El Pato resiste: La lucha ambiental de la comunidad en donde nacieron las Farc
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El Pato resiste: La lucha ambiental de la comunidad en donde nacieron las Farc

Colaborador ¡Pacifista! - Enero 16, 2018

Crónica de la primera Zona de Reserva Campesina.

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Zona de Reserva Campesina en EL Pato. Foto: Alejandra Cuéllar

Por: Alejandra Cuéllar

Alrededor de El Pato, Caquetá, los montes están cubiertos de bosque húmedo. El viento agita las banderas impecables de la paz que cuelgan de las casas de madera, como si hasta ahora se estuviera celebrando el acuerdo entre las Farc y el gobierno en esta zona del país.

El Pato fue la cuna de las Farc. En 1965, Manuel Marulanda se estableció en este lugar con las autodefensas campesinas comunistas. Sorprendentemente hoy no hay ni cultivos de coca, ni minería ilegal y tampoco perduran nuevos grupos armados. La comunidad sigue unas normas autónomas sociales y ambientales que se cumplen aún después de la salida de la guerrilla; el medio ambienta ha estado protegido.

Después de tres horas de carretera destapada desde Neiva llego a El Pato con varias preguntas en mente: ¿qué es lo que hace este lugar tan distinto? ¿por qué no han surgido los mismos conflictos que están explotando en otras zonas de dónde han salido las Farc?

Miguel Córdoba, el tesorero de AMCOP (Asociación Municipal de Colonos de el Pato) es un hombre mayor, de pelo gris y mirada intensa. Me explica que El Pato es particular porque la comunidad se lleva organizando desde hace más de cuarenta años por “pura necesidad”. Hoy mantienen la autonomía sobre su territorio con orgullo.

“Al principio lo hicimos con las cooperativas multi-activas y Juntas de Acción Comunal”, narra Miguel. “Le temíamos a la fuerza pública porque nos humillaban y nos señalaban a todos de subversivos. Teníamos que hacer resistencia”, agrega.

Por convivir con las Farc durante años los habitantes de El Pato fueron tildados de insurgentes y sufrieron el golpe de las fuerzas armadas en su expresión más violenta. Después de los bombardeos en Marquetalia en 1965, el Ejército bombardeó la zona de El Pato, evento que los patunos recuerdan como la “marcha de la muerte”.

Durante la matanza, las personas que no morían por las bombas morían del hambre mientras intentaban escapar hacia las montañas. Fue una experiencia devastadora. Diez años después los campesinos se organizaron para protegerse de la fuerza pública y lograron definir sus propias formas de vivir en colectivo, de la mano de las Farc.

Las normas ambientales

“Para darle un ejemplo, la cacería acá no se permite”, me cuenta Nolberto Villalobos, el vicepresidente de AMCOP. “Aunque sabemos que muchos campesinos lo hacen, usted encuentra animales paseando por ahí por cualquier finca”. En El Pato se encuentra el borugo, un roedor en peligro de extinción, el armadillo, el venado, el oso de anteojos y el pato de los torrentes que le da el nombre a la región, entre otros animales.

La tala también está rotundamente prohibida, pese a que en una época sí se talaba y no había límites ni controles frente a este problema. El cedro se convirtió en el principal sustento económico de la zona en los ochentas pero en el 97, cuando se concretó la Zona de Reserva Campesina, la comunidad  prohibió estas actividades, decisión que respaldó las Farc.

“Por querer avanzar en el derribo de montaña la gente no tenía en cuenta nada”, recuerda Nolberto. “Acababan con los animalitos, con fuentes de agua. También eso trajo mucho trago y problemas,” agrega.

“En ese entonces había un campesino que protestaba y decía ‘¡Si este árbol está en mi finca! ¿por qué no lo puedo talar?’” Recuerda Miguel con una sonrisa. “Y entonces un comandante le preguntó ‘¿Acaso ese árbol es suyo? ¿Usted lo sembró?’ Y el campesino sorprendido le dijo ‘pues no’. Y ese fue el fin de la discusión”, agrega Miguel enfático.

“A mí me pareció fabuloso, porque sé que el bejuco me trae el oxígeno. Ahí caí en cuenta del daño que la hacíamos al territorio”, dice.

En una época en El Pato se sembró amapola pero esta actividad también cesó porque los precios fluctuaban demasiado y no fue rentable, además trajo “vicios y prostitución” a la comunidad. Coca nunca ha habido.

Después de prohibir la tala, las personas se enfocaron en sembrar productos agrícolas como fríjol, café, lulo y otras frutas. Convertir el territorio en Zona de Reserva Campesina les permitió a los habitantes tener acceso a tierras, más autonomía sobre el territorio y fomentar una economía agrícola propia.

Miguel me explica que la decisión de prohibir tanto la tala como la caza y la siembra de amapola se tomó con una consciencia ambiental que surgió porque las personas comprendieron que en las zonas deforestadas las comunidades sufren de carencias de la naturaleza. Nolberto cuenta que aprendió a cuidar los bosques pensando en el futuro y en las generaciones que vendrían.

“Vea,” me dice Miguel con seriedad. “Uribe dice que todos acá eran terroristas pero las Farc fue el movimiento que acá enseñó”, agrega.

Las reglas ambientales fueron concertadas entre la comunidad y las Farc.

¿Habrá control sin el fusil?

La organización campesina tiene normas de Convivencia Comunitaria, reglas que rigen el territorio desde el 2003 según explica la investigadora Lorena Carrillo. Las organizaciones comunitarias están encargadas de mediar conflictos, pero hasta la desmovilización de las Farc este año, la guerrilla era la encargada de solucionar estos problemas en última instancia.

La desmovilización de las Farc ha generado un miedo en los habitantes de El Pato de que su autonomía deje de funcionar sin la autoridad de la guerrilla.

“Esa fue una de las preocupaciones que tuvimos porque mucha gente se acostumbró a vivir en ese mundo de tener ahí a un actor que representaba la autoridad,” me dice Nolberto.

El vacío de la autoridad de las Farc ha traído preocupación a muchos territorios en donde la deforestación se ha disparado. Desde el 2015,  a nivel nacional ha aumentado en más de 40% y las zonas más afectadas por la deforestación, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), son Chocó, Meta, Antioquia, Caquetá, Norte de Santander, Guaviare y Putumayo —zonas históricas de conflicto—.

“El conflicto genera una paradoja porque durante la guerra ha habido deforestación, tala, pero después de que termina la guerra muchas zonas se convierten disponibles para minería, hidrocarburos, agroindustria, con nuevas consecuencias”, explica Lorenzo Morales, el escritor del informe “Peace and Environmental Protection in Colombia. Proposals for Sustainable Rural Development”, de 2017.

Esto quiere decir que los terrenos que ya no están bajo un mando claro de un grupo armado pueden quedar vulnerables a distintos tipos de explotación de nuevos actores o de los mismos pobladores. Según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) el acaparamiento de tierras, los cultivos ilícitos, la construcción de infraestructura, la ganadería extensiva, los incendios forestales y la minería, están destruyendo el medio ambiente.

Pero en El Pato ese no ha sido el caso, me explica Nolberto.

“La guerrilla no era quien controlaba cien por ciento el territorio, ellos estaban en su cuento, en su trabajo político, pero las comunidades les correspondían”, explica. “Las Farc contaba con la aceptación de los campesinos, pero ellos no estaban ejerciendo presión, o diciendo qué tenía que hacerse, las comunidades se manejaban con los comités de conciliación y los comités de derechos humanos y por eso mantenemos el orden”.

“Por ejemplo, ahora pasó un problema ”, me cuenta Nolberto. Hace dos semanas durante las fiestas del retorno en las que se celebra “la marcha por la vida” cuando los patunos reclamaron el derecho sobre su territorio, dos hombres se enfrentaron y se pegaron con botellas.

“Ellos conocían las reglas de acá”, dice Nolberto. “Entonces ya se les comunicó a los implicados que estaban violando las normas de convivencia y ya saben el trabajo que deben cumplir. Actualmente se encuentran trabajando en la reparación de un camino”, agrega.

Por la tarde me siento con Estela, una señora que hornea pandebonos rellenos de queso y bocadillo. Le ofrezco un vaso de mi gaseosa y me cuenta que las cosas han cambiado con la salida de las Farc. Ahora hay más riñas, hay menos control sobre cuándo se toma. Antes la gente se acostaba el domingo temprano para trabajar el lunes, ahora se ve a los borrachos, por ahí, me dice.

Las cosas no son tan estrictas como antes cuando estaban las Farc dice Estela, pero me cuenta que acá en El Pato, si alguien no tiene para comer o está teniendo problemas económicos, la junta recauda la plata para ayudar a esa persona. Eso sí se mantiene.

La desmovilización de las Farc ha cambiado indudablemente las dinámicas y la rigidez de las jerarquías de control social, pero su ausencia no significa necesariamente un caos. Aún sin una presencia fuerte del Estado, los patunos se regulan y se sostienen con redes propias que preceden y exceden el conflicto. El impacto que sufrirá el medio ambiente a largo plazo está por verse.