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Un profesor arriesgado

Staff ¡Pacifista! - abril 13, 2015

La mitad de los capturados por casos de desmembramiento en Buenaventura son menores de edad, pero un entrenador de fútbol está cambiando esa historia de terror. ¿Quién es "el profe Cuper"?

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El silbato del árbitro suena. 16 adolescentes salen a la cancha de tierra con sus uniformes de color azul. El Profe Cuper les habla para recordarles las reglas del partido. No es un juego normal. El primer gol lo debe meter una de las cuatro niñas que corren tras la pelota. El equipo Renacientes del Puerto se enfrentan con La Amistad.

Han pasado varios minutos del primer tiempo. Tania, una joven de 14 años y del equipo Renacientes, anota el gol. Cuper sonríe y sigue dando instrucciones para que continúen jugando. Tania es una de las 120 alumnas de José Cupertino Lizalda, el ‘Profe Cuper’ como lo llaman en el barrio. Este chocoano, que vive hace 20 años en Buenaventura, es uno de los monitores del programa Golazo de la Fundación Carvajal. Se trata de una iniciativa en la que a través del fútbol les enseñan valores a los adolescentes. Una forma de arrebatarle a las bandas criminales a los menores.

Buenaventura, principal puerto del Pacífico, es una de las ciudades más violentas de Colombia. Los titulares de prensa hablan de desaparecidos, abuso sexual, reclutamiento forzado y ‘casas de pique’. A menos de un kilómetro de la cancha del barrio Bolívar, donde ‘Cuper’ entrena a sus estudiantes, están los barrios Unión de Vivienda Popular, Caldas y El Progreso de la Comuna 12, considerada en este momento zona en disputada por miembros de las bandas criminales de “Los Urabeños” y “La Empresa”.

Un informe presentado recientemente por Human Right Watch muestra que esta ciudad presenta uno de los índices más elevados de reclutamiento de niños por grupos armados en toda Colombia. “Residentes y líderes comunitarios en distintos lugares de la ciudad dijeron a Human Rights Watch que numerosos niños, incluso de apenas 10 años, son vinculados a grupos sucesores del paramilitarismo que tienen presencia en sus barrios. A menudo los niños hacen de informantes y centinelas, pero también han participado en asesinatos y otros graves abusos de estos grupos”, señala el informe. Es sector más afectado es la Comuna 12, la más grande de la ciudad. Una zona que va desde la carretera Alterna –reconocida por los proyectos de bodegas portuarias- y se extiende hasta los límites de la zona rural en la entrada al corregimiento de Zaragoza.

Tania, la niña que metió el primer gol, es del barrio Caldas que hace parte de la Comuna 12. Todos los días cruza dos barrios para llegar a los entrenos. Dice que quiere ser enfermera y hacer parte de la selección Colombia de fútbol femenino. Hoover Riascos, un adolescente de 16 años, que ahora juega para la escuela Talento Colombiano de Bogotá, también es de la Comuna 12. Es uno de esos niños que Cuper le robó a la violencia.

“Esa es mi mayor satisfacción –dice el profe-. He logrado que dos de los pelados sean contratados en clubes de fútbol. Hoover está en Bogotá y le pagan todo, puede llegar a ser profesional. A Jhonatan López, otro de los pelados, que vivía en el barrio Las Palmas, lo contrataron en Jamundí Fútbol Club. Para mí eso es muy importante”.

Martha Janet Mancera, directora seccional Valle de la Fiscalía, dice que uno de los problemas más difíciles en Buenaventura es la situación de sus jóvenes; la falta de educación, espacios de recreación y oportunidades de empleo. “Tenemos muchas capturas de menores y hemos observado que la mayoría de ellos no estaba estudiando. De los 18 capturados por casos de desmembramientos nueve eran menores de edad. Es un número muy alto y lo más preocupante es que muchos de ellos fueron los que ejecutaron los crímenes, mataron y desmembraron”. Desde el 2013 se han encontrado en Buenaventura los restos desmembrados de 32 personas. Los últimos hallazgos han sido en la Comuna12.

El año pasado capturaron a 180 menores por delitos como extorsión, homicidio, secuestro y tráfico de drogas. Entre enero y febrero del 2015 hubo 12 capturados. Entre ellos están cuatro menores de 11, 14, 15 y 17 años de edad, quienes fueron sorprendidos por las autoridades en enero pasado en el barrio San José cuando torturaban a dos indigentes con descargas eléctricas. Horas después, uno de los adolescentes le confesó a un delegado de la Defensoría que los iban a asesinar y luego descuartizarlos para arrojarlos al mar.

Cuper cuenta que cuando empezó a entrenar jóvenes trabajaba como estibador en el muelle. De eso ya han pasado diez años. Cargaba bultos que pesaban 75 kilos. Tenía días, que si le iba bien y ayudaba a descargar diez contenedores, podía ganarse 20 mil pesos, pero otros solo llegaba a 5 mil.

Pero no le importaba el cansancio cuando regresaba a su casa en el barrio Caldas. Reunía a los chicos del barrio y los llevaba a la cancha para entrenar. Su equipo, Los Renacientes del Puerto, no tenía uniformes ni guayos, en chanclas o descalzos pateaban el único balón que tenían. Lo compraron gracias a una rifa.

Cuando asistían a torneos grandes tenían que hacer colectas entre los vecinos. “Una vez alguien nos regaló 200 mil pesos y esos muchachos no podían creerlo. Yo empecé con ellos en 2005, esa era una época muy violenta. (El 2005, las Farc y algunos desmovilizados de los paramilitares empezaron una guerra. Ese año, 404 personas fueron asesinadas en el Puerto). A mí me tocó ver cómo a algunos de los pelados que venían a los partidos los asesinaron, otros terminaron metidos en malos pasos y se fueron del barrio”, recuerda.

Y piensa en ‘Tripas’ uno de sus pelados. Ahora está en la cárcel porque se metió a “hacer cosas malas. Tenía 13 años cuando empezó a entrenar, eso fue hace mucho. Se retiró del grupo y empezó a trabajar con ellos. Ya es mayor de edad y está condenado. A uno le duele eso. A muchos de los antiguos pelados los veo en la calle, se que están en el mal camino, todavía me saludan. Les habló, los trato de aconsejar”.

Esos primeros años fueron difíciles. “Eran niños que –dice Cuper- llegaban sin desayunar. Muchas veces solo tenían una comida al día. No tenían para zapatos ni para los desplazamientos a los partidos. A los papás les daba miedo que vinieran porque si eran de barrios que eran controlados por el grupo contrario al que mandaba acá, corrían peligro”.

El profe evita entrar en detalles pero no niega que, en ocasiones, siente miedo, incluso, entrenando. Una vez lo amenazaron y le robaron unos balones. La gente se unió y le reclamó al jefe de la banda. Se las regresaron.

Un informe presentado recientemente por Human Right Watch muestra que esta ciudad presenta uno de los índices más elevados de reclutamiento de niños por grupos armados en toda Colombia.

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Cuper sonríe con una hilera de dientes blancos. Agarra el balón y queda en la mitad de un círculo de niños y niñas. Hacen el balance del partido. “Cada equipo debe hacer una análisis de cómo jugó y de cómo se comportaron y luego analiza al otro equipo. El proyecto Golazo es que los jóvenes aprendan valores con el fútbol. Tenemos reglas como que si alguien se cae en medio del juego, sus compañeros lo ayudan a parar, le dan la mano. O si alguien golpea o insulta a otro, le pide inmediatamente disculpas”, explica Cuper.

Desde hace un año y medio, el Profe se retiró de trabajar en el muelle y fue contratado por la Fundación Carvajal para el Programa Golazo. Ahora, entrena a los niños en dos turnos. De 8:00 a 10:00 de la mañana y de 2:00 a 4:00 de la tarde. Con capacitaciones que le dio la fundación, entre ellas un diplomado en la Escuela Nacional del Deporte, dejó de ser un profe empírico. Terminó su bachillerato y ahora estudia a distancia Tecnología en Educación Física y Deporte en la Universidad del Magdalena y realiza un diplomado de liderazgo en la Universidad del Valle.

“Cuando era niño en Chocó, soñaba con ser profesional. Por eso me salí de allá y me vine para Buenaventura. Y vea, ya de viejo, quién lo iba a decir, yo estudiando en la universidad. También me convertí en el líder de la Junta de Acción Comunal del barrio”, dice con orgullo. Sonríe de nuevo.

Lleva años como Presidente de la Junta. En la calle lo saludan. Se le acercan a preguntarle cosas. Un joven le dice que si sabe algo de los cursos del Sena. Asiste a reuniones para solicitar más cursos de capacitación para los jóvenes. “Abren cursos para 20 personas y se presentan 800, pero dicen que el espacio del Sena no permite ampliar cupos. Yo me pregunto cuántos jóvenes le quitaríamos a los malos, si les damos estudio y trabajo”, explica.

Cuper pita con el silbato. El partido termina 5-1. El equipo de Tania arrasó. Son las 4:00 de la tarde. El sol todavía quema la piel. Reúne a los jóvenes junto a la cancha. Lo rodean, se sientan en la hierba, mientras él les habla.

Felicita a Tania. Le llama la atención a otro chico porque cometió una falta, le recuerda que se disculpe y que cuando un compañero se cae, se le tiene que dar la mano. “El partido se ganó, no nos podemos relajar porque tenemos que mejorar cada día. Que tal que alguno termine jugando para mi querido Atlético Nacional”, dice y sonríe.