Así se vivió el paro armado en el Catatumbo | ¡PACIFISTA!
Así se vivió el paro armado en el Catatumbo Ilustración: Juan Ruiz
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Así se vivió el paro armado en el Catatumbo

Colaborador ¡Pacifista! - Febrero 26, 2020

Vehículos quemados en carreteras, desabastecimiento de alimentos y confinamiento. Esta es una crónica de cómo transcurrió el paro armado decretado por el Eln y el Epl en esta región de Norte de Santander.

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Angustia, incertidumbre, desesperanza e impotencia. Todo eso tuvo el aire que se respiró en el Catatumbo durante el paro armado que decretó el Eln entre el 14 y el 17 de febrero. El Epl, otro de los grupos armados ilegales que siembran el miedo en esa región de Norte de Santander, también contribuyó a ese malestar con su propio paro, que empezó el 12 y terminó apenas el martes de esta semana.

Se vieron calles desoladas, tiendas cerradas y miradas tímidas entre las rendijas de las puertas de pueblos como Ábrego, Hacarí, Playa de Belén y Ocaña. Esa ley del silencio es el resultado de los enfrentamientos de todos los días entre esos grupos y el Ejército. Además, aquí confluyen males históricos como el narcotráfico desaforado, la minería ilegal y bandas paramilitares.

Yineth Álvarez* se lamenta. Es comerciante en Ocaña y vio con esperanza la llegada del posconflicto al Catatumbo. Pensó que era el fin de los combates, las quemas de carros, los desplazamientos, los secuestros extorsivos y los asesinatos. Pero esas son las noticias diarias, especialmente en las últimas semanas. “Los grupos deben sentarse a dialogar. Son narcoterroristas que afectan a la población civil. Estamos cansados de sus acciones, queremos vivir en paz en un territorio tan rico como este”.

 

El Epl y el Eln advirtieron que quemarían cualquier vehículo que recorriera las carreteras del Catatumbo durante el paro.

 

Esa desilusión la comparte Ramiro González*, agricultor de Ábrego. Trata de entender por qué esos grupos armados u otros como el Clan de Golfo, las disidencias de las Farc, Los Pelusos y Los Ratrojos perjudican a campesinos como él, que solo se ganan la vida cultivando legumbres. Este paro no solo le impidió movilizarse tranquilamente por la región, sino también le hizo perder sus cosechas. “Necesitamos vivir en paz y armonía para que nuestros hijos puedan cumplir sus sueños”, pidió desde su finca, así los armados no lo escuchen.

El confinamiento en el Catatumbo fue para todos. Para comerciantes, campesinos, profesores, transportadores. Para todos. Incluso para quienes salieron de sus veredas en los días del paro porque debían ir al médico. “A algunos les tocó dormir a las afueras del hospital y otros se quedaron cerca del coliseo Argelino Durán Quintero. Era riesgoso que regresaran a sus casas”, señaló un líder social de Ocaña que los asistió con comida y cobijas.

Por ese encierro obligatorio también se cancelaron las clases. Ningún maestro se atrevió a ir hasta las escuelas rurales o los colegios de las cabeceras municipales. No querían exponer sus vidas ni las de sus alumnos.

Nelson Aguirre* es profesor de un colegio de Hacarí. Ha sido testigo de cómo los grupos armados han perjudicado la labor de los docentes en la región y cómo amenazan la integridad de los niños y jóvenes. “Los padres de familia temen enviar a sus hijos a las clases porque en medio del conflicto se han dejado artefactos explosivos en los alrededores de los planteles educativos”. De hecho, un colega suyo perdió la pierna derecha tras pisar una mina antipersonal que abandonaron a las afueras de una escuela de la vereda San Cayetano. Estaba jugando fútbol con sus estudiantes y alguno botó lejos el balón, el profe fue por él y ahí pisó la mina que le desapareció la pierna.

 

Así se veían las calles de Hacarí en los días del paro. Desolado, comercio cerrado y zozobra.

 

Desafiar el paro

 

Cualquier vehículo que transitara por las carreteras del Catatumbo sería quemado. Es fue la advertencia que lanzaron el Eln y el Epl cuando anunciaron el paro armado. Las empresas de transporte prefirieron cancelar sus servicios. No se movieron pasajeros y los camiones de carga no trabajaron. De todas formas, el 13 de febrero varias motos y carros fueron incinerados en las vías Teorema-Ocaña y Convención-Ocaña.

La escasez de alimentos y las pérdidas de mercancías o cosechas llevó a que cerca de 30 conductores se propusieran desafiar el paro. A pesar del miedo, prendieron los motores de sus camiones y se arriesgaron a llevar carga para ayudar a sus comunidades.

“En los días de parálisis, los labriegos perdieron las cosechas. Eso a futuro nos llevará a una crisis económica”, explicó uno de los conductores que se arriesgó a salir por las carreteras de la región. No le falta razón, Catatumbo es la despensa agrícola de Norte de Santander y suministra alimentos a varias poblaciones de la Costa Caribe.

 

El 13 de febrero fueron incinerados varios vehículos en las vías Teorema-Ocaña y Convención-Ocaña.

 

El director ejecutivo de la Cámara de Comercio de Ocaña, Rubén Darío Álvarez, dice que las pérdidas económicas por el paro son incalculables y será difícil que los comerciantes del Catatumbo se recuperen de ese coletazo de violencia tan pronto.

“En Ocaña se sintió fuertemente el desabastecimiento de productos; y qué decir en el resto de municipios. Se disminuyó la dinámica comercial ya que muchos por el terror cerraron los establecimientos”.

El Comité Internacional de la Cruz Roja se movilizó hasta la vereda Potrero Nuevo, en Ábrego, debido al confinamiento de 2.200 campesinos que se refugiaban de los combates de las últimas semanas. Los carros blancos con la insignia roja tuvieron que saltarse la advertencia porque no había otra manera de llevar alimentos y productos básicos. Era una crisis humanitaria en la que los habitantes incluso soportaron hambre en medio de los disparos.

 

La génesis de la reciente crisis

 

El paro armado es solo un desenlace que cualquiera esperaría con los antecedentes más recientes. El primer campanazo de alerta de la aguda crisis humanitaria que vivió recientemente en el Catatumbo se escuchó el 3 de febrero en la vereda La Arenosa, de Ábrego, donde enfrentamientos ocasionaron la salida de 236 campesinos hacia una escuela rural del municipio de Bucarasica. “Los líderes comunales señalan que en las bocatomas para acceder al agua, los senderos e incluso cerca a las escuelas se han sembrado minas antipersona, lo que pone el riesgo a la población”, denunció en su momento Juan Carlos Jácome, alcalde de Ábrego.

Días después, el Epl quemó tres tractomulas en la carretera Ocaña-Cúcuta, puntualmente en los sitios conocidos como El Tarrita y La Sanjuana. Esto inmediatamente despertó zozobra en el gremio transportador. Cuando ya el temor era generalizado, el Epl cerró la vía de acceso a Hacarí y comenzaron los días de encierro y zozobra.

 

 

En ese pulso de poderes, el Eln vio que le estaban tomando ventaja y no se quedó atrás. Se trata de enviar el mensaje de “quién manda” en la región. Los elenos quisieron demostrar que tienen influencia sobre la zona atravesando un taxi incinerado en la vía al aeropuerto de Aguas Claras, de Ocaña, y tumbando torres de telefonía celular cerca a la carretera que conduce hacia el sur del Cesar. Además, hirieron al soldado Diomar Said Villán Botello en Ábrego y asesinaron al suboficial Norvey Felipe Palacios en Convención.

Las autoridades tuvieron que instalar un Puesto de Mando Unificado en Ocaña. Desde ahí se anunció el aumento del pie de fuerza para neutralizar a los grupos armados: una respuesta que siempre escuchan los pobladores del Catatumbo cada vez que se arrecia la violencia. Sienten frustración de que la vía militar sea la primera medida que toma el Estado. Esto empeora cuando altos funcionarios, como el comisionado de Paz Miguel Ceballos, dicen que no se trató un paro armado, sino una amenaza a la tranquilidad. Los líderes de la región se preguntan: ¿por qué se minimiza la situación de orden público cuando lo que se requiere es presencia estatal para frenar la violencia?

 

Los llamados a la paz

                      

De nada ha servido el clamor de los integrantes de la Asociación de Municipios de la Provincia de Ocaña, desde donde los alcaldes y las organizaciones sociales exigieron la exclusión de la población civil de la confrontación armada.

Deivy Bayona Guerrero, alcalde de Hacarí, les pidió a los grupos armados que cesen sus actividades, ya que los habitantes no tienen la culpa de ese conflicto. “Y al Gobierno quiero pedirle una mirada hacia el Catatumbo, con una mayor inversión social. Buscar mecanismos para propiciar diálogos de paz en esta región que se desangra”.

El obispo de la diócesis de Ocaña, monseñor Gabriel Ángel Villa, se sumó a esos deseos para la convivencia pacífica y conformó la Comisión de Reconciliación y la Paz, con el fin de apaciguar los ánimos caldeados.

“La única salida es el diálogo, la violencia engendra violencia”.

 

Panorámica de Hacarí, uno de los municipios más afectados durante el paro armado.

 

El Defensor Regional del Pueblo, Diógenes Quintero Amaya, recordó que desde el año pasado están encendidas las alertas tempranas. “Las ayudas son momentáneas para solventar la crisis humanitaria, pero se requiere programas estructurales para restituir el tejido social”.

Pero el principal llamado a la paz lo hacen los campesinos, transportadores, docentes y líderes sociales. A Orlando Bermúdez* le quemaron una camioneta durante el paro. Llevaba 150 cajas de panela. El Epl lo detuvo y le prendió fuego al vehículo en plena carretera.

“Me da rabia que el trabajo del campesino les valga mierda a estos grupos y al Gobierno”, confesó con rabia. Así suena también la impotencia de los habitantes del Catatumbo, quienes pareciera que viven en una jaula invisible.

*Los nombres fueron cambiados por seguridad de las fuentes.