Este fue el desgarrador testimonio de Íngrid Betancourt en la JEP Íngrid Betancourt, a través de video conferencia en la JEP. Foto: JEP.
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Este fue el desgarrador testimonio de Íngrid Betancourt en la JEP

Santiago Valenzuela A - Octubre 24, 2018

La excandidata presidencial estuvo secuestrada más de seis años bajo el poder de las Farc. Intentó fugarse varias veces, sufrió malaria y tuvo que someterse a toda clase de actos inhumanos.

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La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), ese escenario a veces tan abstracto, donde se presentarán los actores del conflicto para recibir penas alternativas, fue en la mañana de este miércoles, 24 de octubre, un escenario de catarsis. Desde Francia, a través de una teleconferencia, Íngrid Betancourt, quien fue secuestrada durante seis años y cuatro meses por la guerrilla de las Farc, relató el episodio más difícil de su vida, entregando detalles sobre una de las prácticas más atroces de la guerra: el secuestro.

Betancourt es una de las víctimas que se ha presentado en la JEP para entregar información sobre los secuestros de las Farc. La Sala de Reconocimiento de Verdad, Responsabilidad y Determinación de los Hechos, convocó diferentes sesiones entre el 22 y 26 de octubre para escuchar a las víctimas del secuestro. Por esta sala han pasado Sigifredo López, Alan Jara, Luis Eladio Pérez y Óscar Tulio Lizcano, todos víctimas de secuestro.

La declaración de Íngrid Betancourt ha sido una de las más sensibles. A los magistrados, en diferentes momentos, se les escaparon algunas lágrimas. En un lapso de dos horas, la excandidata presidencial relató diferentes episodios de su vida en cautiverio. Lo hizo sin leer documentos, solamente recordando, interrumpiendo su discurso en los recuerdos difíciles, tomando pausas, recapitulando, nombrando escenas dolorosas que eran necesarias para que el país comprendiera porqué una práctica como el secuestro no se puede repetir.

Les presentamos un resumen de su testimonio en la JEP.

La vida en la selva, la muerte su padre

Para mí este no es el relato de una retención ilegal, es el relato de mi descenso al infierno (…) No dormía porque cuando dormía soñaba siempre con mi padre. Durante el día caminaba de arriba a abajo, de abajo a arriba, como un animal enjaulado. Caminaba y caminaba porque no quería pensar en el dolor que sentía con la muerte de mi padre. No quería pensar en el dolor de mis hijos, quienes podían pensar que yo estaba muerta. ¿Qué estarían sintiendo ellos, allá solos? Eso es algo más cruel que lo que yo estaba viviendo por la muerte de mi padre.

La separación de mis hijos fue probablemente lo más duro de esos años de secuestro. Sudaba todas las noches, sudaba de miedo, de ese miedo a que me llagara una mala noticia sobre mis hijos, sobre mi madre. Para sobrevivir, mi obsesión fue escaparme. Hice muchos intentos de fuga y los castigos fueron terribles. Ese miedo fue creciendo y sentí un cambio profundo en mi relación con cualquier persona, cambio profundo que me afecta aún hoy, por ese miedo de no saber a dónde me llevaban ni por cuánto tiempo. No saber qué me iban a hacer quebró mi confianza en el otro. No saber a quién creerle, quién me manipulaba, quién me mentía, quién me iba a traicionar. Con ese miedo se conformó una paranoia en las relaciones humanas, una inmensa soledad en el alma que me hizo muy vulnerable a todos los hechos que siguieron.

El mal es inherente a una situación de secuestro. Estar encerrada en la selva, sin dios ni ley, sin testigos, sin justicia, sin nadie a quien hacerle algún reclamo. Uno está sujeto a la arbitrariedad de las personas que están cargando el fusil y que lo están apuntando. El esquema que asumía la guardia de nuestro secuestro era siempre el mismo: muchachos, en promedio de 16 años, o a veces de 9 ó 10 años. Ellos llegaban con curiosidad, querían saber quiénes éramos nosotros, querían hablar pero rápidamente había un desequilibrio en la relación, pues ellos tenían un fusil y nosotros estábamos bajo su dominio. La relación se degradaba, se pervertía. Esos muchachos, poco a poco, se transformaron en seres sádicos y perversos.

El trato de los guerrilleros

Ahí empezó una dura escuela para aprender a hacerle el quite a esa crueldad, a esa perversión. Quiero contarles para que ustedes entiendan la medida de ese universo dantesco en el cual nos tocó vivir. Empecemos por cosas sencillas, como la comida. Obviamente teníamos hambre, y había veces que no había mucho que comer. Durante los seis años, cuatro meses y nueve días que estuve secuestrada la comida siempre fue arroz. Cuando teníamos suerte eran lentejas y pasta. La maldad de la que estoy hablando aparece cuando un día, haciendo la fila para que me dieran mi ración de por la mañana de cancharina – con la cual estaba soñando – y el guardia, cuando llega mi turno, bota la comida al piso y me dice que me quedé sin nada. Y había otros detalles, como que el guardia escupiera en mi olla, o que llegara comida podrida, como una cabeza de cerdo podrida que me entregaron.

Hablemos de otras cosas más importantes. Cada uno de nosotros [los secuestrados] habíamos guardado objetos que tenían un valor especial. A través de esos años yo trataba de preservar esos objetos para que no se dañaran en la intemperie. Los guardaba en frascos para que no se fueran a mojar porque eran mi conexión con el mundo de mis amores. Robarnos objetos como una joya, o un anillo, o chantajearnos para darnos una aspirina para salvar la vida de un compañero, a cambio de nuestros objetos valiosos, eran cosas que pasaban allá.

Nos mentían. Nos decían que íbamos hacia la libertad para que camináramos más rápido en una marcha. Se rehusaban a llamarnos por nuestro nombre. En lugar de decirnos Íngrid, Juan o Luis, nos decían 4, 3 ó 10. Nos ponían apodos burlones, insultantes, como perra. Nos hacían viajar durante días, también pasábamos días debajo de una carpa donde nos sofocábamos, muertos de sed y encadenados como esclavos. A los hombres les daban permiso de salir por debajo y pararse y orinar. A mí no me daban permiso. El comandante Enrique me decía “haga ahí, haga ahí, delante de todos, encima de sus compañeros”.

Tratando de aguantar lo que más podía para no darle gusto a ese comandante ni poner a mis compañeros en una situación desagradable, uno de mis compañeros me dijo “Íngrid, tranquila, hágase pipí en los pantalones, igual después los lava, no se preocupe, todos estamos igual”. Estos son detalles que solamente una mujer puede entender. Cuando tenía el período, me mandaban a bañar al caño, el cual estaba infestado de pirañas. Cuando llegaba el guerrillero a distribuir toallas higiénicas, me decía “no, para usted no hay. Mire a ver cómo se las arregla”. De hecho, a mí me daban menos rollo de papel higiénico que a mis compañeros. Yo terminaba por desbaratar la ropa que me daban, la cortaba en pedazos.

Nos mantuvieron encadenados a un árbol durante muchos años. Yo era la única mujer en un grupo de hombres. A mi compañero le tocaba ir conmigo al baño, voltearse mientras hacía del cuerpo. El refinamiento de la crueldad iba a tal punto que entre las cadenas que escogían había unas más livianas para aquellos que ellos querían premiar. Y había cadenas más pesadas para las mujeres, yo todavía guardo las marcas de las cadenas en mi cuello. Había un guerrillero que se había ensañado contra mí que me apretaba tanto la cadena que yo no podía pasar saliva. El encadenamiento era complicado para cada uno de nosotros. Cuando nos encadenaban teníamos que hacer marchas, teníamos que pasar caños, caminar como equilibristas en los árboles que ellos ponían como puentes para pasar por ríos. Si un compañero perdía el equilibrio, todos se ahorcaban.

Me tuvieron después de un intento de fuga varios días con cadenas a la intemperie. Los rayos caían muy cerca de nosotros y yo pensando “Dios quiera que el rayo no caiga acá porque yo aquí me muero”. Durante días estuve empapada, debajo de ese aguacero tropical, y le pedía al guardia que me soltara un segundo para ir detrás de un árbol a hacer del cuerpo. El hombre me contestó “usted lo que tiene que hacer, perra, lo hace acá al frente mío”.

Dormir en una hamaca es un lujo y solamente el comandante da el permiso para que uno pueda estar en la hamaca. Si no, uno está en el suelo, con el contacto de todos los bichos, de las serpientes, de las hormigas, los escorpiones, de toda esa fauna que es muy agresiva para el ser humano. Los comandantes y la guerrilla sabían dónde estaban las garrapatas, ellos tenían el conocimiento de la selva. Y los mismos comandantes me obligaban a extender mi plástico encima de las congas, unas hormigas que cuando lo muerden a uno se le hincha a uno el brazo. Si lo muerde a uno muchas veces, uno se puede morir. Mis compañeros pedían agua hervida en la madrugada para tratar de matarlas. Yo vivía en paranoia porque en algún momento se me iban a subir, me iban a morder y yo me iba a enfermar.

Era muy cruel. Me dieron un sitio, un hueco, donde era imposible dormir, ya sea porque había raíces de árboles o porque, peor aún, había garrapatas. Nunca se me olvida que un comandante me hizo dormir en un nido de garrapatas. Me desperté como una mazorca. Mis compañeros duraron todo el día sacándome una a una las garrapatas. Toda una diversión para la guerrilla. Para castigarme también me pusieron a dormir encima de las letrinas, donde las personas hacían sus deposiciones. Mis compañeros iban a hacer sus deposiciones allí donde yo me encontraba. Toda esa tensión, todo ese miedo y la guerrilla comenzó a disminuir el tiempo para el baño. A mí me llevaban al baño a las seis de la tarde, cuando cunden los mosquitos, cuando bañarse es una tortura y no un placer.

Enfermarse en la selva estando bajo el cuidado de la guerrilla

Ahora hablemos de las enfermedades. Enfermarse en la selva no es una buena idea. Estar en manos de la guerrilla enfermo….mala, muy mala idea. Primero, ellos sentían un placer en no darle a los secuestrados los medicamentos que tenían para aliviar nuestras enfermedades. Yo estuve con malaria después de que a otro de mis compañeros le dio. A todos los trataron inmediatamente. La malaria es una enfermedad terrible, se sienten escalofríos, temblores, empiezan a las 6 de la tarde y terminan en la madrugada. Cuando empieza la tembladera y luego las convulsiones uno queda acabado para el día siguiente, físicamente acabado, sin poder pararse, sin fuerzas. Y toca salir para vomitar, para hacer del estómago con diarrea hasta que no le queda a uno nada en el cuerpo, es una tortura. Y la malaria se trata con pastillas, y esas pastillas las tenía la guerrilla. Pero a mí no me las daban.

También me enfermé. Todo lo que comía lo vomitaba. La piel se me llenó de brotes con pus, me imagino que por algún tipo de infección.  No podía comer, perdí mucho peso y estaba en aislamiento (el comandante había decidido que yo no debía tener ningún contacto con mis compañeros). Yo estaba aislada, sabiendo que me estaba muriendo, sin fuerzas para levantarme o tomarme un vaso de agua. Mis compañeros, a quienes les debo mucho, protestaron y le pidieron al comandante que me diera el tratamiento. El comandante me mandó a una enfermera, una niña que había sido guardia mía muchos años. Una niña buena, pero que igual me habría matado si le hubieran dado la orden. Debía tener unos 15 años y no tenía ninguna formación en enfermería. Esta niña cogió una aguja y una jeringa y me chuzó los brazos durante tres días supuestamente para sacar sangre. No lo logró y yo supliqué que me mandaran al único enfermero militar, William Pérez. Cuando lo dejaron entrar y me vio se puso a llorar, me dijo “tranquila, tú vas a salir viva de esta”. Él le planteó al comandante que si no me daban los medicamentos que yo necesitaba él no seguiría tratando a los miembros de la guerrilla que le pedían remedios, diagnósticos. Finalmente fue él quien logró ponerme la sonda y el comandante dio la orden de que me pusieran suero durante tres días, porque el secretariado general había dado la orden de que se enviaran pruebas de vida. Querían que estuviera presentable.

Cuando traté de escaparme y logré salir del anillo de seguridad de la guerrilla, me recapturaron, me hicieron arrodillar, me pegaron y dispararon, como si fueran a ejecutarme. Se me quedan muchas cosas por contar pero pienso que en este momento lo que tenía que decir lo he compartido con ustedes. En este preciso instante mi pensamiento está con los muchachos héroes de la Operación Jaque, que se jugaron la vida para sacarnos de allá. Sin ellos no podría estar delante de ustedes, haciendo este recuento. Al agradecerle a ellos mi corazón se duele recordando compañeros que nunca volverán, como el capitán Guevara, como José Emilio Martínez. Obviamente pienso también en Gilberto Echeverry y Guillermo Gaviria, porque cuando los asesinaron a ellos yo comprendí que eso era lo que nos iba a suceder a nosotros. Y le doy gracias a Dios de que nos haya preservado la vida.

Respuestas a los magistrados sobre el secuestro y las condiciones de vida

El secuestro era una industria de las Farc. Una actividad sobre las cuales ellos habían desarrollado tecnicidad, tenían experiencia, sabían cómo maltratar a los secuestrados. El secretariado sabía perfectamente los riesgos que nosotros corríamos en manos de hombres y mujeres armados, estando aislados en la selva, sin ningún tipo de veeduría ni control. Estábamos sujetos a maltratos físicos, psicológicos. A las mujeres en particular, maltratos de género. Cuando vino a visitarnos Joaquín Gómez yo le conté todo lo que había sucedido, cosas muy difíciles, y le dio la orden a la guerrilla de que construyera un espacio de vivienda al que solo yo podía entrar y los guerrilleros vigilaban desde afuera. Él lo llamó una embajada donde solo yo podía entrar. Lo peor pasó cuando nos sacaron del bloque que comandaba Joaquín Gómez y nos pasaron al bloque cruel y sangriento del Mono Jojoy, donde estuvimos por cinco años.

Sobre las pruebas de supervivencia. En la segunda prueba me di cuenta que habían editado mis declaraciones, las habían acomodado para lo que quería la guerrilla. Por ejemplo, yo siempre estuve de acuerdo con que hubieran operativos militares de rescate y sabía que era polémico para nuestras familias, pero estaba dispuesta a darle la oportunidad al gobierno para sacarnos y no seguir con ese chantaje. Yo hice todo lo posible para buscar escaparme.

¿Qué piensa Betancourt sobre la reparación?

Por ejemplo, las familias de las víctimas que están sin vivienda, que no tienen techo. Yo creo que parte de la condena tiene que ser que ellos [los exguerrilleros] les den y construyan casas con sus propias manos para las víctimas, porque las perdieron por culpa de ellos. Hablemos de lo que le quitaron a las familias de los secuestrados… ¿Qué pueden hacer ellos para devolver el tiempo que nos arrebataron, los traumatismos de nuestros hijos, de nuestras familias? No sé, no tengo respuesta, lo único que sé es que tienen que ser hechos prolongados que impliquen un esfuerzo y un compromiso. El país tiene necesidades, y ellos pueden hacer obras para aliviar el dolor de los niños huérfanos, de las viudas, de los enfermos, de tantos soldados que quedaron sin un brazo, sin una pierna. Tiene que haber una reparación con hechos muy concretos, que signifique una toma de conciencia y una verdadera recapacitación. Si yo no creyera que las personas son capaces de cambiar, yo no podría apostarle al proceso de paz.