¿Qué pasaría si los líderes sociales fueran tan importantes como la selección?
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¿Qué pasaría si los líderes sociales fueran tan importantes como la selección?

Colaborador ¡Pacifista! - Julio 6, 2018

Por: David Díaz  OPINIÓN |Cuando hablamos de los líderes sociales asesinados, algo del fervor nacional se quiebra. Ya no nos sentimos tan unidos. El amor a Colombia deja de sentirse.

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Ilustración: Juan Ruiz

En Colombia, el muerto al hoyo y el vivo al baile. El baile que nos gusta bailar es con el que la Selección Colombia celebra los goles en el mundial, el pasito convulsivo de Yerry Mina o Camilo Zúñiga que nos libra de la responsabilidad de reconocer y recordar los muertos. El problema no es que bailemos y celebremos y nos sintamos orgullosos de la Selección. El problema es que, tan unidos para la fiesta, nos podemos quedar bailando eternamente la eterna parranda, aunque escuchemos el eco de los disparos con los que se están matando a los líderes sociales del país, aunque los hoyos se llenen y los muertos nos rodeen.

Cuando hablamos de los líderes sociales asesinados algo del fervor nacional se quiebra. Ya no nos sentimos tan unidos. El amor a Colombia deja de sentirse. Las muertes de los líderes sociales de las comunidades donde el Estado no tiene una presencia efectiva no nos convocan. De ahí que llamemos a la Selección “nuestra” Selección, a sus jugadores “nuestros” muchachos, mientras que nuestros líderes sociales son “los” líderes sociales de Colombia. La Selección es Colombia, los líderes son “de” Colombia.

El país, con sus muertos, se desdibuja, se convierte de nuevo en una abstracción impersonal donde vive gente a la que no conocemos que, sistemáticamente, está siendo asesinada. Gente que, dentro de sus comunidades, lidera procesos de reconciliación, identidad y empoderamiento. Líderes sociales de o en Colombia. Es difícil, como que no sale espontáneamente, decir que son nuestros líderes. Y así nos parece muy fácil decir que Colombia gana cuando la Selección gana, pero no decimos que Colombia pierde cuando mueren líderes de veredas que no sabíamos que existían.

Pero no es que seamos incapaces de indignarnos por lo que nos pasa a los colombianos. Nos indignamos cuando algún colombiano nos hace quedar mal en el exterior. Sobre todo, cuando sentimos que nuestra imagen, digna y loable para el primer mundo, puede convertirse de nuevo en un amasijo informe tercermundista. Nos indigna que en Rusia piensen que, por un colombiano que ha tratado como un patán a una mujer, Colombia es un país de bárbaros, de brutos. En ese momento nos indignamos, y tanta es la presión mediática que el tipo tiene que hablar públicamente pidiéndole perdón al país y al mundo, al país por haberlo hecho quedar y sentir mal, y al mundo para que no piense que los colombianos son unos patanes. Como cuando se le pide perdón al jefe para que no lo despida, cuando se le hace una reverencia al patrón para que sienta que se le trata con respeto y miedo.

En cambio, nos cuesta indignarnos con nuestros propios asuntos. Cuando entre nosotros nos matamos. Entre otras cosas porque nadie, afuera, nos está viendo. Por lo general, tiene que pronunciarse la ONU u otro organismo internacional sobre la muerte de líderes sociales para que le pongamos atención. Es como si necesitáramos de alguien de afuera que nos diga que esos líderes no se mueren porque tienen gripa o son infieles a sus parejas.

El amor por la camiseta tiene su límite cuando nos miramos entre nosotros, entre nuestros muertos, cuando nos preguntamos y nos intentamos responder. En el momento en que nos enfrentamos al espejo con nuestros fantasmas y les preguntamos por su identidad, ya no es tan claro qué es ser colombiano, ni cómo serlo. Cuando apoyamos a la Selección, nos sentimos seguros de nuestra identidad colectiva. Pero cuando miramos a nuestros muertos en nuestro territorio nuestra identidad colectiva se diluye.

No deberíamos esperar a que algún extranjero nos diga qué hacer, a que nos diga si lo que está pasando en Colombia es verdad o es apenas una sucesión de eventos desafortunados y sobrenaturales. Deberíamos ser capaces de bailar, sí, y celebrar los goles de la Selección, alegrarnos por sus triunfos y llorar por sus derrotas. Pero también de entender que se puede bailar recordando y reconociendo a nuestros muertos, dignificándolos y sintiéndolos. Un baile para el mundo, pero también un baile para nosotros, como al que nos atrevemos cuando estamos solos frente al espejo. Un baile con los muertos que nos ponga en ridículo frente a nosotros mismos, pero que nos haga mejorar.