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El paraíso que perdimos (por ahora)
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El paraíso que perdimos (por ahora)

Staff ¡Pacifista! - Mayo 14, 2015

En el golfo de Urabá, uno de los lugares más violentos de Colombia, floreció una de las primeras ecoaldeas de Suramérica. La guerra casi acaba con ella.

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Por: Juan Carlos Rocha

En 1985, cuando matar estaba de moda en Medellín por cuenta del negocio de la cocaína, una adolescente de 16 años abandonó el colegio, se despidió de su familia y con el morral a medio llenar emprendió un viaje sin destino definido. Intuía otra forma de vivir y tenía que buscarla.

—Mis padres ya se lo esperaban —recordó riendo.

Beatriz Holguín decidió ir al mar y, después de un largo viaje en bus hasta Turbo más un día en chalupa a motor atravesando el golfo de Urabá, llegó a la playa de Triganá, un territorio paradisíaco entre la selva del Darién y el mar Caribe, sin imaginar que se quedaría durante 25 años.

Ya estaba enamorada de la playa, en ese entonces habitada por un puñado de familias, cientos de árboles enormes y floridos, y una quebrada que entregaba sus aguas cristalinas al mar, cuando conoció al ‘pollo pintoso’, un negro alto y corpulento de unos 60 años, de quien solo se sabía que se escondía de la guerra en una de las selvas más inhóspitas y exuberantes de la Tierra.

El ‘pollo pintoso’ llevaba 10 años viviendo solo, a una hora de camino de la playa, subiendo una pequeña serranía junto a la quebrada Sardí. Había construido su casa con sus manos, sembraba buena parte de su comida, completaba la dieta con los frutos de la selva que también eran su farmacia, y solo bajaba a la playa los domingos —siempre tan arreglado que mereció el apodo de ‘pintoso’— para predicar la palabra e intercambiar productos exóticos por sal y combustible que le servía para prender las anotrchas e iluminar sus noches de soledad.

Betty se internó en este mundo mágico durante varios meses, convencida de que había encontrado “la mejor universidad del mundo”, y se dedicó a aprender los múltiples oficios que requería la vida en libertad en medio de la naturaleza.

Pero el pasado reclamaba al ‘pollo pintoso’, quien decidió regresar a la civilización en busca de su familia. Betty se asoció con Henry, un profesor que vivía en Medellín, y juntos le compraron 30 hectáreas de selva por $140 mil pesos. El ‘pollo pintoso’ permaneció algunos meses más, compartiendo las enseñanzas de la selva con Betty, quien luego quedó al frente del terreno y empezó a construir su sueño de formar una comunidad autosostenible en ese paraíso.

Luego de dos años de su partida, Betty regresó a Medellín para contar las buenas nuevas a familiares y amigos para correr la voz y atraer más voluntades dispuestas a edificar este proyecto de vida en Triganá.

No era cosa para decirle a todo el mundo, pero los elegidos escucharon sus relatos prodigiosos sobre un lugar intacto, donde monos, iguanas, ardillas, tucanes y serpientes eran cosa de todos los días. Un rincón colombiano en donde los árboles centenarios eran mayoría y la naturaleza dirigía los ritmos de la vida. Un lugar fuera del sistema.

Jornada de ‘Herederos del planeta’ en la comunidad de Triganá (1998).

Betty regresó a Triganá mejor preparada y decidida “a meterle toda al proyecto”. Muchos se unieron a la causa y, entonces, se empezó a escribir la historia de Sasardí, la primera ecoaldea de Colombia.

Por esos mismos días, en la vereda Punta Coquitos, en Turbo, 30 hombres al servicio de Fidel Castaño, vestidos con prendas del Ejército y sin reparar en las súplicas de mujeres y niños, se llevaron a 26 campesinos, cuyos cuerpos fueron apareciendo durante los siguientes cinco días en una playa cercana. Era el inicio de una nueva guerra por el dominio de la rica región del Urabá, que todavía no termina.

***

Antes de la llegada de los españoles, los indígenas Kuna (o Tule) y Emberá sostuvieron los primeros enfrentamientos por el dominio de las selvas del Darién y el golfo de Urabá. Más tarde, la conquista amplió los límites de la sevicia y, aunque los indígenas sobrevivieron refugiándose en el interior de la selva, la población fue diezmada, sus costumbres amenazadas y la tranquilidad desterrada.

La independencia estuvo lejos de atraer la paz y en 1850 los kunas terminaron por abandonar sus territorios, presionados por los prófugos de las guerras en el interior del país que llegaban a colonizar sus tierras. Hoy se calcula que, únicamente, cerca de 500 miembros de este pueblo indígena permanecen en Colombia, mientras que 60 mil están regados por las 400 islas que conforman la Comarca Kuna Yala en Panamá, un corredor de 226 km de largo en el mar Caribe.

El rumor de tierras exuberantes y baldías se difundió poco a poco, y los colonos continuaron llegando en pequeñas cantidades. Al territorio entraron desde comunidades afrocolombianas hasta multinacionales, como la de la bananera United Fruit Company en los 60 (la misma que protagonizó la ‘masacre de las bananeras’ en 1929 en el Magdalena), que ocupó las mejores tierras, arrastró a miles de trabajadores y propició una redistribución desigual del territorio, que se acentuaría en los años siguientes.

La explosión demográfica no fue acompañada de inversión gubernamental, lo que condujo a la conformación de sindicatos, ligas campesinas y juntas de acción comunal organizadas para suplir las abundantes necesidades y reclamar los derechos negados. La extracción de madera y la ganadería extensiva, impulsados por terratenientes y empresarios, también se afincó en la región, destruyendo la selva y desplazando a más comunidades.

Ese estado de agitación social, sumado a la posición estratégica del golfo —en la frontera con Panamá, junto al mar Caribe y en la boca del río Atrato, la puerta de entrada a las selvas del Chocó —, incitó la llegada de varios grupos armados ilegales que, desde entonces, han disputado el dominio de la región a sangre y fuego, secundados por grupos económicos y en ocasiones por el mismo Estado, instalando toda suerte de negocios, lícitos e ilícitos.

Desde la década de los 80, el golfo se convirtió en foco de narcotráfico, contrabando, tráfico de armas, despojo de tierras, desplazamiento forzado, violaciones, asesinatos, masacres, reclutamiento de menores, minas antipersonales y otras pesadillas.

Desembarco de madera en el puerto de Turbo. El tráfico de maderas
exóticas está destruyendo una de las selvas más biodiversas del mundo.

Mientras tanto, en Sasardí una extraña fuerza movía al puñado de soñadores que construían casas, abrían cultivos, instalaban fuentes de energía alternativa, se ganaban la confianza de los lugareños y, quizás lo más difícil, convivían en comunidad. Eran en su mayoría citadinos hastiados de las injusticias del sistema, que pretendían habitar una de las selvas más exuberantes de la Tierra sin destruirla, mientras se forjaba una guerra por los derechos de su explotación.

Cuando Beatriz dio a luz a su primera hija, Liumara, en casa y con ayuda de una partera vecina, al otro lado del golfo se organizaban los primeros grupos paramilitares, que más tarde se expandirían por todo el país.

En enero de 1991, en la imponente cascada Tilupo, lugar sagrado para los indígenas y corazón del Parque Nacional Los Katíos, Betty Holguín conoció al chileno Claudio Madaune.

Madaune era uno de los cuatro millones de exiliados de la dictadura de Augusto Pinochet. Vivió en Francia y Noruega, donde empezó a trabajar en flotes navieros, y en un viaje al Caribe fue contratado por la empresa colombiana Líneas Agromar, cuyo dueño, además, contaba entre sus negocios con varias empresas madereras que explotaban sin miramientos las hermosas selvas del Chocó.

Madaune rechazó una oferta de trabajo, pero aprovechó para conocer la región. Los trabajadores le insistieron en que debía conocer la cascada Tilupo, ya que tanto le gustaba “eso de la naturaleza”, y ese día Beatriz Holguín también estaba por ahí.

La coincidencia no fue en vano. Madaune se enamoró del proyecto, se quedó diez años en Sasardí y se convirtió en algo así como el embajador de la ecoaldea. Luego de una gira por Francia, Holanda y Noruega, en busca de recursos para los proyectos que se empezaron a gestar junto a profesionales y emprendedores que se sumaron al proyecto, crearon la Fundación Darién, un status legal que les permitiría recibir recursos del sistema para, precisamente, conseguir lo necesario para vivir fuera de él.

Para ese entonces la ecoaldea era habitada por un grupo que fluctuaba entre 12 y 15 personas. Recibía visitantes a todo momento, desde viajeros provenientes de distintos países del mundo hasta pasantes de la Universidad de Antioquia, quienes se acoplaban a la vida comunitaria, colaboraban en las múltiples labores, aplicaban sus conocimientos, y compartían las noches de luna llena sus reflexiones sobre el acontecer diario y solucionaban los conflictos propios de la vida en comunidad. En otras palabras, celebraban el milagro de la vida.

Danza tradicional de los indígenas Embera en la población de Tanela, realizada como parte de las iniciativas de Sasardí para la recuperación de las tradicionaes ancestrales (2001).

En poco tiempo, y con mucho trabajo, se hicieron a mejores herramientas: construyeron biblioteca, taller de carpintería, cabañas familiares y para voluntarios, y la ‘casa grande’ en la playa, emprendieron estudios científicos sobre la biodiversidad de la selva. Además, consiguieron paneles solares y una turbina Pelton, que a partir de la corriente de la quebrada generaba la energía necesaria para la comunidad. Luego, compraron más tierras para su conservación.

Pero pronto entendieron que la autosuficiencia no era el objetivo final del proyecto, sobre todo en un entorno como el del golfo del Urabá. Había que influir en la región y tratar de detener la hecatombe que amenazaba la selva y sus pobladores.

Habían visto muchos niños que no iban a la escuela, y como Liumara ya estaba en edad de estudiar, abrieron una, primero en Sasardí, y más tarde en Triganá, donde ellos mismos eran los maestros, junto a los practicantes que cada tanto venían de la ciudad. La escuela Sardí aún sigue funcionando, ahora bajo la responsabilidad de la comunidad.

Como notaron que las mujeres sufrían los estragos de la violencia en su hogar, ellas mismas armaron un equipo de fútbol e invitaron a las vecinas, a quienes empezaron a influir entre goles y gambetas, para que exigieran el respeto de los hombres.

Como vieron las montañas de basura y los hilos de agua contaminada que salían de las casas, conformaron el grupo “herederos del planeta” con los niños, les mostraron las consecuencias de sus hábitos y les enseñaron otros, amables con la naturaleza, para que los replicaran en casa.

Como contemplaron a las tortugas caná, las más grandes del mar, cuando desovaban en La Playona, una de las 19 playas del mundo donde ocurre el milagro, promovieron una campaña con la comunidad para que no se llevaran sus huevos, y a cambio emprendieran proyectos turísticos que suplieran las ganancias del antiguo negocio. El proceso sería replicado en Sudáfrica, Filipinas y Uruguay, y eventualmente conduciría a la declaración del Santuario de Fauna La Playona.

Trabajaron en la organización comunitaria para el saneamiento básico, la seguridad alimentaria, y el ordenamiento y conservación de la cuenca Sardí y la comunidad indígena Emberá de Tanela, entre otros.

Más tarde, iniciaron un ambicioso proyecto con las comunidades de Unguía y Acandí, con la idea de integrar a desplazados del conflicto armado a la ecoaldea. La iniciativa sembró muchas ilusiones y ya contaba con apoyo institucional, cuando dos líderes comunitarios fueron asesinados, y el sueño terminó enterrado.

La región del Urabá se volvió tristemente célebre en un país que ya era famoso por la guerra. Los enfrentamientos entre las Autodefensas Unidas de Colombia y la guerrilla de las Farc producían el desplazamiento de miles de personas, que fue aprovechado por empresarios que se apropiaron de las tierras de manera irregular e iniciaron extensos cultivos de palma de aceite, presentados en el interior del país como el promisorio negocio de los “biocombustibles”.

Cementerio en Apartadó.

Las historias de la barbarie llegaban a Sasardí como traídas por las olas y el miedo se esparcía sigiloso en la montaña.

Cuando Luisa, la compañera de Madaune, quedó en embarazo, decidieron partir, inicialmente un año, en busca de un entorno más propicio para dar a luz. No regresaron y, tras ellos, más familias dejaron Sasardí.

Beatriz soportó varios años más y tuvo a su segundo hijo, Darién.

En la navidad de 2008, cuando la mayoría del grupo celebraba en la playa y una voluntaria permanecía sola en Sasardí, arrullada por el suave rumor de la selva, el estruendo apocalíptico de un helicóptero artillado rompió de tajo la tranquilidad y aterrizó en las inmediaciones, tumbando árboles, destruyendo cultivos y levantando algunos techos. En cuestión de segundos, docenas de soldados armados hasta los dientes entraron a las casas alumbrando con linternas y apuntando a cada esquina, insultando a terroristas imaginarios. En medio del shock, la voluntaria logró llamar a Betty, quien subió junto a un compañero, presos por el pánico, mirando con terror la oscuridad que antes los había enamorado.

—Ya no podíamos soñar bonito — recuerda Betty, quien partió junto a su familia, en 2009, sintiendo el profundo dolor de abandonar un sueño construido piedra por piedra, sin saber para dónde ir ni a qué. Tuvo que sacar el valor para volver a comenzar, sin tierra, en medio de una cultura diferente, todo por cuenta de una guerra ajena.

Una pareja decidió continuar en Sasardí, pero mantener la ecoaldea requería de muchos brazos. Ahora viven en Medellín, tres veces al año organizan mingas o jornadas de trabajo comunitario para hacer mantenimiento a la ecoaldea. Coordinan las visitas de grupos de investigadores y turistas que le apuestan a experiencias de mayor contacto con la naturaleza.

Hasta hace poco solo quedaba Milagros, la gata, que dormía en el balcón de la biblioteca, se alimentaba de los roedores que abundan en la selva, recibía las visitas esporádicas de viajeros guiados por los relatos de las buenas épocas y las estancias pasajeras de Alberto, el paisa, otro que llegó de vacaciones y se quedó para vivir, y se convirtió en el guardián de los bosques milenarios.

Pero ya han pasado meses sin rastros de Milagros, y la selva, que no da tregua, crece en las paredes de Sasardí, ocultando, por ahora, los vestigios de una comunidad autosuficiente que floreció en el golfo de Urabá y que aguarda por nuevos soñadores.

Alberto es uno de los pocos habitantes de la ecoaldea Sasardí, que tuvo su auge en los 90.