El Congal, un pueblo que quemaron los 'paras' y que hoy reconstruyen sus desplazados | ¡PACIFISTA!
El Congal, un pueblo que quemaron los ‘paras’ y que hoy reconstruyen sus desplazados
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El Congal, un pueblo que quemaron los ‘paras’ y que hoy reconstruyen sus desplazados

María Flórez - Agosto 22, 2016

Los campesinos intentan reconstruir su pueblo y están a la espera de que les restituyan lo que les arrebató la guerra.

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El Congal está ubicado a tres horas de La Dorada, la segunda ciudad más importante de Caldas después de Manizales. Foto: Santiago Mesa

Cuando las 54 familias de la vereda El Congal, del corregimiento de Florencia (Samaná, Caldas), vieron cómo se quemaban sus casas, decidieron “matar lo que más se pudiera”. José Rodrigo Londoño recuerda que “caían muchas gallinas muertas” y que “almorzábamos y llorábamos, ajustando el caldo con lágrimas”. Era el domingo 19 de enero de 2002 y los paramilitares de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio les habían ordenado abandonar el pueblo, aunque las Farc, que dominaban la zona, no los dejaban salir.

Nelson Betancur, un campesino de El Congal, terminó por resolver el asunto: “El sábado, cuando quemaron el caserío y algunas familias habían cogido el monte, Wilson y yo nos fuimos a hablar con el comandante (guerrillero). Le dijimos: ‘Aquí ya no podemos vivir, a nosotros nos toca irnos’”. Les contestaron que sólo podían salir al casco urbano del corregimiento, controlado por la guerrilla. Metieron lo que pudieron en canastos de guadua y se fueron en ocho chivas.

Bajo las llamas, provocadas por los ‘paras’, quedaron las casas, el almacén de ropa, la tienda de abarrotes, la carnicería, las mesas de billar, el colegio, el puesto de salud y una capilla en construcción. Bajo las llamas quedó lo que entonces era el punto de comercio más dinámico de esa parte de la Cordillera Central.

Allí se cargaban regularmente 25 mulas con café, cacao, maíz y fríjol que se producían en las veredas cercanas y se vendían en Florencia y el corregimiento de Berlín. También se transportaban el abono y otros suministros hasta algunas fincas de Argelia (Antioquia), para las que El Congal era el punto de comercio más cercano.

El Congal está cercado por montañas. Foto: Santiago Mesa

Ahora, la vereda es un gran pedazo de tierra pelada, sobre la que nueve familias intentan construir un nuevo pueblo.

Errantes

El Congal, como casi todo Samaná, se convirtió a finales de los 90 en territorio del frente 47 de las Farc, comandado por Elda Neyis Mosquera, alias “Karina”. La zona era tradicionalmente cafetera, pero la crisis internacional del grano desatada a finales de los 80 había ido empobreciendo a los campesinos. Las Farc aprovecharon la desfavorable situación económica, la poca presencia estatal y el difícil acceso al pueblo para reclutar jóvenes y promover la siembra de hoja de coca.

José dice que las Farc “nos trajeron la historia de la coca. Nos dijeron: ‘Siembren esto que da plata y luego no van a tener más para sembrar”. La gente empezó a producir la hoja y, según sus relatos, la guerrilla creó una pequeña comisión de milicianos para controlar la siembra y la compra. Cuando llegaban las ganancias, la comisión le pagaba a los productores y se quedaba con una parte de las ventas.

El jugoso negocio que se forjó en Samaná atrajo a las Autodefensas a comienzos de 2000. El sacerdote católico Humberto Cortés, que trabaja en el municipio desde 1994, dice que “la coca disparó la criminalidad, las muertes selectivas, los hostigamientos, las tomas y las desapariciones. Los dos grupos buscaban el dominio del territorio y la plata que producía la coca”.

Las Farc hostigaron durante años la cabecera corregimiental de Florencia. Foto: Santiago Mesa

La disputa por la hoja llevó la guerra a El Congal. Eliécer Londoño, un habitante de la vereda, cuenta que en la época de los enfrentamientos “la gente desarmaba las casas, que eran de madera, y se las llevaba más pa’ bajo, pa’ esos cañones. Buscaban una parte donde no entrara la violencia, pero cuáles, en todas partes entró. Los de aquí corríamos pa’ abajo y los de más pa’ abajo se pasaban pa’l otro lado (del río Samaná)”.

La situación se recrudeció con la llegada del Ejército, que, según los campesinos, los reunía para “pedir colaboración”, en un tiempo en el que “había combates día y noche”. En 2003, la Defensoría del Pueblo emitió una resolución titulada La crisis cafetera y las fumigaciones en el departamento de Caldas, en la que dejó constancia de que en 2001 se presentaron varios enfrentamientos entre la Fuerza Pública y el frente 47 de las Farc por la “destrucción de los semilleros de coca en las zonas rurales de Samaná”.

Con la quema de El Congal a manos de paramilitares, los campesinos lo perdieron todo y se dedicaron a recorrer el país en busca de trabajo. Nelson, que tenía 22 años cuando se fue de la vereda, anduvo Bogotá, Puerto Boyacá (Boyacá), Manizales y Meta, donde trabajó en fincas ganaderas, cafetales e instalaciones petroleras. Islen Betancur, otro habitante de El Congal, consiguió empleo en Bogotá descargando bultos de frutas y verduras y trabajó en ganaderías de Acacías y San Martín (Meta).

Los campesinos adecuaron como vivienda el antiguo puesto de salud de El Congal. Foto: Santiago Mesa

José, en cambio, hizo parte de los campesinos que se quedaron en Florencia, donde tuvo que empezar de cero porque perdió su ropa, su casa, sus muebles y una mula, que los ‘paras’ mataron a bala cuando le disparaban a dos milicianos de las Farc. La gente de El Congal dice que “aquí hasta los animales sufrieron”.

El regreso

Con el impulso del cura Cortés y de un grupo de jóvenes llamado La Legión del Afecto, los desplazados de El Congal empezaron a amasar la ilusión de volver a su pueblo a finales de 2013. Cuando llegaron, no encontraron más que maleza, pero armaron fiesta y se comieron una res para celebrar el encuentro. Muchos de ellos dicen que regresaron porque se cansaron de “sufrir en otras partes” y de ser “esclavos” en fincas ajenas, donde jornaleaban para vivir.

El proyecto de reconstruir la vereda empezó a cuajar durante la pasada administración departamental de Caldas, que invirtió en la apertura de la vía Florencia-El Congal. Los campesinos pusieron su fuerza de trabajo para ayudar a abrir el primer tramo de la carretera y convertir en vivienda habitable la antigua sede del puesto de salud, que no tenía puertas ni techo. También arreglaron la escuela y limpiaron el área donde funcionaba el pueblo.

Nelson Betancur (izq.), José Londoño y Eliércer Londoño. Foto: Santiago Mesa

Entre las nueve familias que decidieron quedarse empezaron a quitar el rastrojo de las fincas y a plantar las primeras semillas. En el terreno de Nelson crece café, maíz, papaya, naranjas, tomates, yuca y plátano, desde la línea de la calle que conduce al cementerio en ruinas de El Congal hasta la cima de la Cordillera, donde se alcanza a ver el río Magdalena. La finca de Eliécer también tiene tomate, fríjol, cebolla, yuca, papa y plátano, y otros campesinos han empezado a llevar ganado y cultivar peces.

Pero aún falta mucho para tener un nuevo Congal. En el centro del pueblo sólo hay una vivienda y el parque, la iglesia y el puesto de salud están sin construir. Algunos de los campesinos viven en casas de madera y zinc y otros viajan desde Florencia para cuidar las reses y los cultivos. Jersun Fetécua, del Programa de Desarrollo para la Paz del Magdalena Centro, una de las organizaciones que apoya el retorno, dice que buena parte de los retrasos se deben a la lentitud del proceso de restitución de tierras, que está a cargo de la Unidad de Restitución.

Según Fetécua, el proceso ha cambiado de juez en tres oportunidades y aún no hay fecha cercana para la emisión del fallo, con el que la comunidad espera que el Estado le devuelva formalmente los terrenos que dejó abandonados, le restituya los bienes que perdió con el incendio y le ordene al Gobierno financiar proyectos productivos. También se necesitan líneas de comercialización para vender el café, que ya empezó a dar frutos.

En El Congal hay sembradas más de tres mil matas de café. Foto: Santiago Mesa

La inestabilidad política de Caldas también ha sido un problema para El Congal. El departamento tiene por gobernador encargado a Ricardo Gómez, antiguo gerente departamental de la Asociación de Industriales de Colombia (ANDI). Gómez reemplaza a Guido Echeverry, suspendido provisionalmente por el Consejo de Estado, quien se había comprometido a seguir apoyando financieramente el proceso de retorno.

El sacerdote Cortés dice que, en este caso, “el Estado ha sido demasiado lento. Para soltar un peso, para llevar a cabo un proyecto, son miles de vueltas, y estos procesos necesitan cosas ya, porque la gente llega con hambre, sin dónde vivir y sin con qué cosechar. Si estamos en este punto a pesar del empuje de la comunidad, ¿cómo será en otros lugares donde no hay la suficiente cohesión entre la gente para meterle el hombro a las cosas y seguir arañando la tierra?”.

Mientras tanto, el Batallón de Desminado Humanitario (Bides) sigue limpiando la zona de las minas antipersonal que instalaron las Farc durante la época dura del conflicto, una de las condiciones que se requieren para completar el proceso. De acuerdo con un informe del Observatorio del desaparecido Programa Presidencial de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario de la Vicepresidencia, entre 2003 y 2006 Caldas reportó 128 víctimas de esos artefactos, entre civiles y militares. Al menos 69 de esas personas murieron en Samaná, el municipio más afectado por minas en ese periodo.

En los alrededores de El Congal, el Ejército adelanta labores de desminado. Foto: Santiago Mesa

Incluso con las demoras, los campesinos siguen creyendo en la posibilidad de reconstruir su vereda. Así lo resume José: “¡Pa’ nosotros es una dicha ver entrar un carro a ese plan!,¡eso pa’ nosotros es una cosa muy hermosa! Aquí nos ha visitado gente que dice: ‘Pero ¿qué es lo que tiene de bueno esto? ¿A qué es que le han metido la plata aquí?’. Hombre, pa’ nosotros aquí es esta carretera. Hoy el progreso es ese, y con mucha ilusión vamos a seguir”.