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Es hora de ‘desantrichizar’ el Acuerdo de Paz Montaje: Lady Chaparro - ¡Pacifista!
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Es hora de ‘desantrichizar’ el Acuerdo de Paz

Staff ¡Pacifista! - Mayo 30, 2019

Hoy Jesús Santrich arrastra todo: los logros del Acuerdo, las deudas que aún tiene pendientes y es hoy el caballito de batalla del uribismo.

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Desahogo editorial:

Que la Fiscalía no pasó a tiempo las pruebas a la JEP de sus aparentes delitos de narcotráfico y ordenó su libertad. Que salió y la Fiscalía lo volvió a capturar. Que –según el Consejo de Estado– es aforado por ser congresista y la orden de captura la tiene que emitir la Corte Suprema. Que volvió a salir de la cárcel, esta vez de verdad, sin que alguien pueda descartar que mañana, pasado mañana o después la Corte lo pueda volver a coger… La novela de Jesús Santrich ha sido muy intensa y ahí ha estado Twitter para contarla con su bilis y uno que otro periodista para darle ‘el enfoque del medio’.

Con semejante show, difícil ha sido ver todo lo que está alrededor del polvero. Tanto los sectores políticos afines al Acuerdo de Paz con las Farc, como sus enemigos más vulgares y vociferantes, han logrado resumir arbitrariamente todo lo acordado bajo la figura de un solo excombatiente. Un exlíder guerrillero arrogante que, valga aclarar, aún no sabemos si de verdad estaba mandado cocaína a Estados Unidos o si fue centro de un montaje, con la Fiscalía y la DEA como aliadas, que tenía como fin romper el proceso. Será la Corte, pues, la que lo diga.

Porque a la luz de los hechos resultaría ingenuo no ver que el caso Santrich le ha sido útil a los bandos opuestos a la hora de encarar el debate político de las objeciones presidenciales a la ley estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz. El Centro Democrático rápidamente ató la posibilidad de que Santrich saliera libre a la necesidad imperiosa de contener al narcotráfico a través de los cambios propuestos y en particular, de la posibilidad de extradición. El exlíder guerrillero fue erigido como la encarnación misma de la impunidad que –según ellos– guarda el Acuerdo.

Y del otro lado, copartidarios de Santrich –en su mayoría, algunos de ellos en paradero desconocido–  negaron ciegamente que su compañero pudiera haber delinquido y deslegitimaron cualquier posible prueba. Fue así como empaquetaron la libertad-encierro de Santrich y los pronunciamientos de la embajada de Estados Unidos en el supuesto afán de echar a perder todos los avances conseguidos con el acuerdo, hablando incluso algunos de estar arrepentidos de dejar las armas y reclamar por estabilidad y garantías jurídicas.

Entonces todo se volvió relativo. Que la JEP abriera un incidente de incumplimiento a Iván Márquez no significa nada, ni denota legitimidad e independencia, porque se trata del mismo ‘tribunal de amigos de las Farc’ que dejó salir a Santrich. Y lo mismo con la Corte Constitucional, que sentenció este miércoles el hundimiento de las objeciones. No vale que las mayorías del Congreso votaran en contra de las objeciones y que el tribunal lo haya reconocido así: que Santrich esté libre y dando ruedas de prensa es suficiente para decir que nada sirve, excepto el caos.

Por el momento, los miembros del partido Farc y aliados políticos han evidenciado la buena señal de que su compañero de partido esté libre y que sienten que es un buen síntoma para la seguridad jurídica. Sin embargo, da la sensación de que su optimismo puede llegar hasta que, por ejemplo, la Corte Suprema considere que Santrich debe estar preso e, incluso, ser extraditado.

Estamos en el triste escenario en el que la figura de Jesús Santrich se traga todo. No importa que el Acuerdo de Paz haya sido tejido por años en La Habana; que la Jurisdicción Especial para la Paz haya suscrito actas de sometimiento a 9.691 exmiembros de las Farc y 1.958 personas de las Fuerzas Militares; ni que a pesar del ruido de las hectáreas de coca, el Plan Nacional Integral de Sustitución de Cultivos –contemplado en el acuerdo– haya logrado erradicar voluntariamente más de 34.000 hectáreas. Tampoco vale que estén en marcha cerca de 300 proyectos productivos que benefician a más de 1.500 excombatientes, ni que 118 cooperativas inscritas ante el gobierno hoy agrupen a más de 4.000 personas que antes estaban en armas.

Santrich arrastra por igual los logros del Acuerdo y las deudas que aún tiene pendientes.

***

Análisis más sopesado:

Santrich, pieza clave del relato uribista (en retrospectiva)

—Esa es una de las alternativas que un sector del partido ha venido defendiendo, la idea de una constituyente. Que no es una mala idea porque lo que estamos viendo aquí es que las personas que componen las altas cortes están tomándose las atribuciones de fallar, no en derecho, sino en su posición política. Un juez puede tener posiciones políticas pero a la hora de tomar una decisión debe tener los ojos vendados. No sentimos que esté ocurriendo con las decisiones que se toman y hacen que los ciudadanos le pierdan confianza a la institucionalidad.

La que hablaba era la senadora Paloma Valencia en una declaración los medios este jueves 30 de mayo al mismo tiempo que Jesús Santrich era puesto (por segunda vez en menos de un mes) en libertad.

Por esto días –como lo hemos venido diciendo desde los pasados meses– vivimos una lucha por el relato. Luego de la victoria del No y de los ajustes que tuvo que hacérsele al Acuerdo, y luego de la firma en el Teatro Colón y de que las Farc pasaran a hacer parte del juego político en democracia, el uribismo perdió uno de sus más importantes mitos alrededor del cual giraba su discurso: la guerrilla de las Farc.

En el momento en el que la más grande y antigua guerrilla del continente entrega las armas, el discurso de la guerra queda cojo. Las prioridades para los colombianos ahora pasan a ser otras: mejoras en el sistema de salud, en la educación, en el empleo.

En términos discursivos el Acuerdo de paz es una derrota para un movimiento político que se ha consolidado, a través de los años, por cuenta del discurso de la guerra. Y la estrategia del uribismo ha sido, desde los últimos meses, un intento por deslegitimar las instituciones que fueron producto de ese Acuerdo.

¿Cuál es la agenda del uribismo por fuera del discurso de la guerra?

Las objeciones a la JEP fueron, desde el mes de marzo, la principal herramienta política de la que se agarró el uribismo para, no sólo intentar reformar institucionalmente aspectos de la JEP, sino para deslegitimar a ese tribunal.

En su momento, cuando Duque presentó las objeciones a la JEP, Sergio Jaramillo, ex Alto Comisionado para la Paz, y uno de los principales artífices del Proceso en La Habana dijo que la intención de Duque (y del uribismo) era usar esas objeciones “con fines electorales”.

Es decir que, aunque era probable que la Corte hundiera las objeciones, al uribismo sólo le hacía falta alargar la discusión hasta que empezara la carrera por las elecciones regionales para que ese debate estuviera en el centro de las campañas. Traer a la JEP y al Acuerdo de paz, de nuevo al centro del debate.

Las objeciones como herramienta electoral.

Pero las objeciones se cayeron. Duque y el uribismo perdieron la batalla en el Congreso y la Corte Constitucional ratificó esa derrota el pasado 29 de mayo.

Y así de rápido Jesús Santrich se convirtió en el nuevo caballo de batalla –político y discursivo– del uribismo.


En ese sentido, aunque las recientes decisiones de la JEP, el Consejo de Estado, la Corte Suprema y la Corte Constitucional han sido en derecho, el uribismo aprovecha para pescar en río revuelto y decir que la libertad de Santrich es prueba de que los Acuerdos dejaron un boquete abierto para la impunidad.

Cosa que no es cierta. (Cabe recordad que la puesta en libertad de Santrich no quiere decir que no sea culpable, sino que la competencia para investigarlo recae en la Corte Suprema y no en la Fiscalía. Se trata, pues, más de un vicio de forma que de fondo).

Hay que observar, asimismo, cómo ha sido el cambio en términos de lenguaje cuando el uribismo ha atacado a la JEP, a la Comisión de la Verdad o al mismo Acuerdo.

Cuando en un principio se habla con mucho énfasis de “impunidad” o “violencia sexual” o de “reclutamiento de menores”, ahora la palabra clave y la bandera que ondean los uribistas para atacar el Acuerdo de paz es: “narcotráfico”.

El narcotráfico –encarnado en la figura de Santrich– es ahora la herramienta de la que se vale el uribismo para decir que el Acuerdo quedó mal hecho.

En un comunicado oficial, publicado este 30 de mayo, el Centro Democrático dice que “Hay que asumir con serenidad este golpe que desmoraliza y ofende a los colombianos. Nos une, sin embargo, la certeza de que el narcotráfico nunca doblegará a nuestro pueblo”.

Nuevamente, el fantasma del narcotráfico.

La ecuación es simple: el narcotráfico ha sido el principal enemigo en la historia reciente de Colombia; Santrich, sindicado de narcotráfico, puede posesionarse en la Cámara de Representantes por cuenta de las cinco curules otorgadas en el Acuerdo; el Acuerdo de paz es, como anunció Uribe el día de la renuncia del Fiscal, un “cogobierno con el narcoterrorismo”.

En su momento, Omar Rincón le dijo a ¡Pacifista! que el atentado del ELN con carro bomba a la escuela de cadetes a comienzos de año había sido un “orgasmo ideológico” para el uribismo. Asimismo, hoy, seguir debatiendo alrededor de la legitimidad o no de la JEP (e incluso delas otras tres altas cortres) es devolvernos de país.

Así las cosas, Santrich será ahora el caballo de batalla del uribismo.