“Todos tenemos a Dios y al Diablo adentro”
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“Todos tenemos a Dios y al Diablo adentro”

Staff ¡Pacifista! - Julio 22, 2015

Isabel Córdoba, sicóloga y bailarina, no cree que el baile se trate de dominar una técnica y de recibir ovaciones de un público. Más bien, defiende a capa y espada que el baile y la rumba sanan heridas como las que deja la guerra.

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Por Camila Tovar

La noche es calurosa. La adrenalina que exhalan los zapatos moviéndose a mil por hora rompe la humedad del salón de danza. Al fondo suenan las teclas de Richie Ray y frente a los espejos los cuerpos convulsionan, divagan en el espacio al ritmo de los timbales. Las caderas y los hombros van a la par, mientras cada bailarín se apodera de la canción y la convierte en su propia historia.

Alrededor de 50 jóvenes ocupan la pista. Unos visten el uniforme de la escuela y otros se acicalan con chalecos de lentejuelas y zapatos dorados de punta. Los pies resuenan contra el suelo: un, dos, tres, cinco, seis, siete y repiten. Ya son más de tres meses desde que se pierden en esa coreografía, y esperan con ansías el día en el que puedan presentar el fruto de su perseverancia y arrebato: “Salsamanía cura con rumba”, una obra de teatro bailable.

Foto cortesía Isabel Córdoba.

Hace más de dos meses, Isabel Córdoba está acompañando como bailarina fundadora a este grupo de adolescentes que se dedican a gastar la suela de sus zapatos al ritmo de la música. La fiesta se prende cada semana en ‘Tropical Swing’, escuela de salsa del barrio Decepaz Invicali, en el Distrito de Aguablanca, fundada en 2007. Esta caleña, sicóloga y bailarina, no cree que el baile se trate de dominar una técnica y de recibir ovaciones de un público. Más bien, defiende a capa y espada que el baile y la rumba sanan.

“Desde hace mucho tiempo la danza es una práctica cultural que va más allá del ocio y se involucra mucho más con el ser”, sostiene Isa, como la llaman sus discípulos en el salón de danza. En sus tacones y con una sonrisa imparable en el rostro, recuerda que todo comenzó cuando se graduó de sicología de la Universidad Javeriana y obtuvo la beca ‘Joven investigador’ de Colciencias.

En el año 2010, Isabel ganó una beca en la escuela de baile María Sanfor Dance. En esta academia tuvo la oportunidad de bailar con niñas del ICBF, víctimas de violación en las zonas del Valle del Cauca y el Pacífico. Tras este trabajo con víctimas de la violencia, que resultó ser un laboratorio de paz para la caleña, creció en ella la curiosidad por el espacio de reconciliación y reintegración social que podía brindar el baile.

Foto cortesía Mi cuerpo es mi historia.

“En Colombia, el arte está más relegado a la industria. Apenas se está entendiendo que los artistas pueden hacer labores sociales y terapéuticas”, explica Isabel al hablar del origen de su investigación. Con ánimo de contribuir a la reparación de las vidas de estas niñas, la sicóloga y bailarina presentó su proyecto a Colciencias. En 2012, obtuvo el apoyo y se dedicó a ver cómo podía facilitar el proceso de resignificación en niñas y mujeres con historias de violencia.

De esta exploración teórica y del trabajo de campo, con niñas del ICBF de los 8 a los 17 años e integrantes de la ‘Ruta Pacífica de mujeres’, surgieron doce talleres de danza terapéutica que arrojaron como resultado una metodología que lleva el nombre de ‘Mi cuerpo es mi historia’. En este espacio se le otorga un valor especial a las emociones ancladas a lo vivido por las participantes. Se convierten en creadoras y dramaturgas de su propia vida.

“Cuando bailas en una clase de rumba te sientes feliz, pero otra cosa es entender que la danza terapia tiene distintos impactos, desde el estado de bienestar y desahogo que se desprenden del movimiento hasta otros cambios más estructurales”, afirma Isabel hablando de esta metodología de reconciliación. El tratamiento consta de cuatro fases: exploración, encarnación, escenificación y elaboración.

La primera fase invita a las participantes a explorar y simbolizar sus recuerdos más significativos con materiales artísticos: canciones, pintura, entre otros. La segunda fase encarna estas proyecciones simbólicas en la danza. Esta creación escénica es presentada al público en la tercera etapa y, finalmente, en la última parte se reflexiona sobre el aprendizaje y la sanación en el proceso.

En marzo de 2013, durante el recorrido de este viaje de pacificación, Isabel junto al colectivo audiovisual Antorcha Films documentó el impacto de la metodología por medio de la muestra de la escenificación de baile en el Teatro Jorge Isaacs en Cali. Las mujeres y niñas que participaron en los talleres que dieron a luz a la terapia presentaron la encarnación de sus exploraciones personales.

“Fue un momento trascendental y casi un ritual que nos permitió dar rienda suelta a una catarsis. Las mujeres mayores enfrentaron sus miedos y las niñas se enfocaron en sus sueños, no en el pasado traumático”, cuenta la sicóloga hablando sobre el registro audiovisual del efecto mental de ‘Mi cuerpo es mi historia’.

Sin embargo, ‘Mi cuerpo es mi historia’ no se quedó solo en una metodología sino que en 2014 se conformó la fundación que lleva el mismo nombre. Otros artistas y humanistas se le unieron a Isa, para “materializar sueños de danza, alcanzar metas de justicia social y utilizar la investigación para proponer escenarios pacifistas”, como cuenta la líder del proyecto.

Ahora Isa y su fundación buscan que estos habitantes de las zonas vulnerables de la ciudad de Cali se integren a procesos artísticos, en los que la fundación pueda intervenir con la metodología de ‘Mi cuerpo es mi historia’. El Distrito de Aguablanca, una zona estigmatizada por la violencia, se convirtió en su nueva pista de baile.

Foto por Camila Correa.

A diferencia de muchas de las escuelas de salsa de la ciudad, que toman esta actividad como un negocio, esta fundación de baile pretende humanizar al bailarín. “La idea es que podamos adecuar el proceso de danza terapéutica a las situaciones de estos chicos, que han estado en contacto con la violencia, las drogas y la pobreza. Esa es nuestra meta ahora: humanizar el acto de danzar”, cuenta Isabel hablando de los nuevos trabajos que ha emprendido la fundación.

Y reafirma, mirando a los chicos danzar otra salsa pegajosa, que “desde que trabajo con la sicología y el arte, he notado que todos tenemos a Dios y al Diablo adentro. Lo que uno muestra depende de lo que se ilumine. En el caso de estos chicos depende de lo que el contexto social y el ambiente familiar aporte. Trabajar con la imaginación es lo que nos mantiene a salvo de cualquier adversidad. Tenemos que potencializar lo nuevo, lo creativo y lo purificador”.