Alfredo Molano, el periodista que escuchó | ¡PACIFISTA!
Alfredo Molano, el periodista que escuchó Ilustración por Natalia Torres
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Alfredo Molano, el periodista que escuchó

Colaborador ¡Pacifista! - noviembre 8, 2019

Escuchar, decía Molano, es ante todo una actitud humilde que permite poner al otro por delante de sí, o reconocer que está frente al otro. Escuchar, decía Molano, es limpiar lo que me distancia del vecino, que es lo mismo que me distancia de mí.

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por David Díaz

Educado en la tradición académica del método y del rigor en las cifras y en los conceptos, durante mi paso por la universidad tuve muchos reparos con la manera en la que Alfredo Molano presentó la historia del conflicto colombiano. Echaba de menos cierto rigor, cierta precisión estadística que diera cuenta de su largo trasegar por los territorios profundos del país. Me hacían falta maneras de confirmar que en realidad había hecho todas las entrevistas que decía haber hecho y caminado todos los caminos que decía haber caminado. Sin embargo, como un reconocimiento, al salir de la universidad, Molano adquirió para mí una nueva luz. Quiero escribir sobre lo luminoso de esa nueva luz.

La experiencia: “entendí que el camino para comprender no era estudiar a la gente, sino escucharla”[1].

Alfredo Molano fue un hombre que escuchó. Y esta afirmación no es baladí, porque escuchando historias de vida conoció el país. Para él, la historia del país estaba en los relatos de los habitantes de los territorios profundos y olvidados. En sus sentimientos, en sus pensamientos, sus creencias y sus acciones. Entendió la historia como un conjunto de experiencias que había que desenterrar del olvido y la indiferencia. Y el primer paso fue escuchar. La realidad no estaba en los libros, sino en las voces de la gente. Y su vocación fue siempre la de comprender el país a través de lo que pensaban y sentían los campesinos, los indígenas, y todas las comunidades de los territorios donde estaba la carne y la sangre de la guerra.

Por lo mismo, escuchar fue una decisión ética. Eliminar parcialmente la distancia que lo separa del otro, del campesino, del indígena, del guerrillero, del paramilitar. Pero no para ponerse en sus zapatos. Más bien para acercarse a ellos, acercarse hasta el lugar justo donde esas voces, casi siempre inaudibles para el hombre de ciudad envuelto en el ruido del Estado y la bulla del poder, fueran más claras, por lo menos que tuvieran la claridad suficiente para comprender con mayor profundidad y con menos prejuicios al país.

La escritura: un ejercicio literario para comprender lo que se escucha

Pero, entonces, ¿cómo pasar de la escucha a la escritura? La decisión que tomó para transmitir y transcribir las experiencias que recogía durante sus largos viajes fue la de contar cuentos. El relato fue su método. Escribir en primera persona, con un lenguaje sencillo y construir personajes tipo que dieran cuenta de un conjunto de experiencias colectivas. Un ejercicio de creación literaria en el que las experiencias de cientos de personas tuvieran cabida, y no se perdiera su verdad, es decir, la verdad de las experiencias (que es la única verdad de sus relatos). En Los años del tropel (1985) entiende expresamente su escritura como una “creación no creativa de resumir una entrevista tras otra en la “vida” de personajes de carne y hueso, vestidos de novela, pero preñados de sufrimiento histórico concreto”.

(Lea aquí: “El sentido de la historia en Colombia está vinculado a la exclusión”: Alfredo Molano)

El relato de la guerra como una “creación no creativa” en primera persona, con personajes ficticios producto de las experiencias sensibles e históricas concretas, fue vital en la escritura de Molano para comprender la guerra. Pues la guerra es un conjunto de sentimientos y sensaciones, y no una abstracción de datos y cifras que no nos sirven para entender al país –esto es, para comprender a los otros.

El escritor siente y escribe

Alfredo Molano, en la mayoría de sus textos, contó su experiencia personal. Nunca se representó como un narrador objetivo que mirara la realidad desde arriba, como si la dominara al contemplarla. Él fue, en sus textos, otro más de sus personajes. Un personaje, una creación no creada de sí mismo, en la que contó sus experiencias y sus sufrimientos. Así, al escribir sobre los desterrados y los desplazados en Colombia, cuenta su experiencia personal como exiliado: “sabía que el precio era el desprendimiento de mis hijos, de mi gente y de aquello que uno va acumulando y que quiere entrañable: un caballo, un libro, un par de tenis […] No me acomodaré nunca al exilio, aunque tengo que decir que esa pequeña muerte, hecha siempre de ajenidades, no comienza con las amenazas de los enemigos sino con el silencio de los amigos” (Desterrados, 2001).

El cronista: historiador de su presente

Con el paso de la escucha a la escritura, y de la creación de personajes de ficción cuya carne y cuyos huesos están hechos de experiencias reales y sentidas, Molano es un cronista. Pero es un cronista en la medida en que lleva a la escritura aquellas crónicas contadas por los hombres y las mujeres participes de los conflictos del país. Y con los cuentos de la gente, y las maneras que usan para contarlos, se construye la historia del país: “El cronista es un historiador de su contemporaneidad que se aventura a escribir sobre algo que vive directamente, sin cuidarse del método, ni de las premisas, ni de la teoría” (Selva adentro. Una historia oral de la colonización del Guaviare, 1987).

Caminante no hay camino, se hace camino al andar

Alfredo Molano fue un caminante. Para escuchar hay que caminar, y abrir caminos al caminar. Para conocer la historia real de la gente es importante escucharla en sus territorios, en sus espacios. Es distinta la voz del testigo cuando es convocado a dar su testimonio en una oficina de la capital, a cuando se convive con él en su territorio, en el espacio que vive y conoce.

De ahí una lección vital para el periodismo contemporáneo: toda la información no está en internet. Parece una cosa obvia, pero hay periodistas que piensan que se puede hacer periodismo desde el computador. De ahí no salen, como si se encontraran atrapado en ese mundo estrechísimo de la virtualidad. Andando se descubren los caminos viejos y se abren otros nuevos.

El mundo es mucho más amplio para el caminante. Y más aún para el caminante que escucha.

[1] Cita tomada de: Desterrados. Crónicas del desarraigo (2001).