Así es recibir lecciones de paz en una cárcel para mujeres Ilustración: Juan Ruíz.
Leer

Así es recibir lecciones de paz en una cárcel para mujeres

Silvia Margarita Méndez - Noviembre 8, 2018

#Divergentes | Lo que conocen sobre paz se limita a lo poco que escuchan en los medios. Sin embargo, para ellas no se trata de la firma de un acuerdo, sino del espacio que existe para las segundas oportunidades.

Compartir

Siempre que imaginaba una cárcel, pensaba en las noticias que uno ve casi a diario en la prensa: hacinamiento, violencia, drogas, corrupción. Pensaba en soledad, necesidad, miedo, aunque poco en segundas oportunidades. Tal vez porque así nos han formado o eso hemos escuchado, que la cárcel castiga y reprime más de lo que ayuda, y que después de pasar por una de estas no se vuelve a ser el mismo.

En la cárcel de mujeres El Buen Pastor, en Bogotá, hay 2.096 mujeres recluidas. De ese total 1.275 están sindicadas, es decir con medidas de precaución aunque sin haber recibido sentencia, y solo 821 están condenadas. Cuando desde la organización Rodeemos el Diálogo (ReD), que promueve el diálogo político para resolver conflictos de forma pacífica, me invitaron a pasar una mañana en esta cárcel para ver cómo era dictar una clase sobre el proceso de paz en Colombia a Personas Privadas de la Libertad (PPL), guardias y funcionarios del establecimiento no lo dudé ni un segundo.

“¿Lecciones de paz en una cárcel?”, pensé. Nunca había ido a una y más allá de lo que he leído de los medios de comunicación y las cartillas que sacaron sobre el proceso entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la antigua guerrilla de las Farc, tampoco nunca nadie me había dado una “clase sobre paz”. Si para ellas era algo nuevo para mí también, y con esa expectativa me fui a El Buen Pastor a la sesión número 11 del diplomado en Derechos Humanos que se está dictando desde hace unas semanas en cabeza de la Universidad Libertadores, voluntarios e Inpec (Instituto Nacional Penitenciario).

Este diplomado fue iniciativa de la profesora Ingrid Quintero, de la facultad de comunicaciones de la Libertadores y fue creado con la idea de aportar a la reconciliación, la no corrupción y la verdad a través de la educación en los lugares de reclusión del país. De acuerdo con Quintero, el convenio inició como un mecanismo de apoyo a lasprácticas profesionales de sus estudiantes, pero se ha venido desarrollando y fortaleciendo con la participación de diferentes voluntarios, oenegés y organizaciones como Naciones Unidas, abogados y especialistas en género.

Primer contacto

La cárcel para mujeres El Buen Pastor es un recinto de torres altas y puertas de acero compactas, y la seguridad se siente desde que uno cruza la estación de Transmilenio de la carrera 47 y luego camina por el pasaje destapado que da a las compuertas del recinto. No eran ni siquiera las siete de la mañana y las guardias ya estaban iniciando requisas. A mi entrada, junto con las tres personas de ReD, me advirtieron que si tenía alguna correa, moneda o buso con capota, no podía ingresar. Pasamos el primer filtro, dejamos las maletas, los celulares y cualquier otro objeto electrónico que tuviéramos y nos dispusimos a pasar el siguiente. Nos pidieron cédula, otro tipo de identificación, nos volvieron a requisar y nos tomaron las huellas. Luego, en el último, nos sellaron las muñecas de las manos tres veces y nos hicieron quitar los zapatos.

Muy a pesar de las ya conocidas malas condiciones de los centros de reclusión en el país este parecía diferente. Un corredor de baldosa verde, extenso y oscuro es lo primero que vi al entrar a la cárcel, y a sus costados las rejas de cada patio con ropa de colores extendida sobre los ventanales desde el interior de las celdas. Al fondo, un amplio patio con una tarima de madera y hierro en la mitad y una cancha y un parque a su alrededor.

El ambiente parecía organizado, amable y tranquilo. En uno de los costados del extenso patio se veía la capilla de la cárcel, un salón gigante en el que además de servir para eucaristías también hace de anfitrión en reuniones especiales y actividades extracurriculares. Justo ahí alrededor de 60 personas reciben las clases del diplomado de Derechos Humanos, pero el día que visité El Buen Pastor estaban de fiesta y toda la zona estaba repleta de mujeres disfrazadas, vestidas de particular, sonriendo, ofreciendo comida y artículos producto de manualidades que hacen en los 14 talleres que ofrece el Inpec en el establecimiento. ¿El motivo? La cárcel había organizado una feria en la que las reclusas comparten con su familia y amigos al tiempo que venden sus productos: camisas, bisutería, alcancías, abrigos, cojines, lencería, porcelanas, galletas.

Luego de cruzar por la feria nos llevaron a un sótano en donde había un salón con pupitres y un proyector, pues los administrativos del penal decidieron cambiar el lugar tradicional de las clases debido a la música y el ruido. Bajamos unas escaleras y después de un pasillo frío, y muy corto, entramos en un cuarto lleno de guardias, reclusas y personal carcelario. En menos de diez minutos, casi 35 personas sentadas y un poco más de 12 paradas, los tres miembros de ReD preguntaron si estaban listos para recibir clase. Como niños, casi en coro todos respondieron afirmativamente, levantando sus libretas de apuntes y acomodándose para escuchar con atención.

Yo me senté en la primera fila, justo al lado del computador, en la esquina derecha del salón. En frente de la mesa del profesor y diagonal al tablero de clase. Tenía la vista de todo el lugar y no fue difícil darme cuenta de ciertos detalles: todas las mujeres, guardias o reclusas, estaban perfectamente arregladas y los pocos hombres que estaban presentes parecían ser administrativos. Había otro grupo de mujeres con chaleco azul que me parecieron curiosas, pero luego me dijeron que eran las líderes de Derechos Humanos de cada pabellón y que ellas, al igual que todas las PPL que estaban cursando el diplomado, hacían parte del programa voluntario nacional para la prevención del delito Delinquir no paga: la libertad no tiene precio, que tiene actualmente más de 49.000 participantes en todo el territorio nacional.

Una clase de paz en El Buen Pastor

La clase inició cerca de las ocho de la mañana a cargo de Beatriz Vejarano, Rafael Rojas y María Eugenia Díaz, los tres líderes de ReD. Empezaron con algunas preguntas que pretendían dar un primer abordaje al tema con el fin de tener una idea de los sentimientos que los alumnos tenían del acuerdo para la terminación del conflicto entre el gobierno y las Farc: “¿Qué saben del acuerdo de paz?”, “¿Cómo se han informado?”, “¿Qué sentimiento les produce la negociación?”, “¿Qué esperan de esta charla?”, cuestionaban desde ReD.

En grupos de dos máximo tres –incluyéndome– empezamos a responder y luego socializamos las conclusiones. A mi lado se encontraba Leidy Castro, una mujer de aproximadamente 37 años que estaba condenada a diez años de prisión de los cuales ya ha cumplido cuatro y medio. Me dijo que del acuerdo de paz sabía solo lo que había visto en las noticias cuando tenían oportunidad de enterarse de algunas de ellas pero que, aun con toda la desinformación que hay “detrás de las rejas” sentía esperanza y deseaba saber más. Castro entró a El Buen Pastor a finales de 2013, luego de ser detenida por tráfico de estupefacientes en el aeropuerto El Dorado y cuenta que trabajaba en el muelle de carga cuando la capturaron por intentar pasar un cargamento con cocaína. Dice que fue víctima de engaño por parte de un novio que tenía en la época, quien le pidió ayuda con un pedido de supuestas flores que debía hacer llegar al exterior.

Leidy también me dijo que a pesar de lo poco que conocían sobre el acuerdo de paz, en la cárcel hubo un tiempo en el que se sintió ilusión. “Muchas pensaban que el acuerdo de paz iba a hacer que a ellas también las perdonaran y que les iban a reducir penas o dar salida”. No habíamos terminado de hablar cuando todos empezaron a compartir su sentir en voz alta. Unos concordaron con Castro y hablaban de esperanza y alegría, pero la mayoría expresaron sentimientos de rabia, insatisfacción, confusión e inseguridad.

Con sorpresa comencé a oír a muchos reclamar por no haber participado del plebiscito de 2016 y a otros hablando incluso de cifras “3.000 de los aproximadamente 5.000 hombres que de desmovilizaron han salido de sus zonas veredales y los líderes de la antigua guerrilla no se han presentado a la JEP”. También sacaron a la luz la violencia que se está dando alrededor del liderazgo social en Colombia pero aún así, con todo esto, insistían en que creían en el cambio de una sociedad y en la resocialización.

Luego de esta actividad los ponentes explicaron el panorama general de la guerra en Colombia: el origen del conflicto, los pasos hacia un acuerdo final de paz con la guerrilla más antigua del país y en qué va la implementación de este acuerdo en la actualidad. Querían, y así lo decían con insistencia, que las poblaciones que no pudieron participar activamente del proceso lo comprendieran en su totalidad. “La desigualdad en el acceso a la tierra, la violencia bipartidista y la falta de espacios de participación política le dieron inicio a lo que se conoció como conflicto armado en Colombia”, decía Beatriz Bejarano al repasar un poco de historia al inicio de la clase.

Durante dos horas se habló de negociaciones anteriores, narcotráfico, crímenes de Estado, víctimas y participación ciudadana. También sobre los seis puntos que se acordaron en La Habana y los errores políticos que Juan Manuel Santos cometió en su intensa negociación, entre ellos firmar el acuerdo en Cartagena sin haber llevado a cabo antes el plebiscito. En cada intervención todos se escuchaban atentos unos a otros y con el tiempo la confianza se tomó el ambiente. Algunos, incluso, aseguraron ser víctimas y daban gracias por la información. Todo fluyó. No se sentían tensiones pese a la diferencia de poderes que había entre los participantes.

Cuando hubo un pequeño descanso, mientras se realizaba la última parte de la clase, pude hablar con otras reclusas. Julieth Escobar, una mujer de piel morena, cabello rubio y rojizo y uñas fosforescentes, aseguró que pensar en la oportunidad que tuvieron los guerrilleros de abandonar el conflicto la hizo reflexionar sobre la vida y el perdón. “Uno tiene que generar testimonio y desde acá adentro semilla de prevención. Esta es nuestra oportunidad y debemos tomarla así como la tomaron los que se desmovilizaron y salieron del monte”, me contó.

Gloria Pérez, una de las líderes de Derechos Humanos de los pabellones, esas que andan con chalecos azules por los pasillos, por su parte me manifestó que para ella la paz es lograr comprometerse cada día más con las necesidades de sus compañeras: “Ser facilitadora de las necesidades de las PPL, del hacinamiento que sufrimos, de la mala comida, de las difíciles condiciones sociales que tenemos que enfrentar es una causa que también deja su granito de arena en la construcción de paz porque enseñamos que el camino es el diálogo”, indicó.

En el tiempo de descanso –unos 15 minutos en total– recorrí de nuevo el patio, observando con gusto la alegría de las decenas de mujeres que con orgullo mostraban sus creaciones en cada cubículo de la feria. Hacia las 10:30 a.m. empezó a llegar más gente a la actividad y para la segunda parte de la clase a J Balvin ya lo venían coreando varias al entrar. La clase finalizó con un juego de roles. En este los alumnos se organizaban en pequeños grupos y asumían un actor del conflicto. El reto era definir qué aporte debería ofrecer cada uno de estos al país y cómo esto ayudaría a construir paz. Este, quizás, fue el momento en el que se tocaron más vibras.

Unos hicieron de Fuerza Pública, otros de oposición, de iglesia, gobierno, y otros de medios de comunicación, víctimas y sociedad civil. Al inicio todos comenzaron siendo un poco ajenos pero con el desarrollo del juego todos comenzaron a sentirse identificado. Los que hicieron de víctimas pidieron saber la verdad sobre sus tierras, sobre sus familias, sus desaparecidos. Sin embargo, dijeron que tenían miedo de reclamar por temor a ser amedrentados.

La oposición habló de reparación colectiva, de conocer los acuerdos y de saber escuchar al otro. Los que hicieron de iglesia comentaron que querían generar “influencia” pero a través de la consciencia, el perdón y la reconciliación, y los que nos reemplazaron como medios de comunicación reflexionaron sobre el lenguaje que se utiliza para manifestar las necesidades de una comunidad y el sentido de trabajo en grupo en cualquier tipo de concertación.

Para Sandra Lizarazo, psicóloga y directora del Inpec en El Buen Pastor, este tipo de actividades también están fortaleciendo en ellas el manejo del tiempo, la apertura a la lectura y la prevención del delito. “Es una pena que semestralmente solo haya cupos para aproximadamente 30 PPL, pero el objetivo es ampliarlo cada año”, explicó.

Ver todo esto me hizo sentir esperanzada. No es fácil mantenerse positivo en un país en donde la guerra parece viva todavía. Solo por nombrar unos ejemplos, el Catatumbo sigue padeciendo la violencia y a los grupos armados, Tumaco tiene la cifra más alta de cultivos de coca sembrados en todo el país; la gente del Bajo Atrato no descansa de intimidaciones y el contador de líderes asesinados que llevamos en ¡Pacifista! ya marca 141 muertes desde que comenzó la implementación del acuerdo de paz con las Farc.

Aún así, en un lugar en donde la paz parece utopía, vi alegría, voluntad, buen trato y aceptación. Vi ganas de seguir adelante y de aprender. Al parecer, aunque los problemas abunden en un lugar como Colombia o en una cárcel como el buen pastor, siempre hay espacio para alguien dispuesto a dar la batalla, a transformar realidades.