Ancianos víctimas de la guerra: la voz muda del conflicto
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Ancianos víctimas de la guerra: la voz muda del conflicto

Staff ¡Pacifista! - Octubre 19, 2017

El informe 'Ojalá nos alcance la vida' del Centro Nacional de Memoria Histórica le da voz a 15 personas mayores de 60 años que soportaron la violencia durante décadas.

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Ilustración: Zafaraz

En los diálogos de paz entre el Gobierno, las Farc  hubo una voz ausente: la de la vejez. Así lo afirma la Corporación Asuntos Mayores (Coasuma), una ONG que se acercó al Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) con la necesidad de contar las historias de los ancianos en medio del conflicto armado. Una cara de la guerra que, según ellos, no ha sido suficientemente contada ni escuchada.

El resultado del acercamiento a esta problemática es el informe ‘Ojalá nos alcance la vida’, que lanzó hace un par de semanas el CNMH. El documento recopila 15 historias de personas mayores de 60 años que llevan toda su vida viendo cómo se repiten los ciclos de violencia y cómo el conflicto sigue alcanzándolos a pesar de su edad y de los sufrimientos ya soportados.

A la fecha, el Registro Único de Víctimas (RUV) reporta cerca de 700.000 víctimas mayores de 60 años. El 83% de ellas ha sido afectado por el desplazamiento forzado. Además, los relatos consignados en Ojalá nos alcance la vida dan cuenta de que gran parte del sufrimiento de esta población tiene que ver con la desaparición forzada: los hijos desaparecidos, los familiares llevados a la fuerza por grupos guerrilleros, los hijos asesinados y los nietos huérfanos que quedaron a su cuidado.

“Nuestros viejos, víctimas de los violentos, han perdido la esperanza que era una parte de su sabiduría. Este no es solo su drama personal, es la tragedia de una sociedad que en ellos pierde la memoria, la sabiduría, la experiencia y, finalmente, la esperanza”, dice el informe.

¡Pacifista! resumió tres de los 15 relatos que componen el informe ‘Ojalá nos alcance la vida’.

Anónimo – 72 años. Medellín, Antioquia

Yo creo que todo pasó hace como cuatro o cinco años. Debieron ser las ocho o nueve de la mañana, porque yo apenas estaba abriendo el almacén. Cuando de pronto miré a la calle y vi que venía cruzando, como con afán, el hombre fornido y alto de la casa del frente. Yo a ese señor ni lo saludaba del miedo que le tenía. Solamente sabía que le había comprado la casa a mi hijo hacía algunos meses. El hombre llegó a la vitrina y yo le pregunté qué se le ofrecía. La respuesta que recibí fue un grito. Enseguida sentí un pánico tremendo cuando me puso un arma a la sien. Era un revólver grande. Dijo enfurecido: “La voy a matar para que venga ese hijo suyo a recogerla y matarlo a él también. Voy a empezar por lo que él más quiere y acabo con toda su familia”.

Quedé medio muda. Alcancé a preguntarle qué era lo que mi hijo le había hecho. “¡Me está cobrando una plata, a mí nadie me cobra y por eso los voy a matar!”.

Cerré los ojos y en ese momento escuché el alarido desesperado de una mujer. “¡No mate a esa señora, mijo! Cómo se le ocurre, ella es una anciana, mire que ella es muy buena”. Abrí los ojos y vi a una mujer que cogió al tipo y lo tiraba hacia atrás. Era su mamá.

Fue la única que hizo algo por mí, o mejor dicho, la única que podía hablarle y lograr que escuchara. De resto, todos los vecinos apenas miraban desde las ventanas, pero nadie se atrevía a hacer nada.

Lo que quedó tallado en mi memoria fue el miedo de sentirme amenazada, sola, indefensa; una vieja como yo abandonada a mi suerte en mitad de la calle en manos de semejante tipo. Quedé muy aturdida, me encerré y estuve llorando un rato. El tipo se quedó sentado en el andén, diciendo groserías y prometiendo violencia, gritando que él era jefe de un grupo guerrillero y que nadie podía cobrarle nada.

¡Ahí sí que sentí la soledad y la vejez! Pensé que era mucho mejor vivir las tristezas joven, cuando uno las puede aguantar, y no tener que vivir una vejez todavía lidiando con la violencia. Yo me pongo a ver las fotos de mis hijos cuando eran pequeños, esos muñequitos que yo cuidaba tanto, y ahora me toca vivir sola, a pesar de haberles entregado a ellos y a mi marido toda la vida.

Él se fue con otra mujer hace 16 años. Y mis hijos: a Jaime me lo mataron, las dos muchachas mayores viven lejos buscando trabajo, la otra está con el marido, el menor de los hombres vive en una isla, al drogadicto es a mí a la que le toca cuidarlo. Y el mayor, ese tuvo que irse cuando nos iban a matar.

Parece mentira que a esta edad le toque a uno vivir y contar esto, como si a estos años no fuera suficiente cargar con las enfermedades que van llegando como sentencias, para que encima de todo uno tenga que dormir escondido debajo de la cama.

Francisco Antonio Flórez Castro – 66 años. Convención, Norte de Santander

Mi decisión es que no me desplazo más; tengo 66 años, ya no más. Esa maldición que me sigue desde que vivía mi padre nuevamente me acosa. A veces quiero parar, pero si mi destino es morir en la lucha que así sea. A lo largo de mi vida, a punta de necesidades, sufrimientos, golpes y vivencias, aprendí que solo peleando uno puede conseguir la posibilidad de vivir mejor.

La situación de violencia de los años cuarenta causó que yo tuviera que vivir el primer desplazamiento cuando mi padre tomó la decisión de trasladarnos a Venezuela. Yo contaba escasos siete años de edad. En los años 60 regresamos a Colombia. Compré una finca en La Gabarra, corregimiento de Tibú en Norte de Santander. Allá trabajaba y los fines de semana salía al pueblo a vender, comprar y cambalachear mercancía.

Más o menos en el año 87, me abordaron seis hombres armados. Luego de inspeccionarme me dijeron: “Señor, tiene dos opciones: o se va de aquí o sube a la finca, pero de allá no regresa nunca”. A partir de ese momento mi vida se convirtió en un verdadero infierno. Todo debido a que el ELN que llegaba a la zona y necesitaba apoderarse de terrenos que fortalecieran sus finanzas. En ese instante empecé a perderlo todo: la familia, mi tierra, las cosas por las que había luchado durante tantos años.

Con unos pesos adquirí una parcela en Pitalito, en la vía a la Sierra Nevada, pero el destino caprichoso se ensañaba en no permitir que yo lograra mis objetivos y se cruzaron de nuevo en mi camino los guerrilleros, quienes manifestaban que yo tenía que ser un informante, pues permanecía caminando tranquilamente por todas las veredas. No comprendieron que esa era la forma de ganarme la vida. Me dijeron: “Salga, es la orden, no lo matamos por ser buena persona con la gente pero se va”.  Y corrí otra vez a salvar mi pellejo, a mis 59 años.

Blanca Nieves – 67 años. Consacá, Nariño

El Gavilán violó a las niñas, las mató, las cortó por pedazos. Le grité: “¡¿Por qué mató a mis hijas?! Eso no tiene perdón de Dios. ¡Cobarde!”. Él me decía: “Perdóneme”. “¿Por qué hizo eso?”, le pregunté.

“—Lo que pasa es que a sus hijas las informaron como si fueran guerrilleras”.

“— ¿Por qué no averiguó si mis hijas sí eran guerrilleras?—”, le contesté. Y así fueran guerrilleras, él no tenía por qué hacerles daño.

Él quedó en la cárcel y yo aquí, luchando por mis nietos.

Soy una mujer viuda, porque a Alirio, mi esposo, lo mataron Los Masetos (una organización de paramilitares) como en el año 85 y yo seguí luchando con mi familia. Tuve cinco niñas y a Cristian.

Puerto Asís era la trinchera de los paramilitares. Allá llegó el ‘Comandante Blanco’, un paramilitar que venía de Urabá. Un señor, al que le decían ‘el mecánico’, entregó a todo el pueblo y a mis hijas señalándolas de ser guerrilleras. Nos sacaron por carretera en una camioneta. Los nietos iban conmigo. Cuando llegamos nos recibió un comandante paramilitar, alias ‘el Alacrán’.

“—¡Hagan el favor y a esa señora la botan en el parque!”, dijo el comandante.

Les eché la bendición a las muchachas, ellas se quedaron. Como pude tiré a mis nietos en la otra camioneta y me fui con ellos. Cuando me bajé del carro, fui donde el alcalde:

“—Doña Blanca, yo no puedo ayudarle porque a mí me matan”, me contestó.

Entonces me pasé a donde estaban los paramilitares. Los niños lloraron como unas dos horas al ver que yo lloraba y suplicaba.

“—¡Lárgate de aquí vieja antes de que te matemos!”, me dijeron los paramilitares.

Yo no tenía casa porque el ‘Comandante Blanco’ me robó todo en 2000. Empecé a pedir limosna en las calles. Hasta que pude irme para Pasto, donde puse la denuncia de que me habían desaparecido a mis hijas. En la televisión salió que los paramilitares se desmovilizaron y me fui para el Putumayo. Viajé con mi mamá y le dije que fuéramos a la montaña a buscar a las muchachas. Nos fuimos con un hacha, un machete y una pica. Ahí encontramos una fosa. En 2007 recibí una llamada, me dijeron que tenía que desaparecerme porque me iban a matar a mí y a toda mi familia. En 2010 recibí una llamada del alcalde de San Miguel:

“—Doña Blanca, ya encontramos a sus muchachas. Donde usted fue a buscar en la fosa, ahí las encontramos, a las cuatro”.