Tenemos un Acuerdo: hagámoslo cumplir | ¡PACIFISTA!
Tenemos un Acuerdo: hagámoslo cumplir
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Tenemos un Acuerdo: hagámoslo cumplir

Colaborador ¡Pacifista! - Noviembre 17, 2016

OPINIÓN Hay motivos para celebrar, para estar tranquilo, pero también para sentir asco.

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Foto José Antequera

Columnista: José Antequera

A algunas personas se les olvida que la agenda de La Habana no estaba previamente escrita como un decálogo de obligaciones consensuadas sino que su discusión ha sido producto de luchas y de la negociación misma. Estaríamos en un error si por el resultado del plebiscito o los ajustes no viéramos lo que significa el Acuerdo definitivo.

Cuando los historiadores hablen de nuestro proceso de paz tendrán que decir que el fin del conflicto en Colombia significó muchas cosas: un acuerdo para la entrega de 3 millones de hectáreas de tierra, la formalización de otros 10 millones, el cambio en el enfoque represivo sobre los cultivos de coca, la participación política de la insurgencia y la de representantes de movimientos sociales de regiones abandonadas por el Estado, un sistema de reparación a las víctimas basado en la verdad y la no repetición, entre otras.

También dirán que cumplimos lo que decía García Márquez, que ‘es más difícil terminar que empezar una guerra de mierda’. Que los despojadores reclamaron su cheque de victoria para impedir una reforma agraria profunda, que pesó la herencia colonial conservadora para pensar el consumo de drogas. Que caminamos por el filo de la falta de decisión para los cambios, pero sobre todo por la falta de garantías.

¿Mucho o muy poquito? Nuestras expectativas han cambiado pero no abandonemos el realismo.

Si uno lee el Acuerdo definitivo descubrirá que tiene ajustes, lo cual era previsible desde el 2 de octubre.

Hay motivos para celebrar, porque en vez de cumplirse la amenaza de Santos en el Foro Económico Mundial –cuando habló de una eventual guerra urbana si fracasaba el proceso de paz– se mantuvo el esfuerzo a favor de superar el conflicto armado y nos encaminamos a que eso ocurra. El Acuerdo definitivo no significa retrocesos en ningún derecho y, en cambio, sí medidas que representan un avance en la democratización que ha querido frenarse en Colombia a punta de masacres.

Hay motivos para estar tranquilos porque hay muchos temas que al detallarse se clarifican, como el compromiso de las Farc de reparar materialmente a las víctimas, que ya había sido declarado unos días antes del plebiscito, o la definición de conceptos como la responsabilidad de mando para efectos de la Jurisdicción Especial de Paz.

Hay razones que rebajan el entusiasmo. El énfasis en cosas que ya están dichas en la Constitución, como el derecho a la propiedad privada y el reconocimiento de la familia; las limitaciones, como la no creación de Zonas de Reserva Campesina por vía del Acuerdo o la visión conservadora del consumo de drogas, demuestran que la campaña llena de mentiras liderada por el Centro Democrático produjo un desplazamiento simbólico desde lo más progresista hacia lo que está más al gusto de las élites, y que una buena parte de la ciudadanía ha asimilado como lo conveniente y seguro.

Hay razones para sentir asco. Por el hambre de explotación destructiva e injusta de recursos que ahora se cubre de bandera blanca. Por ese “todos queremos la paz” tan mentiroso, tan oportunista y tan extendido. Por el efecto infame de la dilación que encarnan dos guerrilleros muertos el 16 de noviembre, a más de un mes de la firma del Acuerdo de Paz. Por la imagen que todavía retumba de esos aviones de combate que apuñalaron el cielo como un cuchillo.

Con todo, tenemos un Acuerdo definitivo y el reto de alcanzar una implementación ya, que conjure el riesgo, aún latente. Tenemos el reto que nos han trazado todas las personas que han luchado por la paz de este país, algunas de las cuales no llegaron a ver lo que estamos viendo, que es hacer cumplir lo que ya está escrito. Hay que hacer cumplir la promesa de la apertura democrática para que escribamos lo que los poderosos no se atreverán a escribir.