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EDITORIAL | Esta paz debe ser a prueba de balas Montaje: Lady Chaparro - ¡Pacifista!
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EDITORIAL | Esta paz debe ser a prueba de balas

Staff ¡Pacifista! - agosto 30, 2019

EDITORIAL | Ojalá el gobierno por fin se dedique a implementar el Acuerdo de Paz para que los disidentes de ahora se queden siendo apenas ese puñado de nostálgicos llenos de canas que caben en un solo plano de cámara.

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Las Farc no se rearmaron, se rearmaron Iván Márquez y sus amigotes de guerra. El Acuerdo de Paz no se ha ido al piso, ellos –los disidentes– no son el Acuerdo de Paz. El gobierno de Iván Duque no ha movido una cana por implementar lo pactado –no, no lo ha hecho–, él y su partido lo han saboteado. 

Una vez más, el presente de Colombia nos trae una imagen nueva, pero que parece de otro tiempo. Seguimos dándole vueltas a la irrupción de este grupo de señores viejos, vestidos de verde militar y con índices en el gatillo, anunciando que vuelven a la guerra. Y hay que decir que son viejos, por supuesto, no como una ofensa sino como la evidencia de que los tiempos cambian pero las mentes muchas veces no. En nuestro país tenemos ejemplos de sobra de cómo ciertas cabezas viven en un eterno presente que de alguna u otra manera, han logrado marcar la historia con su torpeza.

Parece mentira que aún hoy, después de más de 50 años de reciclar nuestras violencias –acaso lo único que reciclamos con éxito– alguien entienda y exprese la resistencia armada como si fuera el más honorable y heroico estado del ser. ¿En serio? No se han dado cuenta que ya son pocos los que se emocionan con esas ideas a pesar de tener plena consciencia de que Colombia necesita cambios profundos. Estos cambios, valga decirlo, no se consiguen con la martirización egocéntrica ni la virilidad machista que sustenta bobadas como “los hombres de verdad son los que están dispuestos a morir en batalla”.

El Acuerdo de paz no sólo deslegitimó a ese sector que dice que en Colombia lo que ha existido ha sido simplemente una amenaza “narcoterrorista”, sino que también le quitó aire al argumento de que la lucha armada es el camino para conseguir los cambios estructurales que necesita el país. El siglo XXI demanda una lectura política diferente.

La lucha armada ya pasó. De verdad: basta revisar las cifras que la confrontación armada ha dejado: 220.000 personas asesinadas entre 1958 y 2012 (una de cada tres muertes violentas en el país), 8 millones de víctimas y más de 80.000 desaparecidos. ¿Qué le vamos a decir a esas víctimas? ¿Cómo van a justificar la palabra empeñada de contarles la verdad de lo que pasó en el conflicto?

Parece mentira, pero no lo es. Y no se trata de desconocer que a este gobierno –que también vive en un eterno presente que ya no existe– no le ha importado la salud del proceso de paz con las Farc. Los inclumplimientos, la apatía y las ganas de que las transformaciones propuestas no avancen en el Congreso –a menos que sea para destruir algo de lo pactado– han traído excesiva inestabilidad al proceso. Y vergüenza internacional también. Se puede entender que el asesinato de excombatientes –130 desde la firma– genere temores, pero cabría preguntarse también si la idea de volver a las armas no podría agudizar la violencia que hasta ahora carece de justificación. Hay que detener ese asesinato, pero volver a las armas con el pretexto de evitar la muerte es un oxímoron que, otra vez, invisibiliza a las víctimas. 

No hemos trascendido al significado real de la paz. La paz no solo es eso que resume lo que no le gusta a Uribe y su partido –justicia transicional, representación política de excombatientes en el Congreso, etc– y tampoco es solamente el deseo de cambio frente a esa generalización amorfa de la desigualdad estructural que muchos llaman “el dominio de la oligarquía”. La paz se nos ha convertido en una discusión elevada en las ciudades y en el poder que dista en buena medida de lo que pasa por fuera. La paz es eso que no llega a muchos puntos de Colombia, es trabajo, acompañamiento técnico para cultivadores que necesitan apoyo para crecer y mantenerse, es acceso a la salud, a la educación y a la seguridad del Estado. Pero todo eso falta. Y todo esto tiene que llegar algún día así sea con avances paso a paso.

No usaremos estas lineas para recoger obviedades históricas, pero sí para decir que esa paz verdadera es más visible que antes aunque no se haya concretado todavía. El Acuerdo de Paz, que el propio Márquez negoció, ha permitido abrir puertas que antes no existían y eso es un avance. Los problemas siguen abundando, pero al menos hemos visto a las comunidades afro salir a las calles a protestar contra el abandono; hemos visto a los indígenas manifestarse en carreteras contra la violencia y el olvido que padecen; hemos visto a la sociedad civil levantarse contra el asesinato de líderes sociales y también hemos visto iniciativas exitosas e increíbles de campesinos que demuestran que una vida sin coca es viable. Hoy quizá tenemos más consciencia de que los problemas de Colombia van mucho más allá del enemigo interno de turno, así algún sector político quieran volverlo a levantar como un Frankenstein poderoso.

Lo paradójico es que gente como Márquez y sus secuaces crean que lo que no han conseguido en más de 50 años lo van a conseguir quién sabe cuándo. Que disfracen a la guerra de esperanza y cursilerías cuando en ellos la guerra parece más una costumbre biológica. No, que de una vez sepan que lo suyo no cambia nada y los problemas seguirán como han seguido. Al contrario, quizá ese anacronismo sólo sirva para que los gradúen de nuevos enemigos públicos. Quizás ese anacronismo sólo sirva para esconder debajo de su propia sombra aquello que denuncian; para esconder los avances del acuerdo.

Y causa mucho daño, claro. Quienes se han opuesto obtusamente al proceso de paz tienen un nuevo blanco al que apuntar. No demorarán en aparecer versiones que unan a la Farc, el partido, con las Farc que Iván Márquez dijo revivir, a pesar de que claramente ninguna es la sigla de antes. Podríamos entonces asistir a un nuevo capítulo de manipulación comunicativa en el que se hable de un ‘brazo armado’ y un ‘brazo político’ de las “Farc que se tomaron el país”. Una historia que cierta feligresía podría comprar fácilmente desde su fe acrítica. Podríamos ver también un escenario catastrófico en el que las hasta ahora disidencias independientes se unieran en un proyecto común, aunque ese no parece un escenario probable.

No obstante, al mismo tiempo el Acuerdo ha puesto otro plato en la balanza. La Farc, gústele a quien le guste, está dotada de una representación política real a la que esta coyuntura le ha puesto el reto de legitimar su compromiso con la vida sin armas. Tanto el gobierno como el partido aseguran que sus integrantes, que constituyen el 90 % por ciento de los 13.194 combatientes acreditados después de los diálogos, continúan firmes en su compromiso de paz. Eso hay que cuidarlo. Por favor que alguien le diga a Duque que invertir recursos, tiempo y esfuerzo en eso sería mucho más efectivo e importante para Colombia que pedirle ayuda a un presidente –según él legítimo– sin poder alguno como Juan Guaidó.

Ojalá el gobierno por fin se dedique a implementar el Acuerdo de Paz para que los disidentes de ahora se queden siendo apenas ese puñado de nostálgicos llenos de canas que caben en un solo plano de cámara.