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Lo que viví (y me contaron) en la noche de los atentados en París
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Lo que viví (y me contaron) en la noche de los atentados en París

Staff ¡Pacifista! - noviembre 17, 2015

La noche trágica del viernes 13 en la capital francesa narrada por latinos.

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Por: Ricardo Abdahllah

Cuando Antonio, un dominicano que hace dos años vive en París, salió de su apartamento en el Pasaje Amelotl, a las seis de la tarde del viernes 13, le dijo a su novia y su hija que no lo esperaran porque se iba a ver con unos amigos colombianos. Al voltear en la calle a la derecha pasó frente al Bataclán, una sala de conciertos. “Como siempre a esa hora, ya se había armado la fila. El otro día había un concierto de rap y eran puros negritos. Ayer eran más bien treintañeros, pero también muchachitos. La fila seguía toda esa pared”, dice y señala con la mano la acera en la que aún está estacionado el bus de gira de Eagles Of Death Metal, una banda que no toca death metal y que tampoco se parece a The Eagles. Por el pasaje que lleva a su casa no para el ajetreo de gendarmes y miembros de la Policía Judicial, éstos últimos vestidos con trajes blancos que los cubren de los tobillos a la cabeza, como si fueran a descontaminar el área de un accidente nuclear.

“Como salí sin papeles no me dejan pasar” dice Antonio “Nosotros ya habíamos visto evacuar esa sala, siempre la gente salía tranquila, pero mi novia me decía que hoy era otra cosa. Que escuchó los gritos antes que los tiros. Y de la ventana se ve todo, porque el edificio está pegado al Bataclán”.

 

Una sala de conciertos

He estado tres veces en el Bataclán. Una por placer-placer, para ver a Eels, y dos por placer-trabajo, para ver-entrevistar a Jonathan Davis, el cantante de koRn, y a Pete Doherty, el de The Libertines, cuando los dos tocaban con sus proyectos solistas. Como otras salas “míticas” de París, entre ellas el Moulin Rouge y el Olimpya, el Bataclán era al principio un café concierto, que se fue agrandando de a poquitos a partir de una sala principal y que por eso está incrustado entre  los edificios vecinos. Uno pasa por detrás del escenario o a través de las puertas traseras de los palcos y entra en un laberinto de corredores, camerinos y oficinas, que dan a lo techos de los patios de al lado o la calle perpendicular a la entrada principal.

No es cierto que el Bataclán hubiera recibido “amenazas” previamente, aunque sí que varias organizaciones comprometidas con la causa palestina le reprocharon la organización de una velada de homenaje a la policía de fronteras de Israel, que finalmente se realizó en una sala más discreta. También es cierto que la sala perteneció hasta el pasado septiembre a un hombre de origen judío y que el vocalista de Eagles le había dicho “Fuck You” a  Roger Waters cuando le pidió que no se presentara en Tel Aviv.

Pero todo esto no ha venido a saberse hasta después. Es posible que ninguno de los asistentes al concierto lo supiera y , de todas maneras, a nadie se le habría ocurrido  que por esos tres detalles alguien hubiera elegido al Bataclán “objetivo militar”.

 

¿Nos vemos por Bastilla o por Oberkampf?

Los turistas con plata buscan una discoteca en los Campos Eliseos , los turistas que buscan bohemia for export parchan por Montmartre y los turistas sin plata se van de copas por Saint-Michel. Es por eso que los parisinos, es decir los que viven en París, vengan de donde vengan, evitan esos lugares a la hora de la vida social y se orientan hacia el eje que va de la Plaza de Bastilla hacia la de la República y de ahí hacia arriba, por Belleville. Aunque entre más se suba por las colinas del noreste, más bajan los precios. En la zona cercana a las plazas aún existen barcitos y restaurantes “de barrio” o “de estudiantes”  que no han cedido a la hipsterización. El eje de Bastilla a République ofrece además la ventaja de que es posible regresar a casa en los buses nocturnos o en bicicleta cuando la cena larga o la rumba han terminado.

Así que, los viernes en la noche, uno tiende a preguntar si nos vemos por Bastilla o por Oberkampf. De todas maneras de ahí se puede subir hasta Belleville y una cerveza en la mano ayuda.

Por eso todo el mundo pensaba que todo el mundo estaba por ahí, por ese lado. Era viernes (aunque fuera 13) y el clima era particularmente cálido para un mes de noviembre. Ese era el argumento. “Salgamos hoy, que después hay que aguantarse el frío hasta marzo”.

“¿Nos vemos por Bastilla o por Oberkampf?”

El teléfono sonó poco antes de las once de la noche, pero lo dejé timbrar porque estaba escribiendo. Luego escuché el mensaje de Ryad: “Quería saber si estaban bien. Con todo lo que está pasando”

“Voy a conectarme a Internet. Ryad dice que pasó algo”

“¿Qué?”

“Espera miro. Tengo muchos mensajes en Facebook. Espera miro por Twitter”

“¿Qué pasa?”

“La puta madre”.

“¿Qué? ¿Qué pasa?”

Que siga el partido

Todos los presentes en el Estadio de Francia  y todos los que lo veían por televisión, incluso en los bares, escucharon las explosiones. Pero como nadie dijo nada, el juego siguió adelante. Los entrenadores de Francia y Alemania, sin embargo, recibieron la información. Les dijeron que habían explotado dos petardos pero que era mejor seguir el partido porque podía haber cómplices en los alrededores esperando a que la gente saliera. Si se anunciaban explosiones, no habría manera de evacuar tranquilamente 80.000 personas.

Así que sólo el presidente Hollande,  su ministro del Interior  y los escoltas salieron antes del final del encuentro y lo hicieron disimuladamente. Cuando terminó el partido se invitó a los asistentes de las tribunas altas  a utilizar sólo algunas de las salidas mientras los de las tribunas bajas saldrían por los corredores a los que accedía a través de la gramilla. La gente caminó despacio. Algunos entonaron la Marsellesa.

Todavía no sabían que un kamikaze se había explotado para provocar el pánico que no llegó. Que un segundo intentó entrar con una boleta después de que el juego ya había empezado y que cuando vio que la requisa sería detallada retrocedió antes de accionar su chaleco cargado con explosivos. Nunca se sabrá por qué retrocedió, ni por qué el tercer hombre esperó media hora más y escogió un rincón junto al McDonald’s para inmolarse sin que nadie estuviera a su alrededor con excepción de Sylvestre, un transeúnte que hablaba por teléfono y cuyo celular Samsung detuvo la esquirla que iba directo a su cabeza.

“Yo ese susto no se lo deseo a nadie. Yo me salvé de milagro” dice.

En ese momento, un par de kilómetros al sur, ya había más de treinta muertos.

 

 

Cuando se escucha la expresión “terraza” al hablar de un bar o de un restaurante,  se tiende a pensar en un techo o al menos un segundo piso, pero la expresión es una traducción libre de terrace, que en francés se usa para designar las mesas ubicadas en el exterior del local, sobre el andén.

París es una de las ciudades más densamente pobladas del mundo (más que Tokyo o Nueva York) y eso hace que el espacio de un local comercial sea tan costoso como el de la vivienda. Por eso los bares y restaurantes son pequeños al punto de que uno cena en diminutas mesas de dos personas pegadas a las de los clientes vecinos. En la terrace  hay un poco más de espacio, por eso, mientras el clima lo  permita, es allí donde están las mejores mesas, al punto que algunos bares llegan a cobrar un recargo a quienes los ocupan.

Son las 9 y 36 de la noche del viernes. Un grupo de ocho amigas ha ocupado la mesa de la terraza de La belle équipe . La esposa del patrón del bar no da abasto para tomar las ordenes de todas las mesas, así que el hermano de una de las chicas se ofrece para ir hasta el bar. Quien atiende es el propietario, Grégory Reibenberg. También entre los clientes hay algunos de sus familiares. En una de las mesas de la terraza una pareja se pelea. Mal. Él se larga caminando, ella entra para pagar la cuenta.

Un auto negro se detiene frente al bar. Bajan dos tipos sin máscaras, pero desde el bar sólo se ve a uno de ellos. Un kalachnikov puede disparar seiscientos balas por minuto. El hombre termina la munición y vuelve al auto.

En los minutos que siguen la mitad de los comensales de los bares y restaurantes vecinos se encierra mientras los propietarios cierran como pueden las rejas y persianas. La otra mitad corre por la calle y no sabe qué hacer con los heridos que caen tras dar algunos pasos. El hombre de la pareja que ha peleado regresa corriendo al restaurante. Encuentra a su novia aterrada pero a salvo. Todas las chicas de la mesa, la esposa de Reibenberg, y todos sus familiares están muertos.

Entonces circulan los rumores. Eso que están viviendo está ocurriendo en otras partes. Está ocurriendo por todas partes. Once minutos antes, ha tenido lugar una masacre en un restaurante camboyano y un bar propiedad de una familia argelina, que los médicos del hospital Saint Louis frecuentan al salir de turno. Cuatro minutos antes, el pedestal de un menú del restaurante italiano Casa Nostra detiene varias balas, pero aun así el ataque deja cinco muertos.

Ocho minutos después de los disparos en la Rue de Charonne, un hombre se sienta en el café Comptoir Voltaire. Pide una bebida y explota. La mesera, Catherine,  queda tirada en el suelo, pero sobrevivirá. Luego dice que no recuerda haberse fijado en el rostro de ese último cliente.

 

Dejà vu

El 7 de enero vi en Twitter que “algo” había ocurrido en la sede de Charlie Hebdo. Tomé una bicicleta pública y veinte minutos después estaba en la Plaza de la Bastilla. Lo primero que vi fue carros de bomberos. Después policía. Mucha. Y ambulancias. A los policías les pareció raro que llegara en bicicleta pero cuando mostré mi carnet me dejaron pasar.

El 13 de noviembre tomé una bicicleta pública y veinte minutos después atravesaba la Plaza de la Bastilla y seguía subiendo por el Bulevar Richard Lenoir. Las barreras policiales y las ambulancias y los carros de bomberos los vi unas cuadras después. El Bataclán está apenas a unas calles de la sede de Charlie. Los primeros vecinos que encontré decían “Otra vez tiros. Otra vez policías en las calles con las armas desenfundadas”. Los policías me dejaron pasar pero me obligaron a parquear la bicicleta.

Entre los dos buzones de la oficina postal en la esquina de los bulevares Voltaire y Richard Lenoir había un charco de sangre brillante. Fue allí, sobre el andén, que los médicos atendieron a los primeros heridos. Junto a la sangre había botellas de suero, guantes desechables y más allá un par de tenis abandonados. Y chaquetas y bolsos tirados. En la avenida, un bus de la RATP, la empresa pública de transportes de París, espera a los últimos rehenes que lograron ser evacuados sin heridas. La policía no permite que nadie se acerque. Todos están pálidos. Los llevan a la Alcaldía local más cercana.

Allí, un agente recomienda a una pareja ya mayor que llega en taxi dirigirse hasta la barrera policial. Dicen que su hijo estaba en el concierto.

“Ya pudimos evacuarlos a todos –dice el agente­– por favor vayan a la Alcaldía local que allá les informan”.

Los padres de Jean han corrido con más suerte al encontrar a su hijo entre quienes escapaban.

“Estaba perdido. Se quedó ahí mirando. Por eso fue que no lo hicieron subir a los buses” dice la madre.

Jean tiene varios morados en el rostro y no recuerda cómo se los hizo. “Yo estaba más impresionado por las balas que silbaban porque uno se imagina que las balas hacen como explosiones, pero no que silban y eso”.

Dice que no vio a los atacantes, excepto a uno que subió a la tarima “Pensé que era un técnico o alguien de la sala que iba a explicar lo que estaba pasando. Era obvio que no, pero eso fue lo que pensé”. Luego se abrió camino entre quienes se encontraban a la izquierda del escenario, hacia la salidas de emergencia. Aunque otros escaparon por las ventanas por los techos de las casas vecinas, esa fue la ruta de la mayoría de los sobrevivientes.

Entre quienes escaparon estaba Louis, de cinco años, quien había asistido al concierto son su madre Elsa Delplace y su abuela Patricia San Martín, una chilena que se había exiliado en París durante la dictadura de Pinochet.

Tres días después encuentro a Rolando San Martín, quien ha venido de Chile para adelantar los trámites de repatriación del cuerpo de su hermana y de identificación del de su sobrina.

“Yo no puedo hablar. Lo único que quiero es fumarme un cigarillo”, dice.

Otro chileno, Luis Felipe Zscoche, el lider de la banda Capitán Americano, también está entre las víctimas del Bataclán. Dos estudiantes mexicanas, Michelli Gil Jáimez y Nohemí Gónzalez, murieron en los tiroteos de la zona de Oberkampf. El joven venezolano Sven Silva, quien vivía en España y estaba en el concierto con su amigo Feílix Sálazar, herido en el estómago,  aún está desaparecido mientras escribo estas líneas.

La cifra oficial es de 129 muertos y el presidente Hollande ha lanzado una nueva ofensiva contra el Estado Islámico en Siria, mientras comienza a hablar de una reforma constitucional para aumentar los poderes de vigilancia y retirar la nacionalidad a los franceses que participen en grupos o actos terroristas.

 

Madrugada en París

A las siete de la mañana del sábado los policías que mantienen cerrada la calle se calientan las manos con el aliento mientras comienzan a llegar los trabajadores de  los locales cercanos al Bataclán, quienes hasta ahora vienen a enterarse de lo que pasó. Entonces comienzan también a llegar nuevos mensajes de amigos y nuevas llamadas preguntando si todo bien.

Pienso que la humanidad se divide entre los que se van a dormir temprano los viernes en la noche y los a esa hora están callejeando por cualquier razón. Es una idea tonta a esa hora y considerando las circunstancias. Al pasar por la Plaza de la República las personas han comenzado a poner las primeras flores y cuando vuelva en la noche veré que todo el pedestal de la estatua está cubierto de velas y mensajes. Un hombre ebrio dice que al primero que venga con güevonadas racistas sobre los inmigrantes y refugiados le da en la jeta.

“Mi mejor amigo era Tignous, uno de los caricaturistas de Charlie –dice–y él hasta muerto estaría contra el racismo. Yo me imagino que muchos de los muertos de ayer también. Porque uno no puede ser racista sin ser amargado y ellos eran gente alegre, jóvenes y les gustaba salir y tomarse unos tragos. Por aquí, por este sector, que es como tranquilo”.