La promesa de un niño a su madre desaparecida | ¡PACIFISTA!
La promesa de un niño a su madre desaparecida
Leer

La promesa de un niño a su madre desaparecida

Juan José Toro - Noviembre 25, 2015

Más de 30 años después, Erik no puede escapar del destino que le trazó la desaparición de Nydia Erika. Sigue luchando contra la impunidad.

Compartir

A mediados de los ochenta Nydia Erika Bautista empezó a militar con el M-19. Tenía un hijo pequeño, de doce años, que vivía con sus tías cuando ella salía de Bogotá para unirse a la guerrilla. Un día, años atrás, en la dedicatoria de un libro, Nydia le escribió a Erik, su niño: “Para que en tus pocos años te compenetres con tus hermanitos del pueblo. Yo sé que ahora no lo entiendes, pero a través de la vida te darás cuenta y entenderás lo que te quiero decir”. A Nydia Erika la desaparecieron el 30 de agosto de 1987, el día de la primera comunión de su hijo.

Más de treinta años después, Erik Arellana Bautista, que se exilió en Alemania, usó esa misma dedicatoria para ilustrar la tapa de su último libro: Memorias vividas en cuadernos de viaje. El niño, que ya tiene cuarenta años, trata de hacer lo que su mamá le pidió. Trata de entender, de seguir su lucha, y lo hace desde varias posiciones. Erika Antequera, la hija de José Antequera, escribió en el prólogo del libro que “a veces parece una conversación en voz baja […] a veces habla Erik el niño, que todavía sigue esperando a su madre en la puerta de su casa […] también habla el activista, el militante […] habla Erik el hombre (y) el padre feminista”.

La condena de la familia Bautista

El papá de Nydia Erika había sido el único liberal en un pueblo de conservadores. Vivía en Chocontá, en el norte de Cundinamarca, casi llegando a Boyacá, y un día, por diferencias políticas durante La Violencia, le pegaron diecisiete puñaladas. Luego decidió irse a la frontera con Venezuela, buscando tranquilidad, pero hasta allá también llegó el odio entre rojos y azules, y terminó recibiendo un tiro en cualquier otra disputa.

Nydia heredó esa vena de resistencia. Su adolescencia la pasó en Las Cruces, un barrio popular de Bogotá, y desde joven se fue metiendo en la lucha política. Cuenta Erik que fue la primera mujer del barrio que logró entrar a estudiar en la Universidad Nacional. Siempre le dejó ver a su familia en qué andaba, así a veces no compartieran o no comprendieran sus motivos y los medios que utilizaba.

Apenas entraba a los veinte, Nydia tuvo a Erik, pero no abandonó la lucha. Ahora, mucho tiempo después, cuenta que para él nunca fue un secreto la vida de su madre. Sabía que estaba en el movimiento estudiantil en la Nacional. Sabía que, mientras trabajaba en la tesorería de Inravisión, fue parte del sindicato de esa empresa. Incluso, sin asomo de dudas, sabía que en 1984, cuando él apenas tenía nueve años, Nydia se había unido al M-19.

Cuando su madre empezó a viajar con el Eme, a Erik lo cuidaban sus tías, Yanette y Rocío. Yanette era secretaria en una multinacional y Rocío trabajaba en un banco. Andrea, la prima menor de Erik, era apenas una niña. La familia Bautista, en medio de todo, tenía una vida tranquila. Pero Erik quería pasar más tiempo con su mamá, que había estado militando en Cali, y en mayo de 1987 le pidió que se quedara con ellos un tiempo en Bogotá.

“Yo le había escrito un poema a Nydia —cuenta Erik—, el primero del que tengo memoria, donde le decía que estuviera tranquila, que yo iba a seguir con su lucha, pero le pedía que se quedara con nosotros. Alcanzamos a compartir cuatro meses desde que le escribí ese poema, entre el día de la madre y mi primera comunión, cuando a ella la desaparecieron”.

Los últimos días de agosto de 1987 fueron de mucha tensión para la familia Bautista. El novio de Yanette también militaba en el M-19, y el 28 de agosto, un viernes, no regresó a casa. Todos estaban alerta y preocupados. Nydia sentía que la estaban siguiendo. El domingo de esa semana, 30 de agosto, Erik y Andrea, su prima, iban a hacer la primera comunión.

Erik estudiaba en un colegio católico de marianistas. Temprano en la mañana, la familia se fue a la Iglesia San Antonio de Padua, a la misa de la primera comunión. Después de la ceremonia tomaron las fotos y se fueron a su casa, en Casablanca 33, un barrio del suroccidente de la ciudad. Desde la iglesia hasta la casa había más o menos una hora en esa época. En la casa, con toda la familia reunida, almorzaron y se acompañaron.

En la tarde, Erika iba a llevar a su hijo a otra reunión, donde un amigo del colegio que vivía en Bosa, pero por un cambio de planes decidieron que lo llevaría su padre, que ese día estaba con ellos. Erik y su padre se fueron a Bosa, y Nydia salió a acompañar a una amiga a coger el bus. Salieron los cuatro, pero más tarde quedaron tres: cuando volvieron de la reunión, la tía Yanette estaba preocupada porque Nydia no había regresado después de dejar a su amiga.

 

Andrea, que tenía nueve años, fue la primera que dio una pista sobre lo que había pasado. Dijo que había escuchado los gritos de su tía y que había visto cómo la metían a la fuerza en un jeep. Toda la familia, desesperada, temiendo lo peor, salió a buscar a Nydia por el barrio. Un amigo de Erik, que vivía en el mismo conjunto, dijo que había visto cuando se la habían llevado y recordaba las placas del carro. Con esa información y con unos carteles con la cara de Nydia Erika la empezaron a buscar por toda la ciudad. En hospitales, en juzgados militares, en la morgue. Nunca más la volvieron a ver.

La búsqueda y el exilio

Pasaron tres años donde, incansables, preguntaron por cielo y tierra qué había pasado con Nydia. Todavía esperaban encontrarla con vida. Atravesada por la violencia, la familia Bautista se transformó. “Mi tía Yanette dejó los tacones y el trabajo, y desde el primer día se comprometió con la búsqueda de mi mamá. Con ella y mi abuelo empezamos a buscarla. Rocío, mi otra tía, también se unió más adelante”, recuerda Erik.

En julio de 1990, Yanette y otros familiares de desaparecidos se tomaron las oficinas de la Cruz Roja en Bogotá. Hicieron una huelga de hambre para llamar la atención sobre la falta de certezas, de garantías y de justicia en los procesos. A la huelga llegó el defensor del pueblo y le dijo a Yanette que tenía información del caso de Nydia y de otros desaparecidos. El exsargento Bernardo Alfonso Garzón, testigo clave de la toma del Palacio de Justicia y de otras operaciones contra el M-19, había dado información que apuntaba a que el cadáver de Nydia Erika estaba enterrado en Guayabetal, Cundinamarca.

Sin pensarlo dos veces, Yanette y Eduardo Umaña Mendoza, el abogado de la familia, fueron a buscar los restos de Nydia. Buscaron al sepulturero del pueblo y le mostraron fotos de la primera comunión de Erik, las últimas donde apareció Nydia. Él recordaba exactamente dónde habían enterrado ese cuerpo. Los restos seguían ahí. La llevaron a Bogotá el 27 de julio de 1990, un día antes del cumpleaños de Erik, que rogó que no la velaran ese día. “Fue un entierro muy largo —recuerda Erik—, un entierro de tres días”.

Después de dar con los restos, las investigaciones sobre el caso empezaron a fluir. En 1995, por primera vez en Colombia, fue destituido un general de alto rango por una violación de derechos humanos. Se trataba de Álvaro Velandia Hurtado. Después de la destitución, a Velandia lo condecoraron con la Medalla al Mérito Militar José María Córdova. Por esos días, mientras el exgeneral era premiado, a la familia Bautista la empezaron a amenazar.

La familia resistió dos años más en Bogotá. En mayo de 1997 mataron a Mario Calderón y a Elsa Alvarado, dos investigadores del Cinep, y Amnistía Internacional conoció una lista de defensores de derechos humanos que seguían en la fila para ser asesinados o desaparecidos. En esa lista estaba el nombre de Erik. Había empezado a estudiar Literatura en la Universidad Nacional y un día sus compañeros le advirtieron que habían ido a buscarlo. Las amenazas iban en serio y huyó del país.

Se fue para Alemania, pero los hostigamientos contra la familia siguieron. Poco después, Yanette, su esposo y su hija, Andrea, también tuvieron que salir. Pasaron por España, Alemania y Costa Rica. Erik en principio se fue por tres meses, con la esperanza de volver a Colombia, pero vio que era imposible. Terminó quedándose ocho años.

Durante esos ocho años, en el exilio de la familia, nació en Alemania la Fundación Nydia Erika Bautista. En un pueblito pequeño de Alemania, donde vivían los suegros de Yanette, creció la intención de trabajar por los desaparecidos, sobre la base de la historia de la familia Bautista. Como desde el exilio les resultaba difícil trabajar directamente con los casos en Colombia, empezaron a moverse a nivel internacional: trabajaron con las mujeres de Ciudad Juárez, en México, con las Madres del Sábado, en Turquía, y con resistentes en Sri Lanka.

La fundación empezó en 1999 en Alemania, con el empujón económico de un premio que recibió Yanette por su lucha por los derechos humanos. Apenas en 2007 iniciaron en Colombia, y desde entonces han sido una de las organizaciones más tenaces en la defensa de los familiares de desaparecidos.

En esa nueva etapa les sobraron las amenazas —afuera de la fundación hay camionetas de escoltas y son muy cuidadosos a la hora de dejar entrar a alguien a las oficinas—, pero nunca desistieron. Al contrario, se mantuvieron fieles a uno de sus principios: todos los que trabajan en Nydia Erika Bautista, desde la señora de los tintos hasta los abogados, han sufrido el drama de la desaparición en carne propia.

La promesa y el libro

Después del primer exilio y de la muerte de su padre, Erik volvió a Colombia. El ambiente seguía tenso: llamadas amenazantes, carros sin placas frente a la casa, persecuciones, teléfonos interceptados. Duró poco en el país y en 2003 volvió a Alemania. Pero nuevamente lo vencieron las ganas de volver y a principios de 2006 estaba de nuevo en Colombia. Esa vez prometió que nada lo haría huir.

Logró vivir en Bogotá durante ocho años. Hizo una familia. Pero una noche de 2013, cuando entraba a su apartamento, se cruzó con tres hombres que iban saliendo. Los alcanzó a ver, pero no reaccionó a tiempo. Le habían robado una cámara, unas fotos y unos archivos, todos relacionados con la fundación. Le hizo más caso a su sentido común que a la promesa de no volver a huir, sobre todo para cuidar a su familia, y se devolvió a Alemania una vez más.

La dedicatoria de Nydia Erika.

Tras su vuelta a Alemania empezó a escribir su último libro, ya no de poesía, como los tres anteriores, sino un relato íntimo de su relación con Nydia Erika. “Lo que escribí es un homenaje a las luchadoras de mi familia. En parte es un relato que quiere mostrar la persona que hay detrás de lo que significa Nydia Erika, mostrar que es más que una militante desaparecida. También uso mi historia como un recurso para hablar del daño que sufren los familiares de un desaparecido, que no es un daño individual sino social”.

Erik reconstruye, paso por paso, con paciencia, la historia de su familia. Habla con amor y admiración de su madre, de su abuelo, de sus tías. Cuenta sus vidas desde antes, porque quiere reivindicar lo que fueron, lo que pudieron ser sin la tragedia. Pero también habla de sus vidas después, para exaltar la labor que les tocó y aceptaron con firmeza.

El libro, dice, es un intento de respuesta a esa primera nota que le dejó su madre. La pone en la portada y la transcribe dentro del texto: “algún día entenderás lo que te quiero decir”. Erik mira desde todas las perspectivas que se le ocurren: la del activista, la del niño que admiraba la lucha de su mamá, la del hijo de una madre desaparecida, la del cronista que cuenta cada historia con todos los detalles.

Su rutina en Alemania podría ser la de cualquiera: cocina para su familia, lleva a su hija al colegio, se reúne con amigos, trabaja, escribe, ve las noticias, sale a caminar. Pero no puede escapar del destino que se trazó tras la desaparición de Nydia: a cada momento, él lo sabe, siente que debe hablar de su ella, de los desaparecidos, de Colombia, de la memoria, de la lucha por los derechos humanos.

En el primer poema que escribió le prometía a su madre que no iba a abandonar su lucha. En el libro, con la voz de ella, en un relato onírico, escribe “Mientras tanto mi hijo crece preguntando por mí, por mi paradero, por mi vida […] Ahora es uno más de los hijos que luchan contra la impunidad… contra el olvido… por la memoria nuestra”. Erik cumplió la promesa.