CoronaBlog | Día seis: juntos somos la solución y ese es el problema | ¡PACIFISTA!
CoronaBlog | Día seis: juntos somos la solución y ese es el problema Ilustración: Juan Ruiz
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CoronaBlog | Día seis: juntos somos la solución y ese es el problema

Andrés Guevara Borges - Marzo 22, 2020

Si pudiéramos hacer una última cosa tomados de la mano que esa sea tumbar el tablero, no volver a la normalidad. Barajar y repartir de nuevo. Acabar con el mundo que construimos antes de que ese mundo termine de acabar con nosotros. 

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Este texto hace parte del CoronaBlog, una serie escrita por periodistas, escritor@s, artistas y bloguer@s que intentará registrar el día a día de la pandemia, de la cuarentena y de las noticias alrededor desde una mirada muy original en primera persona. Para leer otras entregas de esta bitácora, haga clic acá.

 

Marzo 21:

8:00 p.m. 

Oigo aplausos afuera. Me levanto de la cama y me asomo inmediatamente al balcón, principalmente para chismosear. Los vecinos orquestan algo muy parecido a un paso a comerciales de Sábados Felices. Trato de obligar a mi corazón a que vea esa espontaneidad programada traída de Europa, que rebusque trazas de empatía y le ordene al cerebro a aplaudir. No lo consigo, me gana la amargura y vuelvo al cuarto. Ya no me acuesto en la cama, a modo de culpa y porque mis carnes están mamadas de la cama. Me hago un lugar entre el desorden del suelo y me quedo mirando directo a la luz del techo hasta ver nada más que blanco. Hago angelitos para alejar el mugre y las chucherías que me rodean, mientras redondeo como un moco ese pensamiento que luego debo tragar: juntos somos la solución y ese es el problema.

***

10:05 p.m. 

Misma pose. Sin mirar el televisor oigo a la alcaldesa de Colombia (ajá) diciendo que su “simulacro vital” (que en mis tiempos se llamaba toque de queda), empatará con el “aislamiento preventivo obligatorio” de Duque (que en mis tiempos se llamaba cuarentena), y que eso deja mamando a los bogotanos que se fueron de vacaciones de puente festivo. Un poco de justicia poética por incumplir el “ejercicio de autoregulación voluntaria” (que en mis tiempos se llamaba hacer caso).

Leo que los santanderistas de panadería de Twitter no se ponen de acuerdo entre castigar a los niños malos que se fueron de vacaciones, reprenderlos o simplemente decirles que entren pero que hagan el favor y no lo vuelvan a hacer.

 

22 de marzo:

9:45 a.m.

Misma, mismita pose. 

Veo en Instagram que una amiga armó pool party con 20 posibles pringados en Girardot. Me da rabia y un tris de envidia. Pero digo, uno qué hace 25 días en Girardot además de luchar con las ganas de amarrarse una piedra y lanzarse al Magdalena.

Si (como sabemos) el coronavirus ha permanecido por siglos en cientos de especies sin extinguirlas es porque no le había tocado lidiar con la idiotez de los herederos del homo erectus. A estas alturas la gente sigue creyendo que lo que nos diferencia de “los animales” es la razón, el conocimiento y el lenguaje. Pero si algo tienen las demás especies, que nunca tenemos nosotros, es sentido del ridículo. Por eso no nos vamos a extinguir como los dinosaurios, comiendo, en pie y con total dignidad, sino consumidos por la vergüenza y en el caos de nuestra colectiva estupidez. Nuevo pensamiento redondeado exitosamente: nos diferencia de otras manadas que juntos somos menos y no más. 

***

11:22 a.m.

Veo un gráfico de The New York Times que sugiere que no fue muy útil detener los vuelos hace unas semanas porque, en pocas palabras, ya pa’ qué.

Juntos somos el problema. Resulta que cuando estamos más juntos es cuando se desarrollan las enfermedades más terribles, como el Ébola y la viruela. Así, juntos y encerrados, dejaron a los pobladores de Wuhan para centrar la atención del resto del mundo en ese lugar, a pesar de que las autoridades sanitarias de China ya sabían que posiblemente el virus estaba en Pekín, Seúl y Nueva York. Cientos de miles de asintomáticos se reunieron en esas épocas de calma.

Juntos no pudimos detener la economía a tiempo, para no perder tantos placeres que da la plata, al punto de que a esta hora, si viviera en Miami, podría ir a un rave clandestino de springbrakers.

Juntos construimos un sistema que nos dictó que la salud, la educación y la ciencia todavía no son bienes universales porque los obligamos a valer mucho billete. Y entonces solo unos poquitos pueden estudiar medicina o ser científicos, y unos poquitos hacen instrumentos y medicamentos, y entonces solo un puñado sabe realmente cómo detener una pandemia, y así. Mientras tanto, solo unos poquitos pueden pagar 8 dólares por un tapabocas que hace una semana costaba 85 centavos. Solo unos poquitos, los que tienen más plata, son los que están principalmentre a salvo. Pero ese fue nuestro consenso: y al apocalípsis solo sobrevivirán las cucarachas y los recibos de Icetex.

 

12:06 p.m.

Leo una noticia que no puedo creer.

Juntos y en simultánea, así se amotinaron los presos anoche en todo el país. Una de las razones es que, precisamente, están demasiado juntos; hay 200.000 reclusos en 133 cárceles que solo tienen cupo y atención médica para 80.000. Esta mañana, sin embargo, amanecieron 199.977 porque 23 murieron (por no decir que fueron asesinados) en la noche. Un motín diez veces más letal que el coronavirus. Pero juntos vamos a terminar mirando para otro lado.

 

3:00 p.m.

Me levanto a engañar el almuerzo con Choco-Kripis. Oigo al ministro de salud de Chile, país que supera los 500 positivos por COVID19, pidiendo calma porque quién quita que “el virus puede mutar y volverse buena persona” (sic).

Juntos permitimos que tipos como ese, y como Duque, López Obrador, Trump, Maduro o el gobernador del Quindío llegaran al poder y que, ahora, de su determinación e inteligencia dependan en buena medida nuestras vidas. Estamos hablando de los que viven, pues, porque otros miles no tienen tanta suerte, como los 18 líderes sociales que han matado mientras avanza la pandemia, o los 16 que llevan cuatro meses en cuarentena real en un hotel de Medellín porque al Gobierno le quedó grande protegerlos. Tal vez es que no se encomendaron lo suficiente a la virgencita de Chiquinquirá, una señora que nos inventamos juntos.

 

5:00 p.m. 

Le pido permiso al vigilante para subir a la terraza del edificio y recibir bofetadas de sol. El barrio es una caja insonorizada, solo se oyen los pájaros de la montaña y los gritos de amistad entre Rappis. 

Juntos edificamos aquí hace décadas, por eso sorprende que por acá cerca vieron un deambular un zorro; en Suba vieron caballos salvajes por la calzada mixta; en Madrid los pavos, patos y faisanes del Retiro salieron por Salamanca a buscar comida, en Barcelona se pasean jabalíes y otros dicen que avistaron brontosaurios y pterodáctilos en el Parque Simón Bolívar. No sé. Más que la sensación obvia de que juntos hemos invadido espacios de la naturaleza, porque somos naturaleza también, lo que me mortifica es pensar en cuán dependientes los hemos hecho de nosotros. También me refiero a los Rappis.


7:38 p.m.

La gata me pasa su lengua de lija entre los pliegues de los dedos de los pies. Me despierto.

Abro Twitter y veo los ídolos de porcelanicrón que hemos construido juntos, el lado más melcochudo de esta pandemia. Un desfile de socialbacanería entre celebridades, intelectuales y famosos de todos los pelambres. Carita solemne, letrero con hashtag, en lo posible mostrar el apartacho, la finca o la biblioteca con colección de Voltaire, y la súplica con cara de marica-ya para que nos quedemos en casa, nos lavemos las manos, nos volvamos a lavar las manos, nos pongamos en los zapatos del otro, para que hagamos videocaridad en redes sociales, para que nos pintemos la cara color esperanza, nos quitemos los miedos y los saquemos afuera siempre y cuando lo permita el decreto.

Imagino a uno de esos famosos edulcorados correteando a los 10.000 habitantes de la calle en Bogotá, pidiéndoles que se entren, que echen ya para la casa y hagan tik-toks. Los ridículos, no los buenos, somos más.

 

8:03 p.m.

Cierro Twitter y veo a la gata, que vive feliz aislada y en el encierro hace 3 años. La levanto como un trofeo. Tras una semana de este encierro y aislamiento y hay suficientes motivos para celebrar que no estamos juntos, que nos cuesta pensar colectivamente. No parece tan mala idea compartimentarnos y simplemente esperar a que la flaca llame a la puerta en cualquier momento. 

Juntos somos el problema porque hasta aquí nos hemos traído: este es nuestro saldo. Por eso hay que maldecir esa nostalgia implícita del “todo va a estar bien”, “todo volverá a la normalidad”. Jueputa. No. No queremos volver allí. Si pudiéramos hacer una última cosa tomados de la mano que esa sea tumbar el tablero, no volver a la normalidad. Barajar y repartir de nuevo. Acabar con el mundo que construimos antes de que ese mundo termine de acabar con nosotros. 

Me tiro al piso de nuevo y me exijo más sinceridad: no va a pasar, no habrá apocalipsis ni Era de Acuario. Eso sí, una vaina buena de este fin del mundo, mucho menos cinematográfico de lo que esperábamos, es que no exige correr. Basta recostarse en cualquier lugar, como yo, y mirar a la luz, mirarla hasta dejarse consumir por ella.

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A Andrés lo pueden leer también acá.