Fútbol: cuando los disparos solo son de gol
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Fútbol: cuando los disparos solo son de gol

Juan Pablo Sepúlveda - Junio 14, 2018

El deporte más popular en el mundo ha servido en nuestro país para unirnos como quizás ninguna otra cosa ha hecho.  

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Ilustración: Juan Rubio | ¡Pacifista!

“El deporte es una cosa que nos une mucho. Incluso mire, aquí nos tiene unidos”, decía hace meses Javirson Salas, excombatiente del frente quinto las Farc, hablando de unos partidos de fútbol que reunieron y enfrentaron a exguerrilleros, miembros de la fuerza pública y ciudadanos de Dabeiba, en el occidente de Antioquia. Las tardes eran largas, y como no había mucho más para hacer y sí una buena cancha, organizaron partidos informales entre excombatientes y soldados para pasar el tiempo.

Guayos y tenis, no botas ni fusiles. Arquero y delantero, no soldado ni comandante. Goles, no balas. Estos encuentros –que por demás pueden representar a cabalidad el término “partido amistoso”– eran una muestra de que este deporte, en nuestro país, es capaz de sobrepasar las fronteras del odio, la intolerancia e incluso la guerra: dos enemigos, cuyo objetivo antes era matar al otro, estaban unidos jugando con una pelota.

Pete Watson, que realiza desde 2016 una investigación para la Universidad de Sheffield sobre “El uso del fútbol para la construcción de nación durante la Presidencia de Juan Manuel Santos”, ha descubierto que este deporte en nuestro país es “una herramienta de desarrollo social que contribuye a la coexistencia y crea espacios de socialización”. También considera que puede aportar formas diferentes para identificarse e identificar a los demás, por ejemplo “de pasar a ser no un guerrillero sino un buen delantero”, y que desde ahí se puede construir confianza en el plano social.

Cada cuatro años, estas fechas se prestan para que el país entero se paralice en torno al mundial de fútbol, y más aún más cuando Colombia está clasificada a la competición. Por unos días vamos a ver hasta abrazados a quienes por ideologías o política antes quizás no se podían ni ver. Pero más allá de la fiesta del mundial, el fútbol en nuestro país está presente en dinámicas de memoria y reconciliación.

Ejemplos de esto han sido el “partido por la vida”, hecho en conmemoración a 12 jóvenes asesinados en 2005, engañados con el pretexto de ir a jugar fútbol por un grupo paramilitar de Buenaventura. En Corocito, Arauca, sucedió otra masacre en 2003, y la comunidad pidió al Estado la construcción de una cancha de fútbol como medida de reparación colectiva. Una cárcel de Ibagué acogió a finales de 2016 un partido entre excombatientes de las AUC y de las Farc, que según uno de los jugadores fue el mejor gesto de reconciliación y de dejar atrás la guerra.

Otro episodio relativo al fútbol y la paz se presentó en La Habana, durante las conversaciones de paz entre las Farc y la guerrilla. El 11 de octubre de 2013, la Selección Colombia remontó un adverso 0-3 contra Chile y logró clasificarse por primera vez en 16 años a un mundial. El periodista Alfredo Molano Jimeno describió que al día siguiente vio a la delegación de las Farc “más sonriente que de costumbre”, vistiendo la camiseta amarilla y felicitando al equipo por la clasificación.

Aunque en un principio este gesto cayó mal en la delegación del Gobierno, sirvió para romper el hielo y generar confianza en un momento en que los diálogos no estaban progresando. “Quienes vibran con el rodar del balón saben el potencial de unión y de reconciliación que el balón tiene”, escribió Molano.

Félix Mora, director de la Fundación Fútbol y Paz, Construyendo País, opina que “en el deporte, y más en la manifestación de algunas pasiones que despierta el nivel competitivo, es posible encontrar una serie de elementos que transforman a nivel social: la tolerancia, el respeto y el trabajo en equipo, que son valores sociales que en una etapa de posconflicto hay que recuperarlos”.

La semana pasada se estrenó en Señal Colombia la serie documental ¿Y dónde es el partido?, que recoge experiencias de pueblos colombianos en los que sobrevivientes de la violencia usaron al fútbol como una manera de defenderse, unirse, reivindicarse y resistir. La serie está al aire hasta este viernes 15 de junio, y tendrá repetición desde el 18 al 27 de este mes. Su director, César Romero, nos contó al respecto que: “si querés pensar en dos cosas que hayan tenido lugar en toda Colombia podés pensar en el fútbol y en el conflicto. Las comunidades, después de las acciones de violencia, le echaron mano a cosas como el fútbol, como diciendo ‘ey, ustedes no pueden con nosotros y vamos a adueñarnos del territorio yendo a jugar fútbol a las comunidades, vamos a conmemorar a nuestros muertos jugando así ustedes lo hayan prohibido”.

“El fútbol puede unir a las personas”, continúa Romero, “porque es un deporte muy pasional, y es la forma de decir que dos bandos están en el mismo plano. Puede que dos bandos no puedan compartir un sitio, digámoslo, político, quizás en una asamblea no puedan estar, pero, ¿por qué no jugar fútbol? Se hace un tema comunitario y cotidiano”.

Este deporte también le ha dado oportunidades a jóvenes para escapar del conflicto o tener una vida lejos de él. Los casos más pertinentes a mencionar son los de algunos jugadores de la Selección Colombia que hoy están en Rusia a la espera de su debut el martes que viene. Se trata de jugadores que a pesar de venir de contextos de violencia son hoy referentes del equipo: a Juan Guillermo Cuadrado le asesinaron a su papá en Necoclí, Antioquia, mientras él se escondía debajo de su cama de una balacera entre autodefensas y guerrilla. El papá de Juan Fernando Quintero fue desaparecido en Medellín por una irregularidad el Ejército.

A Miguel Ángel Borja le ofrecieron pertenecer a un grupo paramilitar pero él decidió rechazar la invitación e irse a jugar fútbol. Yerry Mina, Dávinson Sánchez y Cristian Zapata nacieron en Guachené, Caloto y Padilla –respectivamente–, municipios de un departamento del Cauca que siempre ha sido afectado por la violencia.

Son solo buenos ejemplos de lo que este deporte puede lograr. Para terminar, César Romero asegura: “pensamos que para ellos el fútbol es simplemente ‘salir de pobre’, pero eso tiene un contexto muy grande atrás: un contexto de violencia, de evitar que los mataran. Es la canalización de una pasión que desborda. El fútbol tiene una pasión y una energía muy grande y ha demostrado que puede servir para la paz y la reconciliación en un país tan convulsionado”.

Convulsionado o polarizado, no importa, ojalá siempre quede el espacio para un abrazo de gol.