Dolor de patria: enseñar la historia de Pablo Escobar en una universidad de EE.UU. | ¡PACIFISTA!
Dolor de patria: enseñar la historia de Pablo Escobar en una universidad de EE.UU.
Leer

Dolor de patria: enseñar la historia de Pablo Escobar en una universidad de EE.UU.

Staff ¡Pacifista! - julio 21, 2016

Mi sugerencia a los alumnos: busquen documentales, como Los tiempos de Pablo Escobar o 30 for 30: The Two Escobars.

Compartir
Foto: Cortesía de la artista Josefina Jacquin.

Por Efraín Villanueva

De la clase de dieciséis, la mitad levantó la mano cuando pregunté quién había visto Narcos, la serie de Netflix.

“¿Les gusta?”. Todos asintieron con entusiasmo.”¿Por qué?” Se miraron entre ellos hasta que Bob, de quien logré aprenderme su nombre porque siempre usa una gorra roja con la B de los Red Sox de Boston, disparó: “la violencia”. Todos rieron.

Las clases de español en la Universidad de Iowa se enseñan con un componente cultural. El último capítulo de Elemental I está dedicado a Colombia y decidí ir más allá de lo que señala el currículo. A lo largo del semestre vimos videos de humor de gringos probando comidas colombianas –Señales de que eres colombiano, Quién odia a quién en Latinoamérica, 9 cosas raras que sólo pasan en Estados Unidos (desde el punto de vista latino)– y otros de temas más formales sobre la guerra contra la guerrilla y la situación social del país.

Alguno preguntó, creo que Mike, cuándo veríamos más. “Hoy –le respondí–, pero es de los serios. Se titula 10 hechos sobre Pablo Escobar”. Algunos sonrieron con malicia, todos se acomodaron en sus asientos mostrando interés.

Nací y crecí en Barranquilla, en la costa norte de Colombia, alejado de las bombas, los sicarios, las redadas policiales y los enfrentamientos militares de otras regiones del país. Viví la muerte de narcos como Rodríguez Gacha y la novela completa de Pablo Escobar por televisión. Era apenas un niño pero entendía que algo no estaba bien, que la gente estaba muriendo en otras ciudades, todos los días. Es lo que llamamos dolor de patria –les intenté explicar a mis alumnos–, cuando sufres por lo malo que pasa en tu país, así no te afecte directamente.

Inició el video e hice pausas para aclarar y ampliar la información. Discutimos sobre la época de la violencia política en Colombia, antes de que llegaran los narcotraficantes; de los inicios de Escobar en la droga; de cómo usaba la violencia y su dinero para hacerse más rico y poderoso; de las tendencias psicópatas y egocentristas del Patrón que le hacían creer que se podía hacer el bien a través del mal y verse así mismo como un Robin Hood moderno.

La serie de Netflix acierta en detalles históricos, es cierto, pero no puede evitar el estereotipo del Estados Unidos salvador y redentor: “nosotros hemos puesto la mayoría de muertes en esta guerra, tengan eso claro”. ¿Para qué hacer ficción de una historia que está viva? Mi sugerencia a los alumnos: “busquen documentales, como Los tiempos de Pablo Escobar o 30 for 30: The Two Escobars”.

En la pantalla apareció Carlos Lehder. Pausa. “Es colombiano –les informé–, de origen alemán y simpatizante de la ideología Nazi, el primer narcotraficante extraditado a los Estados Unidos que está pagando una condena, probablemente muera en prisión”. Reproducir. Britney interrumpió: “¿no es castigo excesivo sólo por traficar con drogas, acaso mató a alguien?”. Pausa. La miré. El botón de su chaqueta la delató como seguidora de Bernie Sanders, uno de los candidatos de las primarias del Partido Demócrata que critica el incremento de la población carcelaria por crímenes no violentos relacionados con drogas. Sé que –y estoy de acuerdo– condenar a quince años a un dealer de baja categoría en los suburbios de Los Ángeles no contribuye a la lucha contra el narcotráfico, pero este caso puede ser distinto. Le respondí que retomaríamos el tema en cuanto se terminara el video. Reproducir.

Hablamos de la crueldad de Pablo Escobar, quien se regía por el lema “plata o plomo” (soborno o bala) y pagaba a sus sicarios el equivalente a 1.000 dólares por cada policía o soldado que mataran; una situación recreada en la serie Narcos a través de la enfermiza competencia entre dos de sus sicarios más cercanos.

Traté de buscar un referente que les llegara: “las entre 4.000 y 5.000 muertes directas e indirectas que se le atribuyen al capo de Rionegro lo ponen a la altura de Osama Bin Laden. ¿Comprenden? Es posible que vean Narcos y les fascine ver el poder que tenía Escobar, su dinero, sus excentricidades y hasta su carisma, también ocurrió en Colombia cuando se estrenó la telenovela El Patrón y no faltaron voces que preguntaban si aquello mitificaba la siniestra figura del narco. Pero recuerden –les digo– que Escobar era una persona enferma, malvada, no se les olvide que no fue más que un terrorista. No digo narco o narcotraficante sino terrorista (narco-terroristas es el término oficial del gobierno y los medios) para referirme a Escobar”.

Los jóvenes universitarios estadounidenses no están acostumbrados a aprender mucho de otros países. En alguna ocasión, mientras veíamos un video donde aparecía un retrato de Simón Bolívar les pregunté si alguien sabía quién era. Sólo uno respondió tímidamente: “¿Pablo Escobar?”.

El video acabó.

“Discutamos la pregunta de Britney y pensemos por qué ningún crimen carece de víctimas”, dije. “El narcotráfico no es sólo la compra venta de un material ilegal. Piensen en los soldados y militares que han muerto intentando acabar con esta guerra; en los civiles inocentes de los centros comerciales, del avión de Avianca o del Palacio de Justicia; en los huérfanos y viudos de la guerra; en los millones de dólares que Colombia ha invertido en el conflicto y que podrían ser más útiles en infraestructura, educación, salud; en la generación de niñas que crecieron con la ilusión de conseguirse un traficante que les costeara cirugías plásticas, joyas y vestidos o las de niños dispuestos a emular la violencia de la que eran testigos porque creían que tener un revolver, dinero y propiedades en cantidades absurdas y ser temido y amado al mismo tiempo era a lo mejor que se podía aspirar; en el daño en la imagen de todo un país y en el estigma que sufrimos sus ciudadanos. ¿Suena muy lejano? Piensen en las muertes, la corrupción y los secuestros que generó la prohibición de alcohol en los años 20: la mafia vendía alcohol ilegal y estaba dispuesta a usar violencia para defender su negocio porque mientras haya consumidores de lo ilegal habrá quien esté dispuesto a producir lo ilegal; en los billones de dólares que los Estados Unidos invierte en ayuda a Colombia y que podrían ser más útiles en, por ejemplo, la infraestructura de los puentes de Iowa que este año fueron declarados como los más ineficientes del país o en incrementar los fondos federales para que ustedes y sus padres no tuvieran que endeudarse por el resto de sus vidas para venir a la universidad o en crear, por fin, un sistema de salud universal; piensen en los consumidores que cada vez que aspiran coca están patrocinando la guerra; en las familias y hogares destruidos por la droga, en la violencia relacionada con las drogas que invade ciudades como Chicago, a sólo cuatro horas de Iowa City. Ledher y Escobar no vendían dos o tres gramos de cocaína en la esquina, exportaban toneladas de coca a Estados Unidos y eran asesinos”.

Britney no dejó de asentir. Cuando se dieron cuenta de que había terminado, todos hablaron. Miré el reloj, la clase había terminado hace cinco minutos, pero ninguno se quejó. Mientras apagaba el computador les recordé que en la próxima clase tendrían el último quiz del semestre y que luego veríamos más videos de Colombia. Prometí que hablaríamos de lo mejor del país, y que les iba a encantar.

@Efra_Villanueva