El reto de renacer sobre las ruinas | ¡PACIFISTA!
El reto de renacer sobre las ruinas
Leer

El reto de renacer sobre las ruinas

Staff ¡Pacifista! - Diciembre 30, 2015

OPINIÓN Como colombianos tenemos la tarea de reconocer nuestros errores y de dejar de culparnos para poder mirar un futuro distinto. Es uno de nuestros desafíos para 2016.

Compartir

Columnista: Andrei Gómez Suárez

He decidido escribir la última columna del 2015 en este vuelo transatlántico que me lleva de Bogotá a Londres. Había pensado tomarme cuatro semanas de descanso antes de escribir de nuevo sobre la realidad de Colombia, sobre los retos de la construcción de paz. Sin embargo, el último libro de Juan Gabriel Vásquez, La forma de las ruinas, me impactó profundamente; en este vuelo me he visto obligado a escribir una reflexión para cerrar un año lleno de logros en el camino de recuperar la convivencia en un país atravesado por la barbarie.

Vásquez nos atrapa, con un lenguaje intenso, entre los años 1914 y 1948 para mostrarnos a contraluz los espirales de la impunidad y el odio que hemos reproducido a lo largo del último siglo. Quisiera uno después de leer su libro que la futura Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición se remontara hasta el asesinato del general liberal de la Guerra de los Mil Días Rafael Uribe Uribe, para de una vez por todas construir nuestra historia nacional sin mezquindades, con grandeza.

Pero sabemos que la Comisión tiene como mandato estudiar el período del conflicto armado reciente, remontándose a hechos pasados, para ofrecer una narrativa general de los patrones de victimización, los impactos y la resistencia en medio del conflicto armado abriendo un debate nacional al respecto.

No sé cuántos colombianos siguieron el mensaje de la Librería Nacional,“este diciembre regala un libro”, que recomendaba leer la última novela de Vásquez. Ojalá hayan sido muchos y, si no, espero que unos pocos más lo lean después de leer esta columna.

Nos hace falta leer, nos hace falta reconocer nuestra historia. Es primordial en este momento transicional propiciar la lectura; sólo así podremos hacernos preguntas difíciles relacionadas con la reconciliación y esbozar respuestas para compartirlas en tertulias, en foros abiertos, y construir en conjunto antídotos para la polarización que ha envenenado nuestro devenir como nación.

No me canso de repetir que la polarización y la fragmentación son los grandes retos de la sociedad civil. Sin embargo, no me había percatado que las hemos heredado de generación en generación. La forma de la polarización ha cambiado. Durante el juicio a los asesinos de Uribe Uribe la polarización se vivía en el Salón de Actos y terminaba en trifulcas en las calles. El asesinato de Gaitán incendió el país entero, relegitimó la violencia que se logró contener después del asesinato de Uribe Uribe.

El asesinato de Rodrigo Lara abrió las puertas a la intensificación del conflicto armado y su criminalización, muchos colombianos “tomaron partido” por el bando que según ellos aportaba el mal menor, fuera el narcotráfico, las guerrillas, los paramilitares o los miembros de la Fuerza Pública. Lamentablemente muchos de estos miembros actuaban por fuera de la ley. Otros se hicieron al margen y se acostumbraron a ignorar la realidad. El resultado es una sociedad fragmentada, dividida profundamente, incrédula.

Y, sin embargo, las cosas pueden cambiar. Este año nos ha re-enseñado que los seres humanos reevalúan posiciones, cuestionan sus propias acciones y re-imaginan un futuro distinto. Algunas víctimas, el Gobierno, las Farc, algunos militares, empresarios, y políticos han dado ejemplos concretos a los colombianos apáticos. No es necesario ser negociador, no es necesario haber tenido un arma para desarmar el espíritu y convertirse en gestores de paz. La paz es una actitud que empieza en la vida cotidiana y pasa por desmontar la polarización que continuamos reproduciendo año tras año.

La sociedad y los individuos enfrentan momentos en que los paradigmas empiezan a cambiar. Dichos cambios no son homogéneos; sin embargo, una vez toman fuerza, condensan tiempos y espacios y generan transformaciones culturales que permiten cambios sustanciales en la forma de vivir de una sociedad. En Colombia cada vez más hay un reconocimiento de la necesidad de ir cerrando las brechas sociales, de hacer una transformación cultural para aceptar que unos no son más que otros porque tengan más dinero o hayan estudiado en universidades privadas, o pertenezcan a un partido político.

El proceso de paz ha logrado en poco más de tres años que empecemos a cuestionarnos cómo vivimos, cómo somos partícipes de la violencia al ignorar la gran fragmentación social que han producido la inequidad, la exclusión y la corrupción.

El año cierra con más columnistas de opinión escribiendo sobre los retos de la reconciliación, con más artículos informativos que reconocen los grandes problemas del país, profundizados gracias al conflicto armado. No veo televisión, pero me cuentan que, paradójicamente, los más lentos en esta revolución cultural han sido los canales de televisión. La guerra vende bien; pero, cuando llegue la hora de la paz, seguramente se montarán en la ola, porque la paz vende aún más.

Deseo que en el 2016 converjan varios procesos que están en marcha y que aún no se han sincronizado. Es necesario que avance el proceso de paz para que las Farc pasen de las armas a la política, contribuyendo a satisfacer los derechos de las víctimas y con garantías para que quienes simpaticen con sus reivindicaciones no sean estigmatizados.

Es fundamental que profundicemos el reconocimiento de los errores del Estado, para que nuestros futuros gobernantes no recurran al negacionismo para sacar ventajas políticas de un nacionalismo herido en futuras contiendas electorales. Sin embargo, más importante aún, es preciso profundizar un debate nacional sobre la transformación cultural que hemos vivido por cuenta de la guerra; debemos implementar nuevas prácticas culturales que pongan el acento en valores éticos que se han perdido por el “todo vale”.

En Londres hay muchos colombianos que reproducen la polarización que se vive en Colombia, por eso, en el año nuevo, antes de montarme en el avión de regreso a Bogotá, espero conversar con algunos para seguir construyendo puentes que nos acerquen y nos permitan reconocer los errores del pasado que no podemos seguir repitiendo.

No hay un país que no tenga sus divisiones; Vásquez lo sabe bien, después de haber vivido 16 años por fuera de Colombia para volver sobre nuestra historia. Desde este avión, en medio del Atlántico, he confirmado que debemos reconocer nuestras divisiones, nuestros errores y dejar de culparnos unos a otros para mirar un futuro distinto que empezaremos a construir en 2016.