Rock de venezolanos en Bogotá: un grito que empieza a tomar fuerza | ¡PACIFISTA!
Rock de venezolanos en Bogotá: un grito que empieza a tomar fuerza Lau Suárez, migrante venezolana en Bogotá. Foto: Cortesía
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Rock de venezolanos en Bogotá: un grito que empieza a tomar fuerza

Staff ¡Pacifista! - Junio 25, 2019

La migración venezolana también toca los aspectos musicales. Su música, desconocida para nosotros, es una oportunidad para crecer culturalmente.

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Venezolanos rockeros en Bogotá. Puede parecer un tema extraño, pero la migración ha llegado en diferentes formas. “Escuchen a Salima”, nos dijeron en un bar, “tienen un video y todo grabado en Bogotá”.

El video dura casi cinco minutos y ya tiene más de 1.000 visitas. En las primeras escenas aparece una mujer caminando por el centro, cerca de la Universidad de los Andes. Más adelante aparece el guitarrista, el baterista y la mujer tocando bajo. Lo hacen viendo a Bogotá desde alguna vereda rural. El video termina con la panorámica de la ciudad. “Quiero sonar más alto”, dice la letra de la canción. “Justo así lo estaba esperando”. ¿Una declaración de esperanza? Puede ser.

Hubo una época, nos dijo Vanessa Moreno, periodista y habitante de Caracas, “en la que había muchos bares donde ese tipo de grupos tocaban. Era increíble. Ya no. Todos cerraron. Bueno, solo hay dos, y no son solo de rock”.

–¿Niño Nuclear todavía existe? Les preguntamos a otros amigos de Venezuela sobre esa banda que tocó en Bogotá en 2014.

Este grupo tuvo dos toques y para pagar el hospedaje en el centro de Bogotá tuvieron que tocar en las calles, interpretar versiones acústicas de sus canciones. Lo que fuera. En ese entonces, Niño Nuclear era una banda que retomaba el new wave de los ochenta, con guitarras estridentes y letras en español. Venían desde Barquisimeto, la “ciudad musical” de Venezuela. “Por la crisis del país se separaron, migraron”, nos contarían después.

En Colombia, con 1,2 millones de migrantes venezolanos asentados en el país –según cifras de Migración Colombia –  los escenarios culturales, sociales y económicos han venido cambiando. Es común escuchar anécdotas sobre músicos venezolanos que cantan en Transmilenio, desde música llanera hasta rock o hip-hop. El paso a la escena local es más difícil, y como lo contamos en este artículo, muchas veces toca pagar en la radio para que suenen las canciones.

“En Venezuela les tocaba así o más duro”, nos dice Vanesa. “El financiamiento es propio o de sus familias. Los chamos que llegan a sonar en algún momento es porque tienen ahorros o son de familias de dinero. La verdad es que para un músico es muy difícil crecer”.

Salima Bogotá. Foto: Cortesía Salima
“No es fácil empezar desde cero” 

Llegamos a Ozzy Bar en la tarde. El administrador nos permite realizar las entrevistas en el segundo piso. Primero llegaron Omar y Jesús, de Salima, después, algo prevenida, subió Laura Suárez. Primero habló Jesús Salima fundador de la banda. Lleva 15 años en la música y en el 2013 se unió a Omar Pérez, conocido baterista en el mundo del rock.

La popularidad de esos años en Venezuela le han alcanzado para sobrevivir en Colombia. El 2 de junio de 2018 fue el primer toque y les fue bien, incluso los convocaron al Circuito Nacional de Rock en Florencia. Jesús y Omar percibieron a Bogotá como una ciudad rockera y empezaron a navegarla con su música. “Es difícil empezar de cero”, nos dijeron, “pero nos ha ido bien. Ya llevamos un año tocando y lo que estamos haciendo se está entrelazando con nuestras raíces en Venezuela. Estamos adaptando la música, creando nuevos formatos”.

A Laurexis Suárez la conocen como Lau Suárez en el el mundo de la música. Llegó hace unas semanas desde Trujillo, Venezuela. Desde hace 7 años canta y en su país hizo una carrera como solista, en la que exploró géneros como pop, indie y rock. Su identidad musical ahora está en construcción: “Dejé a la otra Laura atrás, la que no salía del país, la que no se atrevía. Estoy acá buscando posibilidades, no sé qué pueda pasar, pero era la mejor decisión. Yo vine pensando en sumar a la capital, en conocer su música, aprender”.

En tan solo una semana ha tenido experiencias difíciles. Le han tendido la mano, pero también le ha tocado pasar por episodios de xenofobia. En el bar Joshua le dijeron que ella tenía que recoger y lavar los platos que había ensuciado. Ella prefiere no hablar mucho sobre ese episodio: “tú no puedes llegar a un país cabizbajo. Tienes que creer en ti. Yo lo estoy dejando todo en el escenario, todo en esta ciudad”.

La escena en Bogotá 

Bogotá se caracteriza por ser un punto de convergencia entre personas de todo el país y ahora de países vecinos. Es diversa. Encontrar rock hecho por venezolanos no es tan difícil como pensábamos. Hablamos con algunos dueños de bares importantes de rock y todos coincidieronen que la escena está mutando, en que los migrantes están aportándole al rock bogotano.

Andres Malagón, administrador de Ozzy Bar –escenario con 21 años en vigencia– nos dijo que, a diferencia de otros lugares, en el bar no discriminan bandas por su origen. En los últimos meses se han presentado agrupaciones venezolanas. Lo que ellos hacen, dice, es “invitar a muchas bandas para que se presenten y el mismo público decide si las bandas se siguen presentando o no”.  Es consciente, además, de que este tipo de bares se convierten en escenarios de difusión cultural, por lo cual es importante sostener una apertura de ideas y propuestas.

Por otro lado, Alejandro Pulido, administrador de The Music Hall (TMH), nos dijo que las nuevas bandas de rock han aumentado vertiginosamente y, casualmente, esto coincide con la llegada de miles de venezolanos a Bogotá.  “Hemos estado aterrados de la cantidad de bandas emergentes y buenas, porque uno siempre tiene como referente en la cabeza las mismas bandas como La Derecha, Aterciopelados, 1280 almas. Detrás de esas bandas hay muchísimas que están surgiendo y no conocemos”. En eventos que han realizado, como ‘Hermoso Ruido’ o ‘Electro Fest Rock’, se han presentado grupos con integrantes venezolanos o de otras ciudades del país. El problema, como nos dijo, es que los grupos emergentes no tienen las suficientes herramientas para dar el salto a los grandes festivales.

The Music Hall Bogotá banda Mankind Heavy Metal. Foto: Cortesía TMH

Sin embargo, no en todos los bares existe esta apertura con los migrantes venezolanos. El director de El Cuervo, Miller Cruz, nos dijo tajantemente que no abriría la puerta a las bandas venezolanas, pues debe primar “el apoyo a las bandas colombianas”. En su bar, agregó, se hace “una curaduría pensando en lo local”. Cuando quisimos ahondar en el aporte de los migrantes a la cultura, nos dijo, reacio, que los venezolanos “deberían tener sus propios bares para tocar”.

Ese momento difícil de partir…

– ¿Cómo es migrar e intentar construir una nueva vida desde la música en Bogotá?

Omar Pérez, baterista de Salima, nos contó que trabajó cinco años en una empresa en Punto Fijo, Venezuela, como ingeniero mecánico. La empresa empezó a quebrar y pasó a trabajar como cocinero y músico, teniendo incluso cinco bandas al mismo tiempo. Laura Suárez trabajaba vendiendo cosas, así nos dijo, recorriendo Venezuela, buscando mejores destinos en el mismo país. Pero hubo un momento en el que en ninguna ciudad le ofrecía oportunidades. Sacó sus ahorros. El momento más difícil fue cuando su familia estuvo cinco días sin servicios y sin acceso a alimentos. Decidió migrar a Bogotá a intentar, como también lo hizo en su momento, construir otra vida desde la música.

En Bogotá no es fácil vivir, lo admiten. ¿Pero qué estaba pasando en Venezueuela? Omar lo dice claramente: “tenía una vida clase media, pero hubo un momento en el que no podía comprar ni siquiera unos zapatos. Trabajabas pero alcanzaba. Todo se está derramando, eso pensé. Estoy perdiendo mi vida, me estoy quemando. Voy a salir”. 

Laura Suárez. Foto: Miguel Ángel Salas – ¡Pacifista!

Hubo un momento en el que ni siquiera los zapatos eran una preocupación. Hoy, dice Omar, la cosa es mucho más complicada: “Antes había agua y luz, pero ahora mi familia me cuenta que el agua les llega cada 15 días. Cinco litros de agua cuestan más de 20 dólares. Todo se mueve en el mercado negro. También el control del gobierno era extremadamente duro. Si dices ‘Muere Chávez’ u ‘Odio a Chávez’ te meten preso”.

Laura quiso hablar sobre su familia pero no fue fácil. Se le quebró la voz en un momento. “Yo pensaba ¿por qué me tocó mi juventud con este gobierno? Es decir yo me acuerdo que los servicios eran muy económicos, subsidiados, pero ya fue un extremo donde la gente comenzó a ser derrochadora. Acá en Bogotá te tienes que bañar súper rápido. Los venezolanos hemos tenido muchas veces que salir del país para apreciar las cosas, abrir los ojos. Venezuela es hermoso, pero mentalmente está muy encochinado”.

Rock venezolano, un mundo que desconocemos

En la lista de bandas de rock latinoamericano que suenan en las emisoras colombianas es difícil escuchar grupos venezolanos. Quizás sonaron Los Amigos Invisibles o Caramelos de Cianuro hace unos años, pero no mucho más. No obstante, desde 1959 existen registros del rock en Venezuela con Los Impala como protagonistas, un grupo de Maracaibo que se inspiró en el movimiento musical de Estados Unidos previo a los sesentas.

En los años setenta el rock venezolano cambió de forma, la exploración artística desembocó en nuevos sonidos con agrupaciones como La Misma Gente y Vytas Brenner, banda que mezcló ritmos de jazz, space rock y folk. Con el rock en español surgiendo en Latinoamérica, salierona la luz otras bandas, como Pastel de Gente, La Cuarta Calle y El Zigui, los cuales no lograron sostenerse en el tiempo.

De todos los artistas, el que consiguió mantenerse con mayor solidez fue Vytaz Brenner, quien se diferenció del rock de la época con unas fusiones que no tienen nada que envidiarle al rock norteamericano.

Los ochenta y noventa marcaron un punto de quiebre en la historia del rock venezolano. En ese entonces, Soda Stereo, Caifanes, Sui Generis, entre otros, estaban tomando más fuerza que nunca, y la influencia se vio reflejada en lo que hicieron grupos como Seguridad Nacional, Sentimiento Muerto, Desorden Público e incluso Zapato 3, banda con una amplia trayectoria. Hoy en día es un referente del post punk en el país.

En 1991 surgió el Festival de Nuevas Bandas, el evento de rock y pop más antiguo de América Latina. De este escenario en Caracas nacieron y se proyectaron bandas como Claroscuro, La Muy Bestia Po, Los Gusanos, La Puta Eléctrica, La Calle y las emblemáticas: Los Amigos Invisibles y Caramelos de Cianuro.

Como las raíces de un gran árbol, el rock venezolano tomó nuevos matices: electro pop, metal, rock progresivo, emo, industrial, post punk, rock mestizo y otros géneros vanguardistas. Por lo menos en Caracas, las agrupaciones se han acercado al punk y a otros géneros que abren canales para hablar sobre la calle, sobre la realidad y la política, creciendo, a la par, con el movimiento del hip hop venezolano, uno de los más fuertes en el continente.

En las últimas dos décadas han surgido cientos de bandas que se han ubicado en diferentes subgéneros: Candy 66 es fuerte en el rock pesado, Los Pixel tienen un aire de neopunk; Los Mentas, exponentes en Rockabilly y la lista continúa. En toda esta cronología se han sostenido intactos Los Amigos Invisibles, hoy de gira en Latinoamérica y uno de los invitados especiales a Rock al Parque.

Sobre estas bandas y la llegada de nuevos músicos venezolanos a Bogotá, Rodolfo Vera, antropólogo de la Universidad de Antioquia e investigador en antropología de la música, nos dijo que Colombia y Venezuela comparten “muchas influencias musicales. La ola del rock en español tocó muy fuerte a los dos países. No olvidemos, además, que millones de colombianos viajaron a Venezuela buscando oportunidades y también incidieron en las movidas culturales. Cuando alguien va a otro país se lleva su cotidianidad, se lleva sus cosas, sus discos, y eso empieza a influir”.

Mientras se adaptan al país, Vera dice que la música “es como una válvula de escape de todas experiencias que tuvieron en Venezuela, por eso es muy interesante escucharlas, ponerle atención a las letras porque sin duda hablan de condiciones difíciles, de melancolía, pero lo hacen desde el arte. Es muy valioso. Están subsistiendo y transmitiendo cultura”.