Turismo en zona de exguerrilleros: acompañamos a cuatro extranjeros a Icononzo
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Turismo en zona de exguerrilleros: acompañamos a cuatro extranjeros a Icononzo

María Rodríguez - Agosto 15, 2018

Sin un turismo consciente, los excombatientes pueden correr el riesgo de convertirse en 'sujetos de exhibición'. 

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Dos turistas estadounidenses y Giancarlo, excombatiente de las Farc. Foto: Maria Alejandra Rodríguez

– “¿Por qué vendrían los turistas a visitarlos?”, le pregunté a Mario Alberto Montiel, más conocido como Johnson durante sus días como guerrillero de las Farc.

– “Pues por conocernos, por conocer a los terroristas barbados de los que tanto se habla”, me dijo Montiel, bastante flaco, de 1.65 metros, de pelo negro, pero sin un rastro de barba en su cara, mientras se acomodaba su camiseta de esqueleto blanca.

El turismo en zonas antes ocupadas por las Farc abrió una gran ventana para atraer extranjeros: los Montes de María, Caño Cristales, Putumayo o la región del Urabá se convirtieron en destinos exóticos para todos los turistas, tanto internacionales como nacionales.

Con el posconflicto, el turismo rural pasó al primer plano de varias agencias de viajes. No solo por los paisajes naturales, sino por ese sentimiento que genera viajar a lugares que antes estaban vedados; detenidos en el tiempo por la guerra.

***

El jueves 9 de agosto me  monté en una minivan con tres profesoras estadounidenses y una británica que iban a vivir la “experiencia más loca de sus vidas”: conocer a excombatientes de las Farc. La edad promedio de los turistas era de 60 años. Emprendimos nuestro viaje saliendo por Soacha con destino a Icononzo, Tolima; uno de los pocos lugares que vio el nacimiento de las Farc, así como su desmovilización.

La visita a Icononzo hacía parte de un plan turístico de 14 días que hace la agencia de viaje Justice Travel. Según Juan José Orjuela, el representante de la marca neoyorkina en Colombia, buscan “vender una propuesta de impacto social que construya un nodo de redes de defensores de derechos humanos”.

Salimos a las 5:30 am de Bogotá. Las turistas, emocionadas desde el principio, escuchaban atentamente al guía turístico que les contaba acerca de la época de violencia bipartidista, del nacimiento de las Farc en los sesenta, de los grandes latifundistas que han marcado la historia de la tierra en Colombia y otros hitos de la historia del país.

Para llegar al ETCR  (Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación) de Icononzo, antes llamados ‘zonas veredales’, se recorren cuatro horas desde la capital hasta ese municipio, y luego 40 minutos de carretera destapada hasta llegar a la vereda La Fila. Giancarlo, Cesar, Diego y Johnson, excombatientes de diferentes frentes, nos acompañaron en el recorrido.

Hace poco más de un año, aquellos que llegaban a la entrada de la vereda se encontraban con una recepción llena de periodistas, organizaciones sociales y personajes de vida pública.

Aquel jueves, la recepción estaba desolada.

Vereda La Fila, Inconozo, Tolima.

Eran las 11 de la mañana y, en aquella construcción que parecía desplomarse con vientos fuertes, había un par de perros y una excombatiente que vendía almuerzos cocinados por los integrantes de la cooperativa. En ese momento se asomó un funcionario público de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) y más tarde llegarían tres funcionarios de las Naciones Unidas en su camioneta Hilux blanca, con sus chalecos de azul distintivo.

Para César González, la presencia de los miembros de la ONU era más ‘rutinaria’ que de ayuda para los proyectos productivos en la antigua zona veredal. Alto, moreno, de manos grandes y pesadas, parecía ser el de más alta jerarquía —o el que mandaba— en el grupo de excombatientes. Duró 33 años siendo parte de las Farc y llegó a los estados mayores de su frente. González era uno de los directores de la emisora Bloque Oriental, “106.0 fm, durábamos 13 horas al aire, éramos una de las siete emisoras farianas, dábamos documentación del movimiento, pero también cultura y programación, eso era sabroso”, recordó cuando una profesora estadounidense le preguntó por su paso por la guerrilla.

Entre el almuerzo y los tintos de sobremesa, la conversación giró en torno de las historias de cada excombatiente. A las profesoras de países extranjeros les causaba curiosidad cómo estos hombres habían llegado las Farc. Interrumpían con preguntas como: ¿Qué piensan de Estados Unidos? ¿Qué creen del nuevo presidente de Colombia?

Después habló John Jairo,  conocido en su época de la guerrilla como Diego Suárez. Estuvo 20 años en las filas guerrilleras y fue parte de la guardia personal del integrante del secretariado Carlos Antonio Lozada, llamada la ‘Compañía Móvil de José María Carbonell’. John fue uno de los primeros en llegar a la zona transitoria y contaba que las Farc construyeron la zona a pulso, con materiales que trajeron al hombro.

Sin embargo, el gobierno de Juan Manuel Santos prometió otra cosa en el acuerdo del Yarí. La promesa del gobierno incluía la construcción de pozos sépticos, baños, duchas, comedores, cocinas, salones para clases, bodegas, canchas de fútbol, oficinas, parqueaderos, redes de luz, entre otros. La vereda La Fila, como lo vimos, estaba muy lejos de lo pactado en papel.

– “¿Qué va a pasar con lo que el Gobierno aún no ha pactado en el Acuerdo? Ya tenemos nuevo presidente…“, pregunté mientras me mostraban los murales que les habían pintado estudiantes de la Javeriana.

Según los excombatientes, la muerte de Alfonso Cano fue una de las razones más importantes para meterse de lleno en el Proceso de Paz.

– “Toca rebuscar por otro lado, a ese no le tengo fe“, me dijo Giancarlo, otro excombatiente, caminando rápido con ánimos de evadir la pregunta.

Giancarlo, conocido en las filas farianas como Jesús David, dice que es probable que Duque  “no continúe ayudándonos”, por tanto, decidió hacer un “curso de capacitación en turismo del Sena”. Con el dinero mensual que le entrega el gobierno (un salario mínimo mensual), paga su afiliación mensual a la cooperativa agropecuaria (20.000 pesos), paga su transporte para llegar a los cursos y paga el arriendo de una finca donde cultiva Sacha-inchi con Cesar y John.

Giancarlo ahora trabaja en la cooperativa agropecuaria y con el partido político Farc.

Giancarlo se definió como un tipo de ‘pocas preocupaciones’, porque, dice, “ha perdido mucho en la vida”. Su madre era del Huila y su padre del Tolima; perdió contacto con ellos cuando entró a las filas de la exguerrilla hace más de 20 años. En el Frente 17 tuvo una pareja y una hija, y a las dos las perdió en la guerra. Ahora, la familia de Giancarlo son las 320 personas que viven en el ETCR  de Icononzo.

– “Se pueden quedar acá esta noche, el hostal queda en el área 27 de mayo”, nos decía Giancarlo cuando las turistas se mostraron cansadas de caminar las lomas de la vereda.

– “El área se llama como el día del nacimiento de las Farc, ¿verdad?”, le pregunté mientras veía al fondo los municipios de Chinauta y Fusagasugá.

– “Así es, día importante. La noche vale apenas 15 mil pesitos”, me respondió emocionado mientras la estadounidense, Sandy, le pedía que se tomara una foto con ella, como si fuera alguien famoso que se encontró en la calle.

Era como un museo pero con personas y situaciones reales. De hecho, era tan parecido a un museo que el recorrido terminó en la tienda del ‘museo’, para que los asistentes se llevaran un pequeño recuerdo a sus casas.

Al final de la caminata por la ETCR, pasamos por la cooperativa de manufactura. Allí nos vendieron camisetas, lapiceros, llaveros y pocillos, todos con logos referentes a la paz, con la rosa de Farc impresa con orgullo y con un hashtag que decía #NuestraUnicaArmaLaPalabra. Las cuatro turistas compraron algunos souvenirs.

 

– “Esto es como un safari”, le dije al tipo de Justice Travel cuando volvíamos a Bogotá por la trocha de Icononzo.

– “Nosotros lo vemos como una oportunidad para ellos. Puede que hoy no se cocine nada, pero este negocio es una ruleta, ¿qué tal que un día venga al tour el hijo de Bill Clinton y quiera ayudar a un proyecto con dinero real?”, me dijo Juan José.

De hecho, Justice Travel entrega 30% de sus ganancias a sus aliados, y entre sus aliados están los excombatientes que nos llevaron a conocer el ETCR. Además, antes de llegar a la zona, la agencia les pide a los asistentes tomar un curso de sensibilización y contexto, esto con el fin de no transformar la visita en un circo, sino en una experiencia pedagógica sobre la guerra en Colombia, algo así como cuando los niños de los colegios van a Maloka. ¿Exótico? Depende sobre cómo se mire.

Para Juan José, la oportunidad de ir a una zona donde viven excombatientes, “le abre los ojos a un país tan conservador, porque el turismo es dar, pero también recibir. Sobretodo para la gente que no cree en la paz, en el posconflicto. Estas personas pueden entender que esta es una oportunidad de intercambio de historias, de relatar la historia de la guerra desde diferentes perspectivas. Contar momentos difíciles también desahoga”.

Las turistas se despidieron de Icononzo sabiendo que jamás volverían a aquella vereda. Mientras tanto, los excombatientes se rebuscan la manera de salir a flote bien sea con la agricultura, la manufactura, la política o el turismo. Paradójicamente, el turismo podría ser la puerta de ingreso para los excombatientes de Farc al mercado financiero. Hay que saber venderse, y esa es la parábola de fondo.

Ellos, como nos explicaron, son un museo andante y la prueba viviente de la violencia que pasó por Colombia.