‘Soy venezolano y no me he ido del desastre’ En entierro de una de las víctimas de la de la Masacre de Tumeremo (marzo de 2016), en una zona minera del sur de Bolívar. 16 personas fueron asesinadas entonces. Foto: William Urdaneta/ Correo del Caroní.
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‘Soy venezolano y no me he ido del desastre’

Colaborador ¡Pacifista! - Noviembre 22, 2018

#Divergentes | "Hablaré en primera persona como lo que soy: un venezolano que todavía permanece en Venezuela y que padece el país que descalabró el chavismo".

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Por: Marcos David Valverde* – @marcosdavidv

Me piden que hable en primera persona como lo que soy: un venezolano que todavía permanece en Venezuela y que padece el país que descalabró el chavismo. Eso incluye, por supuesto, mis vivencias. No suelo hacerlo. Por esta vez ensayaré, especialmente para quienes me lean en Colombia, la respuesta para una pregunta: ¿Por qué los venezolanos se van de Venezuela?

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El domingo 6 de diciembre de 1998 lo pasé en la piscina de la casa de unos amigos. Tenía 13 años y estudiaba segundo año de bachillerato. Fue el día en el que Hugo Chávez ganó sus primeras elecciones. Nunca lo vi con simpatía: aunque entonces no tenía mayor conciencia política, el verbo de Chávez se me antojaba peligroso y antipático. En mi casa tampoco simpatizaron con él. Recuerdo a mi papá y a mi mamá (docentes y empleados públicos ambos) diciendo a sus amigos que no votaran por Chávez porque eso significaría el fin de la democracia. Pero el discurso de la antipolítica ya había permeado en muchos venezolanos. Contrariamente a lo que se piensa en otros países, no fue solo en las clases más pobres: las clases medias altas vieron en el militar golpista la oportunidad de tener a alguien a quien controlar. Se equivocaron entonces y votaron por Chávez, quien fue anunciado ganador a finales de la tarde, cuando todavía era de día.

Recuerdo entonces que uno de mis amigos (el mayor de tres hermanos) salió a la calle y gritó algo que hoy, 20 años después, recuerdo con nitidez. Lo hago porque es una frase que fue presagio y, sobre todo, la mejor interpretación de ese momento y de lo que vendría. Mi amigo, a todo pulmón y desafiando a los vecinos que habían votado por Chávez, solamente pronunció cuatro palabras: “¡Se jodió esta vaina!”. Dicho y hecho.

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No: con Hugo Chávez Venezuela nunca estuvo mejor. Vengo de una familia de clase media y nunca estuvimos mejor. Hubo un espejismo por los precios del barril de petróleo (que durante la era de Chávez sobrepasó los 100 dólares), pero no hubo inversión ni diversificación de la riqueza. Hubo despilfarro, populismo y corrupción. 

No: con Hugo Chávez vivo no estaríamos mejor. Hay quienes dicen que Nicolás Maduro ha sido el causante de este descalabro. Yo sentencio, sin duda, que Chávez dejó todo listo para lo que ocurrió. Maduro fue un acelerador de ese proceso y un vividor de las mieles del poder a raíz de su triunfo (en unas elecciones amañadas) en 2013.

Podría sonar egoísta y sinrazón que diga que porque mi familia no estuvo mejor Venezuela no estuvo mejor. Pero nada como una familia de clase media para determinar esos indicadores. Por ejemplo, con el seguro médico (como trabajadora pública, insisto) de mi mamá fuimos intervenidos quirúrgicamente en varias oportunidades: dos veces yo, dos veces ella. Hoy, el monto de ese seguro no cubre ni un día de hospitalización (sin operaciones).

Si hablamos de los seguros podemos hablar también de los sueldos. Hoy los venezolanos que trabajan en el sector público tienen las ganancias igualadas: aquel que estudió gana lo mismo que aquel que no estudió. Es decir, un salario mínimo ( 1.800 bolívares soberanos). Y el salario mínimo mensual alcanza para un cartón de huevos y para medio kilo de queso blanco. 

Así subsiste la mayoría de los venezolanos. 

De acuerdo con la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), el 87 por ciento de las familias venezolanas están en condiciones de pobreza. el 61 por ciento, en pobreza extrema. Foto: Marcos Valverde.

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Comencé a ver y a vivir varios episodios que me abofetearon la realidad con más frecuencia en 2016. Por ejemplo, en julio de ese año, cuando conocí a Stephany, una niña de un año y tanto cuya familia tomé como punto de partida para una investigación periodística sobre el hambre. Vivían en una barraca de zinc en una zona muy pobre ella, sus tres hermanos y la mamá. El padre estaba ausente. No en ese momento en el que los visité sino de sus vidas.

Cuando vi a Stephany, estaba sobre las piernas de una pediatra voluntaria (fue a través de ella que llegué a esa familia). Tenía la piel cubierta de granos y el cabello amarillento. La doctora me advirtió que no pensara que su genética era de rubia: nada de eso. El color del cabello era uno de los síntomas de la desnutrición.

De hecho, Stephany no podía erguirse por la desnutrición. Sus hermanos mayores tenían otros rasgos del hambre, como los ojos amarillentos, por ejemplo.

A la semana regresé a la barraca para continuar con la investigación periodística. La madre me dijo que Stephany había muerto dos días después de que la conocí. Murió asfixiada por las lombrices. Cuando la velaron, sus familiares contaron que de la boca del cadáver salían varias. Esa fue la primera bofetada de ese mes.

El torso de la foto es de una niña que murió por desnutrición en San Félix, estado Bolívar, en 2016. Foto: Marcos Valverde.

La segunda fue en el ámbito familiar. Las vidas de jubilados de mis padres se habían convertido en una rutina invariable de gastar horas en una cola para comprar pan, amargarse porque el dinero no alcanzaba y resguardarse antes de que anocheciera por el temor que quedó luego de que nos asaltaron una noche (uno de los asaltantes apuntó a mi mamá en la cabeza para que se bajara del carro. Ella gritó y le dijo que no: que no se bajaría. Hasta hoy tengo la convicción de que la pistola no estaba cargada, porque nada le impedía disparar: nada, salvo que la pistola no tuviera balas o, en otro extremo, que fuera de juguete).

El otro factor determinante fue que mi papá tampoco encontraba las medicinas que necesitaba: uno contra el recrecimiento de la próstata y otro contra la arritmia. Ese mes se fueron del país y viven en Panamá con mi hermano. No han vuelto desde entonces.

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Con Stephany comenzó una seguidilla de muertes por hambre. En 2017, solo en uno de los dos hospitales de la ciudad en la que vivo (Ciudad Guayana, estado Bolívar, sur de Venezuela), hubo más de 40. Este año, en los primeros dos meses en ese mismo centro, había más de 15 muertes. Todas, de niños. 

Pero el tema del hambre en 2016 se cruzó con otro: la difteria, una enfermedad causada por una bacteria que, en suma, inflama las vías respiratorias, amígdalas, etc. Se puede confundir con una gripa pero es más grave, más aún cuando el desabastecimiento de medicamentos impedía aplicar vacunas. Gracias a médicos de ese hospital supe que durante ese año en el estado Bolívar habían muerto al menos 17 niños por esa enfermedad (que había sido erradicada de Venezuela hacía más de dos décadas y que resucitó por la falta de políticas sanitarias del gobierno chavista). 

Fui a uno de los velorios de los niños y me asomé la urna. Además de la difteria, la víctima padecía lombrices. A través del cristal pude ver cómo salían de la boca del cadáver. Tal y como lo que me contaron con Stephany.

Los niños son el sector más vulnerable de la crisis. El hambre, las enfermedades, las condiciones insalubres y hasta la delincuencia ha matado a cientos de ellos en estos años. Foto: Marcos Valverde.

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Cuando Hugo Chávez ganó la presidencia cabalgó sobre el discurso de acabar con la violencia criminal. Paradójicamente, cada año de su mandato significó el incremento de las muertes violentas en Venezuela y Nicolás Maduro no ha roto la racha que legó su predecesor. En Venezuela, durante los últimos años, cifras no oficiales de organizaciones dedicadas al estudio de la criminalidad han denunciado más de 25.000 asesinatos por año. 

Pero la violencia en Venezuela no se ejerce solo desde las armas, sino desde el verbo. Chávez lo practicó con insistencia: a sus adversarios los llamaba escuálidos, tumores, condones y, con frecuencia, los mandaba “al carajo”. Maduro no ha perdido la tónica.

Pero si la violencia criminal ha acabado con las vidas de miles de venezolanos (como le ocurrió a un vecino que asesinaron una noche en frente del apartamento y delante de sus dos hijos de 7 y 4 años), el poder también ha puesto su parte: en 2017, con el ciclo de protestas en las que Maduro terminó de descubrirse como lo que es, un dictador, más de 100 personas fueron asesinadas. Muchas de ellas, a manos de policías y de militares. 

En ese lapso vi a varios de mis alumnos ser detenidos, golpeados y vejados por funcionarios de la Guardia Nacional. A algunas estudiantes, los militares les manoseaban las entrepiernas. A los estudiantes les metían los dedos, impregnados del compuesto para el gas lacrimógeno, en las narices. Sin contar que los golpeaban contra mesas para arrancarles confesiones (de eso tengo para contar también: el 16 de mayo de 2017 la Guardia Nacional me detuvo, a punta de golpes y de maldiciones, y me retuvo durante ocho horas porque pedí que liberaran a un estudiante que habían detenido mientras bombardeaban con gas lacrimógeno la universidad en la que soy docente. 15 días después, en ese mismo escenario, me hirieron con perdigones).

Durante 2017, cuerpos militares y policiales asesinaron estudiantes en todo el país. Esta foto, de mediados de junio, fue tomada en Puerto Ordaz, momentos antes de que la Guardia Nacional reprimiera a varios jóvenes que querían marchar .Foto: William Urdaneta/Correo el Caroní.

Uno de los casos que nos tocó de cerca en la región fue el asesinato, el 24 de mayo de ese año, de Augusto Puga, un joven de 22 años estudiante de Medicina que fue herido en la cabeza por la bala de un policía durante una de las protestas (en You Tube está el video de Augusto con la herida que dejó al descubierto parte de su masa encefálica mientras que, desesperados, sus amigos tratan de reanimarlo y de sacarlo del lugar en donde los tenían emboscados). 

Días después, el 21 de junio, entrevisté a los padres de Augusto para recordar el primer mes del crimen. Era la tarde de un jueves y activé el modo avión de mi teléfono celular para que no me interrumpiera una llamada. A la hora, cuando reactivé la señal, mis grupos periodísticos de Whatsapp estaban revueltos: en Caracas, militares habían asesinado a un estudiante de Enfermería. Se llamaba David Vallenilla y le dispararon perdigonazos en el pecho: un fusilamiento. 

Establecer el símil fue mi reacción inmediata: dos jóvenes de 22 años. Dos futuros profesionales de la medicina. Los dos, asesinados en protestas. Dos funcionarios, uno policía y el otro militar, los asesinos. 

Dictadura, se llama.

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Ciudad Guayana es el lugar de asentamiento de empresas básicas que procesan minerales como hierro y acero. Todas las empresas fueron construidas antes de la llegada de Hugo Chávez al poder (hasta ahora, el chavismo no ha construido la primera).

Todas las empresas básicas se han venido al piso por las políticas de estas dos décadas. Uno de los casos más llamativos fue la Siderúrgica del Orinoco (Sidor), que en 2007, en manos del consorcio Ternium, estableció un récord productivo: 4 millones 300 mil toneladas de acero líquido en esos 12 meses. En 2017, una década después, y ahora en manos del chavismo, produjo 272 mil toneladas.

Las empresas básicas son hoy en día nidos de corrupción, de robos y asentamiento para grupos de garimpeiros, es decir buscadores ilegales de minerales provenientes de Brasil. Por eso, quienes antes tenían el orgullo de trabajar allí, prefieren irse a las minas del sur del estado (expuestos a la criminalidad y a las enfermedades) para ganar más dinero.

En los últimos meses, esas minas (en las que hay coltán, diamantes y oro: el elemento que ha salvado al país a raíz de la ruina de la industria petrolera) tienen nuevos jefes: guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Eso ha traído varias consecuencias, como una masacre ocurrida en octubre de este año. Entre otras.

Estar en Ciudad Guayana tampoco es garantía de mucho: una economía menoscabada y una criminalidad que la convierte en la novena más violenta del mundo han hecho de ella un despojo de lo que alguna vez fue: el centro urbano en donde se sembró el petróleo (término con el que el escritor Arturo Uslar Pietri denominó la política de utilizar ese recurso para generar otras fuentes de riqueza). Y se ha vuelto una ciudad de paradojas, además. Por ejemplo, que estemos sin servicio de agua potable durante varios días, a pesar de que está asentada entre dos ríos, el Orinoco y el Caroní. O que, luego de la riqueza, haya escasez de comida y de productos de aseo personal, como jabón y toallas sanitarias.

Por eso (y por más, por muchísimo más) los venezolanos se van de Venezuela. He visto partir a mi círculo más próximo de amigos. He visto cómo cierran medios de comunicación en la zona. He visto conocidos que ahora enflaquecen por el hambre o que venden sus pertenencias para comer. Y todos los días escucho sus historias de sobrevivencia.

Permanezco acá porque, en honor a la verdad (y por mis cuatro trabajos), no he pasado hambre. No todavía. Pero todo lo que gano me alcanza, a duras penas, para comer y nada más. 

Al menos por un tiempo más quiero permanecer. Hay, cómo no, un mundo por ver y debo hacerlo. Pero tengo la certeza de que nunca quiero irme definitivamente de Venezuela. Lo digo sin patrioterismos (otra de las plagas que ha fomentado el chavismo) ni ánimos de heroicidades: además de que no es ese mi interés, tengo la convicción de que ambas actitudes sirven para nada. Se trata, nada más, de estar en el lugar en el que, a pesar del desastre que han impuesto la autocracia de Chávez y la dictadura de Maduro, soy feliz. No me pregunten por qué.

*Periodista venezolano. Trabaja en Correo del Caroní y es corresponsal para
el estado Bolívar del portal Crónica Uno. Profesor de Literatura y Periodismo
en la UCAB Guayana.

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