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Una abeja y una orquídea dan lecciones sobre conflicto y desplazamiento
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Una abeja y una orquídea dan lecciones sobre conflicto y desplazamiento

Tania Tapia Jáuregui - Agosto 20, 2015

La artista Ana González propone una reflexión en torno a los estragos de la violencia y el desplazamiento y cómo una relación entre abejas y orquídeas pueden dar una lección de vida.

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Hacer una comparación, o llegar a desprender una enseñanza de la relación entre una flor y una abeja con la violencia y el desplazamiento en el país, podría parecer descabellado e incluso forzado. Pero al pasearse por Mutuum, la exposición de la artista colombiana Ana González, el vínculo entre los dos temas parece innegable.

La exposición se compone de varias piezas. Esculturas en porcelana, bordados en hilo de oro, pinturas, vestidos intervenidos, videos e ilustraciones, reflexionan sobre la relación entre la orquídea Góngora y la abeja Euglossa. El tema surge de una reconocida investigación del biólogo Santiago Ramírez, quien ha estudiado la relación entre estas dos especies y  ha logrado importantes avances científicos para entender su evolución y dinámica.

De formas sutiles (que podrían llegar a pasar desapercibidas ante el ojo desprevenido) la artista va tejiendo nexos entre la naturaleza, la violencia, la ciencia, la feminidad y el desplazamiento en Colombia. A través de diferentes estrategias plásticas la artista habla de la desaparición del paisaje, de la depredación de la máquina minera y del desplazamiento de las personas que terminan llevando en sus vestidos lo que alguna vez definió su identidad y su entorno. Todo esto poniendo en el centro la relación entre la abeja y la orquídea, como víctimas del mismo desplazamiento y a la vez como ejemplo de una relación horizontal en la que las partes cohabitan para el beneficio mutuo.

 

Nos reunimos con la artista Ana González para discutir su exposición Mutuum, que se inauguró este jueves 20 de agosto, y que estará hasta el 17 de septiembre en la galería La Cometa.

PACIFISTA: Cuéntanos un poco de la exposición y del tema que propone

Ana González: Mi obra siempre ha estado muy ligada al desplazamiento. Aquí lo que hago es abordarlo pero desde otro lugar. Es una investigación que lleva más de diez años abordando una relación muy equilibrada que existe entre la orquídea ​Góngora y la abeja ​Euglossina, una relación de más de 20 millones de años. Parto de la base de que hay una relación perfecta entre estas dos especies, y que es contraria a otras especies o dinámicas como la depredación.

 

 

Esta abeja hace lo que llaman un enfleurage, que es coger el aroma de las flores y volverlo un perfume. Las abejas macho recolectan el aroma con sus patas, y así seducen a la abeja hembra. Es toda una galantería a través de las flores. Asimismo, esta flor necesita a esta abeja para poder polinizarse. Es una relación equilibrada.

 

Lo que yo hago esto es transformar esto en arte, porque este es un estudio que lleva mucho tiempo y que no ha salido de la parte científica: es toda una enseñanza.

Tú haces referencia a unos puntos de depredación en Colombia que están afectando a estas dos especies, ¿a qué te refieres?

Minería, extracción de petróleo, narcotráfico no tanto pero sí algo. Lo más duro en este momento ha sido la minería y también el problema de la tala de árboles por necesidades madereras. Pero lo que afecta más esta relación entre abejas y orquídeas es la deforestación, pues es en esos mismos lugares donde ellas interactúan, en los llanos, en Chocó, en Antioquia y más hacia Putumayo.

 

Tienes un pasado profesional en el mundo de la moda. ¿Cómo se refleja esto en Mutuum?

Yo trabajé 3 o 4 años en París en revistas de moda, haciendo producciones fotográficas. Cuando llegué aquí una de las cosas que más me llamó la atención al trabajar con desplazados, desde hace más de 12 años, fue los vestidos que ellos se llevan cuando salen de sus casas, como esos vestidos domingueros, por ejemplo, o de bautizo. Ese vestido lo cogí, lo pinté, lo fotografié, hice porcelana. Finalmente, lo que hago es hacer un símil entre las dos historias: de las niñas desplazadas, por un lado, y de la naturaleza desplazada por el otro, dos desplazamientos ocasionados por un agente depredador.

 

En la exposición hay un par de vestidos originales de bautizo que tengo de niñas desplazadas. Lo que hago es que cojo estos vestidos y los transformo. Pongo sobre la tela una capa de screen (impresión) de las zonas de donde ellas vienen. Hay uno de Chocó sobre el que imprimí una selva chocoana. Es como si ellas llevaran algo de donde vienen.

La exposición se siente muy cuidadosa respecto al color, ¿cuál es la relación con éste?

Los colores que se ven: como el verde, el rosa o el naranja, son colores sacados de la arquitectura de los lugares donde fotografío. Allí las casas tienen esos combinados. El verde que uso es muy de la región de los llanos de Pachaquiaro, hay muchas casas de ese color. Trato de retomar un poco el colorido del lugar y de las casas que están ahí, algunas abandonadas por desplazamiento. Es en esas zonas donde se están dando estas interacciones y donde la minería está acabando con las selvas. A partir de eso hago screens de selvas que se van diluyendo y deshaciendo.

 

Hay imágenes que recuerdan las ilustraciones de las exploraciones científicas del siglo XIX. ¿Cómo se da esta relación entre arte y ciencia en tu exposición?

Lo que yo hago es que me vuelvo a acercar al científico de hoy, que es un científico que no tiene más de 40 años, empiezo a hablar con ellos y empiezo a ver que ya no hay una intención de ir a explorar para sacar provecho de la materia prima. En este momento la ciencia está muy encaminada a encontrar formas de preservación.

Parte de una relación que tengo muy directa con amigos científicos, con quienes buscamos cómo esas investigaciones pueden servir a concientizarnos de lo que está pasando. Esto es una investigación que tiene una gran impacto a nivel científico, por el hecho de que hay abejas que están desapareciendo, y además es una de las relaciones más largas que ha habido en la historia de la evolución de la tierra y están en Colombia. Son colombianas de alguna manera. La relación ciencia y arte me parece muy importante porque esto no habría salido del laboratorio de un científico como Santiago si no hubiera sido por la mirada artística.

 

Se siente algo muy sexual y romántico en la exposición. ¿Cómo funciona eso?

Estudié arte y género en Irlanda y soy muy consciente de lo que ha sido el feminismo; pero también para mí ha sido muy importante ver cómo ahorita eso ha evolucionado más hacia un equilibrio entre hombre y mujer y no tanto una fuerza machista o feminista. Lo que he tratado de encontrar acá, y que hemos hablado mucho con Santiago, también es esta relación como un gesto de amor, o como de galantería, de romanticismo. Las dos se han sofisticado a tal punto que la una depende de la otra completamente y es más como una simbiosis, un equilibrio perfecto.

 

Esta relación sirve como un ejemplo frente a la dinámica de agente depredador, que ataca a las sociedades o poblaciones más frágiles, una dinámica en la que además la más golpeada es la mujer, sobretodo las niñas.

Y yo siento que en un país devastado por la guerra y por los conflictos, la naturaleza da una lección importante a través de esta relación tan equilibrada y mutualista y que se contrapone a la depredación. Se vuelve una lección de vida de la naturaleza, de ver cómo la naturaleza hace esos equilibrios y cómo se pueden traducir al mundo actual.

Puede ver esta exposición en la Galería La Cometa en Bogotá