El Redentor debe ser un centro de redención, no de tortura
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El Redentor debe ser un centro de redención, no de tortura

Colaborador ¡Pacifista! - Octubre 9, 2018

OPINIÓN| El castigo no los convierte en santos o en altruistas; los hace machitos capaces de torturar, como lo aprendieron de sus torturadores.

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Por: David Díaz 

Hay dos posiciones opuestas a propósito de la agresión de los policías contra los jóvenes de El Redentor después de un intento de fuga. Por ejemplo, para el ICBF o la comandancia de la Policía en Bogotá, podría tratarse de un caso aislado de abuso de poder de algunos policías por medio de violencia desmedida, cruel e ilegítima. Sin embargo, en redes sociales muchos piensan que es un castigo merecido (como si supiéramos qué se merece cada quién), un escarmiento necesario para unos jóvenes que, además de intentar fugarse, han robado o asesinado.

Comencemos aclarando algo necesario. A diferencia de lo que se sostiene, no es cierto haya sido un hecho aislado cometido por algunos policías que no acataron las ordenes pacíficas de sus superiores. Se trata más bien de una vieja y bien estructurada práctica policiva y represiva, arraigada en todos los miembros de la institución, y en nosotros. Por eso, para muchos, los policías están haciendo bien su trabajo. Tienen el derecho de usar la violencia. Los golpes, entonces, son apenas una medida preventiva y de control para enseñar, dirían las personas que creen en “la mano firme”. Se maltrata no para causar daño, sino para educar.

Por eso puede que el maltrato sea un castigo menor. No les están dando tan duro. Pero para quienes así lo piensan, siempre habrá formas más brutales de violencia con las que justificar lo que se está haciendo. Para ellos no hay tortura, hay una especie de llamado de atención, una advertencia. De esta manera tan soterrada, como en el fascismo más depurado y el paramilitarismo más refinado, en Colombia somo expertos en normalizar la tortura y banalizar la violencia.

No es rara esta manera de pensar. Los colombianos tenemos un policía interior que busca justicia a través de la violencia. Sentimos un aire fresco al ver que agarran a un ladrón y le dan una paliza. Nos alivia darle una patada. Por eso estamos acostumbrados a justificar la violencia: si no se puede por las buenas toca por las malas. Creemos que las vías pacíficas son pocas y pasamos con rapidez a las más violentas, que son muchas. Hay veces, incluso, que se cree que no hay vías pacíficas, como para quienes piensan que las guerrillas en Colombia hay que acabarlas con plomo y punto. No somos capaces de reconocer que la paz es un camino que casi nunca agotamos y que casi siempre desechamos prematuramente. Queremos un castigo contundente, que no deje dudas de quién tiene el poder, la autoridad, la fuerza, la capacidad de producir terror y temor. Y la tortura es una de sus formas más eficaces.

Siguiendo esa manera de pensar, en lugar de tortura se trataría de un castigo ejemplarizante. Pero ¿escucharon al policía hablarle a uno de los jóvenes mientras se lamentaba?: “Qué, ¿ahí si no es muy hombrecito? Ahí sí llora como una nena”. ¿Cómo así que llorar, pedir que no le peguen más, lo hace una mujer, y quién dice que ser mujer  es sinónimo de debilidad? ¿Quién dijo que es de “hombrecitos” intentar fugarse y de “nenitas” lamentarse? Ah, lo que pasa es que el policía, además, está formando machitos. ¿Qué hay de ejemplarizante en esta barrabasada, en esta idiotez? Seguramente así lo formaron a él, seguramente así educa la Policía a sus hombres, seguramente a él también le dieron una golpiza y le dijeron que era una nenita por llorar. Y, seguramente, le debe dar un fresquito dejar de ser la víctima y convertirse en victimario. Como a nosotros y nuestro policía interior.

El Redentor es un centro de reclusión, pero también un centro de redención, de salvación, de perdón, de recuperación. ¿Cómo conseguir que los jóvenes se rediman? No es fácil, no hay una formula. Pero es muy probable es que la tortura no los redimirá. La tortura maltrata física y emocionalmente, aumenta el rencor y el desencanto con la sociedad — basta observar el caso de paramilitarismo en Colombia—. No los convierte en santos o en altruistas; los hace machitos capaces de torturar, como lo aprendieron de sus torturadores, sin derramar una lágrima.