La muerte de Legarda y la de los líderes sociales: la misma violencia | ¡PACIFISTA!
La muerte de Legarda y la de los líderes sociales: la misma violencia Ilustración: Juan Ruiz
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La muerte de Legarda y la de los líderes sociales: la misma violencia

Colaborador ¡Pacifista! - Febrero 8, 2019

OPINIÓN| De Legarda tenemos videos del momento posterior al fleteo y al tiroteo del que no hacía parte. De los líderes sociales no solemos reconocer sus rostros.

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Por: David Díaz 

Los líderes sociales deberían ser youtubers como Legarda. Aparecer en una reality como Master Chef, en un medio de comunicación poderoso y omnipresente, como RCN. ¿Cantar reguetón? No, tampoco. Pero en lo posible, sobre todo, aparecer en una pantalla, en varias. Y que sus muertes sean lamentadas emotivamente en una pantalla, en varias, por personas que también aparecen, sobre todo aparecen. ¿Acaso no sería esta una vía para que las muertes de los líderes sociales dejaran de ser una cifra que aumenta, un conteo que avanza sin rostros y sin culpables?

La prensa se lamenta porque a Legarda lo haya matado una bala perdida. Pero la expresión no es precisa y, por eso, la lamentación está mal dirigida. En Colombia no hay balas perdidas. Las únicas balas perdidas son las que no se meten en el revolver. Las que no se disparan nunca. Las que se disparan, en cambio, son balas encontradas, balas cuyo propósito no se perdió, aunque no haya dado en el blanco. Y a Legarda no lo mató, en todo caso, una bala perdida ni una bala encontrada. Lo mató algo más contundente y más sanguinario, el patrimonio más detestable del país. Lo mató la violencia, lo que en Colombia quiere decir: lo mató la violencia que nos ha estado matando desde hace más de sesenta años. Y precisamente por esto la muerte de Legarda tiene que ver con la muerte de los líderes sociales.

Las diferencias son más bien claras. Legarda murió en El Poblado, un sector muy prestigioso de Medellín (es decir, el prestigio no siempre tan claro de las clases altas del país). Los líderes sociales, en su mayoría, mueren en veredas de las que normalmente las grandes ciudades no reciben noticias. A Legarda no lo iban a matar. A los lideres sociales sí. De Legarda tenemos videos del momento posterior al fleteo y al tiroteo del que no hacía parte. No inicialmente. De los líderes sociales no solemos reconocer sus rostros. ¿Acaso sería necesario grabar el momento en que matan a un líder social para que por una vez lo sintamos, para que creamos que en verdad está muerto?

Pero decía que las muertes de Legarda y la de los lideres sociales están relacionadas. La violencia en Colombia tiene la capacidad de transformarse, de adaptarse a contextos distintos. La violencia se recicla, se reutiliza, se bifurca. Y ella misma se esconde, como si no existiera: se esconde tras “balas perdidas”, “líos de cama” o “problemas familiares”. Pasa como si nadie la ejerciera, como si su presencia, aunque evidente y visceral, no tuviera nombres. La violencia sistemática no se muestra, tiene la capacidad de mostrar aquello que ella no es. La violencia sistemática se niega sistemáticamente. Y es esta negación la que une el caso de Legarda y muchos líderes sociales. Es la bala perdida la que se niega al ser enunciada como perdida. Cuando en realidad ha sido encontrada, comprada, cargada y disparada.

Y el Centro Democrático cree que el problema se puede resolver armando a la población, legalizando el porte de armas, como si con esa medida todos nos sintiéramos “más seguros”. Pero no, quizás nos sentiríamos “más envalentonados”, “más machitos”. Más violentos, al final.

Hace un año una joven indígena de la comunidad Wounaan, del resguardo Chagpien Tordó, en Chocó, murió tras un bombardeo del Ejercito Nacional contra el Frente Ché Guevara del Eln. La bomba no iba dirigida hacia ella. La mató una bomba perdida. Ah, no, perdón. No hay bombas perdidas. Y de ella nadie se acuerda, quizá porque no aparecía en una pantalla, en varias.