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Entrevista con la historia: Álvaro Villarraga y la paz del EPL
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Entrevista con la historia: Álvaro Villarraga y la paz del EPL

Staff ¡Pacifista! - Febrero 3, 2015

Uno de los líderes políticos de esta guerrilla narra la transformación que los llevó de querer implantar una república socialista en Colombia, a dejar las armas para participar en la democracia. Después de 434 muertos, ¿qué ha pasado con ellos?

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Por: David Mayorga

Colombia es un país dual: en sus 205 años de historia republicana se ha debatido entre la guerra fratricida y el deseo de hacer un alto en la pelea, hablar y, a veces, perdonar. A continuación, un ejercicio para volver a mirar aquellos momentos en que decidimos que valía más escucharnos.

En esta ocasión regresamos a los años 80, cuando el Ejército Popular de Liberación (EPL) dejó su lucha armada clandestina y le puso fin a 23 años de guerra contra el Estado.

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La cartelera del colegio comenzó a llamar la atención de todo el mundo. Cada semana aparecía en ella un nuevo mapa de Vietnam ilustrando el avance del VietCong frente a las tropas estadounidenses. También aparecían retratos de Ho Chi Minh, el hombre que lideraba la respuesta contra los invasores. Entre los visitantes frecuentes, un día comenzaron a rotar manuales sobre comunismo, revistas clandestinas sobre el régimen comunista, panfletos sobre la revolución maoísta en China.

Era 1970 y los estudiantes del Colegio San Bartolomé, en Bogotá, comenzaron a expresarse a pesar del férreo control de los jesuitas.

“Era un régimen verdaderamente feudal, de misa diaria, de seguimiento y castigo a quien no practicaba de la manera más ortodoxa y cumplida los preceptos religiosos. La educación era muy autoritaria aunque de buena calidad, muy exigente”, comenta Villarraga, quien para entonces cursaba cuarto de bachillerato. La respuesta prohibitiva de las directivas ante estas primeras expresiones de libertad de prensa fueron el detonante.

Un día, los alumnos dejaron de ir a clase. Se reunieron y le anunciaron a los religiosos que acaban de entrar en la primera huelga en la historia del colegio. Ni siquiera bastó la amenaza de expulsar a los ausentes, la llegada del padre provincial o la militarización del colegio, pues solo hicieron que las arengas por una mayor libertad de opinión, por una educación más plural, se pronunciaran más fuerte. Ante tal nivel de insolencia, los sacerdotes terminaron el año escolar y expulsaron a 196 estudiantes.

La medida dio paso a una negociación con los padres de familia, que lograron reintegrar a una parte. Los responsables de la huelga, como Villarraga, recibieron el escarnio público: en el patio central, ante todos sus compañeros, cada uno escuchó su prontuario. Fueron acusados de hacer parte de compromisos ideológicos con el comunismo internacional, realizar propaganda política a favor de la Revolución Cubana y la revolución armada en el país, integrar las filas de comunismo clandestino en el colegio o ser militante del grupo Chafegai.

“Era un grupo de amigos que mamábamos gallo. El nombre tenía la sigla de cada amigo: C de Carlos, H de Hernando, A de Álvaro…”, dice Villarraga. Irónicamente, esa acusación los llevó a investigar qué era de lo que se les acusaba. Cuando lo encontraron, en las páginas del periódico Revolución (el medio clandestino del Partido Comunista) que recibían de manos de los universitarios en la Carrera Séptima, no hubo punto de retorno.

Álvaro Villaraga ingresó al EPL en los años 70. Llegó a convertirse en uno de sus principales ideólogos políticos. Foto por Felipe Abondano

Poco a poco todos comenzaron a salir a las calles. Los expulsados del ‘San Bartolo’ recalaron en colegios públicos como el Camilo Torres o el Restrepo Millán, y allí fundaron consejos estudiantiles. A los pocos meses salían a las calles a sumarse a las marchas de protesta de los universitarios que reclamaban una educación pública de calidad, con recursos, que se oponían al cierre de las universidades públicas y su reconversión en institutos técnicos. Que gritaban contra la injerencia estadounidense en la política educativa colombiana.

En ese ambiente, Villarraga fue descubierto por los militantes clandestinos. Eran universitarios que estudiaban ante los ojos de sus padres y en sus tiempos libres conformaban Testimonio, un grupo clandestino de apoyo del EPL. Con ellos fue adentrándose en el ideario marxista-leninista al igual que sus compañeros de colegio, quienes terminaron en las Juventudes Comunistas (Juco), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) o la guerrilla del M-19.

Una vez en la universidad (Sociología en la Universidad Nacional e Ingeniería Electrónica en la Universidad Distrital) afianzó su compromiso. Repartía panfletos, se unía a huelgas en fábricas, colaboraba en la formación de barrios de invasión, iniciaba a otros en los preceptos comunistas. También participó en tomas de gasolineras para recaudar fondos o en asaltos a celadores, policías y ‘tiras’ (los detectives del DAS que merodeaban las universidades) para recolectar armas.

Y un día le dieron a elegir: o se quedaba en su paraíso “pequeño burgués” y terminaba sus estudios profesionales, o se convertía en un “revolucionario integral”.

¿Fue una decisión romántica?

Romántico es todo. Es una decisiónn de vida muy fuerte, es un paso en serio.

¿A los 21 años había conciencia de lo que se venía, de irse al monte?

Por supuesto que sí, no estábamos improvisando. Era un punto de alta politización, con algunas acciones armadas. Ya habíamos hecho nuestros operativos militares. Había una mentalidad de conspirar.

Era 1977 cuando tomó la decisión. Estaba en séptimo semestre de universidad y era un líder reconocido por su verbo político. Hoy reconoce que uno de los puntos más difíciles de dejar su vida universitaria fue contarle a su mamá, la mujer que estuvo a punto de convertirse en monja, que exigía respeto por la Iglesia y en una ocasión quemó los libros comunistas de su hermano mayor en el patio de la casa. “Le dije algo que no era cierto, que me iba a vivir con unos amigos. Pero ella sospechó. Fue un error, les cogió bronca y odio”, confiesa.

De su casa salió con dos cajas amarradas con cabuyas, una con libros y otra con ropa. Se fue recordando las palabras de su papá, un linotipista liberal, cuando lo expulsaron del colegio: “Yo te entiendo. Piensa el socialismo, pero piénsalo a partir de la realidad nacional”.

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Un problema surge a la hora de situar el nacimiento del EPL: los historiadores prefieren el año de 1964, pero los excombatientes señalan el 17 de diciembre de 1967 como la fecha simbólica, cuando los militantes del clandestino Partido Comunista Marxista-Leninista (PCML) lideraron una incursión campesina que se tomó algunas de las haciendas más gigantescas de Córdoba; la respuesta armada de los terratenientes fue el empujón que llevó al partido a sumarse a la lucha irregular.

Pero es muy significativo que el movimiento armado surgiera en los años 60 en los Llanos del Tigre, un paisaje de 460.000 hectáreas entre el Parque Nacional Natural Paramillo y la cordillera Oriental, una zona donde la Violencia de los años 50 armó a los campesinos liberales del sur de Córdoba, Antioquia y Urabá bajo el mando de Julio Guerra.

Fue la única región donde los ideólogos del PCML encontraron asiento, sobre todo tras los desastrosos intentos de instalarse en el Valle (los descubrió la Fuerza Pública), Magdalena Medio (el mando fue destituido por fusilar guerrilleros), entre Huila y Tolima (tuvieron enfrentamientos con las FARC) y en algunas partes de la Costa (no sumaron el apoyo de las bases).

La organización vivió sus primeros años entre el campo, apoyando los reclamos campesinos y los sindicatos agrarios, y las ciudades, donde las milicias urbanas eran los responsables de conseguir recursos, sumar combatientes y reclutar miembros para el trabajo político en las fábricas y las universidades. En su mejor época sumó alrededor de 2.500 integrantes y se expandió al Eje Cafetero, Putumayo, Nariño, Norte de Santander, Cesar y la Sierra Nevada de Santa Marta.

Entre ellos se encontraba Villarraga, quien por su buena formación política se quedó en Bogotá para liderar acciones armadas a gasolineras u obtener mimiógrafos (una especie de imprentas manuales móviles) con los que pudieran editar revistas, comunicados, folletos, volantes… Los camaradas lo llamaban “Raúl” y cargaba el arma de dotación, una pistola Titanium 7.5, que nunca disparó en los operativos clandestinos: “Eran golpes de mano, acciones donde lo ideal era no disparar ni un tiro”.

Esa instrucción nació en el primer congreso ideológico del PCML, en 1965, donde se había definido que llevaría la revolución del campo a las ciudades, por medio de la lucha armada clandestina, con el objetivo de crear un nuevo Estado socialista. Su modelo era el de una República Popular en Marcha al Socialismo. Por eso le daba una importancia especial a las publicaciones impresas, en especial del periódico Revolución.

De tendencia marxista-leninista, el EPL le dio una importancia estratégica a los documentos y publicaciones. En sus operativos urbanos robaba mimiógrafos. Foto por Felipe Abondano

Pero nueve años después surgió la disidencia. Los nuevos miembros, reclutados en las universidades, cuestionaron un ideal que aplicaba más a China, una nación con una enorme ploblación campesina, que a Colombia, donde la violencia había empujado a los cultivadores a la ciudad. El mando respondió a las críticas con expulsiones masivas, y así el grupo perdió a cerca del 60% de sus miembros.

En 1980 se llevó a cabo el segundo Congreso. Hubo una actitud más humilde, los comandantes reconocieron sus errores. Y se decidió el cambio de dirección: “Se aceptó que había una desviación izquierdista, que no podíamos calcar el modelo maoísta. Y se aceptó hacer una interpretación marxista-leninista de la realidad colombiana”, explica Villarraga, quien para entonces se había convertido en un mando nacional. El grupo decidió que la vía era participar en las elecciones.

Cuando llegó el nuevo gobierno de Belisario Betancur con su propuesta de hacer la paz, de dejar atrás la violencia, el EPL respondió bajo la fórmula de la negociación conjunta. Hablaron con las FARC, el ELN y el M-19.

 

¿Qué decidieron?

Dimos con las fórmula de una mesa de negociación unificada.

¿Qué les dijeron las otras guerrillas?

Aceptaron la propuesta. Pero fue un diálogo intenso. Al principio nos distanciamos del ELN, buscamos a las FARC e iniciamos relaciones con ellos. El M-19, con quienes éramos los más distantes, se volvieron los más próximos.

¿Cómo actuaron ustedes en esta negociación?

Lo más importante que hicimos en nuestra historia, desde el punto de vista político, es que fuimos los autores en la mesa de negociación de convocar una Asamblea Nacional Constituyente. Así cambiábamos el régimen político, se adoptaba una constitución democrática y abríamos espacio a reformas como la participación ciudadana y la garantía de derechos. Y así, pasábamos a ser un partido legal.

Las negociaciones, sin embargo, no llegaron a buen puerto. En parte, porque ni los militares (que a pesar de la tregua convenida, siguieron con sus ataques a campamentos) ni la clase empresarial apoyó a Bentancur en su intentona de paz; y también, porque el diálogo al interior de los protagonistas de la mesa, que más tarde se conocería como Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, se sectarizó. Tampoco contribuyó la aparición del paramilitarismo y sus exterminio a los primeros experimentos democráticos de la guerrilla, como el partido político Unión Patriótica.

Y para empeorar el panorama, el M-19 se tomó el Palacio de Justicia. Tras la confrontación posterior con el Ejército, y la muerte de 33 guerrilleros, 11 soldados, 43 civiles y 11 desaparecidos, el panorama se extremizó. El 20 de noviembre de 1985, a las puertas de una droguería en Bogotá, fue asesinado Óscar William Calvo, uno de los principales negociadores del EPL. Sus compañeros siempre culparon a los militares del hecho.

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Durante el gobierno de Virgilio Barco, el paramilitarismo fue el principal enemigo del EPL. Los combatientes de la Casa Castaño atacaron su zona de influencia en el Magdalena Medio y se ensañaron con la base de apoyo campesina. Por otra parte, el diálogo entre guerrillas se fue deteriorando hasta el punto que, tras un enorme decomiso de armas, el diálogo se abortó en 1989.

Mientras las FARC y el ELN se reforzaron, el M-19 entabló contactos para una negociación por separado.

¿Y qué ocurrió con el EPL?

Nos unificamos con el Partido Revolucionario del Trabajo (PRT) y y el Quintín Lame, para sentarnos a negociar con el Gobierno. Las FARC se radicalizaron porque el M-19 les robó el protagonismo con su propio proceso. Jacobo Arenas estaba emputado.

¿Cómo llegaron ustedes a una propuesta formal de paz?

En el 89 proponemos una tregua unilateral y seguir con la negociación. Acudimos a la Comisión de Notables (el grupo de expresidentes y pensadores que asesoraba al Gobierno en temas de paz) pero, como respuesta, recibimos un bombardeo fuerte a nuestros campamentos. Por eso solo nos sentamos a negociar hasta el 90, a finales del gobierno Barco.

El recuento del primer contacto es digno de una película de espías.

Inició con una carta enviada a Rafael Pardo, alto comisionado de Paz, en los primeros meses de 1990. “Le pedimos que se pusiera a nuestra disposición y el Gobierno aceptó. Nosotros corríamos el riesgo haciendo esa reunión en Bogotá, y Pardo lo corría poniéndose en manos de nosotros”, recuerda Villarraga, quien ayudó a trazar la agenda política del proceso. El funcionario llegó solo, sin escolta, al punto de encuentro donde lo esperaban los contactos del EPL. Allí lo montaron a un taxi, le vendaron los ojos y le dieron “un paseo” por las calles de Bogotá.

El viaje terminó en un restaurante del norte. En una de las mesas lo esperaban los dirigentes guerrilleros Bernardo Gutiérrez y Jaime Fajardo. Mientras esperaban sus platos, las conversaciones iniciaron con las generalidades del proceso: qué discutirían, dónde, cómo se les garantizaría vida. Gutiérrez y Fajardo insistieron en su deseo de hablar de paz siempre y cuando se convocara a una Asamblea para definir una nueva constitución; Pardo los escuchó y tomó nota.

Hacia el final del almuerzo, los dirigentes se pusieron de pie y le estrecharon la mano. El comisionado de Paz se quedó sorprendido al ver que los demás clientes en todo el local también se pararon y se dirigieron a la puerta. Le dijeron que volverían a contactarlo. En dos minutos, todos salieron y partieron del lugar en varios carros. Entonces, Pardo se dio cuenta de que estaba solo. Le dio un repaso a sus apuntes antes de preguntar si debía pagar la cuenta.

La segunda reunión fue en la casa de un colaborador en Suba, y allí se definieron tres ejes centrales: convocar a una Constituyente, implementar reformas económicas y sociales, y establecer garantías políticas. En los próximos 11 meses la negociación se realizaría en 10 campamentos diferentes. Los funcionarios del Gobierno iban de un extremo a otro del país, veían a los combatientes uniformados, saludando a la bandera, siguiendo una disciplina férrea. El punto de giro en los diálogos se dio el 9 de octubre de 1990, cuando la Corte Suprema de Justicia avala el decreto 1926 que permite convocar a una Asamblea Nacional Constituyente.

Francisco Rojas Birry, representante de la Asamblea Nacional Constituyente, presidió la entrega de armas del EPL. Foto vía El Espectador.

¿Allí se decidió al desmovilización?

No. Un hecho difícil es explicarles la decisión a los combatientes. Hubo mucha asamblea y persuasión, pero cambiar el programa tras 26, 27 años de lucha armada ininterrumpida, es difícil. Hubo un discurso democrático, replanteamientos internos que coinciden con la crisis de la izquierda, el muro de Berlín, crisis URSS, etc.

¿Hubo desacuerdos?

Por supuesto. En el último preacuerdo, a quienes discreparon se les respetó la vida y se les dejó salir de los campamentos. Salieron 41 de Antioquia, 36 de Norte de Santander, 12 de Putumayo, 13 de Risaralda. Fueron los grupos disidentes que buscaron reconstruir los frentes sin éxito.

Uno de ellos fue el comandado por alias Francisco Caraballo, que en 1994 fue capturado por el Ejército en Cajicá, Cundinamarca, tras retomar las armas y asesinar a 230 excompañeros que dejaron atrás las armas. A otros, sin embargo, los mataron las balas del paramilitarismo cuando llevó a cabo su sangrienta ‘reconsquista de Urabá’. Las FARC también castigaron a quienes en el pasado le juraron fidelidad a la causa del EPL.

Las cifras de Corpolibertad, una ONG urabeña conformada por desmovilizados del grupo guerrillero, señalan que entre 1991 y 1996 se comentieron 18 masacres contra sus compañeros;también registran 363 ataques, entre homicidios, atentados, desplazamientos forzados y amenazas, contra sus vidas.

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El primero de marzo de 1991, en la cancha de fútbol del campamento Labores, en el municipio antioqueño de Belmira, 2.200 hombres del EPL le entregaron sus armas a Francisco Rojas Birry, representante de los asambleístas que elaboraban la nueva Constitución. Las tres letras que por más de 20 años significaron guerra, acciones clandestinas y oposición, describían ahora un nuevo camino: el movimiento Esperanza, Paz y Libertad, el naciente partido político que con Jaime Fajardo y Darío Mejía aportó sus opiniones a la nueva Carta Política.

El EPL entregó más de 800 armas en su desmovilización, las cuales se fundieron y fueron la base para la escultura ‘El árbol de la Paz’. Aquí, una réplica. Foto por Felipe Abondano

Sus integrantes se unieron muy pronto a la Alianza Democrática M-19 y obtuvieron buenos resultados electorales en las zonas que unos años atrás recorrían con fusiles al hombro. Algunos fueron elegidos alcaldes, otros concejales, varios triunfaron en las votaciones a asambleas departamentales. Villarraga estuvo ligado a ellos desde la orilla del análisis político. Y también desde el recuerdo.

¿Qué se puso a hacer?

Escribí la historia oficial del EPL. Al principio, la idea consistió en buscar un escritor serio, con experiencia.

¿Consultaron con alguien?

Hablamos con tres personas: Gonzalo Sánchez, hoy director del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), Eduardo Pizarro y Arturo Álape, pero ninguno se comprometió a seguir el plan de investigación que les presentamos. Eso sí, nos dieron buenos consejos.

El resultado fue Para reconstruir los sueños, un proyecto que en 1994 recibió el reconocimiento de Colcultura y que hoy va por su tercera edición. Sería el primero de un extenso trabajo editorial que hoy se condensa en cerca de 20 libros, entre ellos análisis y seguimientos a los demás procesos de paz que le siguieron al EPL. Todos ellos ocupan la biblioteca de Cultura Democrática, la fundación que inició con otros excompañeros para compartir su experiencia de paz.

A la par de su trabajo como director de la unidad de Acuerdos de la Verdad en el CNMH, Villarraga recolecta documentos valiosos, sus columnas de opinión para Revolución, ediciones antiguas de la revista Polémica, poemarios del EPL, documentos de la dirección. Algún día espera que cualquiera pueda consultarlos libremente. Que se conviertan en un elemento de valor para entender a ese país en los 60 vio nacer varios movimientos guerrilleros.

Pero ante todo, que sirvan para no repetir los mismos errores: “Tuvimos equivocaciones, desviaciones, el EPL cometió actos de arbitrariedad, causó también víctimas más allá de las acciones de combate. Tuvimos exageraciones, pero también valores. Yo creo que las guerrillas pueden hacerles aportes a los cambios institucionales del país. No se puede leer el pasado con la luz del presente”.