Siete obras de arte imprescindibles sobre drogas en Colombia
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Siete obras de arte imprescindibles sobre drogas en Colombia

Andrés Bermúdez Liévano - Enero 11, 2019

ProyectoCOCA | Para comenzar el año, este es el top 7 de obras de arte que reflexionan sobre la política de drogas en Colombia.

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Este artículo forma parte de nuestro Proyecto Coca II – Misión Rural. Para ver todos los contenidos haga clic acá.

En diciembre, Doris Salcedo inauguró su ‘contra monumento’, un enorme espacio físico que –usando el metal fundido de las armas que dejaron las Farc como consecuencia del Acuerdo de paz– nos propone una reflexión artística y simbólica sobre las heridas que dejó el conflicto de 50 años y las personas que las sufrieron.

A propósito de la obra de Salcedo, le preguntamos a cinco de las personas que más han estudiado el fenómeno de las drogas en Colombia (no solo el narcotráfico, sino también los cultivos de uso ilícito y el consumo) y a cinco de las que mejor conocen el arte nacional cuáles son –en su opinión– las obras de arte imprescindibles para reflexionar sobre la política de drogas en Colombia.

Este fue su top 7, que se suma al top 7 de películas sobre drogas que hicimos hace algunos meses:

El después del glifosato (María Elvira Escallón)

En 2003, el gobierno de Álvaro Uribe autorizó asperjar la coca que había dentro de parques nacionales con glifosato. Antes de que esa idea cayera con una histórica sentencia del 2014 que prohibió las fumigaciones en áreas naturales protegidas bajo el principio de precaución, María Elvira Escallón decidió observar y documentar lo que le sucede a las plantas de un parque nacional cuando les echan ese herbicida.

Se fue a un parque nacional “cercano a Bogotá” (el catálogo de su obra no dice cuál, seguramente porque es ilegal, aunque se intuye que tendría que ser el Sumapaz o Chingaza). Escogió un recuadro de 40 cm por 40 cm, le regó glifosato y fotografió la transformación de las plantas a lo largo de 26 días. El resultado fue su obra Paisaje doméstico, una suerte de ‘calendario’ que muestra cómo del verde intenso sólo queda café.

“¿Y qué otra cosa podía pasar tratándose de un herbicida?”, me preguntó el periodista Daniel Pacheco cuando subí la foto de la obra en redes tras verla en una exposición en el Museo de Arte Moderno de Bogotá hace dos años. Quizás tenga razón, aunque la obra de Escallón es un elocuente cuestionamiento de una política que ha probado ser poco efectiva porque no logra transformar las condiciones de las regiones donde hay coca ni incentivar a los campesinos que la cultivan a optar por otra alternativa que sí sea legal.

“Siempre sentía el malestar enorme de que no sabía qué era lo que pasaba. ¿Qué es lo que vemos cuando nos muestran fumigaciones? Las avionetas fumigando. (…) ¿Qué es lo que pasa con la naturaleza después de que la fumigan? ¿Cómo se ve durante los días siguientes? Yo quiero verlo con mis ojos”, dijo en una entrevista con el curador Óscar Ardila. “A todas las personas que han visto esa obra, les he preguntado si han visto cómo quedan las cosas después de fumigar. No hay una sola que me haya dicho que sí (…) De eso que sucede –y no sé cuántos son los miles de hectáreas que han sido fumigadas– nosotros no tenemos un equivalente visual”.

Los rostros detrás de la amapola (Juan Fernando Herrán)

Dos viajes aleatorios pusieron a Juan Fernando Herrán, uno de los artistas contemporáneos más importantes de Colombia, a pensar en la amapola: primero, toparse con un campo florecido de color carmesí en Portugal y, luego, ver a cientos de británicos colgarse pequeñas amapolas de tela en el ojal para rememorar a los caídos en las dos guerras mundiales.

Eso lo llevó a pensar en por qué esa misma flor, o al menos una flor de esa misma familia, había terminado por convertirse en un problema en Colombia. Aunque la historia de las drogas en el país está más fuertemente asociada a la coca y la cocaína, no siempre fue así. Una parte importante de Cauca y Nariño tuvo miles de hectáreas de amapola sembrada para producir heroína y morfina, un número que ha ido disminuyendo fuertemente aunque no ha desaparecido (Colombia todavía tenía 462 hectáreas de amapola, contra 142.000 de coca, en 2016 cuando Naciones Unidas lo midió por última vez).

“Esta experiencia se convirtió en otro campanazo para ir definiendo la doble condición de la planta. Mientras en Colombia, la Policía y otros organismos estatales se referían a la amapola como la flor maldita, en Inglaterra era un símbolo de paz y esperanza”, escribió Herrán años después en el libro que compila su obra sobre la flor, que llamó –como su nombre científico- Papaver somniferum. Por eso, Herrán se dedicó durante tres años a observar la planta y a quienes la cultivan en zonas remotas del país, produciendo una reflexión artística sobre cómo esa ‘guerra contra las drogas’ se ha ensañado con los eslabones más frágiles de la cadena.

La identidad paisa, más el glifosato (Carlos Uribe)

El retrato en primer plano que pintó Francisco Antonio Cano a mediados a comienzos del siglo XX –cuando se cumplía el centenario de la independencia de Antioquia– de una pareja de campesinos colonos, ella cargando un bebé en brazos y él señalando hacia la tierra prometida en el horizonte, se ha convertido en uno de los símbolos culturales más elocuentes de la colonización antioqueña de buena parte del país y, por extensión, de la identidad paisa.

Por eso la potencia, exactamente un siglo después, de una obra de arte que lo subvierte: Carlos Uribe, también antioqueño, pintó en 1999 una variación de ‘Horizontes’, en la que los colonos siguen siendo emigrantes pero no por voluntad propia, sino desplazados por la violencia, y el horizonte al que señalan son cultivos sobre los que se vislumbra en una avioneta en pleno vuelo rociándolos con glifosato.

Como apunta en una columna de opinión sobre el famoso cuadro y sus relecturas artísticas más recientes, Juan Luis Mejía –el exministro de Cultura, actual rector de Eafit y también conocido intelectual antioqueño– “algo ha cambiado del centenario al bicentenario: de la exaltación del colono pasamos a la indiferencia ante el desplazado”.

“Hoy los investigadores sociales y los artistas no tenemos una mirada tan nostálgica de la historia antioqueña y de los contextos de raza, identidad y construcción social, sino que lo vemos de una forma más amplia y compleja, con la presencia del narcotráfico como una nueva forma de colonización, no solo del territorio antioqueño sino de Colombia y del mundo”, dijo el propio Uribe.

La coca como materia prima – y viva (Wilson Díaz)

Wilson Díaz es quizás, junto con Miguel Ángel Rojas, uno de los artistas colombianos que más ha trabajado con la coca en su obra. También es uno de los más polémicos, hasta el punto que una obra suya –un video de guerrilleros armados cantando vallenatos en el Caguán– fue retirada de una exposición en Londres organizada por la Cancillería colombiana por orden del embajador.

En general sus obras sobre el tema son bastante directas, trabajando muchas veces con partes de la planta o con sus derivados.

Una de las más polémicas fue Vientre alquilado, un performance que documentó con fotos en el que se comió 30 semillas de coca antes de tomar un avión a Curazao –como suelen hacer las mulas para exportar bolsitas de cocaína– que luego defecó una vez había salido de Colombia. Más sutiles fueron sus Jardines de coca de Cali, en donde literalmente sembró arbustos de la planta en distintos antejardines y patios interiores de la ciudad que vio nacer a uno de los grandes carteles de cocaína (pero donde no solía crecer la planta).

En otras de sus obras usó pigmentos que él mismo fabricó a partir de la planta de coca, para hacer reflexiones sobre cómo una cosa es la planta y otras son los usos ilícitos que se le da. Entre esos están los refranes españoles pintados con el carboncillo de plantas chamuscadas de coca o la serie de dibujos en donde escribió los distintos nombres de la planta –el científico, los indígenas– con la tintura extraída de sus semillas (hoy parte de la colección del Museo Guggenheim de Nueva York).

 

La coca como descubrimiento científico (Eulalia de Valdenebro)

Durante los últimos 15 años, Eulalia de Valdenebro se ha metido entre pantanos y selvas a hacer dibujos, en acuarela sobre papel, de plantas nativas colombianas en el estilo estético de las ilustraciones que hacían José Celestino Mutis o el ‘sabio’ Francisco José de Caldas durante la célebre Expedición Botánica de finales del siglo XVIII.

Entre muchas las retorcidas ramas y las coloridas flores de la heliconia, el uvo de monte, la cinchona (de donde se extraía la quina) o el curare de donde muchos indígenas extraen veneno para sus flechas, De Valdenebro incluyó una que inmediatamente captura la curiosidad: por el verde amarillento de sus hojas, sus rojos frutos cual chochos y sus diminutas florecillas blancas, se reconoce la Erythroxylum coca. O, en español, la coca que se volvió sinónimo de clorhidrato de cocaína, de gasolina para los grupos armados y de violencia para muchas zonas donde se comenzó a cultivar.

Pero que también, como nos recuerda el libro El río del etnobotánico y aventurero canadiense Wade Davis que recorrió las selvas de media Colombia para estudiarla, tiene una serie de propiedades medicinales que aún no han sido estudiadas plenamente por la ciencia. Eso fue lo que llevó a Davis a concluir, con agudeza, que “el corazón del debate, antes y ahora, no ha sido la farmacología de la coca ni los efectos nocivos de la cocaína”.

“Me parece casi una acción política rescatar hoy esta planta, tan rica en cualidades pero tan poco explorada, que tanto llamó la atención de las expediciones botánicas en el siglo XIX”, me comentó De Valdenebro recientemente durante una visita a su estudio.

Escribiendo con hoja de coca (Miguel Ángel Rojas)

Miguel Ángel Rojas ha convertido la hoja de coca en uno de sus materiales predilectos, para –con un sentido del humor agudo y en ocasiones cáustico– poner de relieve las contradicciones de una ‘guerra contra las drogas’ que en 40 años ha acumulado más fracasos que transformaciones reales.

En una de ellas, llamada Gringos, dibuja con hojas de coca mordisqueadas por un insecto al que los campesinos cocaleros llaman ‘gringos’ por su adicción a la coca. En otra, llamada El nuevo Dorado, se ven las líneas curvas de los ríos amazónicos sobre un mapa verde, solo que sus figuras están hechas con las dos materias primas que han alimentado los negocios ilegales que ayudan a depredar la selva: hojilla de oro y hoja de coca.

En una más, escribe una pregunta gigante que traduce como ¿Qué es lo que hace que los hogares modernos sean tan atractivos?, cuyas letras en realidad están formadas por diminutos puntos redondos de hoja de coca – dando así un significado muy distinto al interrogante que hizo famoso al collage de Richard Hamilton con que inició el movimiento del arte pop.

Aunque su trabajo con hoja de coca es el más frecuente, no han sido las únicas aproximaciones al tema de las drogas de Rojas. En Santa, muestra un paisaje neblinoso que en algún momento pasado fue rociado por glifosato: al mirar en detalle la foto en gran formato, se observan unos puntos blancos diminutos que componen la frase irónica, salida de la Novena decembrina, “Cae del cielo / bienhechor rocío / como riego santo” (que, en una inspección aún más cercana, revela estar hecha no por puntos sino por pequeñas calaveras).

Paisajes de glifosato (Pedro Ruiz)

Famoso por sus canoas y sus solitarios bogas que llevan cargas fantásticas como mariposas amarillas o plátanos rojos, Pedro Ruiz también ha hecho algunas reflexiones –aunque más tangenciales– sobre cultivos como la amapola (más por la belleza de su flor color carmín) y, especialmente, la fumigación con glifosato en obras como Where is the love.

“Quisiera pensar que este principio terminará prevaleciendo, que las estampas del pintor costumbrista Pedro Ruiz —la estela blanca de glifosato suspendida sobre una selva abigarrada— son el símbolo de una época que quedó atrás para siempre, una época en el cual la soberanía, la salud y el medio ambiente estuvieron tristemente supeditadas a las urgencias sin sentido de una guerra imposible”, escribió el exministro Alejandro Gaviria –que ha sido uno de los economistas que más ha estudiado el problema de las drogas– en Universo Centro.

Si quiere saber más, recomendamos leer:

Proyecto Coca. 15 libros para entender el problema de la coca en Colombia.

Proyecto Coca. Siete películas imprescindibles sobre drogas en Colombia.