El cuartel paramilitar que las víctimas de Ocaña convirtieron en colegio | ¡PACIFISTA!
El cuartel paramilitar que las víctimas de Ocaña convirtieron en colegio
Leer

El cuartel paramilitar que las víctimas de Ocaña convirtieron en colegio

Sara Kapkin - Julio 25, 2016

En Norte de Santander, hijos de excombatientes y de víctimas conviven en un centro educativo que hoy fomenta el Sí a los acuerdos.

Compartir

Hay quienes ya intentan poner en marcha el posconflicto. Tratando de desdibujar los trazos que dejó la violencia y reconstruir lo arrasado, la comunidad de Ciudadela Norte, en Ocaña, Norte de Santander, convirtió un cuartel paramilitar que operó a finales del siglo pasado en un colegio para los hijos de las víctimas y de los victimarios.

Mucho antes de ser colegio y cuartel, este predio era la sede de la Cooperativa Avícola Santa Clara. Así fue hasta que en julio de 1997 aparecieron los paramilitares. Torturaron y mataron a los dueños y se tomaron el lugar. La comunidad resistió y tres años después logró sacar a los paras y apoderarse de nuevo de las instalaciones. Las convirtieron en salones de clase y así, en el 2000, nació el colegio Institución Educativa La Salle, que hoy cuenta con más de 3000 estudiantes y 1200 egresados.

El día que la comunidad expulsó y retomó el espacio. Foto: archivo particular.

Ocaña, donde aparecieron los primeros casos de “falsos positivos” durante el gobierno de Álvaro Uribe, es la puerta de entrada al Catatumbo. Por ahí han pasado todos los grupos ilegales: Farc, ELN, EPL, paramilitares y bacrim. Se trata de un municipio en constante disputa en el que se concentraron buena parte de las víctimas de la región. Según cifras del Registro Único de Víctimas -RUV- allí viven 25.216 víctimas.

Convivir con la violencia y mantener una vida “normal” no ha sido fácil para la gente de Ciudadela Norte, ni siquiera para los estudiantes. Es así como la reconciliación y el perdón entre hijos de víctimas y de excombatientes, que ahora comparten clases, se convirtió en una prioridad.

“Con ellos empezamos a hacer ejercicios para que entendieran que a través del fútbol, la recreación y la oratoria podían explorar y tramitar las diferencias”, dice Magda Pallares, directora de proyectos y relaciones públicas de la Fundación Falcao, quien lleva trabajando casi cinco años con la comunidad.

El camino no terminó en el perdón. Con apoyo de la fundación de Radamel Falcao, el futbolista, organizaciones solidarias, Credicoop y la Fundación Catatumbo, los estudiantes, además de contribuir a mantener el colegio, crearon una cooperativa que manejan ellos mismos y que reúne a 2300 personas entre estudiantes y egresados.

Hoy, la asociación obtiene dinero de la tienda escolar, la fotocopiadora, las ventas de reciclaje y los aportes que hacen los miembros. La idea es generar recursos para que quienes hoy están en el colegio puedan ir a la universidad.

La iniciativa alcanzó para más. También crearon el Colectivo de Paz Colegio de La Salle -COPACS-, conformado por el gobierno escolar con la idea de formar jóvenes en paz; y el grupo ambientalista Casa de Truenos, que logró abolir el uso indiscriminado del agua en las fiestas de Ocaña.

Madre beneficiadas por la cooperativa. Foto: archivo personal.

Como si fuera poco, el proyecto terminó abarcando a las mamás de los estudiantes. Para ellas se creó otra cooperativa que ha capacitado a 800 mujeres en confección, marroquinería y manejo de alimentos. Hace poco se graduaron algunas, y los estudiantes, hijos de ellas, decidieron rendirles homenaje con un concierto del grupo musical escolar en las instalaciones del colegio.

La idea del concierto fue respaldada por el colectivo Por Colombia Sí, una iniciativa sin inclinaciones políticas que pretende, entre otras cosas, fomentar en las regiones el respaldo ciudadano al proceso de paz.

“Estamos muy comprometidos con el sí. Cuando uno vive la violencia como ellos la han vivido, lo que quiere, grita y le reclama a Colombia es una oportunidad diferente. Eso lo da la paz y ellos lo han entendido”, dice Magda Pallares.

El colegio, donde el 95% de los estudiantes son víctimas del conflicto armado, se ha vuelto un símbolo de reconciliación y resiliencia, de una paz posible. Recuperaron su lugar, lo reconstruyeron y siguen trabajando para borrar las marcas de la guerra.

“Cuando un hijo de un victimario y un hijo de una víctima se logran abrazar, y el uno le pide perdón al otro, uno dice: si esa gente se perdona, ¿nosotros por qué no?”, finaliza Magda.