Por favor, no volvamos a poner a Amparo Grisales a hablar de feminismo Amparo Grisales. Ilustración por: Juan Ruiz
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Por favor, no volvamos a poner a Amparo Grisales a hablar de feminismo

Natalia Márquez - Septiembre 25, 2018

#OPINIÓN | Desconocer y subvalorar, como usted hace, lo que muchas hoy vemos como grandes avances es perverso.

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El domingo estaba caminando por la carrera 15 cuando un tipo que iba en bicicleta se me atravesó: “¿Uy, por qué tan sola? Yo también saco la lengua por ti”, me dijo con cara desafiante, mirando a mi perra, que tenía la lengua afuera por el cansancio. Mi reacción inmediata fue poner cara de culo, evitarlo y seguir derecho acelerando el paso. El tipo, ya un poco más lejos, gritó: “Uy, pero yo sólo la estaba saludando”.

Un día antes, el sábado, en el marco del festival ‘Ideas al barrio’, Alejandra Borrero y Amparo Grisales fueron citadas a conversar sobre el rol de la mujer en la sociedad. Lo que no nos anunciaron quienes gestionaron este evento es que iba a ser un duelo, entre dos mujeres, a quien a una, más que a la otra le iba a quedar grande hablar sobre nosotras, las mujeres.

Alejandra Borrero, quien además de ser una actriz reconocida de cine y televisión es una de las figuras públicas que ha empoderado a la población femenina en la lucha a favor de la igualdad de género, era una de ellas. A través de la campaña Ni con el pétalo de una rosa ha generado un movimiento en contra de la violencia hacia la mujer. Su contraparte era Amparo Grisales, presentada como actriz, modelo y ‘Diva de Divas’. Una celebridad conocida por su “eterna juventud” y no tener pelos en la lengua para decir lo que piensa. Sin embargo, muy a su estilo, Amparo dejó algo muy claro: no tiene ni idea de eso que hoy llamamos feminismo.

La moderadora era la presentadora española Eva Rey, quien puso sobre la mesa el tema del movimiento estadounidense #Metoo, que surgió a raíz del caso del productor de cine Harvey Weinstein, quien fue acusado de abuso sexual y conductas inapropiadas. El efecto masivo que generó este movimiento empoderó a miles de mujeres de distintas partes del mundo que durante días, meses y salieron a gritar los abusos de los que fueron víctimas y que por años callaron.

No obstante, pareció que a Amparo Grisales no le hizo gracia esta reivindicación. “Quitémosle el ‘me too’ que estamos en Colombia, es ‘yo también’. Yo no me incluyo en el yo también. ¿Yo también qué? ¿Yo también fui violada? ¿Yo también fui acosada? No”, dijo acaloradamente.

Bueno Amparo, te respondo: Yo no he sido violada afortunadamente, pero sí he sido acosada a diario en la calle, en bares, en distintos espacios, por estar sola, por ser mujer. Ignorar eso es querer tapar el sol con un dedo. Además, esa actitud de indignarse bajo la premisa ‘a mí no me ha tocado’ –como sugirió Amparo– y porque ahora las mujeres se atrevan a hablar de sus experiencias dolorosas –que van desde la micro violencia (miradas y comentarios inapropiados disfrazados de coquetería) hasta una violación– tiene un nombre: se llama indolencia. Más cuando es justamente una mujer quien lo dice y le da razón a tanto machista que piensa: ‘Es que sí ve, Amparo tiene razón. Que las viejas dejen la lora”.

Luego, casi a los gritos, Amparo decía: “Yo ahora estoy defendiendo el #DerechoAlPiropo. El piropo es algo lindo que te dicen. Los piropos los hemos perdido porque los hombres están intimidados, los hemos ridiculizado, los estamos amedrentando. Ahora todo es acoso”. Señora Grisales, o señorita: una cosa es decir un halago hacia otra persona que es de su agrado, eso está bien. Si la conoce, si existe un mínimo de confianza, si sabe que no está invadiendo su espacio personal. Otra cosa es ser abusivo/a. ¿Acaso yo quería escuchar que un desconocido quiere sacar la lengua por mí? Dejémonos de vainas, ese comentario no tenía ninguna intención de galantería sino de intimidación. O ¿Por qué me lo dijo cuando estaba sola en la calle? ¿Si hubiera ido con un hombre me hubiera dicho lo mismo? Creo que no. Amparo es incapaz de distinguir la delgada línea entre un piropo y el acoso sexual callejero. Yo no necesito que nadie me diga, menos un X, que me veo bien para sentirme bien. Quizá ‘la diva’ sí o tal vez ya lo normalizó.

“Los hombres se están sintiendo apabullados, ridiculizados y victimizados, porque las mujeres se abrieron camino al empoderamiento”. ¿Perdón, señora?. Usted más que nadie, que ha visto la transformación de la sociedad colombiana a través del tiempo, debería saber que ese empoderamiento no es gratuito sino producto de una larga lucha. Dos años antes de que usted naciera, en 1954, Gustavo Rojas Pinilla le otorgó el derecho al voto a la mujer, pues como le contraargumentaba Alejandra Borrero “anteriormente se creía que la mujer no tenía alma, por eso no tenían el derecho a la ciudadanía” y por ende al voto.

Está claro que la lucha por reivindicar los derechos de la mujer no debe llevar a desestimar a los hombres, que también son valiosos y necesarios, desconocer eso es un sinsentido. Sin embargo, en el marco de esa discusión, lo relevante era ver a dos mujeres ‘echadas pa’ lante’ reflexionando sobre los avances y la situación que vivimos las mujeres hoy en día, no ver a una de ellas –amparada en su noción de éxito personal– reivindicar los estereotipos de la sociedad machista.

Es cierto que no es saludable, como dijo, crear generalizaciones con frases  “todos los hombres son iguales” o “las mujeres son débiles y frágiles”, nociones impuestas por la sociedad heteropatriarcal. En eso estamos de acuerdo.  No obstante, desconocer y subvalorar lo que muchas vemos como avances –la visibilización de condiciones desiguales, a todo nivel,  entre un género y otro, por ejemplo– es perverso.

Alejandra Borrero le respondió acertadamente, cuando le dijo que “son imaginarios que, lastimosamente, predominan en nuestra sociedad”. Y, querida Amparo, un imaginario hace parte de los conceptos preponderantes en la conciencia colectiva de una comunidad. No, no hace referencia a la imaginación. Por tanto, cuando usted reclama que “¿En dónde está la igualdad entonces? Hay mujeres malas, matonas, asesinas, machorras. Sí, que las hay. Y yo adoro ser femenina y adoro ser mujer. Entonces no crean que estoy siendo traidora al movimiento me too, porque me no”. No entiendo de qué igualdad pretende hablar si usted utiliza un lenguaje sexista al referirse seguramente de una mujer que no es como usted. Durante la conversación, Amparo Grisales era recurrente en ideas como estas:

“Yo te respeto, tengo full amigos gays, full amigas lesbianas y generalmente todas estas que están tan histéricas con este tema.  Me han atacado feministas, pero las que me han atacado en la prensa tienen bigote” .

Pues lo siento querida Diva, pero su idea de lo que constituye el feminismo en estos días está errada. Todas las mujeres somos distintas y todas merecemos respeto, un respeto que va mucho más de esa homofobia pasiva de mostrarse tolerante con la diversidad como si fuera algo malo que usted, tan de avanzada, ya aceptó a pesar de ‘no ser normal’. Eso es lo que en el fondo dice su mensaje. Y sí, el respeto, como dijo Alejandra Borrero, lo merecen  “las de bigote y las de no”. Creer lo contrario es misógino y un verdadero retroceso.

El feminismo no trae conceptos misóginos, por el contrario pretende revertirlos. Nadie le quita su mérito como mujer luchadora, que seguro es. Sin embargo, de mujer a mujer, le digo que está perdiendo la oportunidad de empoderar a ese público que la ve como referente. No pretendo violar su legítimo derecho a expresarse libremente, solo que para dar las batallas hay que tener un mínimo de contexto y conocimiento. De seguro hay temas en los que usted es muy fuerte, pero ya es hora de que alguien se lo diga: en feminismo se rajó.