Máximo, el juglar vallenato que no le canta a las mujeres | ¡PACIFISTA!
Máximo, el juglar vallenato que no le canta a las mujeres
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Máximo, el juglar vallenato que no le canta a las mujeres

Staff ¡Pacifista! - junio 24, 2015

Le canta a su tierra, a los campesinos y al exilio.

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Por: Natalia Otero Herrera
Fotos: Cortesía Máximo Jiménez

Tiene un repertorio de más de 150 canciones, 13 Cds y Lps de vallenato, en el que nunca habla del amor (o por lo menos no del amor entre un hombre y una mujer). No compone con el corazón partido y botella en mano, pidiéndole a su linda morenita que vuelva. Sus letras no mencionan a reinas sin tesoros ni tierra, o a mujeres bonitas ni a Alicias adoradas.

En el vallenato de Máximo se escucha otro grito herido, lleno de amor y dolor también, pero causado por el destierro campesino, la sangre y las opresiones. Sus cantos alzan la voz como protesta y, en la región caribeña de Colombia, cuando hay un paro agrario o una retoma de reservas campesinas, son estas melodías las que se tararean.

 

Usted señor presidente si está de acuerdo
Que acaben los campesinos de su nación
Si sabe que es un esfuerzo que están haciendo
Para no morir de hambre con su opresión
Y manda su gente armada sin corazón
Pa’ que vean correr la sangre de un hombre bueno…

Pero estas canciones le costaron, y caro.

 

Su abuelo materno era conservador. Pero como la familia de su padre era liberal y él nació y se crió en Montería, en pleno campo, con marranos, ordeñando y sembrando, también siguió al partido rojo. Máximo tocó el acordeón por primera vez a sus 14 años, aunque ya tenía cancha en la guacharaca y la caja porque su padre siempre lo llevó a las parrandas que daba en Montería.

Eran los 60 y Máximo ya tiraba sus primeros versos que defendían al campesino en medio de la Reforma Social Agraria que planteaba Alberto Lleras Camargo, en la ley 135 de 1961, con la creación del Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (INCORA). Ante los ojos del gremio rural, esta reforma fue todo un fracaso porque solo agudizó el acceso de corruptos y delincuentes, que desfavorecían al pueblo, a las tierras disputadas.

 

Tengo entendido, siempre a toda hora ,
que aquel pobre que roba
para no morir de hambre
se llaman delincuente.
Pero el ladrón que roba por caliente,
el rico roba tierra,
se llaman el INCORA.

 

Luego, con la llegada de Carlos Lleras Restrepo, en 1967, y la creación de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos de Colombia (ANUC), Máximo aprovechó para unir a su pueblo con el fin de reclamar esos terrenos baldíos que bien estaban a nombre del Estado o pertenecían a terratenientes con títulos de propiedad dudosos, que habían sido reasignados a nuevos dueños después de la época de la violencia y mal distribuidos con la reforma del INCORA.

Las reuniones del campesinado, organizadas por los miembros de la ANUC, de la que Máximo hizo parte desde su fundación, eran animadas por el acordeonero. Se armaban tremendas parrandas campesinas que, al son del vallenato, le gritaban a los dirigentes políticos y terratenientes que les devolvieran sus tierras, en especial aquellas ubicadas en los departamentos de Córdoba y Sucre. Y ahí empezó a ganarse a sus primeros enemigos.

 

“En ese tiempo, el gobierno venía con su problema de la distribución de tierras rurales. A raíz de esta lucha, descubrí que muchas de las haciendas en las que trabajaba mi gente —además de pagar una miseria— , no tenían los títulos claros. Como fui caminante, pude conocer el sufrimiento de los comarcas y la violencia desatada contra ellos por la posesión de sus tierras. Me di cuenta de que el Estado nos iba a abandonar en cualquier momento, entonces aprendí a no tragar entero y a organizar al pueblo para que se defendiera por sí mismo”, cuenta Máximo, con su voz ronca, gruesa y desgastada (pero aún viva) por los cantos de la lucha de su vida.

En 1971, se organizó a nivel nacional la toma más grande de tierras que se ha vivido en el país, por parte del campesinado. Se realizaron 800, todas planificadas y coordinadas por la ANUC, y Máximo estuvo al frente de las de la zona del Caribe. Cuando subió al poder Misael Pastrana Borrero y emprendió su Contrarreforma con el Pacto de Chicoral —que anuló las anteriores y contrarrestó la influencia de la ANUC —, acusando a los campesinos de formar movimientos subversivos, se crearon grupos de terratenientes que, según Máximo, eran apoyados por el gobierno y pisaban fuerte contra los que intentaban reclamar.

Y Máximo le cantó también a esto.

Lucha y lucha campesino,
la tierra pa’ trabajarla,
lucha contra los ricos
porque ellos no quieren darla.
Hoy aquí en nuestro país se ven grandes hacendados,
y el campesino muerto de hambre (…)
recuerden que la violencia la provocaron los ricos
para robarle las tierras a los pobres campesinos.

 

Fue entonces cuando fue atacado por primera vez, en 1973, mientras unos campesinos celebraban la retoma de sus tierras, y Máximo era el invitado de honor para tocarles unas notas. En medio del ron y el acordeón, entró la policía y lo apresaron. Duró dos semanas en la cárcel sin tener ningún cargo en su contra.

 

“Lo culparon de tener cuestiones pendientes. Cuando grabábamos algún disco nuevo, al día siguiente de que salía nos la montaban. Sobre todo a Máximo. Siempre era en días previos a los feriados y días no hábiles para que el encarcelamiento durara más. Lo más duro fue en 1975, cuando grabamos el LP, ‘Burro Leñero’, con la canción ‘Usted Señor Presidente’ porque se volvió muy reconocida. Incluso si usted la oye hoy aplica a la situación actual”, cuenta su amigo y guacharaquero Juan Payares.

Máximo se bancó los encarcelamientos repentinos, súbitos e injustos. En esa época se estaba convirtiendo en un ídolo vallenato, era un monstruo en las tarimas y el pueblo lo coreaba. Pero cuando las amenazas se agravaron y atentaron contra su vida y la de su familia, la situación cambió para el juglar.

Un día, en 1987, se parqueó una camioneta Toyota frente a su casa y de ella salieron dos personas que dispararon contra el techo y preguntaron por él. Su familia no dio razón; Máximo había escapado vestido con una capa guajira y un sombrero. Pero el mensaje fue claro: “si lo encontramos, lo matamos”. En el mismo año, en medio de un ensayo, dispararon contra las paredes de la casa de su madre.

Un año después, tras varios intentos de asesinato aleatorio, que interrumpía constantemente su vida cotidiana, volvieron a su casa y lo allanaron. Él estaba dormido. Entraron preguntando por las armas que traía.

“’Las armas que tengo son de difícil manejo’, les dije, y les señalé la caja de música, la guacharaca y el acordeón. Me tuvieron contra una pared dos horas. Entonces, me apresaron y duré 14 días en la cárcel. Fue cuando llegó Amnistía Internacional y la Agencia de la ONU para los refugiados ACNUR, y velaron por mí para sacarme del país”, recuerda Máximo.

Sacó a su familia de la región con mucha cautela, los envió para Medellín. Con tres mil firmas que respaldaban el exilio de Máximo, en 1990, cogió rumbo para Europa Central, en Viena, Austria.

 

Un año después su hermano fue asesinado. Aún no se sabe quién cometió el asesinato, o quién organizó las amenazas a Máximo. Los casos están irresueltos, sin investigar y, claro, sin reparar.

“Mi papá es del grupo de los locos revolucionarios que quieren ver a la patria libre, en igualdad y en paz. Yo no pude seguir con su legado musical, porque ante las amenazas mi madre y mi abuela me apartaron de ese mundo. Pero alcancé a acompañarlo en sus conciertos, en sus parrandas, en las tarimas, y la gente lo adoraba. Sus canciones no eran una simple protesta sino una propuesta al cambio social, económico, cultural y político, y por eso siempre supimos que si se quedaba aquí, lo mataban”, cuenta su hijo, llamado también Máximo (Junior), quien durante la época de las amenazas tenía 6 años.

Jamás había pensado en salir de su país, pero ahora se encontraba en medio de la cuna que recibió a Beethoven y Mozart. Del vallenato a la música clásica; del calor al frío; de lo rural a lo urbano. Extrañó a la familia, los amigos, las costumbres, el campo y la comida. Como lo único que podía tener cerca a pesar de estar lejos, era el tema de la alimentación y la música, entonces los trajo a Viena. Se dedicó a vender patacones, tamales y chicharrones, y entonó su vallenato frente al parlamento europeo.

Aunque aprisionen mi cuerpo
mi alma está contigo,
mi alma está distante
Pero con la risa,
con la charla
con la lucha.

Ya lleva 25 años viviendo en el exilio. Ha venido a Colombia ocho veces y esta parece ser la vencida: volvió para quedarse.

“Máximo Jiménez vino al Cesar a sembrar la semilla, a abrir los ojos y los oídos de los trabajadores y de los pobres de esta región, por eso hoy día las canciones de Máximo Jiménez no mueren y siguen en el corazón del pueblo y donde quiera ir a un festival de acordeones ahí están las canciones vivas y presentes”, dice Juan, el guacharaquero.

El pasado 8 de mayo, en el marco del Encuentro Regional del Diagnóstico del Daño y Formulación del Plan para los departamentos de Córdoba y Sucre, organizado por la ANUC, Máximo apareció de sorpresa ante la audiencia de campesinos que se emocionaron al ver de nuevo al maestro. Hoy, el vallenatero es una leyenda: nadie sabe cuando vuelve, pero si está cerca hay que escucharlo.

Máximo, que de verdad es un máximo del vallenato, no le canta al amor de mujer, sino al de la humanidad, al de la tierra. Es toda una revolución social a partir del vallenato: sus canciones invitan a la participación social de organización del campesinado y los anima a las luchas por la tierra y sus derechos, que hoy, después de más de 40 años siguen sin resolverse. Por eso, cuando hay paros agrarios y protestas por la tierra, el campesino tararea las canciones de Máximo Jiménez.