Entrevista con la historia: Otty Patiño, la guerra del M-19 y el largo sueño de la paz
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Entrevista con la historia: Otty Patiño, la guerra del M-19 y el largo sueño de la paz

Staff ¡Pacifista! - Enero 17, 2015

Hace 25 años, en las montañas del Cauca, la guerrilla del M-19 renunció al conflicto armado. Otty Patiño, uno de sus fundadores, recuerda en está entrega las decisiones que los llevaron a las armas y también, aquellas que los convencieron de la paz.

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Por: David Mayorga

Colombia es un país dual: en sus 205 años de historia republicana se ha debatido entre la guerra fratricida y el deseo de hacer un alto en la pelea, hablar y perdonar. A continuación, un ejercicio para volver a mirar aquellos momentos en que decidimos que valía más escucharnos como hermanos que condenarnos como enemigos.

Este recorrido se inicia a finales de los años 80, cuando las bombas del narcotráfico y las primeras balas del paramilitarismo hacían ver una versión más cruenta de la guerra. En esos días la guerrilla del M-19 le dio la espalda a la violencia y se sentó con el Gobierno para hablar de paz.

A finales de 1988, tras 14 años de oposición armada, la guerrilla del M-19 aceptó dialogar de paz con el gobierno de Virgilio Barco. En la imagen aparecen Rafael Pardo (de pie), negociador oficial, y Carlos Pizarro (con sombrero), máximo dirigente de la guerrilla. Foto vía ConstituciónColombia.com.

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Tan pronto el sol se escondió detrás de las montañas, la nostalgia los fue invadiendo a todos. Vestidos de camuflado apretaron sus fusiles, cargaron los proveedores y apuntaron al cielo; lo siguiente que se escuchó en el noroccidente del Cauca fueron los últimos disparos en la historia del M-19. Hubo llanto, abrazos, recuerdos, miradas distantes…

Al día siguiente, el 8 de marzo de 1990, todos los combatientes, los comandantes y los hombres de apoyo que habían dejado sus vidas para hacerle la guerra a un Gobierno que veían como ilegítimo,bajaron con el fusil al hombro. Ante la mirada de los reporteros, los funcionarios del Gobierno y los soldados que debían garantizar la seguridad de sus vidas, se formaron en hileras. Cada uno avanzó hasta la mesa y dejó su fusil sobre una bandera colombiana.

Desde un rincón, Carlos Pizarro, el comandante supremo, observó la ceremonia. Vestido con un jean, buzo a rayas, zapatos marrones y su infaltable sombrero blanco, recibió el parte: todos sus hombres habían renunciado a las armas. Caminó hasta las filas y comenzó el discurso con el que le confirmó al país que la guerra, su guerra, había quedado atrás.

Quienes recibieron la orden de entregar el fusil sabían que no había vuelta de hoja. En especial Otty Patiño, uno de los fundadores del M-19, miembro del comando central del grupo guerrillero y un hombre clave en las negociaciones de paz con el Gobierno. “Sentimos la angustia… Hacer una parada militar para dejar de ser militares, eso de alguna manera vuelve muy solemne el acto pero lo hace menos dramático en el sentido de que la gente todavía se siente parte de un colectivo. No hay espacio para las congojas personales”, comenta hoy desde la sala de su casa en Bogotá, acompañado por sus perros, con una voz tranquila, reposada.

Es la vida que ha construido desde aquel día en las montañas del Cauca, cuando Pizarro dio la orden de desmovilizarse. Tomó un asiento en los cinco buses que llevaron a los excombatientes a Bogotá, donde presenció la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno de Virgilio Barco y el grupo que, en adelante, pasó a llamarse Alianza Democrática M-19 para presentarse a las elecciones.Y aunque no ganó en ese entonces, siguió el camino desde la legalidad. Hoy ese rumbo lo ha llevado a la dirección del Observatorio de Culturas de la Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte, de la Alcaldía de Bogotá.

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“¿Parásitos… gusanos? Espere M-19”. Esa fue la primera vez que el país escuchó el nombre y lo confundió con un remedio. A finales de 1973, en las páginas de anuncios del diario El Tiempo, se inició una campaña de expectativa que vendría a resolverse el 17 de enero de 1974, cuando se supo lo que esa sigla encerraba: un nuevo grupo subversivo que llamó la atención del país al robarse la espada de Simón Bolívar del museo en su honor en Bogotá.

Sus integrantes era un puñado de jóvenes en sus treintas, inconformes con el rumbo que iba tomando el país. Algunos, como Carlos Pizarro, habían militado brevemente en las filas de las FARC; otros, como Vera Grabe, eran estudiantes universitarios que decidieron tomar el toro por los cuernos; o como el mismo Otty Patiño, quien había participado en las protestas de los indígenas guajibos en los Llanos Orientales.

Todos ellos se habían reunido en torno a la figura de Jaime Bateman Cayón, un samario que perteneció a las Juventudes Comunistas de Colombia (Juco) y fue expulsado de las FARC por su insistencia de llevar la lucha armada a las ciudades. Él, que insistía que el proceso revolucionario no era una condena militar interminable sino una fiesta,sería el líder supremo, el Comandante Uno, un hombre que aún permanece en la memoria de sus excompañeros. Como Patiño, quien lo conoció en un puesto de venta de almojábanas en el barrio de Chapinero.

“Fue tal la confianza que me inspiró que yo, que andaba en la clandestinidad, inmediatamente lo llevé a mi casa, al apartamento que compartía en el barrio de Santa Rosita con otros tres compañeros. Empezamos a hablar y posteriormente me di cuenta de que Bateman hacía parte de un grupo que se llamaba Comuneros, de gente que había expulsado las FARC, y que estaban buscando cómo organizarse y cómo generar una acción política distinta, con mucho más raigambre en las tradiciones políticas colombianas, mucho más cercana al sentir de la gente”, recuerda.

Esos comuneros estaban convencidos de que la democracia en Colombia no tenía espacio para las voces alternativas. Por eso todos se inspiraron en el 19 de abril de 1970, el día en que los colombianos, que se habían dormido convencidos de la elección Gustavo Rojas Pinilla como presidente, descubrieron que el nuevo mandatario era el conservador Misael Pastrana. Las sospechas y la falta de una investigación sobre el hecho fue el pilar bajo el cual se conformó el M-19

En los meses posteriores al robo de la espada de Bolívar, la gente de Bogotá comenzó a ver con agrado a esos encapuchados que asaltaban camiones de leche para repartirla en los barrios pobres, atracaban bancos y hacían la revolución en nombre de Bolívar. Los que condenaron el “sindicalismo perjudicial” cuando secuestraron a José Raquel Mercado, presidente de la Confederación de Trabajadores de Colombia, acusado de doblegar los intereses de los obreros a los dirección de los patrones y que perdería la vida en cautiverio.

¿Cómo actuaba el M-19 en sus comienzos?
En pequeños comandos, entonces uno conocía básicamente a la gente del grupo. En las ocasiones en las que uno tenía su salario por un trabajo legal, se autosostenía; pero cuando ingresaba por completo en la vida clandestina le asignaban un salario para que pudiera vivir.

¿Esos fondos de dónde salían?
De lo que llamábamos recuperaciones. De hacer asaltos en bancos, secuestros… El M-19 hizo muy poquitos porque Bateman era muy consciente de que dejaba una impronta dolorosa en los familiares. Yo pienso que ahora a la gente se le secuestra porque es querida o necesitada, pero es un delito contra el amor. Es un chantaje contra el afecto de las personas. En un proceso revolucionario hay que tener cierto sentido de humanidad porque, si se pierde, la gente se deshumaniza, pierde la razón y se pierde la lucha.

Hoy en día, teniendo en cuenta el rechazo generalizado de la sociedad colombiana al secuestro, ¿qué piensa de esa táctica?
Eso es bueno. El tiempo revolucionario también es un poco patológico, es una enfermedad. Es un tiempo donde hay una efervescencia de cosas, bien sea de rabia pero también de muchas esperanzas de paz. Y en ese tiempo hay cierta admisibilidad de hacer cosas que normalmente no se aceptan; ese rechazo general a ese tipo de prácticas es un signo de que la sociedad, en su conjunto, llegó a un nuevo estadio.

Pero la política del país estaba enmarcada en la Guerra Fría, en la lucha contra las guerrillas comunistas de las FARC, el ELN y el EPL, en el apresamiento de todo aquel que repartiera volantes invitando a la revolución o que llevara consigo libros relacionados con el comunismo.

Eran los años de Julio César Turbay, el presidente que instauró el Estatuto de Seguridad, el hombre al que el M-19 le hizo la guerra de frente al robarle un completo arsenal de armas del Cantón Norte en 1979 (algunas fuentes dicen que fueron más de 5.000 fusiles) y al que obligaron a negociar en 1980 para liberar a 16 diplomáticos secuestrados durante una fiesta en la embajada de República Dominicana en Bogotá (además de enviarlos a Cuba, cobraron un rescate de 3 millones de dólares de la época.)

¿En qué momento comenzó el M-19 a vivir la guerra como tal?
Cuando nos robamos las armas del Cantón Norte. En 1978 la mayoría de la gente, debido a las acciones bonitas como la recuperación de la leche, nos veía muy bien. Cuando se roban las armas, la reacción del Estado fue brutal.

¿Qué buscaban al robar esas armas? ¿Era un golpe de opinión?
Sabíamos que esa imagen de ser un grupo a lo Robin Hood se podía agotar y que si no pasábamos a una etapa más directa, de confrontación y de posible victoria ante el Estado, desapareceríamos. Lo que más influyó fue la situación de Centroamérica: la revolución en Nicaragua estaba a punto de decidirse, la guerra en El Salvador estaba bastante fuerte. Y eso sirvió para que pensáramos que, sumándonos a esas luchas, íbamos a tener un efecto muy importante aquí en Colombia. De hecho, la idea era enviar esas armas a Nicaragua y hacernos partícipes de ese proceso revolucionario.

¿Y qué pasó? ¿Por qué no lo lograron?
Sabíamos que no se podían sacar de inmediato, que había que guardarlas. Se hicieron las caletas pero algunas personas que tenían conocimiento de su ubicación no siguieron las órdenes. Además el Ejército recurrió a la tortura, un sistema que aguanta uno de cada 100. El Estatuto de Seguridad del gobierno Turbay permitía que los militares tuvieran presas a algunas personas, no había hábeas corpus ni garantías ni nada. Podían torturar a alguien por más de 15 días sin ningún problema. Mucha gente fue cayendo porque otros contaban; otros hablaban, se autoincriminaban y delataban cosas o sitios que, pensaba, estarían vacíos.

La dirección, que estaba en la cárcel, decidió no hacer una causa de depuración del hecho de hablar bajo tortura. Y eso fue muy importante porque la cárcel, en su conjunto, y la gente que estaba en ella, se convirtió en una fuerza política y moral. Pizarro diría más tarde: “El Ejército puede perdonarnos que nos hayamos robado las armas pero no que los hayamos convertido en torturadores”.

¿En ese momento deciden irse para el monte?
No, ya se habían creado pequeños grupos. Antes de lo del Cantón, Bateman había previsto que era necesaria una retaguardia en el campo y se lanzaron pequeñas unidades que, en su momento, se llamaron móviles para que empezaran a crear núcleos guerrilleros. Eran unidades de propaganda armada, pero de esas solamente florecieron unas pocas en el Caquetá, por ser una región verdaderamente abandonada por las Fuerzas Militares, y en el Cauca.

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Los años 80 cogieron al M-19 en el monte, combatiendo al Ejército a plomo limpio, obligando a los revolucionarios citadinos a aprender la vida de un campamento rural y a los campesinos reclutados cavando trincheras de cara a un nuevo combate.

En su momento se convirtió en un ejército de más de 5.000 hombres con una fuerte influencia en las montañas del Cauca y el sur del país. Y allí fue donde escucharon por primera vez las intenciones de la paz.

¿Cómo vivieron el cambio de discurso del gobierno Turbay al de Belisario Betancur?
El 7 de agosto del 82 estábamos en el Putumayo celebrando la Octava Conferencia, pensando que el camino era armarnos, cuando el discurso de Belisario empieza diciendo: “Ni una gota más de sangre entre los colombianos”. Nos desconcertó tenazmente y, además, a los poquitos días puso una ley de amnistía general e incondicional, una jugada audaz que nos puso a la defensiva.

¿Por qué?
Comenzamos a decir: “La amnistía no es la paz”. Turbay propuso tres condiciones para desarrollar un tema de paz: el diálogo nacional, la tregua y la amnistía. En ese diciembre del 82 toda la gente que estaba presa salió. Muchos tenían el entusiasmo de lanzarse a la plaza pública a hacer política –en cierta forma abandonar las armas–.

¿Qué decían Navarro Wolf, Pizarro, Bateman de esa propuesta de Belisario?
Bateman pensó que podía ser una cuestión muy tramposa porque dejar las armas y salir a hacer política dejaba abierta la posibilidad de que mataran a la gente. Y dijo: ‘Vamos a aprovechar este tiempo no para hacer la guerra, pero sí para prepararnos para ella”.

Hoy, con la distancia que brinda el tiempo, ¿qué significa el episodio del Palacio de Justicia en la historia del M-19?
Fue el principio del fin de la guerra. Aunque después de él se trataron de hacer varios desarrollos de la guerra con ciertas operaciones que culminaron en éxito, ya no tuvieron ninguna significación política. Y la gente empezó a repudiar de una manera muy fuerte la violencia de laguerra.

¿Perdieron el apoyo popular?
En parte, pero la guerra en general fue perdiendo su espacio en el país. Yo mismo lo sentí como persona: mucha gente que antes lo apoyaba a uno, después nos rechazó. Nos decían que por ahí no era. Había aún un sentimiento de simpatía pero nos decían: “Ya esto se acabó”. Escucharlos fue lo que nos salvó.

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La llegada de Barco al poder obligó al M-19 a enfocar el camino. Desaparecido Fayad (murió en un operativo en Bogotá), el grupo eligió a Pizarro como su reemplazo por comandar la fuerza militar de mayor poderío en el Cauca. Su primera reunión se produjo en el municipio de Musoco, y allí todos decidieron que iban a darle una segunda oportunidad a la paz. Su nueva consigna tendría tres principios: paz a las Fuerzas Militares, guerra a la oligarquía y vida a la nación.

Pero su primer paso hacia la paz no fue tal: El 29 de mayo de 1988 el grupo secuestró a Álvaro Gómez Hurtado, una de las figuras más prominentes del Partido Conservador. Al ser un hombre reconocido, los partidos políticos, los gremios y el propio Gobierno accedió a negociar con el M-19. Era una salida preferible, ideal, mientras intentaba soportar la oleada terrorista de los narcotraficantes que buscaban evitar a toda costa la extradición.

Los primeros contactos entre las partes se hicieron en las montañas del Cauca y a finales de 1988 se estableció formalmente el proceso de diálogo en Santo Domingo, un corregimiento del municipio de Toribío.

¿Por qué Santo Domingo?
Se pusieron en consideración tres escenarios pero el que le pareció mejor a Pizarro, porque no era tan lejos de Cali, era Santo Domingo. El Gobierno no quería ningún protagonismo de la guerrilla, quería un diálogo aislado de la oposición, pero era imposible bloquear totalmente la llegada de la gente. Entonces establecieron un retén y nosotros otro para controlar quién entraba al campamento. Había un sitio que funcionaba como helipuerto para que aterrizaran los funcionarios y otro donde se realizaban las conversaciones.

¿Cómo se realizaron los diálogos de paz?
Los equipos de negociadores eran de cinco personas. Uno de los temas era una discusión a nivel de la sociedad civil; el Gobierno permitió que se crearan unas Mesas de Análisis y Concertación sobre todos los temas habidos y por haber, y que 12 personas del M-19 sin líos jurídicos asistieran a ellas. Les llámanos Los Apóstoles… El paquete de reformas que se platearan y se acordaran allí se presentarían a los partidos políticos y al Gobierno, algunas iban al Congreso. La mesa de negociación hacía el monitoreo de lo que ocurría con las propuestas mientras se discutían temas como la participación política después de dejar las armas, el proceso mismo de desmovilización y, desde luego, las garantías jurídicas para que no apresaran a los desmovilizados, al igual que mecanismos de seguridad para evitar asesinatos.

¿Cómo veían a Rafael Pardo, el jefe negociador del Gobierno?
Como una contraparte a veces amable, a veces dura.

¿Confiaban en él?
Sí, en el sentido de que era un hombre muy directo y eso generaba confianza. Era un tipo bastante joven y nuevo, no parecía estar contaminado por la política.

¿Se presentó alguna crisis?
Hubo un momento en que el Gobierno planteó que, en el paquete de reformas que estaban siendo acordadas, se introdujera el tema de la extradición. Y siendo ese tema la razón de muchas de las acciones terroristas violentas de los narcotraficantes, meterla ahí era meternos a nosotros en otra guerra, volvernos un objetivo general. Nos opusimos y allí hubo una especie de ruptura de las conversaciones

¿Cómo la superaron?
Estaba José Noé Ríos como negociador del Gobierno, que era un tipo mucho más hábil, le encontraba la comba al palo. No generaba tanta confianza como Pardo, pero ante muchas de las situaciones intrincadas tenía esa habilidad y esa flexibilidad. Él planteó que el Gobierno incluyera el tema pero nosotros hicimos una manifestación pública diciendo que no estábamos de acuerdo. Claro que eso no bastó y cuando el Gobierno le presentó el tema al Congreso, se lo voltearon: se aprobó la no extradición. Se decidió que se hundiera todo, todo un año de trabajo, todo lo que habíamos pactado.

El proceso necesitó de una medida de autoridad, y ella llegó en la forma del Decreto 206 del 22 de enero de 1990, que, ante todo, dejaba en pie la Ley de Amnistía acordada un año atrás. Fue la señal que los hombres del M-19 habían estado esperando. El paso que revivió un proceso de paz agonizante y los llevó, primero, a la plaza pública; y después a la desmovilización.

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Sin embargo, la candidatura presidencial de Pizarro fue despertando tal nivel de apoyo que a algunos les pareció inconveniente. El 26 de abril de 1990, a menos de dos meses de haber dejado las armas, el excomandante fue asesinado a bordo de un Avión de Avianca mientras se dirigía a Barranquilla para presentarse a un acto de campaña. Fue el tercer candidato, junto a Luis Carlos Galán y Bernardo Jaramillo Ossa, en ser asesinado antes de las elecciones.

La decisión de Antonio Navarro, el hombre sobre el que recayó el mando (ahora político) del M-19, fue contundente: “No sé qué vayamos a hacer mañana, pero hoy enterramos a Pizarro multitudinariamente”. Miles de personas acompañaron su ataúd hasta el Cementerio Central de Bogotá, donde lo despidieron.

Gerardo Gutiérrez, su verdugo, fue asesinado por uno de los escoltas del DAS asignado a proteger la vida de Pizarro. La investigación judicial nunca esclareció quién dio la orden de matarlo, no como los rumores que, con el pasar de los años, fueron tomando forma. El único que aceptó su responsabilidad fue el comandante paramilitar Carlos Castaño, quien en Mi confesión, su libro autobiográfico, relató paso a paso cómo planeó el crimen, cómo entrenó al sicario, cómo rezó un padre nuestro por el futuro de Colombia cuando vio al avión despegar del aeropuerto Eldorado, de Bogotá. Habría sido el principal testigo para resolver el crimen si no hubiera sido asesinado por sus propios hombres en abril de 2004.

Los excombatientes decidieron que no iban a cruzarse de brazos y por eso encargaron a Otty Patiño y al abogado Álvaro Jiménez investigar las razones del asesinato. Los indicios los llevaron hasta las finca Las Tangas, donde hablaron con Fidel Castaño, hermano de Carlos y comandante de la fuerza paramilitar que, con el tiempo, se llamaría Autodefensas Unidas de Colombia. Él les dio una pista sobre los responsables:
¿Usted estuvo en la muerte de Pizarro?
—Sí.
¿Quién mandó eso?
—La oligarquía.
¿Quiénes? La oligarquía es una categoría…
—Pues la oligarquía, usted sabe quiénes son.

Tras la despedida de Pizarro, los excombatientes siguieron sus vidas. Algunos en la política, otros en la investigación social, algunos simplemente en otras actividades. La Alianza Democrática M-19 dejó de existir, en términos prácticos, en 2002 cuando se unió al Polo Democrático, la coalición de partidos de izquierda que se ha convertido en una fuerza relevante en el país.

Otty Patiño también siguió con su vida. Participó en la Asamblea Constituyente de 1991, fundó el Observatorio para la Paz, fue columnista de El Tiempo y, sin éxito, se presentó a las elecciones para la Alcaldía de Buga, Valle del Cauca, su pueblo natal. Hoy está al frente del Observatorio de Cultura del Distrito.

Su presente hoy está muy alejado de su pasado.

Hace 25 años se desmovilizó. ¿Qué le dejó esa parte de su vida que vivió en pie de lucha guerrillera?
Estoy contento de haber vivido la vida que viví. No me arrepiento de nada. Por supuesto, reconozco que en la guerra y en la paz también cometimos errores, pero creo que había un nivel básico de razón en la lucha nuestra. No se perdió ni el tiempo ni el esfuerzo. El país de ahora es distinto al de antes, y es mejor pese a todas las dificultades. Hoy la gente, antes de coger un arma, piensa en cómo pelear sus derechos. Las generaciones de hoy tienen otras metas de lucha y eso es posible porque las que uno tuvo ya no tienen razón de ser.