La Casa del Caracol, un cuento en 3D sobre la guerra | ¡PACIFISTA!
La Casa del Caracol, un cuento en 3D sobre la guerra
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La Casa del Caracol, un cuento en 3D sobre la guerra

Staff ¡Pacifista! - Enero 27, 2015

A sus 21 años, Tito Perilla tomó sus recuerdos de infancia marcados por la violencia, tomas guerrilleras y ráfagas de metralleta, y los exorcizó a través de un cuento en 3D para niños.

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Fotografías: Felipe Abondano

 

Por: Pablo E. Triana Ballesteros

En esta historia las balas no son proyectiles que rebotan contra el asfalto, son hadas que bailan joropo recio. Lo que rasga el techo de la casa no son esquirlas perdidas de una cruenta toma guerrillera, sino las garras de un gato maloso al que le debe gustar mucho el maíz pira. Porque en esta fábula lo que estalla en cielo no es el sonido de las granadas y las pipetas de gas, sino la olla que los ángeles debieron dejar destapada mientras hacían palomitas en las alturas.

En este relato los niños no están enrollados en colchones para protegerse, acá son caracoles refugiados en lo profundo de sus caparazones mientras tejen, con palabras e imaginación, una realidad que les permite sostener una tibia sonrisa que “la verdad” borró del rostro de los adultos hace ya un tiempo.

Esta es la historia que Tito Perilla, un estudiante de primer semestre de Diseño Gráfico en la Fundación Universitaria del Área Andina, escribió a manera de cuento en un libro 3D que elaboró para narrar cómo él y su hermana vivían las tomas guerrilleras de las FARC en San Pedro de Jagua, un corregimiento del municipio de Ubalá en Cundinamarca.

Tito Perilla muestra la maqueta de ‘La casa del caracol’, el cuento infantil que escribió y realizó como un proyecto de clase. Foto por Felipe Abondano

En el libro, Tito relata cómo él y su hermana hacían uso de su imaginación para lidiar con el horror de la guerra y, de esta manera, inventaban toda una fábula y un juego fantasioso mientras sus padres los enrollaban en los colchones de la cama para resguardarlos del fuego cruzado.

“Mi hermana y yo no veíamos balas rebotando en la carretera, para nosotros eran hadas bailando. Y lo que estallaba en el cielo no eran granadas o pipetas de gas… Nosotros decíamos que debía ser que los ángeles estaban fritando maíz pira en el cielo y que habían dejado la olla destapada. Por eso hacía tanto ruido”, cuenta.

Claro que esas hadas joroperas provenían de los fusiles de los frentes 47 y 53 de las FARC, esos que comandaron nombres de guerra tan temidos como alias ‘Karina’ y alias ‘Romaña’, dos combatientes muy ligados a una historia de dolor resumida en pescas milagrosas, secuestros, extorsiones y tomas a los pueblos. Un dolor que también se coló en la casa de los Perilla.

“Yo viví dos tomas cuando tenía cuatro años, aproximadamente. Lo primero que hizo la chusma fue volar la estación de policía, que por cierto queda a tres cuadras de mi casa”, recuerda Tito, quien se refiere a la guerrilla como lo hacen todos los demás en su pueblo: la chusma. “O la plaga… También les decíamos los gatos. En cambio a los ‘paracos’ se les decía los pájaros”.

A las dos tomas guerrilleras que Tito tuvo que frentear a punta de imaginación cuando apenas era un niño, hay que sumarle la llegada de los paramilitares al pueblo. Ahí sí la cosa se puso pesada porque la violencia se volvió algo tan cotidiano como terrorífico.

“Ellos iban a tomar cerveza y a jugar tejo a mi negocio, tanto pájaros como gatos se la pasaban allá metidos. Incluso ‘Romaña’ y un tal Nelson, quienes después liderarían las tomas, estuvieron allí”, anota Flor González, madre de Tito. Sería precisamente este juego del gato y el ratón, o mejor ‘del gato y el pájaro’, el que pocos años después obligaría a los Perilla a dejar San Pedro de Jagua: como ambos bandos frecuentaban las canchas de tejo, más temprano que tarde los guerrilleros empezaron a acusar a la familia de colaborar con los paramilitares. Y viceversa.

“El pueblo estaba cansado de las extorsiones de ‘la plaga’ y muchos señores se volvieron informantes y colaboradores de los ‘pájaros’ para ver si al fin los sacaban. Entonces dijeron que mi papá era uno de esos. Y luego que los pájaros tomaron el control empezaron a hacer lo mismo que hacía la guerrilla y ‘vacunaban’ (extorsionaban) a todo el mundo. Empezaron también a decir que mi papá era colaborador de la guerrilla”, narra Tito, acordándose de aquel doloroso 1997.

El gato que rastrilla el techo de la casa fue la metáfora escogida por los padres de Tito para disfrazar el ruido de las esquirlas y la metralla originadas por las tomas guerrilleras a su pueblo. Foto por Felipe Abondano

Como en casi todas las zonas rurales olvidadas de Colombia, la única economía y vía de subsistencia en San Pedro de Jagua era el narcotráfico. Así que muchos de los habitantes del pueblo se dedicaban a esta actividad, a cultivar coca, y por eso resultaba una tierra tan fértil para las extorsiones de parte y parte.

Luego de las amenazas Tito y familia llegaron a la casa de una tía paterna en Guateque, Boyacá.

“En esa casa duramos un mes. Dormíamos en unos colchones tirados en el piso mientras mi papá terminaba de adecuar una casa en un lote que mi abuela había comprado. Vivimos allá con otras dos tías que llegaron, ellas sí por trabajo. Mi mamá aprendió a tejer y se dedicó a la modistería, las canchas de tejo de San Pedro se las arrendó a una muchacha Claudia que había trabajado para nosotros, y mi papá se dedicaba a trabajar la finquita. Así vivimos hasta el 2007 cuando en el mandato de Uribe por fin pudimos volver a nuestra casa” describe.

Don Tito Aristides Perilla, papá de Tito, nunca sacó el certificado de desplazamiento porque no confiaba “en el corruptible sistema gubernamental de Colombia” y temía que alguno de los funcionarios públicos encargados de la diligencia lo delatara.

De violencia y libros

El proyecto cuenta con ilustraciones en crayola, tinta y estructuras plegadizas en papel. Es un cuento infantil en 3D. Foto por Felipe Abondano

Aquellos años de violencia, inentendibles para un niño, fueron la inspiración para La casa del caracol, un cuento para niños que tuvo su origen en un salón de clase. Fue un trabajo para una materia especial que busca explorar y fomentar la reflexión en torno a temas como la memoria, el perdón, el olvido, la reconciliación y la reparación como valores para construir de la paz.

“Al inicio no sabía muy bien cómo titularlo. De hecho, le había puesto Recuerdos de borrador porque solo me acordaba de fragmentos de estos episodios de mi infancia, pero entonces el profe me dijo que el título no cuajaba mucho con el relato, que mirara a ver si le encontraba otro título. Y entonces, mientras dibujaba, me di cuenta de que cuando nos retrataba a mi hermana y a mí dentro de los colchones, parecíamos justamente los caracoles que decíamos ser por aquella época. Entonces le puse La casa del caracol”, explica Tito, su autor.

Esa primera narración, que se centra en los días de temor de Tito y su hermana en el pueblo a partir del relato de dos niños que nunca se enteran de que son víctimas de la guerra, es hoy un machote (maqueta) con ilustraciones en crayolas, tinta y estructuras plegadizas de papel a la espera de que una que una editorial lo encuentre y lo publique. La primera en dar muestras de apoyo fue la Fundación del Área Andina, que se comprometió con Tito a brindarle los recursos y materiales para que pueda seguir desarrollando su proyecto.

Un acto que se ha convertido en toda una conquista personal, en una respuesta a otra violencia que vivió recientemente. Una sin balas pero igual de dolorosa que se dio en las aulas de una universidad.

“Yo era el primero de mi pueblo que venía a la universidad y estaba muy feliz, pues desde niño me gustaba dibujar y expresarme de manera diferente. Era el ‘artista de la familia’, como me decían. Mi mamá tiene una cancha de tejo y mi papá se dedica a oficios varios, y por tradición eso era en lo que a mí me iba a tocar en la vida, pero no lo quería. Por eso aproveché una supuesta beca que un político ofreció en el pueblo”, cuenta.

En pocos meses entró a estudiar Artes en la Universidad Distrital y comenzó a “vivir el sueño”, pero se daría cuenta de que ese monstruo grande llamado violencia que lo había perseguido durante toda su infancia, tenía más rostros y las balas no eran los únicos tentáculos con los que podía causar daño…

“Se burlaban de mí por ser ‘pueblerino’, realmente me despreciaban y los profesores me decían que no servía para esto, que lo que hacía era todo menos arte, que dónde tenía la cabeza… Entonces un día no aguanté más y me salí del salón a un baño a llorar y a patear la caneca de la rabia. Y todo eso, sumado a la tristeza y soledad que sentí por esa época, hicieron me diera el arranque y me devolviera a donde mi mamá y mi papá en el pueblo”, comparte.

Sus días al lado de su familia transcurrieron paleando greda en las canchas de tejo, lidiando borrachos y cargando piedras. Sus manos terminaron raspadas y curtidas, muy ajenas a esas limpias y suaves de un diseñador que maneja marcadores, manipula pinceles o alterna las escuadras con el carboncillo.

Pero la vocación es la vocación, y tras ganarse de nuevo la confianza de sus padres, Tito regresó a la capital y retomó su sueño con la ayuda de su hermana y su cuñado. Ese sueño que hoy tiene forma de cuento infantil y se titula La casa del caracol.

Mañana tendrá otras formas porque el deseo de Tito es desarrollar una investigación con “sus contemporáneos”, como llama él a los muchachos que se criaron junto con él y su hermana en esa época de tomas guerrilleras y violencia en San Pedro de Jagua, para ver si también construían historias fantásticas en torno al conflicto que se entrometió en su infancia. De ser así, podría hacer una compilación de estos relatos y publicar un libro que los proteja del paso del tiempo.

Hoy en día casi no hay ‘chusma’ por San Pedro. Sin embargo, ahora que volvió de la universidad con todo este proyecto del libro, Tito le preguntó a unos niños y le dijeron que a veces en la montaña (la misma que se levanta al abrir su libro) se ven marchar como hormigas algunos de ellos.

“Los niños son muy curiosos y andan muy atentos a estas cosas. Cuando era pequeño, mi papá tenía que andar muy pendiente de mí para que gatos y pájaros no me ‘espulgaran la lengua’, como decía. Recuerdo que una vez, atraído por las armas y los uniformes que cargaban, hablé con uno de ellos y le pregunté como había terminado en esto. ‘Cosas de la vida’, me respondió. Entonces le dije que cuando grande quería ser como él. Me replicó que ni se me ocurriera, que más bien fuera juicioso y estudiara mucho para que nunca tuviera que vivir eso. Que lo suyo no era vida”, recuerda Tito, quien ahora en lugar de un fusil tiene un cuento en la mano.