Hablamos con la actriz que usó el porno para hablar de feminismo
Leer

Hablamos con la actriz que usó el porno para hablar de feminismo

Colaborador ¡Pacifista! - Septiembre 21, 2017

A los 19 años entró al mundo de la pornografía. Hoy, a los 26, hace activismo por una industria sin estereotipos y en defensa de las trabajadoras sexuales.

Compartir

Todas las imágenes son cortesía de Amarna Miller.

Amarna Miller tiene 26 años,  y ocho los  ha dedicado a la pornografía: a ser actriz y a dirigir contenido pornográfico. Sin embargo, Miller es reconocida sobre todo por hablar de su oficio con un discurso informado, feminista y activista.

Miller habla sin tapujo de su vida privada, de su pansexualismo (el hecho de sentirse atraída por las personas independientemente de su género), de la pornografía, de haber tenido enfermedades de transmisión sexual y de otros temas que la mayoría de personas no se atreverían a mencionar ante un micrófono o una cámara. Eso la ha convertido en una figura controversial, criticada por sectores conservadores y, al mismo tiempo, por algunos círculos feministas que ven el porno como una denigración de la mujer.

Hace poco estuvo en Colombia para ofrecer una charla en Medellín sobre pornografía ética. En su visita se cruzó con todos los medios atraídos por su oficio y la forma en que habla abiertamente de él: habló con Vicky Dávila en La W  y con Jota Mario en Muy Buenos Días. No por eso, por ser entrevistada en programas orientados a un público tal vez no tan informado en teorías feministas, le baja a su discurso: habla con la misma complejidad y los mismos términos con los que probablemente le hablaría a quien utiliza términos como  “patriarcado” o  “heteronormatividad”.

Hace un tiempo cerró la productora de contenido porno que había creado para dedicarse a su canal de YouTube, en donde conversa sobre sexualidad, feminismo, viajes y veganismo.

¡Pacifista! aprovechó la visita de la española a Colombia para hablar con ella y discutir las infortunadas preguntas de Vicky Dávila. También hablamos sobre cómo la pornografía le ha servido para hacer activismo en varias causas y abordamos temas coyunturales, como la situación legal de las trabajadoras sexuales.

 ¿Por qué decidiste empezar a alejarte de tu oficio como actriz porno?
Siempre dije que me dedicaría al porno hasta que me dejase de interesar. Y siento que a través del porno he recibido un altavoz que quiero aprovechar para hablar sobre otras cosas que pienso que el mundo necesita saber.

¿Cómo qué?
Por ejemplo, temas de ecología, sostenibilidad, cómo reducir nuestra huella en el planeta. Tengo un canal de YouTube en el que hablo de esas otras cosas de las que no he podido hablar antes por el simple hecho de que los medios no me las preguntan. Hablo sobre veganismo y, lógicamente, sobre el activismo pro-sex: qué problemáticas tenemos las trabajadoras sexuales y cómo podemos eliminar el estigma.

Mi discurso es sobre el sexo pero sobre todo es sobre libertad: cómo decidir o cómo descubrir lo que realmente quieres hacer por encima de los convencionalismos sociales. Ese es el trasfondo de todo mi discurso. El trabajo sexual es el camino que yo elegí, pero hay muchísimos otros.

¿De qué se trata el activismo pro-sex?
Es la corriente del feminismo que defiende a las trabajadoras sexuales, que piensa que los derechos de las trabajadoras sexuales son derechos humanos y que por tanto necesitan protección contra los abusos.

¿Tenías claro ese discurso cuando decidiste entrar al mundo del porno?

No, es algo que he ido desarrollando. Yo siempre he sido feminista, lo que pasa es que no sabía que existía un nombre para definirlo. Yo empecé en el porno cuando tenía 19 años, era súper joven, y lo hice un poco para sentirme liberada con mi sexualidad dentro de un mundo que me estaba diciendo por todas partes que el sexo era algo malo. En ese sentido tomé una decisión que era muy feminista pero sin tener idea de qué era el feminismo. Fue a través de la curiosidad propia y del trabajo sexual que empecé a investigar acerca del feminismo.

Tú hablas abiertamente de temas que usualmente la gente no discute en público. En una entrevista afirmaste haber tenido enfermedades de transmisión sexual (ETS). ¿Por qué decidiste contar eso?

Eso me lo preguntaron en una entrevista en la tele. Muchas cosas pasaron por mi cabeza cuando me preguntaron si había tenido una ETS. La primera: esto lo va a ver mi madre. La segunda: ¿y ahora qué hago?, porque no quiero mentir y no me siento humillada ni degradada al decir que he tenido una ETS, pero sigue siendo un estigma. Al final decidí decir la verdad: he tenido ETS, he tomado medicamentos y las he superado.

Me parece que a nivel personal fue una decisión peligrosa porque era hablar de mi intimidad de una forma muy abierta que me podía provocar muchos problemas. De hecho, me cayeron muchas críticas por esas declaraciones. Pero siento que hice bien, de alguna forma. Que a nivel social, o de transmisión de la información, he hecho algo positivo, que es decir: no pasa nada si tienes clamidia o gonorrea, ve al médico, hazte tus pruebas, esto le puede pasar a cualquiera, tómate tus medicamentos y no te sientas mal por ello.

Sin embargo, la línea de lo privado puede ser confusa, ¿no? En la entrevista en La W, te preguntaron cosas ‘privadas’ que normalmente no le preguntarían a otra persona —como si consumías drogas— y otras cosas que te rehusaste a responder —como cuál había sido la peor escena que habías filmado—. ¿Eso te pasa a menudo? ¿Y cómo decides a qué responder y  a qué no?

Me pasa en muchísimas entrevistas. Es algo que pasa cuando te dedicas a un trabajo tan estigmatizado y discriminado. A mí en realidad no me molesta hablar sobre cosas privadas, lo que me molesta son las preguntas sensacionalistas. El amarillismo: cuando te preguntan cuál ha sido la peor experiencia que has tenido en el porno. Eso no aporta nada y elimina lo que hay detrás de todo. Yo estoy hablando de mi trabajo y tengo un discurso formado para el que he leído y me he informado y tengo referencias. Esas preguntas invisibilizan un discurso profundo que termina reducido a un titular que dice “mi peor escena ha sido esta” y que no da cuenta de lo que realmente significa ser una trabajadora sexual.

En esa misma entrevista la periodista te preguntó cuál era la diferencia entre ser pansexual y ser promiscuo. ¿Cómo es que puede terminarse igualando una orientación sexual con un comportamiento sexual ‘peyorativo’?

Creo que eso es algo que pasa básicamente con las mujeres. Es el doble estándar de siempre. Cuando un hombre se declara abiertamente sexual no es una persona promiscua, es un hombre. Pero cuando una mujer se declara abiertamente sexual de repente es una ninfómana o una persona adicta al sexo. Yo creo que ese tipo de preguntas me las hacen únicamente porque soy mujer.

Todas las imágenes son cortesía de Amarna Miller.

Además de ser una vocera del trabajo sexual, también has sido una crítica de la industria de la pornografía. ¿Cómo se da eso?

El porno es machista, eso es un hecho. Hay muchos estereotipos que se reiteran dentro de la pornografía más convencional y que son muy dañinos. Hay gente que me pregunta: ‘y si sabes que el porno es machista ¿por qué sigues trabajando en ello?’. Mi respuesta es que el 99% de las industrias en el mundo son machistas y creo que la manera de cambiar una industria machista es desde adentro. Donde más hace falta el feminismo es donde el machismo está a sus anchas. Por eso es tan necesario tener actrices porno, y directoras y hombres directores que sean feministas.

Entiendo que el feminismo pro-sex no solo contempla la pornografía sino todos los trabajos sexuales. ¿Cuál sería el objetivo último de esa corriente? ¿Que todo tipo de trabajo sexual sea legal y esté regulado?

Ojalá. Eso sería un futuro maravilloso. Pero le veo lejano. Creo que hay que hacer hincapié en que lo que necesitamos es que los gobiernos nos hagan caso a nosotras. La mayoría de regulaciones sobre el trabajo sexual se hacen sin la opinión de las trabajadoras sexuales. Por ejemplo, en Holanda, Alemania o Austria el trabajo sexual está regulado pero con unas condiciones impuestas por unos señores que no tienen ni idea de lo que es el trabajo sexual.

Lo importante es que la regularización siempre pase por nosotras, los sujetos activos dentro de este negocio, y que tenga en cuenta lo que queremos y de qué manera lo queremos.

A menudo esas regularizaciones pasan por la idea de que las trabajadoras sexuales son ante todo víctimas. En Colombia se presentó un proyecto hace poco que partía de esa premisa. ¿Cómo ves ese discurso proteccionista hacia el trabajo sexual?

Me parece un discurso problemático. A ojos de la sociedad, la trata de personas con fines de explotación sexual está dentro del trabajo sexual. Pero la trata no es trabajo, es delito. No queremos hablar de regular el trabajo sexual incluyendo a las personas que son víctimas de trata porque esas personas no son trabajadores, son víctimas. Su situación no tiene nada que ver con el trabajo sexual y con nada de lo que yo te estoy hablando. Me parece muy problemático que se meta todo en el mismo saco.

Amnistía Internacional hizo un estudio y estipuló que la mayoría de personas víctimas de trata en el mundo son explotadas para el trabajo doméstico, no para la prostitución. Pero nadie está pensando en prohibir el trabajo doméstico. ¿Por qué si lo hacen con el trabajo sexual? Por el sesgo moral. Por esta idea de que las trabajadoras sexuales son víctimas y de que si pudiesen, se estarían dedicando a otra cosa.

No, no es así, somos muchas las que nos dedicamos al trabajo sexual porque queremos y nos apetece. Y ya va siendo hora de que se nos garanticen los derechos para poder ejercer nuestro trabajo de una forma que sea justa y no precaria.