaron nuestros mayores. Ellos murieron luchando por dejar algo para las futuras generaciones, y hoy nosotros (que somos esas generaciones), estamos muriendo con dignidad, con el orgullo de que se hizo algo por la comunidad”, afirma Héctor, quien lleva la mitad de su vida directamente vinculado con la iniciativa que citan en el panfleto como causa para asesinarlo: la liberación de la Madre Tierra.

Este proceso, según explica, busca “recuperar los territorios que fueron arrebatados por los grandes terratenientes a través de engaños y desplazamientos, que antes eran nuestros resguardos, pero ahora son grandes haciendas”. Además, los Nasa pretenden el establecimiento de su proyecto de vida, la protección de semillas y bosques, la defensa del agua y la producción de alimentos para sus comunidades.

“Nosotros estamos asentados en la parte alta de la montaña, donde las tierras no son aptas para trabajar porque son sitios sagrados. Cuando las comunidades bajan a las tierras planas, donde solo se ven esos valles inmensos  sembrados de caña, empieza el proceso de liberación, que es una lucha por el derecho a nuestra tierra”, afirma el líder Nasa.

La Liberación de la Madre Tierra comienza cortando la caña y sembrando cultivos de otros alimentos. Después, la comunidad restablece los ecosistemas afectados por los monocultivos, la explotación minera y otras intervenciones. Según Héctor, “hay documentación en la que se le demuestra que esos territorios fueron resguardos, que tienen títulos coloniales, sino que después aparecieron los terratenientes  con otras escrituras diciendo que son propiedad privada. Nuestra lucha no es para que nos den tierra, sino para que nos devuelvan la que nos pertenece”.

Años atrás, en 1971, surgió el CRIC y de ahí la liberación de los territorios. Esta organización surgió con la iniciativa de recuperar las grandes haciendas que antes eran resguardos indígenas y eliminar las prácticas abusivas que grandes empresarios estaban desarrollando en estos predios. En medio de las disputas, voceros del CRIC han acusado a propietarios de los ingenios azucareros presentes en la región por las constantes intimidaciones, algunas respaldadas por las Fuerzas Militares, el Esmad o la seguridad privada de estas empresas, y otras por grupos armados organizados o paramilitares.

“El movimiento de Liberación crecido tanto, que los grandes empresarios se han aliado con los grupos armados que operan en el territorio. Los indígenas no nos explicamos cómo es eso de que al otro día que llega el Ejército, aparecen panfletos de las Águilas Negras amenazando a  los líderes”, dice Héctor. Pero, pese a las amenazas, la resistencia de este pueblo no se quiebra.

Y tampoco se quiebra la vocación guerrera que ha caracterizado a los Nasa desde la colonización española. En los años 70, se enfrentaron a ‘Los Pájaros’, esos mercenarios que, a petición de los grandes hacendados, asesinaban a los indígenas que hablaban de invadir las tierras y liberarlas, cuando apenas comenzaba el CRIC.  Esa sangre derramada fue el impulso para crear el Movimiento Armado Quintín Lame, que  pasó a la historia como la primera guerrilla indígena de Latinoamérica.

Luego, los Nasa tuvieron que hacerle frente a las FARC, y su resistencia fue tal que, en 1987, la cúpula de esa guerrilla firmó un documento en el que se comprometía a respetar la autoridad de los cabildos. El acuerdo se mantuvo hasta mediados de los noventa, pero después regresaron los hostigamientos.

Como si no fuera suficiente, al territorio Nasa también llegaron los paramilitares, y dejaron la huella de su horror en la hacienda El Nilo, en Caloto, donde asesinaron a 20 indígenas la noche del 16 de diciembre de 1991.

La masacre de El Nilo es una prueba más de la complicidad entre algunos terratenientes, los grupos armados ilegales y las Fuerzas Militares. En 2009 Orlando Villa Zapata, uno de los paramilitares implicados en el caso, aceptó en indagatoria que había sido contactado por el dueño de la hacienda y otros ganaderos del Norte del Cauca, cuyas propiedades “estaban siendo ocupadas por indígenas con apoyo del CRIC”. Los sobrevivientes de esa noche funesta denunciaron haber visto a dos oficiales de la Policía junto con los ‘paras’, dato que fue confirmado en la declaración de Leonardo Pañafiel, otro de los responsables. Además,  según el estudio balístico del Cuerpo Técnico de la Policía Judicial, algunas de las armas que se usaron esa noche eran de uso privativo de las fuerzas militares. En 1999, la  Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) declaró al Estado colombiano como responsable de la masacre.

El ataque en la hacienda El Nilo no fue el primero ni el último que los Nasa soportaron por liberar su tierra. A principios de siglo vinieron la masacre de San Pedro (en Santander de Quilichao), la de Gualanday (en Corinto), entre muchas otras; pero, con los años, los asesinatos comenzaron a volverse selectivos. A medida que los indígenas comenzaron a ocupar más territorios para liberarlos y a bloquear las vías —en especial la Panamericana— para exigir sus derechos, los atentados hacia sus líderes se volvieron recurrentes. Como dice Héctor: “antes nos mataban de a montones, pero ahora asesinan a nuestros líderes uno por uno, como para hacer que no se note”.

A las amenazas y asesinatos, se suman las dificultades para acceder a los esquemas de seguridad de la Unidad Nacional de Protección (UNP). Algunos líderes son acompañados por miembros de la Guardia Indígena, que es la encargada de mantener el control en el territorio Nasa, pero el presupuesto no es suficiente para asignarle seguridad a cada líder amenazado.

Con o sin protección, la resistencia de los Nasa no se quiebra: se han enfrentado a Pájaros y Águilas, a guerrillas y fuerzas del Estado, y al poder de los terratenientes. Su lucha ha sido  larga y resiliente, y las palabras de Héctor reafirman la continuidad de la misma: “Vamos a seguir defiendo la vida y el territorio a pesar de que nos amenacen y nos den tiempo para irnos. Aquí nacimos y aquí tendremos que morir algún día; y si nos van a matar, que nos maten luchando, no huyendo”.

 

*Identidad modificada por seguridad.