'Lucho porque el territorio sea libre y no siga manchado de sangre': Lolita Chávez | ¡PACIFISTA!
‘Lucho porque el territorio sea libre y no siga manchado de sangre’: Lolita Chávez Lolita Chávez. Foto por: Moreno Blanco
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‘Lucho porque el territorio sea libre y no siga manchado de sangre’: Lolita Chávez

Colaborador ¡Pacifista! - abril 5, 2019

Aura Lolita Chávez Ixcaquic, feminista, líder indígena, activista por la preservación de los recursos naturales y defensora de los derechos humanos en Guatemala, hace un llamado a los defensores y defensoras de la tierra.

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Por: Tatiana Rojas

Desde Barcelona, España país donde se encuentra refugiada desde 2017, no sé olvida de sus compañeros quien hoy defienden a capa y espada el territorio. En esta entrevista, cuenta el por qué sigue en pie de guerra contra las empresas transnacionales.

—Yo mamé la rebeldía y mamé la revolución -exclama Aura Lolita Chávez Ixcaquic, líder feminista y defensora de los derechos humanos en Guatemala, desde un bar en Barcelona.

Lolita apenas pasa el metro cincuenta. Tiene piel morena, el pelo negrísimo, sonrisa candorosa y pura sangre maya.

Hablar de Guatemala es hablar de Lolita. Ella es la lideresa de los pueblos K’iche.

“K’i” significa muchos.

“Che” significa árboles.

Juntas las palabras quieren decir “defensa de la vida y el territorio”.

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—Recuerdo mucho a mi mamá revolucionaria. Recuerdo sus canciones, sus luchas y cómo se vestía. Por eso, yo siempre digo: “yo mamé la rebeldía y mamé la revolución”.

Su voz es fuerte y habla con precisión y fluidez. De hecho, aclara que esa es su arma:

—Mi voz es una voz libre. Sin compromiso con ninguna empresa, comprometida con mi pueblo, mi vida y la vida de la humanidad.

Eso dice en un bar de El Raval, corazón de Barcelona, mientras una pareja se come a besos, en otra mesa. Lolita con sus ojos humedecidos y midiendo cada palabra que dice, como la profesora que es, evoca cómo fueron sus inicios. Lolita nunca se calla. Siempre sonríe. Y siempre tiene abiertos varios frentes de lucha.

Cuando niña, sufrió situaciones de violencia extrema: no se le permitía hablar y mucho menos decidir por su cuenta. Lo que nunca imaginó es que cada una de esas escenas marcarían profundamente su vida y la harían convertirse en una defensora empedernida de los derechos de las mujeres.

Nació en Santa Cruz del Quiché, Guatemala. Tiene 46 años y es la menor de cuatro hermanos. Tiene recuerdos vagos de su padre. Su madre fue quien le dejó el legado. En su adolescencia, conoció al amor de su vida: Eric, con quien se casó y tuvo dos hijos: Karen y Fernando. Sus inicios como defensora se entrelazaron al caminar los pueblos y al hablar con la gente para entender sus preocupaciones. En principio, fueron asambleas, el voz a voz, autoconvocarse unos con otros hasta que fueron creando su propia determinación. Como lo define ella: una articulación.

—En un principio, no teníamos claro qué licencias estaban sobre nuestro territorio. Cuando otros pueblos son afectados nos convertimos en pueblos hermanos. Nos apoyamos mutuamente. Un día, nos llegó la noticia de que hermanos y hermanas nos pedían auxilio: su territorio estaba siendo afectado por la empresa de ‘La Mina Marlin’ y otro pueblo, atacado por una empresa cementera. Decidimos que teníamos que levantarnos. Nosotros ya veníamos mostrándonos en contra del Tratado de Libre Comercio (TLC) porque mi pueblo siempre ha sido atacado por Estados Unidos.

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Desde esa primera alianza en 2007, cambió el rumbo de su historia para siempre. Formaron el Consejo de Pueblos K’iche’s por la Defensa de la Vida, Madre Naturaleza, Tierra y Territorio (CPK) del pueblo quiché para enfrentar los efectos del Tratado de Libre Comercio entre América Central y Estados Unidos. Esta organización se define como «un conjunto de comunidades que se han organizado para defender sus territorios, su derecho de autodeterminación y también los derechos a la vida tal y como la desean los pueblos indígenas».

Su pelea no ha sido sólo en los pueblos de K’iche, sino que ha vibrado en toda Latinoamérica y Europa. Su activismo tampoco es sólo con la palabra, también con su cuerpo.

El 4 de julio de 2012, asistió a una manifestación pacífica contra el alcalde de Santa Cruz del Quiché, miembro del Partido Patriota. Al volver, su bus sufrió el ataque de un grupo de hombres armados con machetes, cuchillos y de bastones. Cuatro mujeres fueron heridas.

Fue la primera de una cadena de amenazas que duró cinco años.

 

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Según La Organización de las Naciones Unidas, Centroamérica está considerado como una de las regiones más peligrosas para ser mujer. En el caso de Guatemala, las dimensiones son especialmente devastadoras. La violencia contra las mujeres indígenas se agudiza más por las condiciones de desigualdad, racismo y discriminación que tienen que afrontar diariamente.

En el listado de los mejores países para ser mujer del US News & World Report 2019, Guatemala ocupa el lugar 75 de un total de 80 países y se encuentra de primeras en el listado de los peores países de América Latina seguido por Colombia, Ecuador y México. Durante el 2018 se registraron más de 6,257 muertes violentas de mujeres, la mayoría sufrieron agresiones sexuales de acuerdo con el Instituto Nacional de Ciencias Forenses del país centroamericano.

Además, América Latina se convierte en la región más peligrosa para los defensores de la tierra y el medio ambiente. Según el informe publicado por Global Witness y el diario británico The Guardian, hubo un total de 197 ambientalistas asesinados en todo el mundo durante el año 2017. De ese número, 116 personas murieron en países del continente Latinoamericano.

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Lolita Chávez. Foto por: Moreno Blanco

—Yo digo que son más de cinco intentos de asesinato porque hay algunos que no los cuento -dice con risa nerviosa.

No fueron cualquier tipo de ataques. Eran ataques muy cerca, directos que lleva cargados en su espalda.

—Cuando tú escuchas las balas que van contra ti y la sensación de la gente que te ve en la calle y te dice: Lolita, cuídate por favor, te van a matar’ o ‘te puse una vela para que no te maten’ o en el peor de los casos, me dicen: ‘Ay, pensé que te habían matado, ¿no eres tú la que mataron?” –comenta, mientras ríe y suspira.

Desde 2017, se encuentra refugiada en España.

Ella supo que tenía que salir de Guatemala, después del atentado del 7 de junio de 2017, cuando salió a hacer su servicio comunitario de autoridad para la verificación del traslado de árboles y determinar que no se hiciera de forma ilegal.

—Yo fui a hacer mi trabajo, el Estado se ausentó y llegaron los sicarios: eran más o menos de 10 a 15, se bajaron de un vehículo y venían armados. Nosotros estábamos en la calle y dicen: vienen sicarios y te van a perseguir, ya me habían amenazado mucho. Tratan de evacuarme y cuando íbamos a nuestros resguardos que son en la montaña, nos disparan. Ahí fue cuando se me movió todo y me dije: una bala adentro o yo afuera del territorio, ¿qué quiero?

En ese momento Lolita huyó con Fernando, su hijo menor. Tuvo la última comunicación con su hija Karen, su marido y su familia. Consultó a sus compañeros, compañeras y la asamblea del consejo para tomar la decisión. Ella expresaba que no quería marcharse mientras su pueblo le suplicaba que lo hiciera.

—Es un dolor de montaña, así lo llamamos.

Aún así no tiene ninguna intención de renunciar. Lolita no se calla. A veces tiene miedo, pero siempre toma fuerzas del “agua, el fuego y la tierra”, como le ha enseñado su pueblo.

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Cuando Lolita llegó a Europa, no se olvidó de dónde venía y a qué venía. Sus raíces son imposibles de olvidar, hacen eco aquí, allá y en cualquier punto de la madre tierra.

—Aquí me da tanta risa porque se complejizan tanto, a veces ponen tanto problema y yo pregunto: ¿Qué pasa? porque allá nosotros si estamos realmente asustados, porque nos van a encarcelar o a matar, nos falta comida, salud. Me responden con malas palabras: “Es que no baja este puto ascensor”. Yo me quedo pensando…. y son otros mundos.

Inmigrar tiene eso. Es entrar a una cueva a lo desconocido. Es difícil que uno encuentre su lugar en ella y que no tenga miedo, pero siempre se está dispuesta a jugárselo todo.

—Extraño los lugares, los caminos que tenemos en las montañas. Aquí hay pero es diferente la energía. Extraño a mi familia, los diálogos con mis hijos: Karen y Fernando y estar con mi compañero que es payaso. Mi hijo estuvo aquí y no le gustó. Yo juré que le iba a gustar la modernidad pero no fue así: él sí pudo volver.

Por primera vez, su voz se quiebra.

—Necesito mi fuego, la ceremonia Maya. La comida aquí es rica, pero extraño mis tortillas, el frijol y aquí no me entienden.

Hay silencio. Mucho silencio. Y me atrevo a preguntar:

—¿Qué no te gusta de Europa?

Lolita busca las palabras adecuadas para responder y lo hace sin tanto drama.

—El individualismo, el consumismo, la patanería de sentirse superiores a mi gente que está aquí: porque aquí cuando encuentro una compita nos abrazamos mucho, sentimos que nos conocemos de por vida y yo quiero sentir esa sensación con la gente aquí. Acá hay gente linda, pero algo pasa que no se mueven. A veces siento que es la supremacía. Ellos siguen creyendo que son supremos a otros mundos y eso también les hace daño porque no los deja ser y no se dejan sentir.

Me gustaría decirle que también siento lo mismo.

***

—Me considero feminista, pero una feminista crítica. Interpelo a feminismos que quieran imponer sus ideas e ideologías porque van a hacer más de lo mismo. Las imposiciones nunca logran nada. Busco feminismo plurales, territoriales, de vida, de diferentes pueblos, pero no clasistas. La gente privilegiada que se llama feminista y no acuerpa sus luchas por el agua, no creo que sea feminista. Siento que podría haber feminismos en la pluralidad, feminismos más de pueblos, populares y no de instituciones, de empresas.

Esta tarde, Lolita reconoce lo que tiene delante y la guerra que ha tenido que vivir para llegar aquí. No olvida a los defensores y defensoras que han muerto en el campo de batalla.

Con las manos entrelazadas, como quien está lista para exponer frente a su pueblo, hace un llamado:

—A las defensoras y defensores que están en los territorios les digo que celebro sus caminos, que saludo sus vidas, que no se sientan solos y solas, que tenemos caminos y en los caminos nos vamos a encontrar. Que honremos la vida de los que han sido asesinados, torturados y encarcelados. Y que no queda otra alternativa más que luchar por la liberación de nuestros territorios -insiste.

Ni los besos de la pareja enamorada, ni la soledad del bar, ni la lluvia que cae son impedimento para que Lolita se ría, recuerde su lucha y sea la esperanza de Guatemala, de Latinoamérica.

Así, sin aspavientos, grita con toda su fuerza para que la escuchen hasta allá:

—No quiero ir a la cárcel porque me han dicho que me van a violar. No quiero vincular mi vida con la violencia y quiero ir con certeza. Quiero ser guerrera, pero con certeza. Si algo me pasa, el Estado es responsable, pero también quienes no se vincularon a esa responsabilidad. Por eso, llamo a Europa a que asuma su responsabilidad, porque las empresas están saliendo de aquí. Voy a luchar porque no vaya a la cárcel, ni me maten, no es justo. Voy a luchar porque el territorio sea libre y no siga manchado de sangre.

Antes de terminar, Lolita dice:

—Tzk’at.

En su lengua significa: yo soy tú y tú eres yo.

Me abraza y se va.