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La historia de los Samboní: una familia víctima del conflicto
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La historia de los Samboní: una familia víctima del conflicto

Sara Kapkin - Diciembre 14, 2016

La familia de Yuliana Samboní salió desplazada del Cauca y está en espera de recibir la indemnización por parte del Estado. Hablamos con sus familiares.

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Barrio Bosque Calderón. Todas las fotos por Santiago Mesa

“¿Por qué escogió la niña de nosotros? De pronto por mirarnos la pobreza y haber pensado que nos íbamos a dejar. Pero se equivocó, porque somos caucanos, no tenemos estudio, ni nada, pero somos muchos”. La sentencia es de Luz Velasco, una prima de Nelly Muñoz, la mamá de Yuliana Samboní. Yuliana es la niña que a principios de este diciembre fue secuestrada en Bogotá, violada, torturada y asesinada, presuntamente, por Rafael Uribe Noguera.

El barrio Bosque Calderón, donde vivía Yuliana, es un lugar lleno de perros, ubicado entre la ciudad y los Cerros Orientales. Allí, la colonia caucana es grande. Luz, que llegó a Bogotá hace seis años con sus dos hijos, calcula que son alrededor de 100 personas. Muchos de ellos son familia, vecinos o trabajaban juntos antes de llegar a Bogotá.

Desde que Yuliana apareció muerta en el apartamento de Noguera, la comunidad caucana, los vecinos del barrio y otras personas de la ciudad y del país ha manifestado su apoyo a los Samboní. Los hechos, que se han narrado hasta el cansancio, fueron horrorosos. Ella tenía apenas siete; él, 38. Ella estaba jugando en su barrio, con su primo; él, al parecer, la estaba acechando. El desenlace: Yuliana apareció muerta, en lo que fue un crimen colmado de sevicia.

Casa de la familia Samboní en Bogotá.

La historia de la familia de Yuliana está cargada de dificultades, pobreza y violencia.

“Yo tenía mis cultivos grandes; tenía papa y cebolla. Dejarlo y venirme me dio duro, a los 15 días me quería a devolver, porque uno acá se tiene que matar. Toca cogerle el ritmo al trabajo, que es casi igual de duro que un jornal en el campo”, dice Édgar Samboní, un tío de Yuliana que llegó hace nueve años a Bogotá en busca de un trabajo que le dejara más ingresos que el que tenía en su natal Cauca.

Édgar es uno de los hermanos de Juvencio, el papá de Yuliana. Es trigueño, fornido y con corte de cabello tipo militar; y no sabe con precisión cuántos hermanos tiene. Está tan concentrado construyendo un altar para Yuliana, que no tiene tiempo de repasar los nombres para dar una cifra exacta. Solo atina a decir que son muchos, y que están regados: unos en el Cauca, otros en Huila, y otros más en Bogotá. Él fue uno de los primeros en llegar a la capital. Se considera casi un colono, pues se vino del Cauca hace nueve años. Él fue quien recibió a Juvencio y lo ayudó a ubicarse.

Hace cuatro años, siguiendo los pasos de su hermano, Juvencio Samboní dejó el municipio de El Tambo, en el Cauca, y arrancó para Bogotá. Primero se vino solo, pero apenas consiguió trabajo en construcciones llegaron Nelly, su esposa, y Yuliana, su hija. Nelly empezó a trabajar haciendo aseo en edificios y apartamentos. La familia, que pertenece a una comunidad indígena del Cauca, está en proceso de recibir su indemnización cómo víctimas del conflicto armado.

Altar para conmemorar la novena de despedida de Yuliana, elaborado por su tío Edgar Samboní.

En el Cauca vivían en una casa de barro con otros familiares. Según cálculos de Luz, ese lugar con piso de tierra era habitado por unas 15 personas. En Bogotá, las cosas no fueron muy diferentes, aunque la casa era menos numerosa. En un primer piso, de puerta metálica roja, se acomodaron además de Juvencio, Nelly, Yuliana y Nicole, su hija menor, dos hermanas de Nelly —Josefina y Milbia— con sus respectivos esposos y un hijo de Milbia. Eran ocho en total.

Como eran tantos, y el arriendo les salía más barato —unos $350 mil—, Juvencio y Nelly aprovecharon para ahorrar. El plan era arreglar la casa de los papás de Nelly en el Tambo, comprar una para ellos y retornar. Estaban a punto de lograrlo.

“Ya les faltaba poquito, ya tenían negociada la casa. Juvencio no es de esos hombres borrachines e irresponsables. Han sido una familia muy unida”, recuerda Luz sentada en las escaleras de madera donde solía jugar Yuliana con sus primos. Justo allí, la niña fue raptada.

Mientras tanto, Yuliana pasaba tiempo con sus padres en Bogotá, pero otras veces volvía al Cauca y se quedaba largas temporadas. Aun así, la familia se mantenía unida. Incluso Juvencio, el año pasado, se fue hasta el Tambo —un viaje que dura casi 24 horas por tierra— a buscar a Yuliana para celebrarle el cumpleaños.

Edgar, el tío de Yuliana, de chaqueta negra viendo el altar.

Luz, la prima de la mamá de Yuliana, lleva más de 10 años desempeñándose como líder comunitaria.  Dejó El Tambo para poder dormir tranquila. Cuenta que la guerrilla golpeó a uno de sus hijos hasta que casi lo mata. Josefina, la tía de Yuliana, prefirió irse al Huila, pero allá mataron a su hijo, por lo que volvió a empacar la vida en una maleta y llegó a Bogotá.

Nelly y Juvencio también querían estar tranquilos, lejos de las incursiones sorpresa de la guerrilla, tan habituales en el Cauca hasta antes de que terminara el proceso de paz. Buscando un trabajo mejor pago y estable, la pareja llegó a Bogotá y se encontró con la trágica muerte de una de sus hijas. Hoy está de nuevo en el Cauca.

Luz, preparando el chocolate para los asistentes a la novena.

Parece que a familias como la de Yuliana las persigue la violencia. En el campo fue la guerra, y en la ciudad fueron la vulnerabilidad y la maldad. Tal vez por eso, Luz habla suave. Su voz va perdiendo intensidad a medida que cuenta su historia y la de su familia. Cada tanto recobra fuerzas, más cuando recuerda a Yuliana. “¿Por qué (Uribe Noguera) tenía que llevarse la niña? Y cómo la golpeó… Para nosotros no era Yuliana la que estaba ahí”, dice Luz.

En la noche del pasado martes, a las 7, la familia de Yuliana invitó amigos y vecinos para hacer una novena por ella. Hicieron “la corona”, una novena con cantos, que celebraron  para despedir a la niña y compartir un chocolate. A falta de flores, Édgar adornó el altar con bombas blancas y rosadas.

Este diciembre, la familia Samboní tenía planes de viajar. Unos iban para el Huila, otros para el Cauca: querían terminar el año juntos. La tragedia de Yuliana derrumbó sus planes.

“¿Y ahora que hacemos?”,  se pregunta Luz. Ella misma responde: “Pues peleamos. Vamos a buscar ayuda, porque no hay de otra”.