Basta de transfobia: ‘Si tenemos tetas no es para que nos llamen señor’ Foto: Juan Ruíz @jucaruiz
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Basta de transfobia: ‘Si tenemos tetas no es para que nos llamen señor’

María Rodríguez - Noviembre 20, 2018

Hoy es un día dedicado a todas las víctimas de transfobia, por eso queremos hacer memoria para la no repetición con estos cinco relatos.

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Este martes 20 de noviembre se conmemora Día Internacional de la Memoria Transexual y cuando le pregunté a Laura Waiss, la directora de la Fundación Gaat (Grupo de acción y apoyo a personas trans), qué caso icónico de violencia transexual resaltaría para este día, me dijo, con tristeza, que había tantos casos que era imposible poner uno por encima de otro. Solo como experimento de contraste le pregunté a mi madre, una ciudadana común y corriente, si conocía algún caso  de violación de derechos a esta comunidad y ella me respondió que no y luego soltó un comentario en su afán por explicar por qué, quizá, estos casos ocurren: “Es que los trans se ven diferentes”.

Y por esa diferencia –que en realidad es una construcción social, así que no te culpo, mamá– es que muchos de los crímenes quedan impunes o archivados.

“Por miedo a morirme”, es la justificación que dan muchos y muchas para no denunciar. Según el informe La discriminación: una guerra que no termina de Colombia Diversa, las personas más vulnerables a la muerte de toda la comunidad LGBTI, son las mujeres trans.

En 2017, en Colombia, hubo 37 casos de mujeres trans asesinadas –un 45.7 % del total de homicidios contra la comunidad LGBTI– y 2 casos de víctimas trans hombres (aunque este tipo de casos, en general, estén invisivilizados).  La gran mayoría de las víctimas eran trabajadoras sexuales (14 casos), seguidas de estilistas (7 casos en total). 

En Colombia, aunque desde 2015 es posible cambiar de nombre y de sexo en cualquier registraduría, al igual que hacerse cirugías de cambio de sexo por medio de una EPS, parecería que en la generalidad de la sociedad siguen primando dos formas de vivir: ser mujer o ser hombre. “Una mujer con pene o un hombre con vagina, no tienen cabida”, asegura Valeria Bonilla, activista trans y líder en El Barrio Santa Fe, quien con su queja agrupa el sentir de la comunidad a la que representa. 

Activistas como Valeria sienten algo de orgullo en medio de la tristeza que generan las cifras. Es gracias a liderazgos como los de ella que hoy, cuando hablamos de violencia contra la comunidad LGBTI, vemos la vulnerabilidad de esta población y conocemos casos de violencia de los que son víctimas.  Sin embargo, más allá de los datos, vale la pena que se pregunte: ¿Cuándo ha trabajado al lado de una persona trans? ¿Cada cuánto ve a una persona trans en un supermercado, centro comercial o cualquier lugar público?

De acuerdo con activistas como Jhonattan Espinoza, lo más difícil de ser transexual en países latinoamericanos y conservadores como Colombia es la condena a la inseguridad diaria, al miedo constante y al rechazo cotidiano por ser un ‘anormal’. Esto sin contar con la presión de tener que vivir estigmatizado por un entorno social, como si se estuviera encubriendo un secreto.

Desde ¡Pacifista! quisimos hacer una recopilación de los cinco casos de victimización que para la comunidad trans son emblemáticos por su crudeza y al mismo tiempo ejemplos de resiliencia.  Los reproducimos con el fin de enviar un mensaje de no repetición y para contribuir a la memoria histórica de esta población.

Muerte en una UPJ

En diciembre de 2015, cuando Carlos Torres celebraba su cumpleaños número 28, murió en una UPJ de Puente Aranda en Bogotá. El caso, lleno de desinformación e inconsistencias, se retrató como un caso de abuso policial. Según la Policía, se trató de un suicidio. Carlos, un hombre trans, era llamado todavía por algunos por el nombre que le pusieron al nacer: Paula.

La noche en la que murió, cogió un taxi para encontrarse con su novia. Tuvo una discusión con el taxista con respecto al pago de la carrera y por esto, la Policía llegó al lugar, detuvo a Carlos y lo montó en una patrulla. Según el informe de la UPJ, Carlos entró al centro de retención pasadas las 9:00 p.m. y salió a las 10:10 p.m. de allí rumbo al hospital San José. Llegó sin signos vitales.

Antes de su muerte, alcanzó a llamar a su padre para contarle que estaba siendo golpeado por policías, argumento que se confirmó con las fotos de su cuerpo. En el informe policial, además, se explicó que Carlos se mató dentro del centro de detención con un cordón de sudadera, sin embargo el protocolo cuando se entra a una UPJ es quitar todos los objetos, incluyendo cordones de todo tipo. Además, los tiempos anotados por la Policía para llegar de un lugar a otro son muy amplios en distancias muy cortas.

El caso sigue en investigación.

Violencia intrafamiliar

“El Batman colombiano”, le llamaban hasta 2015. Alejandro Martínez era uno de los alpinistas más importantes del país; hizo rappel en el edificio de Avianca, en el Centro Comercial Gran Estación y en el Edificio Colpatria. Representó a Colombia en diversas competencias internacionales.

Pero Alejandro quería ser Alejandra y su tránsito empezó en 2015. Tenía una vida muy tranquila y cuando decidió cambiar de género, todo se dio la vuelta. Su familia –conservadora y de dinero– nada contenta con la decisión de Alejandra, buscó hacerle la vida imposible.

Su madre la denunció “por maltrato” ante la Comisaría de Familia. De hecho, en este momento tiene imputación de cargos. Después de ser una de las alpinistas más reconocidas de Colombia, tuvo que ejercer la prostitución porque se quedó sin dinero. “Esta violencia familiar solo le llegó por querer hacer su tránsito a Batichica, se le vino el mundo encima”, cuenta Tatiana Piñeros, activista trans y excandidata al Senado.

Liderazgo en el barrio Santa Fé

“Si tenemos tetas no es para que nos llamen señor”, repetía con ironía Wanda Fox, una mujer trans a la que le pegaron un tiro en la sien, en 2009, en el barrio Santa Fe de Bogotá. Su lucha por las trabajadoras sexuales que se reconocen como trans fue de dignificación y respeto. Era una movilizadora de una comunidad, siempre lista para levantar la voz contra los abusos.

Originaria de Pasto, Nariño, Wanda llegó a la capital para buscar oportunidades y terminó ejerciendo la prostitución. Era una líder en la comunidad y era activista contra del consumo de sustancias psicoactivas. Se rumora que fueron los paramilitares que controlaban el trabajo sexual quienes la mataron, pero el silencio alrededor de su muerte sigue latente.

Adiós a la libreta militar

El caso de Grace Kelly Bermúdez  llegó hasta la Corte Constitucional en forma de tutela. En una carrera por llegar a ocupar un cargo público, Grace fue descalificada por no tener libreta militar.

La Secretaría Distrital de Integración Social durante la alcaldía de Gustavo Petro necesitaba una auxiliar de enfermería con ciertos años de experiencia en equis campo, condiciones que Grace cumplía, por lo cual se le hizo una invitación directa. Pero meses después su proceso de contratación fue suspendido por la falta de libreta. Se la exigían porque se cédula decía que era de sexo masculino y no femenino.

Además de ser contratada por el Distrito, el ruido de Grace ayudó a que en la sentencia T-476, se dejara de exigir la libreta militar a las mujeres transgénero, así su sexo todavía no estuviera cambiado en la cédula.

Combinaciones mortales

Ser trans es difícil. Ser trans e indígena es, prácticamente, una condena en Colombia. Andrea Alexandra Meza de familia wayuu, de Albania (La Guajira), ha estado varias veces cerca a la muerte. La llevaron al Batallón de Infantería engañada, solo para darse cuenta que tenía que cumplir servicio militar. Los fines de semana en el Ejército se arreglaba, se maquillaba y se ponía vestidos.

Cuando salió de allí, empezó con una peluquería en Guamo, Tolima, pero allí los paramilitares la tenían fichada. Cuatro hombres entraron a su peluquería y la acabaron a punta de golpes: le rompieron la boca, el tabique y la cabeza. Casi la matan. Por esto, salió huyendo a Bogotá, donde al cabo de tres meses, el Bloque Tolima la encontró y la sentenció nuevamente.

Muerta del miedo, con dinero prestado, salió a París, Francia a ser trabajadora sexual. Duró 10 años desplazada y regresó a Colombia. Fue hasta 2013 que la Unidad de Víctimas la reconoció como víctima del conflicto armado. Andrea Meza es apenas un ejemplo del calvario que tienen que sufrir las personas trans e indígenas en Colombia, aún en la actualidad sufren un rechazo sistemático al que es necesario sumarle la pobreza y condiciones de desarraigo cultural.