Lecciones de paz que Afganistán tiene para Colombia Foto: Víctor de Currea-Lugo
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Lecciones de paz que Afganistán tiene para Colombia

Colaborador ¡Pacifista! - Marzo 20, 2019

OPINIÓN | Dos de las expresiones más radicales del mundo, la estadounidense de Trump y el radicalismo islamista de los talibán decidieron sentarse cara a cara.

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Por: Víctor de Currea-Lugo

Afganistán usualmente se asocia con malas noticias: los talibán, la guerra contra el terror, y la invasión inglesa, soviética y estadounidense. Pero esta vez la noticia es la paz. Dos de las expresiones más radicales del mundo, la estadounidense de Trump y el radicalismo islamista de los talibán, decidieron sentarse cara a cara.

Recordemos un poco la historia de la guerra: a raíz del ataque a las Torres Gemelas, Estados Unidos acusa al grupo Al-Qaeda de ser el responsable, y pide al gobierno afgano, en manos de los talibán, la entrega de su socio: Osama Bin Laden. El gobierno afgano respondió con dos mensajes: pidiendo las pruebas y aclarando que no entregaría a un musulmán para que sea juzgado por Estados Unidos. A lo cual, George Bush hijo responde con un invasión militar, sin siquiera autorización del Consejo de Seguridad de la ONU.

El país entra en otra guerra, en la que los talibán son acorralados en unas pocas áreas y Hamid Karzai asume como presidente desde 2001 hasta 2014, impuesto por Estados Unidos. Ya en 2004, los talibán empiezan a recuperar terreno de manera importante. Para 2008, prácticamente todas las regiones tenían un resurgir de rebeldes combatiendo a los ocupantes.

El gran fracaso de la estrategia de los Estados Unidos fue: no conocer Afganistán ni su historia, no reconocer ni respetar su dinámica cultural ni religiosa, reducir su acción a una lógica militar, guiar su análisis en la mal llamada “Guerra contra el Terror”, creer que unas operaciones cívico-militares eran suficientes (la llamada “ganando corazones y mentes”), imponer elecciones que además fueron altamente fraudulentas y, como si todo esto fuera poco, guiar el gobierno con políticas neoliberales. Como me decía una mujer en Kabul: ahora podemos ir al hospital, pero no tenemos plata para comprar los medicamentos, lo que significa más o menos lo mismo.

Estados Unidos fracasó estrepitosamente. Los últimos años han mostrado un aumento del número de víctimas asociadas con el conflicto armado. La táctica de “afganizar” la guerra (es decir, entrenar fuerzas locales de seguridad para garantizar el traspaso y finalmente la salida de los estadounidenses) también fue un error, porque era tanto el odio sembrado por el asesinato de civiles por parte de Estados Unidos, que cada curso graduado terminaba con la muerte de varios soldados estadounidenses en manos de quienes acababan de entrenar.

En 2018, se produjo la muerte de más de cien personas al día, relacionadas con el conflicto armado, según Kerim Jalili, presidente de del Consejo Superior para la Paz en Afganistán. La única opción posible, como en muchas guerras donde es imposible la derrota militar, es la negociación.

Esta es la guerra de más duración en la que ha estado envuelto Estados Unidos. En Afganistán, por vía militar, ya habían fracasado los ingleses a comienzos del siglo XX y los rusos a finales de los años setenta. Y ahora fracasan los estadounidenses desde 2001. No hay que olvidar que Trump duplicó el número de tropas en Afganistán hasta llegar a las 14.000 actuales. Y de hecho, fue Obama, demócrata, quien envió más tropas a Afganistán, incluso más que George Bush hijo.

En 2011, una delegación de los talibán estableció una oficina política en Doha, capital de Qatar, con el fin de actuar como mecanismo de acercamiento en un proceso de negociación. En 2018, el gobierno de Trump nombró a Zalmay Khalilzad como Enviado Especial de Estados Unidos para las negociaciones. Y en este puesto, Khalilzad se reunió con la delegación de los talibán en Doha.

En noviembre de 2018, Rusia respaldó las negociaciones en curso, siendo sede de acercamientos entre el gobierno y los talibán. Esa reunión estuvo acompañada por representantes de 11 países, incluyendo China, Irán y Pakistán. Incluso, asistió como observador un representante de la embajada de los Estados Unidos.

La principal demanda de los talibán era el retiro de las tropas extranjeras, según dijo el portavoz Mohammad Abbas Stanekzai; curiosamente ese es también el principal objetivo de Estados Unidos (y de Rusia) en esas negociaciones. Además, Washington insiste en el compromiso de que el suelo afgano no se convierta en santuario para grupos terroristas. Los talibán, además, han planteado la necesidad de contar en Afganistán con un gobierno incluyente, lo que es fundamental en un país tan multicultural.

La única mujer participante fue Habiba Sarabi, política afgana, defensora de los derechos de la mujer y miembro de la comunidad hazara. Su presencia es un mensaje claro, ya que en las zonas que han retomado los talibán ha habido un retroceso en los derechos de la mujer, sin que esto quiera decir que en las zonas bajo control oficial haya garantía de derechos para ellas.

Karzai ha sido invitado por muchos para que, como expresidente, juegue un papel directo en las negociaciones. Y así lo hizo al ponerse al frente de la delegación de la oposición que se sentó en Moscú con los talibán. Recordemos que Karzai fue presidente durante 13 años, puesto allí por Estados Unidos y enemigo acérrimo de los talibán. Por su parte, el Enviado de los Estados Unidos, Khalilzad, ha dicho que el principal reto es facilitar diálogos directos entre el presidente de Afganistán, Ashraf Ghani, y los talibán.

Las negociaciones no han interrumpido la guerra. Las preocupaciones de las partes tienen que ver con que si realmente los estadounidenses están dispuestos a marcharse y si los talibán buscan un acuerdo final que, además respete los derechos humanos. La presencia allí le significa a Estados Unidos 45 mil millones de dólares al año (123 millones de dólares al día).

Varias reuniones posteriores, en febrero y marzo de 2019, han contado con la oposición afgana, los talibán y la comunidad internacional, pero sin presencia del gobierno afgano. El 13 de marzo pasado concluyó la última ronda de diálogos. Esa marginación no solo es innecesaria sino contraproducente porque aísla al gobierno frente a un diálogo al que, tarde o temprano, tendrá que sumarse.

En 2018, el propio gobierno propuso un cese bilateral al fuego que fue implementado. De hecho, el presidente ha reconsiderado su posición, poniendo como ejemplo los diálogos de 2016, entre el gobierno y el grupo Hezb-e-Islami, que terminó en un acuerdo de paz. Pero muchas voces critican el proceso y consideran que Estados Unidos está negociando por encima del gobierno afgano.

Dentro de los puntos en debate, además del retiro de tropas extranjeras, la formación de un gobierno incluyente y la protección a los derechos humanos (especialmente de las mujeres), se incluyen la liberación de prisioneros de tercera edad o enfermos. Incluso, al final de dichas rondas se habló de un “acuerdo preliminar” que comparten las delegaciones.

Ya se habla, desde el lado talibán, de comprometerse a la reducción de la violencia como un gesto hacia la paz. Hay escepticismo por el incumplimiento de los acuerdos de 2016 y es esperable que haya fracturas entre los grupos talibán, como pasa en la inmensa mayoría de proceso de paz. Pero sin duda, una paz estable y duradera, como la han sugerido algunos columnistas, pasa por un nuevo contrato social. Hay la conciencia de que un pacto que termine la guerra no es lo mismo que construir la paz. Queda pendiente el impacto de tales diálogos en las elecciones que habrá en julio de este año.

Para resumir, parte de las enseñanzas incluyen la aceptación de que allí hay un conflicto armado, que las partes tienen agendas y que ni siquiera allá puede reducirse el conflicto a la simple ecuación de la “guerra contra el terror” (ciudadanía versus unos grupos terroristas). Se entiende que incluso radicales como Trump y los talibán no descartan el camino de la negociación; que ante el estancamiento de la guerra, la búsqueda de la paz es la única opción;  que duplicar el número de tropas estadounidenses no ha cambiado el panorama; que el papel de otros Estados ha sido esencial; que el gobierno afgano entendió que no debe aislarse del proceso; que los derechos humanos no son negociables sino eje del proceso; que un expresidente puede jugar un papel público y directo; que el respeto a los países acompañantes es crucial para el avance.

Hay temor por parte de muchos activistas de que la negociación sea solo una jugada política de las partes sin que brinde soluciones reales al pueblo afgano. Y llama la atención que, pareciera, que el terreno de la paz en Afganistán es un nuevo round en la disputa por el poder mundial entre Rusia y Estados Unidos.