Vicky Dávila: Nuestra Vicky en el espejo | ¡PACIFISTA!
Nuestra Vicky en el espejo Ilustración: Juan Ruiz
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Nuestra Vicky en el espejo

Santiago A. de Narváez - Febrero 12, 2020

Las franjas de opinión de mediodía se han convertido en la punta de lanza en una sociedad del espectáculo, en una economía de la atención.

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No es twitter pero marcará tendencia

A los pocos segundos de terminada la entrevista ya circulaban por los celulares del país estíquers en los que la protagonista repetía, cuadro a cuadro, los adjetivos que le propinó a su entrevistado.

Un amigo me decía que, ahora que cerró Instagram, busca en Semana sus habituales dosis de escándalo.

Si tuviéramos que narrarles a generaciones futuras de alienígenas la situación, ¿qué diríamos? ¿Cómo la describiríamos a ella; ¿cómo a él? ¿Cómo explicaríamos que hubo un tiempo en el que los programas de radio se adueñaron de la atención del mediodía de los colombianos? ¿Y que en una (macabra) simbiosis, impulsada por el afán de figurar, los mecanismos de las redes sociales se juntaron con esos programas de la mañana y del mediodía para aumentar la atención de la gente que los consume, que los usa, los “usuarios”?

Alguien hablaba hace poco de eso, de la economía de la atención. Creo que vale la pena pensar en ella. En cómo cada vez estamos asediados más y más por milicias que buscan capturar la que es hoy en día la moneda más valiosa: el tiempo de consumo; el tiempo de uso; el tiempo conectado. Y nosotros, tan acostumbrados al linchamiento, echamos baba cuando dos figuras públicas se agarran a gritos. O se arrojan en la cara sus verdades.

La verdad.

Todo lo que ella dijo era verdad. La verdad tiene la estructura de una ficción en la que otro habla. ¿Y qué pasa cuando la que habla está mirando a la pantalla? ¿Rompiendo el celofán de la verosimilitud y hablándole a ese otro, que es su doble, al mismo tiempo?

Reconozco a esas personas que mucho te alaban y te felicitan, algo traman

En segundos estaremos con Hassan Nassar, quien en esta oportunidad será el vocero de la Presidencia de la República, dice Vicky y aparece el indicado diciendo que es un gusto volverla a saludar y un verdadero placer estar con ustedes. Vicky sonríe. La cuestión, dice ella, es que ya no estamos en la mesa de trabajo de La Fm, como en aquellas épocas, sino que usted pertenece al Gobierno nacional y nosotros estamos de este lado, del lado de los periodistas.

La división ha sido señalada.

Hay una pregunta muy insistente, sigue Vicky, y es la razón de las mamás de los compañeritos de los niños para no pagar un avión comercial y usar en cambio el avión presidencial. La pregunta es muy buena, dice el otro, desde su pantalla pixelada, y ya sabemos todos que cuando alguien responde así es para ganarse tiempito en su cabeza.

(Me pregunto, por cierto, si alguien tendrá la fortuna de ver por primera vez esta escena pero en silencio. Mirar la gestualidad pura, ver cómo el rostro se pone poco a poco apretado y suelto el cuerpo.)

Le volteo la pregunta, Vicky, ¿usted tiene protección de la UNP?, pregunta él y no sabe que con esa voltereta argumental está despejando el camino para que todo salga mal. O bien, según se mire.

La estrategia de Hassan replica la de la oficina de prensa de la Casa Blanca que, durante la administración Trump, se ha preocupado, sobre todo, por irse contra periodistas críticos del Gobierno en vez de responder las críticas.

La tranquilidad de Hassan, ahora el jefe de prensa, no parece un reflejo de su calma interna sino una forma del cinismo agazapado.

¿Quién? ¿Me habla a mí?, responde Vicky con sorpresa. Y dice que sí, que tiene protección y que en algún momento quizás había llevado al compañerito de su hijo en las camionetas de la UNP. Pero que de ninguna manera ese ejemplo iba a lugar y que este era un caso diferente: estamos hablando del Presidente de la República, dice ella, y que es con aprecio que le dice. (No con respeto, no con cariño; no con ninguno de esos otros eufemismos que utilizamos siempre antes de contrariar a alguien).

Ella guiña el ojo por primera vez, sonríe y nosotros todavía no sabemos lo que pronostica esa sonrisa.

Sé que llegará la época en la que vivan de otra cosa, manada de hipócritas

La entrevista sigue. Y en tono cordial sigue el usual tire y afloje entre periodista y entrevistado que no quiere contestar directamente lo que le preguntan. Dice Hassan: “le voy a contestar todas las preguntas que usted me haga se las voy a contestar”, y ya deberíamos saber que cuando un entrevistado dice lo anterior, se propone, por supuesto, a no hacerlo.

En cambio, el entrevistado responde a su antojo lo que ya tenía preparado y es como si le dijera a Vicky (a la audiencia, a la opinión pública en general): están perdiendo el tiempo con este debate. Ustedes no han mirado esto que les vengo a enseñar, estos papeles, estos reportes, estas cartas bajo la manga que traigo. Etcétera.

Vicky escucha, por ahora escucha, y Hassan le dice que le va poner un ejemplo para trasladar la cuestión al ejercicio real porque aquí es donde está la hipocresía. Y no estoy seguro hasta qué punto fue calculada la palabra hipocresía en esa frase suya. Porque es esa palabra la que acciona el primer manoteo de la periodista. ¿Es hipocresía mía? ¿Es hipocresía mía o hipocresía suya que pone unos trinos…?

(Qué estará pensando Jairo, Jairito, el colega de Vicky que resalta siempre en la mesa de trabajo por sus astutos apuntes).

¡Hipócrita es usted! ¡A mí no me diga hipócrita!, dice ella haciendo con sus manos un ballet.

¡Lo estoy escuchando! ¡Estoy escuchando su voz!, dice ella alzando la suya y no dejando hablar a un Hassan todavía impávido. Y no es que el otro sea víctima o esté exento de nada (Hassan es, como dirá Vicky después, un lagarto) pero es ella la que lleva la acción y las palabras al punto en el que el discurso se refleja.

Vicky manotea el escritorio y es un momento genial. Mientras dice que ella no es lagarta, propina tres o cuatro golpes a la mesa de trabajo que hacen brincar la camarita web. Yo no soy lagarta, ¡plac!, yo no soy lagarta, ¡plac! Yo no soy…¡plac! ¡plac! ¡plac!

¡Me parece el colmo que usted esté tan agresivo en lugar de hacer bien su papel!, dice ella, y dice que este papelito no le queda bien, le queda muy mal. Pero ¿de cuál papel estamos hablando ahora? ¿Del –cada vez más– agazapado jefe de prensa que en este punto ya no habla?

Llega el momento en la discusión en la que ambos nombran un espejo: el uno dice que a la otra no le gusta mirarse en él; la otra le pregunta al uno si y alguna vez se ha mirado en uno.

Lo más interesante, me parece, es el carácter eminentemente reflexivo que tienen las palabras de Vicky y sus gestos. Ella está mirándonos y nosotros a ella en la pantalla. Ella increpa y es a nosotros a quien se dirige. La camarita web ahora es un ventanal del tamaño del mundo.

Bueno, dice ella, luego de que Hassan le nombra a su esposo, hablemos pues del viaje ese, ¿eso es lo que usted quiere? ¿que hablemos de eso? Yo puedo hablar de eso sin ningún problema. Entonces hablemos de mi esposo, ¿qué más quiere saber de él?, dice ella y ese, me parece, es el punto de giro en la entrevista, cuando ella decide describir a su interlocutor.

¿Usted quiere que le diga lo que pienso de usted? Con mucho gusto se lo digo. Y tenía razón, lo hizo gustosamente:

Ustedes son tigres, pero de circo. La carne se las tiran desde el palco

Describir es ser descrito, diríamos. Cómo pone alguien adjetivos es una manera de saber quién es ese alguien, ¿no?

Y así es como describe Vicky a Hassan, este es su retrato impresionista: lambericas del uribismo, destructor de La Fm, inepto, patán, no es periodista, lagarto, vergonzoso, fracasado, doble moralista, trepador, cobarde, cobarde fracasado, tipejo peludo, tarzán, bárbaro, incapaz, se escuda en el oficio de periodista para hacer carrera política, badulaque, payaso, indecente, atrevido, personaje peludo, Archibaldo, cosa. Cosa….

Y así es como Vicky describe a Vicky durante la misma escena: persona que no le debe nada a nadie, respetable, que no se vende a nadie, alguien que no se anda lagarteando puestos, que no busca ser funcionaria, que llevó a Hassan a La Fm, decente, correcta, honorable.

Cansado del drama, de una película con diálogo y sin trama

¿Qué es la opinión pública al final? ¿Qué mecanismos mueven a la opinión pública para que una noticia escale a escándalo y, luego de volverse tendencia, se transforme en la excusa para que dos profesionales del espectáculo se enfrenten con babas y pezuñas?

Qué historias decidimos hacer visibles. Dónde ponemos el foco. (Y esta pregunta se vuelve contra este texto y este autor como un boomerang pues están montándose –autor y texto– en la ola mediática que ponen ellos mismos en cuestión).

En qué medida al final el espectáculo de mediodía, con la conductora mirando a la cámara y señalando con su mano derecha, es un mecanismo que pone a circular una narración y un tono funcional al estado de cosas actual. ¿Por qué esta escena, en apariencia extraordinaria, sirve justamente para reforzar la distribución de sentido que ha operado siempre?  ¿Qué es lo monstruoso de todo esto?

Quizás sea más de lo mismo. El espectáculo deglutiendo todo a su alrededor, deglutiéndose a sí mismo incluso para que la fiesta meridiana continúe. Un espejo no tiene otro objetivo que asombrarnos con la réplica. Vemos una figura enfrente que se desdobla y parece ajena. Ese mecanismo de la duplicación es lo que hace, en este caso, que la escena sea tan verdadera.

La verdad tiene la estructura de una ficción en la que otro habla, sí. Y ese otro puede ser el que lo mira a uno a través del espejo virtual de mediodía.

Sigan conectados.

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Santiago aparece por acá.