Entrevista (imaginada) a un congresista de bigote grasoso y sudado
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Entrevista (imaginada) a un congresista de bigote grasoso y sudado

Santiago A. de Narváez - Mayo 15, 2019

OPINIÓN | Cuál es la idea que cada sujeto político tiene sobre la historia. Y en qué medida esa noción afecta su posición política. Cuál es la relación entre ideología y temporalidad.

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Este texto hace parte de la columna: “Crónicas de la soberanía alimentaria”. Lea acá las otras entregas.

Siempre quise hacer, por ejemplo, una entrevista. O una serie de entrevistas. El problema –uno de los muchos– es que habría implicado tener que despertar a los honorables congresistas de la nación de su apacible sueño sobre el escritorio de trabajo –la baba escurriendo–.

Pero sí, siempre quise preguntarles a los prohombres de la patria, a la avanzada intelectual y política del país, por dos o tres temas muy puntuales. No se trataría de hablar de política, por supuesto, sino de otros temas que, a mi parecer, son centrales en las reflexiones que estos señores tienen a la hora de tomar decisiones por el bien de la patria.

Me habría gustado tomar a los políticos más representativos de cada vertiente ideológica del país. Los de derecha, incluso. Tomarlos a cada uno: al del Partido Liberal, al del Conservador, a cada uno de los veinte o treinta partidos y sub especies de la izquierda capital. A los animalistas. A los cristianos. Al líder del verde, del azul, del aguamarina. Al líder del blanco (porque la crítica de la ideología es darse cuenta de que el blanco también es un color). Coger al líder del gremio de las arepas y empanadas. Al líder de los recicladores. De las víctimas. De los bachilleres. Al líder sindical. Al líder episcopal. Al Líder.

Cogerlos a todos y hacerles una sencilla pregunta: ¿cuál es su idea del tiempo? ¿Cómo entiende usted la historia?

Yo quisiera saber en qué medida la noción que cada abanderado –liberal, progresista, democristiano, rezandero del cuarto chacra– tiene sobre el tiempo afecta su idea de política. Cuál es la idea que cada sujeto político tiene sobre la historia. Y en qué medida esa noción afecta –o no– su posición política. Me gustaría hacer énfasis –y quizás la entrevista no sea el mejor de los métodos, ni la fauna política nacional el muestrario más adecuado– en la relación entre ideología y temporalidad.

¿Qué piensa un joven estudiante comunista –la cara del Che estampada en su camisa negra– sobre la relación del pasado con su presente? ¿Qué piensa el diputado del partido liberal –mientras se come la empanada, la grasa escurriéndole por la barbilla– sobre la marcha inexorable de la historia? ¿Entiende acaso la palabra inexorable? ¿Piensa siquiera, el reputado congresista, en términos como ‘marcha de la historia’, ‘cambio’, ‘devenir’ o ‘progreso’? ¿Qué piensa un progresista sobre los avances tecnológicos de una sociedad prehispánica en el siglo V? ¿Qué opinión le merecen esos avances? ¿Qué opinión le merece una sociedad prehispánica? ¿Qué opinión le merece la idea de dividir el tiempo en dos a partir del nacimiento de Cristo?

Qué piensa de la estúpida fórmula que usan los periodistas radiales a la hora de empezar una pregunta: “¿qué opinión le merece…?”

¿Qué ideas tiene un demócrata sobre la reencarnación? ¿Cómo piensa un socialista la finitud del tiempo? ¿Cómo concibe un capitalista empedernido –las bolsas plásticas en cada mano– su relación con el escaso tiempo de su vida? ¿Piensa el tiempo como algo limitado? ¿O como un extraño barril sin fondo que es posible saquear hasta el infinito? ¿Cree en la finitud? ¿Se piensa, acaso, inmortal?

¿Me siguen? (Ahora, los seis párrafos que vienen son algo enrevesados y, quizás, no tan importantes. El que desee puede prescindir de ellos sin ningún inconveniente. Nos encontramos en seis. Síganme los buenos).

Heidegger, lo leí en alguna parte, es el pensador totalizante más importante del siglo XX. No porque estuviera carnetizado en el partido nazi. Sino porque le legó al tiempo el poder ilimitado de dictarnos la verdad. Ante el flujo imparable del tiempo no había nada que hacer. No quedaba otra cosa para hacer más que seguir al tiempo en su marcha imperturbable. Caminar junto a él, a veces correr, otras veces gatear. Pero seguirlo. Siempre seguir al tiempo.

No sé si se entiende, pero esto significa que Heidegger intuyó (o por lo menos dejó el camino pavimentado para comprender) la relación estrecha y posiblemente fatal entre política e historia; entre ideología y tiempo. No podemos luchar contra el tiempo, somos tiempo de cabo a rabo. Si no estamos satisfechos con el tiempo que nos tocó en suerte (primeras década del XX para él, primeras décadas del XXI acá), peor para nosotros. No se trata –no se puede– pensar qué mecanismos (políticos, prácticos) necesitamos desplegar para que las cosas cambien, hoy. Sólo podemos seguir: nosotros, que tenemos al tiempo por cárcel.

Una postura casi estoica, por no decir conservadora.

En el caso de Heidegger esa postura –la de que somos presos de nuestra condición temporal, la de que no podemos huir del presente, migrar en el tiempo– supone una esclavitud ontológica sobre la cual se basa toda la esclavitud política o económica. Pero eso es lo que resulta de entender el tiempo así, de esa manera, de legarle al tiempo todo el poder sobre nosotros, de entender el ser como tiempo.

¿Y qué pasa si entendemos el tiempo de otra manera?

Como un círculo, como una red, como los espejos de un salón de belleza. El tiempo como la manzana del pecado original, la serpiente mordiéndose la cola. El tiempo como instante. O como una bola en el sótano de una casa en la rivera del Río de la Plata, una bola de cristal que prefigura el cosmos. O como una aplanadora sin marcha de reversa, como un buñuelo por un rodadero. O de entender el tiempo como retroceso.

¿Hay tiempos que cuentan más que otros tiempos? ¿Tiempos que valen más que otros? ¿Hay un mercado del tiempo? ¿Existen tiempos deficientes? ¿Sobrevalorados? ¿Tiempos con calificación triple a? ¿Tiempos estafa? ¿Tiempos basura? ¿Hay dividendos en la especulación de los tiempos? ¿El tiempo es un activo? ¿Algo que se invierte y da ganancias? ¿Dividendos?

Pero sigamos.

Me parece –a veces me parece– que la clásica división entre derecha e izquierda es menos una separación espacial que un posicionamiento respecto del tiempo. Con frecuencia se habla de cómo la izquierda o la derecha entiende la propiedad, la sociedad, el funcionamiento del Estado, sus respectivas instituciones, pero no se habla de cómo la izquierda o la derecha entienden, cada una a su manera, el tiempo.

La esperanza –noción clave para los grupos políticos de izquierda– funciona, por ejemplo, como una categoría temporal.

¿Me siguen?

Tenemos esperanza porque estamos a la espera. ¿A la espera de qué? Bueno, depende: de un mundo mejor, de una vida social más intensa, más llena de conflictos, más solidaria. A la espera de la venida del salvador. De muchas cosas podemos estar a la espera, en realidad. Y la esperanza es una forma –una de las muchas formas– de habitar el mundo.

Algunos han perdido las ilusiones, se han vuelto sensatos y conformistas. Corren el riesgo de convertirse en funcionarios del sentido común. Para pensar bien, para ser lo contrario del bien pensante, hay que creer que el mundo puede cambiar.

La nostalgia por un pasado prístino y perfecto es otra forma de habitar el mundo.

No me cabe la menor duda –uy, el pánico de afirmaciones como esa: no tener duda alguna, pero no me cabe duda– de que la distribución de colores políticos en este momento es también, y sobre todo, una distribución de la concepción del tiempo.

¿Cuál es el tiempo de una democracia?

¿Dónde está su futuro?

¿Dónde está el futuro en una democracia cuando sus dirigentes le dicen a su sociedad que el futuro es ahora y bienvenidos al futuro?

¿Existe futuro para un partido político que se piensa siempre en guerra?

¿Dónde está el futuro en un país, en un planeta, que retroexcava compulsivamente el pasado de entre sus entrañas?

¿Hay futuro para ese planeta?

¿Hay libertad para cambiarlo?

¿O estamos condenados?

Supongo que las preguntas previas estarían en la supuesta encuesta o entrevista que quise hacerles a los políticos de turno.

Pero también creo que una entrevista de ese tipo sería imposible. En términos prácticos y comunicativos.

Imagino que al hacerle algunas de estas preguntas vendrían los reclamos del político en cuestión:

Y me quiero concentrar en la cara aletargada del entrevistado, mueca de incomprensión: la jeta abierta, el bigote sudado, los ojos desconsolados, la densa baba chorreante, dedo apuntando al aire.

—¿Que le diga qué, doctor? Perdone que no le entendí fue la pregunta. Creí que íbamos a hablar de los principios de mi partido, de las propuestas para las próximas elecciones, de las necesarias reformas que necesita el país –dice el político de bigote sudoroso–. Creí que íbamos a hablar de las carreteras que tenemos presupuestadas, de la denuncia que hice el mes pasado contra Vargas por temas de corrupción, de los nobles idearios que representan nuestras banderas. ¿Me permite su educación y me repite la pregunta, es tan amable, doctor?

Me temo que no habría podido repetir la pregunta. Nunca nos sucede nada que no hayamos previsto. Me temo que ni siquiera habría estado concentrado en el sentido de sus palabras. Nada para lo que no estemos preparados. Me habría quedado viendo –con fascinación extrema– la gota de grasa que no había querido desprenderse de la última punta, en el último reducto de pelo del bigote de nuestro amigo senador.

Nos han tocado malos tiempos.

Esa gota, que combatía a muerte contra la gravedad, habría sido más diciente que las palabras huecas pronunciadas por el dichoso senador a través de los siglos de los siglos de los siglos.

***

Santiago aparece por acá.

Y el video de la quincena: